LA PERSPECTIVA TRÁGICA, por José Biedma López

 Llanto, técnica mixta, JBL, 2022.
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Llanto, técnica mixta, JBL, 2022.
domingo 08 de mayo de 2022, 08:50h
LA PERSPECTIVA TRÁGICA, por José Biedma López

Que el placer y la alegría sólo puedan ser definidos negativamente, esto es, como ausencia de dolor e inquietud, fue algo que ya intuyó un hedonista refinado como Epicuro de Samos (341-270) hace más de dos mil años. Por eso el sabio atribuyó también al conocimiento una función negativa o limitativa: disolver las supersticiones que nos angustian, conjurar racionalmente el dolor, aceptar el destino y la muerte con ánimo despejado y sereno (ataraxia), aprender a conformarse con placeres sencillos que ofrece fácil la vida: “comer pan cuando se tiene hambre y beber agua para saciar la sed”, más los deleites del arte, el estudio y la amistad.

En su Eudemonología, Schopenhauer (1788-1860), un alemán pesimista muy leído e influyente en España, insiste en la misma idea. No disfrutamos de lo que tenemos, porque no hacemos más que obsesionarnos con lo que nos falta. Tengo tres hijos, uno cae enfermo, y mi pensamiento gira en torno a él hasta olvidarme de los sanos. Me pillo un dedo con la puerta y los demás dejan de interesarme. Y es que nuestra conciencia está diseñada para atender al dolor y –si podemos- evitarlo. Los placeres son siempre efímeros y la alegría pasa, breve e inestable, en comparación con los dolores, molestias y preocupaciones de cada vida, que con la edad se van haciendo males crónicos. Sólo estoy bien si no me duele nada. Voltaire lo dijo así: “Le bonheur n’est qu’un rêve, et la douleur est reelle”: la felicidad es un sueño y el dolor es real. Nietzsche, discípulo de Schopenhauer, hizo del dolor una de las Madres del Ser, junto con la Voluntad y la Ilusión.

Esto no significa que hayamos sido diseñados por un demiurgo perverso, sino que el dolor es un mecanismo básico de supervivencia: que no hay salvación sin sufrimiento. Se trata de un dispositivo innato en nosotros después de millones de años de evolución: el dolor nos avisa de que hemos recibido un daño, de que algo no funciona en nuestro cuerpo, de que alguien o algo amenaza nuestra supervivencia. Por eso toda educación o instrucción recurre, expresa o hipócritamente (como ahora), a una administración reglada del dolor, o sea, al castigo. Hay que castigarlos “para que se entristezcan con el mal”, decía Aristóteles. Añado que la no consideración, la desatención, puede ser uno de los castigos más crueles. El aislamiento, el peor.

En la novela de Robert Heinlein, Tropas del espacio (cap. 8), hay una interesantísima y nada convencional reflexión sobre esto… ¿Qué es en realidad el sentido moral, sino la extensión imaginativa de esta capacidad para sentir dolor?: Simpatía, empatía, compasión, piedad, solidaridad…, con actitudes para padecer con el otro, tan humana como la aptitud para la crueldad de disfrutar con el mal ajeno, que hay que procurar, evitando el acoso escolar, por ejemplo, que no se vuelva costumbre. Creo fundadamente que esa sensibilidad para que nos duela el mundo y nos ofendan sus injusticias es específicamente humana. Puede estar tan desarrollada y perturbar tanto la existencia de ciertos “corazones grandes” que haga su vida imposible (pienso en Simone Weil, ángel de la filosofía). Lo natural es que este sentimiento de solidaridad con el dolor ajeno y de indignación ante el tormento de los inocentes pierdan intensidad si los extendemos de lo próximo (del prójimo) a lo lejano o remoto. Y por eso nos duele y afecta menos el terror y la violencia en Yemen que la inseguridad ciudadana en un arrabal de nuestra ciudad.

De todo esto se sigue, puesto que la vida feliz no es sino la vida “menos desgraciada”, que la existencia humana sólo sea tolerable porque tenemos, de vez en cuando, la oportunidad de huir de ella, de olvidarla, desentendiéndonos de sus perturbadoras exigencias y molestias. Vernos libres del dolor, del fastidio y del tedio, he ahí la meta de todo horizonte aceptable. Los concursos televisivos, las series policíacas, los partidos de fútbol o los conciertos de nuestros músicos favoritos, las fiestas, los rituales…, son a tal efecto artilugios útiles, si no llegan a la alienación, que nos permiten desconectar durante horas, olvidar, o por lo menos poner entre paréntesis, el trágico y realísimo espectáculo de que los seres queridos enferman o se nos mueren, sin remedio, aunque sea por detrás de una mampara.

Lo más trágico es que sabemos que nunca nos libraremos del dolor, ya que estamos abocados a la agonía. Los hay desde luego tan ilusos que creen poder comprar o alquilar a doña Felicidad; los hay, cuando jóvenes sobre todo, que creen en la posibilidad de seducirla. Saldrán escaldados, tal vez maduren y sepan a qué atenerse, descrean de Felicidad y renuncien también al sacrificio, propio o ajeno. Porque no merece la pena, porque “el placer no llega adonde el pesar deja” (Mateo Alemán).

Lo sensato es evadirse, buscar una especie de albergue en mitad de este infierno amenazado a cada instante por el conflicto, los virus, la barbarie, los accidentes… La huerta o el jardín con biblioteca de Cicerón y Voltaire son digno oasis, desde luego son más saludables que la tele. Lo más sensato es reducir aspiraciones y limitar esperanzas ya que no podemos estrangularlas todas sin desesperar, es decir, lo más sensato (es la lección del Fedón platónico) es no ambicionar nada y preparar la muerte, como aquellos monjes que completaban sus votos cavando sus tumbas. Puesto que es imposible ser feliz y muy fácil ser desgraciado, es sensato elegir el camino menos empinado y con menos riesgos, el de la dorada medianía horaciana (¡Aura mediocritas!), alejándose de cualquier exceso, incluso del exceso puritano de no cometer, alguna vez, algún exceso. “¡Vive oculto!”, recomendaba Epicuro.

Y es que el pino más alto es el que ha de soportar las peores sacudidas del viento y el que el granizo hiere sin escrúpulo. La lección del místico es también que el que aspira a todo acaba teniéndose que conformar con nada, o que quien consigue anonadarse acaba consumiéndose en el éxtasis del todo, ardiendo en su llama. El Cristo escarnecido también nos invita a reconocer que el júbilo no es más que un simulacro: un dios prototipo de hombre, torturado, doliente, sacrificado. Dios que sufre por todos nosotros es, igualmente, un dios que asume –y tal vez redima o por lo menos alivie- nuestro destino doliente.

La señora Alegría está siempre dispensada de acudir a la fiesta. Se presenta donde quiere, de improviso; frecuentemente –lo cual desmoraliza- en el corazón del necio y del vulgar, en la euforia del fanático beodo ante el triunfo de su equipo, de su secta, de su partido. Doña Alegría baila a veces ante el son más insignificante: un olor, un sabor, una caricia, el perfil de una nube… Suele el poeta, peregrino del ser, hundir su corazón en semejantes bagatelas. Reflexionemos también sobre el hecho de que el hombre feliz –aceptando por hipótesis que tal descamisado exista- también puede deprimirse por la minucia de un desaire.

Ningún sentido, ningún órgano ha sido desarrollado por la evolución natural en los seres vivos más delicadamente que los marcadores del dolor, que los sensores del sufrimiento. La única excepción de la regla general de asimetría entre sufrimiento y placer, entre la ansiedad del hambre y la satisfacción de comer tal vez sea el sexo, el más intenso y por lo mismo el más peligroso de los placeres, pero este aliciente –según Schopenhauer- ha sido puesto astutamente por la naturaleza en los animales bisexuales como una trampa, un estimulante engaño por el cual asumen el enorme coste en molestias y trabajos de multiplicar el número de sufridores, haciendo efectivo el designio obscuro y “egoísta” que los genes guardan, como anónimo conato replicador. Schopenhauer había leído a nuestro Baltasar Gracián, el cual había dejado escrito en su Criticón (I, 10): “Introdujo la sabia y próvida naturaleza el deleite para que fuese (…) alivio instrumental de sus más enfadosas funciones (…) Pero aquí es donde el hombre más se desbarata (…) De suerte que no gusta de vivir, sino que vive de gustar”.

¡Que hallemos todos los días, pues sale el sol y es primavera, gusto en el vivir y que los dioses nos ahorren, amigo lector, congojas y padecimientos in hac lachrimarum valle!

Del autor:

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https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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