LIEBRES Y RANAS, por José Biedma López

Grabado de Gustavo Doré.
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Grabado de Gustavo Doré.
LIEBRES Y RANAS, por José Biedma López

Sumida estaba triste la liebre en largo confinamiento. Meditaba en su madriguera sobre el último sofoco, la última precipitada huida, asustada se aburría, zozobraba... La angustia le quitaba el apetito, así que no salía de su agujero. De natural medroso, dormía con los ojos abiertos. No hay remedio ni panacea contra el miedo. Inquieta, estresada, un leve chasquido, una sombra, una nada le ponían los pelos de punta y le daban calentura salpicada de escalofríos.

Al fin tuvo que hacer de las hierbas pasto porque el hambre apretaba. De pronto, a los primeros bocados, oye un rumor de cañas y se dispara a correr, regatea, salta…, y ya medio agotada pasa junto a una charca... ¡Allí se arma la de Troya! Saltan multitud de ranas desde la costa al agua. Se dejan caer al fondo como fardos inertes y luego se ocultan rápidamente bajo el fango.

La liebre queda fascinada. “¿Cómo es esto?”, se pregunta. “Tan asustada como voy y aún asusto a los demás y siembro pánico en el estanque. ¿Tan grande y poderosa me muestro que hago temblar y huir a la gente?”.

Los efectos del miedo dan miedo…, esa boca que muestra los dientes, esos ojos abiertos de par en par, ese vello erizado que hace parecer más grande a su dueño. Y a un cobarde, otro mayor. Creo que fue Savater quien dijo que sin el coraje las demás virtudes no sirven para nada. Incluso en su zona de confort temía la liebre a un enemigo oculto, imaginario.

He resumido y actualizado la Fábula XVI de La Fontaine siguiendo la traducción de Teodoro Llorente (1885). El filósofo ya fallecido Zygmunt Bauman cita la fábula, que es genuina del venerable Esopo, cuando trata de explicar los efectos de la ira contenida y del sentimiento de frustración (Retrotopía, 2017). Liberar la rabia es para nosotros un ejercicio desinteresado y –añado yo- la mayor parte de las veces inútil y contraproducente. A la acción de liberar la rabia Bauman la llama autotélica, porque ella es su propio motivo y fin. La huida hacia delante de la liebre metaforiza o figura el ejercicio de la violencia por la violencia misma, por el desahogo que depara su explosión instintiva.

El impotente no “paga”, sino que se cobra su frustración con el débil. El fenómeno se conoce en psicología como “agresividad desplazada”: caso del subalterno que le falta el respeto a su señora después de soportar la bronca del jefazo… La atracción mórbida de la violencia en el maltratador –o la maltratadora, que también existen hembras maltratadoras, aunque sean pocas y su furor sea más verbal que físico-…, el encanto de la violencia, la fuerza de su tentación reside en el alivio temporal que proporciona para la humillante sensación de inferioridad de quien la comete, alivio u olvido temporal de la debilidad, impotencia, indolencia, insignificancia (¡o injusticia!) que el cabreado siente…

Según Bauman es la clase de alivio que insinúa Esopo en su alegoría del consuelo y la satisfacción que sintió la liebre, cansada de correr atemorizada por otros animales más poderosos, o por el hombre y sus galgos tenaces, cuando se percató de que ella también asustaba a las ranas. “Si unos me asustan, por lo menos asusto yo también a otros”. Lo peor de las estrategias del miedo o del terror es que -como sabían Maquiavelo o Hobbes- otorgan réditos políticos. Asusta a la masa y esta exigirá un Leviatán que castigue sin compasión; ¡orden!, a costa de libertad.

¡Nada como sentirse superior a otros para serenar el alma y engañar a la conciencia! Asustando a los demás ganamos poder, control y dominio, aunque no afecto. La digitalización de la infamia, el vilipendio, la calumnia y la difamación en las Redes sociales autosatisfacen a una legión de haters, gracias a su impunidad, garantizada por su anonimato. El populismo también da voz a los frustrados, porque el éxito de los demás suele pesar como derrota propia.

Todos somos liebres o ranas, porque el miedo es emoción antigua y por tanto resorte elemental, natural y primitivo de nuestras acciones. Y porque –también hay que añadirlo- si no fuera por el miedo, la liebre ya estaría salpicando un arroz o enriqueciendo unas habichuelas.

Del autor:

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