IDIOTAS O ESTÚPIDOS, por José Biedma López

IDIOTAS O ESTÚPIDOS, por José Biedma López
'Importancia de la estupidez' de Fernando Savater, BLITYRI, nº 3, Enero 1995.
"Importancia de la estupidez" de Fernando Savater, BLITYRI, nº 3, Enero 1995.

Masticamos la corteza de las palabras, pero tragamos su miga, su carga temporal. La palabra “idiota” tiene tanta miga como historia política. Cuando en las ciudades-estado del Mediterráneo oriental campaban a su arbitrio los tiranos, no todos nefastos, los helenos llamaban idiotés al particular, al humano común, en contraste con las élites de casta o ingenio. Sin embargo con el tiempo este adjetivo acabó significando desidia, pusilanimidad e irresponsabilidad del que sólo se ocupa de lo suyo y cede las riendas de su gobierno a embaucadores, charlatanes y ladrones…, o charlatanas y ladronas, que también haylas, como hechiceras en Galicia.

Quien se desentiende de lo público –proclama Pericles en el famoso discurso a los atenienses que el historiador Tucídides pone en su boca- es un idiotés y “no es para nosotros [los atenienses] tan solo un abandonado, sino un inútil”. El ciudadano que no es idiota participa activamente en las asambleas, tiene criterio propio, no se escaquea de sus funciones públicas si debe regir una mesa electoral o un jurado popular…

La política, cuando deviene profesión, cosa que el sistema ateniense trataba de evitar mediante sorteos y ostracismos, tiende obviamente a la corrupción de quien, sin otro oficio que figurar en las canonjías públicas, se agarrará a la lista o al sillón con uñas y dientes, aún cayendo en lo indigno. La situación se perpetúa si la masa de idiotas es tan grande que el electorado se conforma con seguir siendo manipulado y escasean los ciudadanos libres, conscientes y responsables. En nuestra partitocracia las elecciones se presentan como plebiscitos. Los partidos políticos, empresas mercantiles de función y subvención pública que procesan, ofertan y venden candidatos con músicas pegadizas y técnicas de márketin, presentan listas cerradas que son como las lentejas: las comes o las dejas.

Antonio Escohotado representaba en 1995 a nuestro parlamento como una especie de claque dividida en dos, y destinado cada segmento a abuchear o aclamar en bloque lo mandado por alguna Dirección que reside en otro sitio (ΒΛΙΤΥΡΙ, BLITYRI, Nº 3, “Idiotas”). No creía Escohotado, original maestro recientemente fallecido, que fuera catastrófico en la Era de las telecomunicaciones que los particulares pudieran votar ley por ley en lugar de conformarse con elegir a un “mesías político” cada cuatro años. Hoy sería posible una participación activa en las decisiones que nos afectan a todos desde el teléfono móvil, a la velocidad de la luz.

Nuestras sociedades desarrolladas han conservado la iniciativa y sus niveles de lucro, incluso se imponen escolarmente campañas para incentivar el emprendimiento, conscientes los dirigentes socialistas de que es el ojo del amo el que engorda a la yegua, o sea, de que son las empresas privadas las que crean empleos productivos, que son también rentables para la Hacienda del Estado. Pero “calladamente” –dice Escohotado- aumenta el leninismo burocrático “hasta elevar el control de todo y de todos a finalidad última”. El horizonte es la ley que hay que acatar, pero que es mejorable y, en muchos casos, prescindible.

Uno prefiere ser consultado a ser manipulado. Preferimos ser ciudadanos a mero rebaño y, sobre todo, uno no quiere que le tomen por idiota.

Habrá quien piense que para no ser un idiota hay que entregarse al activismo defendiendo a pancartazo, adoquinazo y cóctel molotov incluido, alguna de las viejas utopías comunitarias o libertarias, o alguna de las causas à la page, declaradas por los Media como justísimas e indiscutibles… En un artículo de 1995, inserto en el mismo número de la revista guipuzcoana Blityri y titulado “La Estupidez”, Fernando Savater repetía con la gracia y nitidez expresiva que le caracterizan el tópico moralista que ve en el Aburrimiento al padre de todos los vicios. “La gran batalla en este mundo se da entre quienes disfrutan quedándose en casa y los que en casa se aburren”. Estos últimos pueden, por ejemplo, inventar amenazas y conspiraciones para que no les falten emociones… O se echan a la calle proclamando la cobardía e idiotez del que no lo hace.

Antoine Rivarol (1753-1801), traductor del Infierno de Dante al francés y periodista mordaz, señaló que, en caso de jaleo (revoluciones, motines, golpes de Estado, persecución de brujas o herejes…) ganan los que salen a la calle o –como decimos nosotros- los que “se echan al monte” y que por eso casi todos los jaleos históricos acaban mal y las revoluciones derivan en terrores y genocidios. Los sensatos que se quedan en casa, leyendo, oyendo música, aparejando a sus hijos o pintando bodegones, pierden indefectiblemente, derrotados por los jaleosos, entre los cuales abundan chalados, fanáticos, célibes, aprovechados…, es decir, aburridos. Marina recordó en su Diccionario de los sentimientos que quien se aburre, etimológicamente, es el que aborrece, es decir el que no ama.

Lo peor –añade Savater- en “Importancia de la estupidez” es el combinado de aburrimiento y estupidez. Para el historiador italiano Carlo Cipolla, los males que nos aquejan tienen por causa principal el clan formado por los máximos conspiradores espontáneos contra la felicidad humana: los estúpidos, que no hay que confundir con los tontos. Un doctor en física atómica, un ingeniero informático, una doctora en filosofía, pueden ser competentes en sus disciplinas y perfectamente estúpidos en todo lo demás, incluso un premio Nobel puede adolecer de estupidez, porque esta no es una categoría intelectual, sino moral.

Son sabios quienes mediante sus acciones consiguen ventajas para sí y para los demás; incautos, quienes buscando su bien sólo dan ventajas a otros; por debajo moralmente, están los malos que se benefician haciendo daño al prójimo; pero más abajo todavía están los estúpidos que, pretendan ser buenos o malos, sólo provocan perjuicios para sí y los demás. Cipolla opina que hay muchos más estúpidos que buenos (sabios), malos e incautos. Y además, los estúpidos son peligrosos porque no descansan jamás, al contrario que los malos, que se cansan de hacer maldades. Y es porque los estúpidos sienten la pasión de intervenir, de reparar, de corregir…, incluso de corregir a la naturaleza impidiendo y reprimiendo, por ejemplo, que el gallo pise a la gallina. Son imbéciles activos. Hace falta ser estúpido para empeñarse en sostener creencias que –se sabe- han resultado nefastas. Lo peor es que los intelectuales tampoco estamos inmunizados contra la estupidez. Podría citar la estupidez de unos cuantos cuyo nombre aparece en libros de texto, pero me callaré porque aún cuentan con devotos y prosélitos idólatras.

La estupidez del pedante, del erudito, fue denunciada por Voltaire, a quien Savater tiene por paradigma del intelectual anti-estúpido, “quizá el hombre de letras al que menos opiniones desastrosas pueden reprochársele”. Es difícil cometer crímenes inspirándose en Voltaire. Pero nadie –menos aún el intelectual- está libre de estupidez, porque la estupidez es para el intelectual como la silicosis para el minero: prurito profesional.

No piense el lector que quien escribe estas líneas se siente por encima de idiotas y estúpidos. Todos llevamos un idiota y un estúpido dentro. Así que es interesante conocer algunos procedimientos para prevenir o curar estas plagas morales. Savater propone el chequeo continuo: la autocrítica. Sus síntomas más frecuentes: sentirse poseído por una alta misión redentora, miedo a los otros, loco afán de suscitar la aprobación ajena o, en las redes, de obtener muchos “me gusta”, impaciencia ante la realidad y propensión conspiranoide, olvido de los límites… En lugar de pretender salvar al mundo o acabar con la injusticia social y la alienación cultural, el intelectual sensato debería conformarse con no agravar nuestros males, que no son pocos, y con no dañar la situación, que es siempre perfectamente empeorable.

La verdad es que, condenado a caer en el idiotismo conformista y caseril del caracol que se encierra en su concha, en la idiotez del ciudadano descomprometido con la política, o (tercio excluso) en la estupidez del fanático, del activista que no ve más que corrupción, maldad y codicia por todas partes, prefiero quedarme en casa tocando tangos, musettes y zardas con mi acordeón-piano, mientras los diputados de Cáceres o de Vasconia hacen el ridículo en el parlamento de todos, o de ellos.

Del autor:

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https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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