EL JARDÍN DE ARMIDA por José Biedma López

Ilustración de Francesco Hayez: Armida y Reynaldo.
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Ilustración de Francesco Hayez: Armida y Reynaldo.
viernes 17 de enero de 2020, 11:42h
La primera víctima de toda guerra es la verdad, con este o parecido título la Fundación Huerta de San Antonio y la UNED organizaron en Úbeda un ciclo de interesantes conferencias. Gervasio Sánchez, reconocido y premiadísimo corresponsal de guerra dijo sin embargo al final de su emocionante charla, en la que no dejó títere político con cabeza, una verdad más segura que la muerte: todos –o tal vez sólo la inmensa mayoría- preferimos matar a ser muertos. Esto explica por qué las guerras sacan lo peor de nosotros mismos o, como decía Erasmo, por qué la hacen mejor los peores. La santidad del que prefiere lo contrario, morir a matar, ni siquiera es éticamente exigible.
EL JARDÍN DE ARMIDA por José Biedma López

Es una extraordinaria paradoja que Harmonía, la divinidad griega, sea hija de Afrodita y de Aries, es decir, producto de Amor y Guerra. El sabio Heráclito lo reveló a la humanidad doliente: de la oposición y el golpe entre eslabón y pedernal surge la llama creadora, de la oposición entre los sexos la flama del amor, del contraste entre la noche y el día la más bella armonía de crepúsculo y aurora, o ese Entre-dos-luces que tanto gusta @PiliCarrington y fotografía con tan buen gusto.

Sí, Ovidio insistió en ello: Amor tiene mucho de guerra, de milicia, pero si lo quieres conservar constante, habrás de añadir ingenio y arte, y estos se llevan muy mal con cualquier tipo de violencia, verbal o de la otra. Todos preferimos la verdad imaginada a la real, no extrañe que cuando la realidad desespera huyamos al bosque de Fantasía, como el que se echa al monte. Todos vivimos un tiempo y muchas noches en el Jardín de Armida.

Armida, ninfa o diablesa hechicera, bellísima y transformista, pariente de Morgana y de la Serpiente del Paraíso, es el arma poderosa de los musulmanes en la defensa de Jerusalén durante la primera cruzada, de la que hizo tema Torcuato Tasso (1544-1595) en su famoso poema épico Jerusalén Libertada. Armida, la maga, es importante protagonista.

Con su magia hace surgir del desierto humeante un jardín tan encantador que el caballero cristiano Reynaldo, su enemigo, depone allí sus armas para tomarse un descanso. Armida se acerca a él con pésimas intenciones asesinas, pero al verlo dormido y tan hermoso, se detiene alucinada por el noble rostro del héroe. Así que lo ata con lazos de flores y placeres y lo conduce volando a las islas Afortunadas (nombre legendario de las Canarias). Allí viven Armida y Reynaldo sus amores en perpetua primavera.

Para liberarlo, las huestes cristianas han de echarse a la mar en un buque consagrado, en las islas los cruzados se enfrentarán a colosales monstruos y habrán de atravesar complicados laberintos de oro y plata. No deben comer ni beber nada porque todo está envenenado, cuando Armida se retire a su castillo y den con Reynaldo solo, deben ofrecerle un escudo de diamantes en que mirarse. Allí se verá débil y afeminado por su vida muelle, hasta avergonzarse de su aspecto.

Reynaldo despierta entonces como de un pesado sueño. Se arranca pulseras y collares y se aleja del jardín de Armida. La poderosa ninfa, despechada, se arranca los cabellos y jura venganza, para ello desplegará su magia y su poesía. Reynaldo deberá superar la última tentación en la Selva Encantada. En ella, húmeda y rumorosa, llama al guerrero desde un mirto una voz tenue y temblorosa. Es Armida, que le pregunta si se acerca a consolarla o a herirla. Del tronco del mirto emerge el cuello y el torso de la maga. A Reynaldo, perplejo y asombrado, le cuesta decidirse, al fin opta por golpear con su espada el tronco, del que surge un gigante de cuatro brazos; y una segunda vez usa su arma como un hacha cuando el cielo se ennegrece y se desata en tempestad. Empapado, consigue tumbar el tronco del mirto y ya el cielo se despeja y el hechizo desaparece.

Cuentan que Armida no desapareció, sino que inspira series televisivas ofrecidas en streaming. Y aunque Reynaldo confesó sus desvaríos con Armida a Pedro el Ermitaño, santo varón, prometiendo no volver a las andadas, o a las quedadas con Armida, se dice que el cruzado nunca olvidó ni aquel jardín ni aquel bosque y que regresa a él cuando sus numerosos negocios en Oriente Medio y los países árabes se lo permiten.

“En esta parte al fin sola y remota,

Reposa un poco el singular guerrero;

Donde el lirio y la rosa nace y brota,

Y el transparente arroyo va ligero;

Y toda la floresta, vieja, ignota,

Ablandece y afina lo grosero;

La sequedad en general se pierde,

Y reverdece lo que era verde.”

Torcuato Tasso. Jerusalén Libertada. Canto XVIII

(traducción en octava real de Juan Sedeño).

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