SCHRÖDINGER Y EL VALOR DE LA CIENCIA por José Biedma López

SCHRÖDINGER Y EL VALOR DE LA CIENCIA por José Biedma López
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sábado 11 de enero de 2020, 14:16h

Los angloparlantes han acuñado los nombres de “serendipity” y “serendipia” para referir a un descubrir científico afortunado e inesperado que se produce de manera accidental o cuando se está buscando una cosa distinta. Y, con nuestro papanatismo usual, hemos permitido que se adopte en español el nombre inglés cuando contábamos con nuestra voz “chiripa”

SCHRÖDINGER Y EL VALOR DE LA CIENCIA por José Biedma López

Descubrimientos de chiripa, o que creemos tales, se dan continuamente. A veces, la casualidad es ilusión y llamamos azar por desconocimiento a un orden secreto, a una causalidad ignota, no por ignorada menos real y determinada. Hallazgos que son destinos, encuentros que “estaban de dios”, anticipos o premoniciones sorprendentes, azares significativos. Hay libros que como el arpa de Bécquer esperan una inteligencia capaz de interpretarlos. Tal me sucedió con unas conferencias de Erwin Schrödinger que encontré en un librillo trasconejado en la rebotica (o salón para los amigos) de una biblioteca pública: Ciencia y humanismo (ed. Alhambra, Madrid, 1954)

Erwin Schrödinger fue premio nobel de física en 1933. Nacido en Viena, sucedió a Plank en la universidad de Berlín. Huyó cuando comenzaron a soplar bárbaros huracanes de violencia y resentimiento en 1938, a Gran Bretaña, y en 1940 pasó a Irlanda, donde se naturalizó. Tras la guerra volvió a Viena. Está considerado como uno de los creadores de la mecánica ondulatoria. Investigó la psicología de los colores y los cuanta, estableciendo el paralelismo entre el aspecto ondulatorio y el corpuscular de fenómenos como la materia (cuya consistencia le pareció cada vez más dudosa) y la luz. La ecuación que lleva su nombre permite calcular la función de onda de un corpúsculo que se desplaza en un campo dado.

Sus contribuciones a la física cuántica y a la termodinámica son indiscutibles. Mantuvo larga correspondencia con Albert Einstein al que propuso el famoso experimento mental del gato de Schrödinger que mostraba las paradojas e interrogantes a los que abocaba la física cuántica.

Cuando se pregunta por el valor de la ciencia, Schrödinger cita sin pudor el oráculo de Delfos: Conócete a ti mismo. Considera la ciencia como una parte integrante de nuestro esfuerzo para responder a la gran pregunta filosófica que incluye a todas las demás, la que expresó Plotino en breve: “Y nosotros, ¿quiénes somos nosotros en todo caso?”. No sólo considera que esta sea una de las tareas de la ciencia, sino su tarea, la única verdadera. Ninguna ciencia sola, sino la unión de todas ellas, tiene alcance o valor. En cierto sentido, y como vieron los ilustrados, sabiduría es enciclopedismo.

Plotino continuaba (Enéada VI, 4, 14): “Quizá estábamos allí antes de que empezase a existir esta creación, como seres humanos de otro tipo, o incluso como una especie de dioses, de almas y mentes puras unidas con la totalidad del universo, como partes del mundo inteligible, no separadas y desmembradas, sino a una con el todo”.

La cuestión candente, insiste el físico, es el “de dónde” y el “adónde”, todo lo que podemos observar a este respecto es el ambiente actual. Queremos averiguar tanto como podamos acerca de él; esto es la ciencia, el conocimiento, la erudición, el estudio. Considerada así, la ciencia resulta desde luego una auténtica fuente de todos los esfuerzos espirituales del hombre, incluso podría ser este el fin para el que estamos aquí. ¿Quiénes somos nosotros?...

El autor de Ciencia y humanismo cita a Ortega con verdadero fervor, llama “libro delicioso” a La rebelión de las masas y está de acuerdo con lo que Ortega denuncia como “la barbarie del especialismo”. No es que debamos evitar la especialización por completo, esto es ya imposible si queremos seguir avanzando, pero debiera ampliarse la conciencia de que la investigación especializada sólo tiene un valor real en el contexto de la totalidad integrada del conocimiento. Hombres íntegros y no deformes, armónicos y no desequilibrados, son los que necesitamos, particularmente para que nos gobiernen. Desdichadamente, aunque podamos esperar con optimismo que dicha consciencia se vaya ampliando de hecho, la humanidad en masa ha sido siempre muy vulgar. La exigencia de una instrucción superior es expresada por Erwin Schrödinger de la siguiente manera:

“No perdáis nunca de vista el papel que vuestra disciplina particular tiene en la gran representación de la tragicomedia de la vida humana; mantened el contacto con la vida, no tanto con la vida práctica como con el fundamento ideal de la vida, que es siempre mucho más importante; y mantened a la vida en contacto con vosotros. Si no podéis –andando el tiempo- decir a cualquiera lo que habéis estado haciendo, vuestro trabajo ha sido inútil”.

Uno de los inconvenientes de que la tecnología no cuente sólo como instrumento útil y conveniente, que amplía las posibilidades humanas, sino que también comparezca como fin y mito publicitario de salvación, es que los logros tecnológicos, las realizaciones prácticas de la ciencia tienden a ocultar su verdadera significación. Particularmente en España, apenas hay formación científica en la población, a pesar de que en los últimos años han proliferado revistas de divulgación y colecciones de bolsillo que han puesto a disposición de cualquiera las grandes obras de la ciencia de nuestro tiempo. El abandono de la ciencia causa un daño hereditario que se transmite de generación en generación. Cuando Erwin Schrödinger lamentaba, hacia la mitad del siglo XX, que la mayor parte de las personas educadas no se interesasen por la ciencia, lo que lamentaba en realidad era que no se diesen cuenta de que “el conocimiento científico forma parte del fondo idealista de la vida humana”. Esa curiosidad elemental y liberal que nos hace distintos del resto de los animales. Ese querer saber por saber quiénes somos.

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