ANIMAL MUSICAL, por José Biedma López

 Mujer y choza himba de estructura cónica: madera con techos de hojas de palmera e impermeabilizada con barro y estiércol.
Mujer y choza himba de estructura cónica: madera con techos de hojas de palmera e impermeabilizada con barro y estiércol.
viernes 29 de abril de 2022, 09:53h
ANIMAL MUSICAL, por José Biedma López

Hay quien cree que sus plantas florecen mejor con las sonatas de Beethoven o con el célebre opus 8 de Vivaldi, o quien piensa que sus vacas dan más o mejor leche si oyen a Mozart. No obstante, yo dudo de que los animales en general, salvo tal vez los pájaros cantores, algunos artrópodos y los grandes e inteligentes mamíferos acuáticos (delfines, ballenas), sean sensibles a la belleza de una melodía o a la melancolía que pueda expresar un adagio. Oyen su “ruido”, nada más.

Napoleón era insensible a la música. “De todos los ruidos, los menos desagradables”, eso cuentan que el emperador decía de la música. Hay personas así, ¡pobrecillas!, aunque son las menos gracias a Dios. El ritmo forma parte de todas las actividades anímicas y, tal vez, de todos los fenómenos naturales. Platón insistió en la conveniencia de que los jóvenes adquirieran euritmia, o sea buen ritmo, como elemento imprescindible de su educación. Seguramente el sentido del ritmo es esencial al desarrollo de la memoria y de la inteligencia, y decisivo en la formación del carácter.

Los pitagóricos creían en la existencia de una especie de melodía estelar, fruto de la armonía cósmica, la “música callada” de la naturaleza, el “son divino” al que alude Fray Luis en su célebre Oda a Francisco Salinas, su amigo y músico ciego. Oyendo ese cadencioso son “el alma, que en olvido está sumida, / torna a cobrar el tino / y memoria perdida / de su origen primero esclarecida”. El sentido musical siempre parece remitirnos al alfa y el omega de nuestro origen y nuestro destino.

Pues bien, en las orillas del río Kumene, al noroeste de Namibia y suroeste de Angola, sobrevive el pueblo Himba de la ganadería nómada en un inhóspito semidesierto. “Himba” significa mendigo, pero los himba son altos, delgados y escultóricos. Tanto los hombres como las mujeres se adornan con sofisticados peinados y abalorios de complejo valor simbólico. Rinden culto al fuego, son monoteístas y polígamos, dándose en ellos tanto la poliginia como la poliandria. Las mujeres embadurnan sus cuerpos con una pasta hecha de grasa de cabra, hierbas y ocre rojo que da a su piel un tono rojizo, el otjize, que tal vez les defienda de la mordida del sol y les preserve de las picaduras de insectos y arañas.

¿Qué tiene esto que ver con la naturaleza musical del hombre que titula este artículo? Tenga paciencia el amable lector, en la edad de las prisas… Es costumbre singular y poética que las madres himba cuenten la fecha del nacimiento de sus hijos, no desde que nacen, sino desde que piensan en ellos. Cuando deciden engendrar una criatura marchan solas bajo un árbol y esperan oír la canción del niño o de la niña que quiere venir. Cuando ya tienen su melodía van junto al hombre que va a ser su padre y se la enseñan. Mientras lo conciben ambos la cantan invitando a la criatura a venir al mundo. Embarazada, la madre enseña “la copla” a las comadronas y las ancianas de la aldea, con la cual, cuando el niño o la niña nace, le dan a coro la bienvenida. Si el niño sufre algún percance, hace algo bueno o comete alguna falta, se le recuerda su identidad por medio de su canción, que es su seña de mismidad, su “carnet de ciudadano” himba. Si la reconoce y la canta ya no sentirá ningún deseo de molestar o de herir a otras personas.

(No es casual que se diga que la música amansa a las fieras. “Haz la música y no la guerra”, es un buen lema). Los cónyuges himba también cantan sus canciones juntos y al morir todos los habitantes de la aldea entonan la canción del finado, por última vez y en su memoria.

¡Qué hermoso! Sigue siendo un extraordinario misterio (órfico) el modo en que la música conecta con lo más íntimo de nuestra identidad emotiva y un enigma la consistencia de su poder para comunicar almas. Merecería ser el instrumento de la comunión de los santos. Juan Sebastián Bach debió de vislumbrar algo así cuando compuso sus Conciertos de Brandemburgo o sus sublimes Pasiones.

Sobre la vida y organización social de los himba pueden leerse los textos y verse las magníficas fotografías del blog Tinieblas en el corazón. Pensar la antropología, en su entrada “Antes de que desaparezcan”.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M
https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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