ANIMAL INADAPTADO, por José Biedma López

ANIMAL INADAPTADO, por José Biedma López
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miércoles 30 de marzo de 2022, 08:18h
ANIMAL INADAPTADO, por José Biedma López

En alternativa a la teoría evolucionista de la mente humana que ensaya explicar el superdesarrollo del cerebro del homo sapiens como un órgano de adaptación al medio, hay doctores que piensan que Razón e Inteligencia, aunque procedan de la evolución natural, más que instrumentos de adaptación son mero producto derivado y no sirven para una mejor integración en el ecosistema, sino que representan una exaptación, es decir, un rasgo que ha evolucionado para usos distintos de los que desempeña actualmente, o quizá para ningún uso en absoluto, o tal vez para un fin secreto o misterioso, que se nos escapa.

Ser más listos o más imaginativos no nos hace particularmente adaptables, sino todo lo contrario. Pasa lo mismo con el superdotado en un grupo escolar. Dada la hiperfetación de su cerebro, dada su portentosa memoria e imaginación, el humano es un animal fundamentalmente rebelde y desarraigado, inconformista y peregrino. La condición del hombre es tener que existir, ese “estar fuera de sí”, en un elemento extraño, negador, hostil, ese fondo patético de las selvas en el que ululan y gruñen el fauno y la fiera. “Es esencial al hombre perderse, perderse en la selva del existir. ¡Es un trágico destino y es su ilustre privilegio!”. Es una condición extraña la del hombre, pues “tiene el alma dinámica de una flecha que hubiera en el aire olvidado su blanco” (Ortega. La razón histórica, I).

Económicamente el tejido nervioso es caro, muy costoso desde el punto de vista energético. Se calcula que en los adultos el tejido cerebral consume por encima del 20% de la energía total y en los neonatos hasta el 60%, siendo en los demás primates muy inferior (8/10%). Debió de existir una fuerte y excepcional presión selectiva para que se desarrollaran los primitivos sistemas nerviosos hace setecientos millones de años; y luego, más estrés aún para que creciera tanto el cerebro, ¡tánto que los niños recién nacidos no pueden sostener la cabeza hasta que fortalecen los músculos del cuello!

Genéticamente, nos parecemos mucho a un bonobo y a un chimpancé, ¡es cierto!, ¡pero en guapo! y lo que es más importante: nuestro cerebro es hasta cuatro veces más grande y más complejo que el de esos parientes remotos. También, seguramente, los dolores y preocupaciones que nos causa. Podríamos decir que un cerebro así tiene algo de monstruoso, que resulta poco natural, sobre todo si aceptamos que la naturaleza no hace nada en vano y cumple con su principio de economía.

Según I. Tattersall el cerebro del homínido surgió como acompañamiento a su anatomía ósea. Por supuesto, un cerebro más grande no significa más inteligencia. Si así fuera, el elefante sería mucho más inteligente que el humano y el neandertal hubiera sido más que el cromañón. Según dicho autor, sería un estímulo cultural, el lenguaje, el Logos (Verbum), lo que permitió el despliegue de las maravillosas funciones de la razón y la inteligencia, que no serían rasgos adaptativos, sino una exaptación de sus capacidades cognitivas. Nuestra inteligencia sería una capacidad emergente resultado de una azarosa combinación de factores y no el producto de la ingeniería espontánea de la naturaleza.

Es el lenguaje lo que nos humaniza, el “Milagro de Anna Sullivan”. Nuestra capacidad actual para resolver ecuaciones o para jugar al ajedrez han de ser pensadas como exaptaciones y no como adaptaciones. Nuestra capacidad filosófica o científica no son una adaptación a la naturaleza, sino en cierto sentido contra ella, es decir, permiten adaptar la naturaleza a nuestros fines, en lugar de adaptar nuestros físicos a la naturaleza. Otros exaptacionistas como Dean Falk añaden al lenguaje como primer motor: la caza, la fabricación de herramientas, el trabajo, la guerra, la facultad para arrojar objetos; o la empatía, pues la inteligencia se comparte gracias a ella.

Sin embargo, a juicio de Antonio Diéguez, no hay razones de peso para creer que la epistemología evolucionista obra de forma imprudente al considerar que las capacidades cognitivas son una adaptación al medio, seleccionadas por la evolución natural. Pero tampoco parece insensato añadir a la presión del medio físico –la peligrosa sabana africana- el poder del lenguaje y de la técnica como eficaces modeladores de la mente propiamente humana. En este sentido, el hombre no se explica sólo como producto natural, sino en un sentido decisivo como producto social y de sí mismo. Si bien es cierto que todo organismo es capaz de crear parcialmente su propio hábitat modificando su entorno, ninguno lo hace tan decisiva y radicalmente como el humano, hasta el punto de poder “remirarse” como producto de su particular propósito en un espejo construido por él mismo.

Como dice Emilio López Medina (El sexo, Themata 2022) en sorna aforística, no nos consta que la selección por antonomasia, la sexual, explique el advenimiento de razón e inteligencia ¡y no digamos la capacidad moral!, más bien parece que aquellos individuos más atolondrados, más inconscientes y con menos escrúpulo para medir las consecuencias de sus actos son los que más se reproducen. Cuanto más tontos y chorizos, más promiscuos. Incluso se ha dicho que el ejercicio intelectual atrofia e inhibe la actividad sexual, a la que es antitética. Lo advirtió Campanella: “los sabios no se hacen genitores porque ellos, por la mucha especulación, tienen débil el espíritu animal y no transfunden el valor de cabeza; porque están siempre pensando alguna cosa; por lo que dan mala raza”.

Nuestras capacidades cognitivas no sólo no resultan adaptativas, sino que –como sugiere Hilary Putnam- pueden tener efectos negativos sobre nuestra supervivencia e incluso llevarnos a la extinción. Exagerar este aspecto nos llevaría a considerar al animal con demasiada mente como un animal demente. ¡Y tampoco es eso!, quiero decir que aunque el crucero de los orates rebosa tripulación y pasaje, no todos los humanos viajan a la deriva en la nave de los locos.

Sin técnica –dixit Ortega- el proceso de hominización no se habría dado. Sin lenguaje y sin técnica no hay humanidad, ni comunicación ni comunidad, porque el hombre no habita en la naturaleza, sino en lo sobrenatural ingeniado por él mismo donde halla bienestar, puesto que la naturaleza le resulta enemiga. El hombre se autocrea (Pico de la Mirandola). Y la técnica no surge sólo como un recurso para la adaptación del hombre a la naturaleza, sino que promueve la adaptación del entorno a nuestras necesidades y deseos, hasta los más lujosos y superfluos, caprichos inventados por una fértil, desbordada fantasía.

Del autor:

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https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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