Femenías 2

ELLAS LO PENSARON ANTES/ 2, por José Biedma López

Mª Luisa Femenías, Profesora argentina, doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.
Mª Luisa Femenías, Profesora argentina, doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.
martes 06 de abril de 2021, 11:13h
ELLAS LO PENSARON ANTES/ 2, por José Biedma López

Gabrielle Émilie de Breteuil, marquesa de Châtelet (1706-1749), es una de las titánicas figuras femeninas cuyo pensamiento sintetiza con amenidad y rigor el libro de María Luisa Femenías que da título a este y a nuestro anterior artículo. Durante mucho tiempo Madame de Châtelet sólo aparecía como colaboradora y amante de Voltaire. Y por esto tuvo también antes que enfrentar la maledicencia y envidias de su tiempo. Sin embargo, con su traducción y comentarios, Émilie introdujo a Newton en la Europa continental y lo hizo con ideas propias.

ELLAS LO PENSARON ANTES/ 2, por José Biedma López

En 1748 escribió su Discurso de la felicidad que debió esperar treinta años para publicarse. Para su autora la felicidad no es ni caótica ni espontánea, sino que depende de la gestión de las pasiones con vistas a objetivos convenientes. Femenías inscribe sus propuestas éticas en la tradición filosófica hedonista. Mme. Châtelet pensaba que la ciencia sin una metafísica y una ética es peligrosa, según se deduce de la lectura de sus Institutions de Physique. También ella acepta la noción de “force vive” (mónada), así que, además de la mecánica de Newton, su trabajo extiende en Francia la influencia de Leibniz y Wolff, e incluye una teodicea, una fundamentación racional del deísmo.

Mary Wollstonecraft (1759-1797), madre de Mary Shelley, famosa autora de Frankenstein, nunca perdió la orientación racionalista a pesar de su sensibilidad romántica, ni el interés por cuestiones sociales. Su obra Vindicación de los derechos de la mujer (1792) sentó las bases del feminismo moderno. Su polémica con Burke acerca de lo bello (supuestamente femenino) y lo sublime (estereotipo de lo ideal masculino) resulta memorable.

A propósito de Alejandra Kollontai, cuenta Femenías cómo después de la revolución de 1917 las asociaciones femeninas y feministas se abolieron en la Unión Soviética y cómo las mujeres fueron abandonando el mercado de trabajo agobiadas por la “doble jornada”. La estructura machista tradicional se mantuvo en pie. Kollontai denuncia “los sombríos aspectos de la vida conyugal” en el régimen comunista y explica cómo para establecer las uniones en trato de verdadera camaradería es necesario que las mujeres se distancien de las ilusas expectativas del “amor romántico”.

Del libro de Femenías resulta particularmente interesante y pertinente para nosotros la reivindicación de figuras hispánicas como Elvira V. López, la primera Mujer que se doctoró en filosofía en Argentina con una tesis titulada El movimiento feminista. Primeros trazos del feminismo en Argentina (1901). Para Elvira, que supo hacerse con “un cuarto propio” antes que Virginia Woolf crease el tropo, la mujer “antes de ser esposa y madre es persona”. Valora Elvira la independencia económica como condición necesaria aunque no suficiente para la liberad de la mujer y apuesta por una educación feminizada que abandone la pedagogía del “vencedor” promoviendo la responsabilidad, el cuidado y la solidaridad.

En un libro como el que comentamos es obligado el análisis de la figura señera de la segunda ola del feminismo: Simone de Beauvoir (1908-1986). Femenías desgrana las principales tesis de El segundo sexo (1949): “No se nace mujer, sino que se llega a serlo”, o sea, la deconstrucción del “eterno femenino esencialista” que impone la naturaleza femenina como destino ineludible; la distinción entre el dato sexual y el constructo social y cultural, que después se llamará “género”. Para Simone de Beauvoir, ninguna sexualidad está determinada por la anatomía. La imposición de esta como “destino natural” impide la autonomía de las mujeres y las despoja de la calidad de sujetos biográficos e históricos.

Desfilan también por el libro de Femenías figuras bien reconocidas ya por el canon occidental por su relevancia en la historia del pensamiento contemporáneo, tal el caso de Hannah Arendt o el de Elisabeth Anscombe, la original discípula de Wittgenstein, cuya obra Intention (1957) marca un hito de la filosofía de la acción y del espíritu.

Lucía Piossek Prebish, “docente tucumana”, recién fallecida el 15 de noviembre de 2020 a la edad de 95 años, rescata la tarea nietzscheana de socavar mitos y creencias poniendo el saber histórico ante el tribunal de la vida. Con esto se opone al rechazo de la maternidad de Beauvoir, que entendía exclusivamente como “enajenación carnal”. Lucía Piossek desarrolla una fenomenología de la maternidad en la que profundiza la reflexión existencial sobre “el otro en mí” que exige “humildad ontológica” e inevitable sujeción a un “orden de la naturaleza con un ritmo compartido con otras regiones de la vida vegetal y animal”. Así, un ser humano mujer reconoce que sus mejores reservas y energías se desplazan hacia los intereses de la especie; deja de ser sólo “un individuo” para convertirse, al mismo tiempo, en albergue y custodia de “otro”. Muy probablemente, la historia de la filosofía se hubiera alejado de la soberbia presunción y estéril concepción de la persona como individuo aislado y autodeterminado si hubiera transitado la ambigüedad (en comunicación) de la experiencia maternal, es decir, si no fuera un relato lastrado por la egoísta ambición androcéntrica.

Graciela Hierro Pérezcastro (1928-2003) denunció la domesticación mejicana de la mujer, confinada al hogar. Insiste en la obligación de oír al cuerpo. El yo profundo, la autointuición que pertenece a la dimensión ética del adentro se orienta hacia el placer. Representa una interesante figura del feminismo radical de la diferencia.

Ocupa importante lugar en el libro de Femenías la figura de Celia Amorós, homenajeada en el XII Congreso de la AAFi (Sevilla 2018) y cuyo feminismo filosófico se ha ramificado tanto en España como en la América Latina. La complejidad de su pensamiento puede ejemplificarse en su definición del patriarcado como sistema estructural de dominación “metaestable e interclasista”, que implica formas de codificación radical de los modos históricos que adopta el sistema sexo-género. A pesar de dicho dominio patriarcal, también en filosofía, hemos de reconocer con Femenías más excepciones femeninas y excepcionales féminas de las que aparecen a simple vista, si no el mismo libro de la filósofa argentina hubiese sido imposible. Tiene razón no obstante Celia Amorós al suponer ingente la tarea de reconstrucción (prefiero este término al de deconstrucción, tan de moda) de nuestra historia intelectual ensamblando ya la mitad que la complementa. La depuración crítica de la tradición filosófica de su sesgo androcéntrico es la pretensión legítima del feminismo filosófico.

Otras filósofas reseñadas: Amelia Valcárcel y su análisis del “techo de cristal”; la psicoanalista francesa Luce Irigaray fundadora del “pensamiento de la diferencia”; la norteamericana Nancy Fraser (Baltimore, 1947), profesora en Nueva York que sustenta sus aportes a la filosofía política en el feminismo, el pragmatismo, la teoría crítica y el posestructuralismo, denuncia la “ceguera de género” de Habermas y cómo la tradición marxista es fuertemente androcéntrica. Pone de manifiesto la paradoja de que el capitalismo exija reproducción social (y familiar), pero se niegue a pagar sus altos costes. En efecto no se considera el trabajo doméstico y las tareas de cuidado, muy feminizadas, como actividades productivas y retribuibles).

La estadounidense de origen ladino Seyla Benhabib (Estambul, 1950), profesora en Yale, influida por Hannah Arendt, Habermas y la teoría feminista, defiende el racionalismo y la democracia deliberativa. Señala que el concepto de producción es inadecuado para comprender actividades como el parto, la educación de los hijos, el cuidado de enfermos y ancianos… Traza una analogía entre la expropiación marxiana del trabajo y la expropiación organizada de la sexualidad femenina. Critica la concepción “prometeica” de la humanidad que enfrenta al humano con la naturaleza. Frente al relativismo multicultural, defiende un “universalismo interactivo” porque “ningún ser humano es ilegal en la tierra”.

La obra de Judith Butler (n. 1956), polémica y en curso, pone en cuestión la distinción sexo/género. El género es performativo o teatral, algo que hacemos con palabras, gestos y ritos. Los cuerpos están también culturalmente construidos, no sólo las almas, y la distinción binaria varón/mujer es problemática. Butler niega desde un nominalismo radical la identidad de esencia o de sustancia femenina y/o masculina. Además, comparte la idea de Simone de Beauvoir de que la base biológica no determina la elección de objeto sexual. No sólo el género, sino la propia sexualidad se construye culturalmente. Su Teoría Queer acentúa el polimorfismo sexual y la continuidad no discreta del deseo. El sujeto (una estructura lingüística en formación), aun “forcluido” por la represión de la regla social, jamás está completamente determinado por normas.

En fin, el libro de Femenías puede servir notablemente a quienes quieran retribuir y reconocer con claridad y fundamento a muchas –no todas, desde luego- las representantes del pensamiento femenino y feminista de nuestra historia filosófica. También vale como excelente estímulo para posteriores profundizaciones y redescubrimientos.

María Luisa Femenías en Youtube: “Estado y perspectiva de género”.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M

https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897

https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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