BOECIO Y EL CONSUELO DE FILOSOFÍA, por José Biedma López

Folio del manuscrito Boèce: De consolatione Philosophiae, ¿Tours?, hacia 1460.
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Folio del manuscrito Boèce: De consolatione Philosophiae, ¿Tours?, hacia 1460.
BOECIO Y EL CONSUELO DE FILOSOFÍA, por José Biedma López

A principios del siglo VI, Anicio Manlio Severino BOECIO, miembro de una distinguida familia romana, alto ejecutivo estatal, funcionario de alto rango, se había puesto al servicio (¡qué remedio si los bárbaros mandaban en el decadente imperio!) del rey ostrogodo Teodorico el Grande, llamado en la épica germánica Dietrich de Berna.

Detalle de Filosofía, personificada en una doncella ultraterrena.
Detalle de Filosofía, personificada en una doncella ultraterrena.

Filósofo y erudito, Boecio había estudiado en Atenas y dominaba la elocuencia (arte político) en latín y en griego. Se ofreció como consejero con la esperanza de defender los intereses de la población romana bajo dominación militar ostrogoda. Defendió a su compañero Albino, acusado de traición por hablar con el emperador del Imperio romano de oriente a espaldas de Teodorico, con tan mala fortuna que la acusación le salpicó, le manchó y fue cesado, encarcelado cerca de Pavía y ejecutado sin misericordia en el otoño del 524, sin haber tenido la oportunidad de defenderse en un juicio formal.

Gracias a Dios, tuvo tiempo en prisión de escribir su obra más bella y madura, en verso y prosa, legándola a la posteridad en cinco libros (que ahora llamaríamos capítulos): De consolatione philosophiae. Compuesto en la forma platónica del diálogo, en ella conversa el prisionero con una dama celeste llamada Philosophia, bella doncella ultraterrenal. La obra se transmitió durante la Baja Edad Media a través de numerosos, carísimos y bellísimos manuscritos iluminados con miniaturas fantásticas.

El que ilustra este artículo (Boèce: De consolatione Philosophiae, ¿Tours?, hacia 1460), pertenece a una edición francesa. Estas ilustraciones superaron a otras por su maravilloso colorido. Los colores locales armonizan y se unifican con una brillantez propia de las piedras preciosas, una claridad en que lucen tranquilos los perfiles de figuras y objetos. El artista amanuense, al que llaman “el maestro de Boecio”, hace aparecer iniciales, letras, dibujos y ornamentos florales en una unidad ejemplar. Aunque no tienen nada que ver con la Antigüedad tardía ni con las invasiones bárbaras, casi mil años más tarde la serenidad que emana de sus obras refleja admirablemente la ética soberana del autor, capaz de superar el temor a la muerte gracias a la reflexión: coraje último del gran filósofo mártir.

En la ilustración vemos en una habitación espartana a Boecio sentado, de pie ante él la personificación de Filosofía, que le señala la presencia de otra fémina con el doble rostro de Jano: la Sabia previsión o Prudencia. Su doble cara es también la de la ciclotímica Fortuna, que eleva o hunde, caprichosa diosa del imprevisible destino y de la suerte lunera. Sus vicisitudes aparecen representadas a la derecha en una rueda que preside un monarca. A sus lados un comerciante con su bolsa crematística y un doncel noble con su halcón de caza. Abajo un caballero armado mantiene el equilibrio…, ¡inestable!, pues la Rueda de la Fortuna puede girar en cualquier momento y hacer caer al que ensalzó. Estas ruedas aparecieron en la iconografía medieval por primera vez en un manuscrito de finales del siglo XI o principios del XII, también con un texto de Boecio.

Se ha dicho que Boecio fue el último filósofo romano y el primer escolástico. Los eruditos discuten si era cristiano, porque en La Consolación de la Filosofía hay pocas referencias al dogma. Su teología es racional, naturalista; su consolación, más filosófica que religiosa; sus convicciones tienen fundamento intelectual más que sentimental. Su enseñanza principal es que de la mayor adversidad el espíritu filosófico puede extraer el mayor bien, que el autor identifica con Dios…

“La próspera fortuna aparta del bien verdadero con sus caricias seductoras; la adversa, trayendo a los hombres prendidos en su arpón, los hace volver muchas veces al camino de la verdadera felicidad” (L. 2º, 8ª prosa).

Esta idea de que no hay salvación sin sufrimiento, o al menos de que la adversidad puede usarse como instrumento de iluminación es central en la moral cristiana. La veremos repetida en el siglo XVII por la filósofa inglesa Anne Finch, vizcondesa de Conway, cuáquera y cabalista, que padeció dolorosísimas cefaleas. En cualquier caso, la influencia de Boecio en la más alta cultura cristiana de la Edad Media, que llamamos la Escolástica de monasterios y universidades, fue inmensa. Se ha dicho que la Consolación de la Filosofía fue la obra más leída y popular después de la Biblia durante un dilatado periodo. Hasta el siglo XII, la obra de Boecio fue el vehículo principal de transmisión del aristotelismo y su lógica en Occidente, e igualmente fue su obra la que mejor propagó el platonismo durante toda la Edad Media. Su vínculo con el socratismo también es claro: el humano sólo sobrepuja al mundo porque se conoce a sí mismo. Para los demás vivientes es ley natural su propio desconocimiento, “y en el ser humano ello constituiría una depravación” (L. 2º, 8ª prosa). Es la reflexión de la autocociencia lo que nos hace personas. Así, se atribuye también a Boecio la definición de este importante concepto metafísico, que adoptará la ética cristiana y jurídica occidental en general, la noción de persona: sustancia individual de naturaleza racional.

La deidad aparece en Boecio como un mecanismo trascendente, corrector o Juez supremo indispensable, pues en el mundo –como supo por experiencia trágica y propia el autor- ni el vicio es siempre castigado ni la virtud alcanza siempre recompensa. O sea, que el karma en este mundo no funciona y la vida no es justa. Sólo Dios puede corregir las injusticias del azar. Si bien el Azar preserva la libertad humana de poder elegir entre el bien y el mal, existiendo para el hombre como otro nombre de Fortuna o Destino, el azar no existe para Dios, que lo sabe todo y lo puede todo. Esta es la Divina Providencia, que Boecio distingue del destino. “Dios proveerá” significa así que el hombre bueno alcanzará su gloria y el malvado será castigado por sus pecados.

Hay cierta analogía entre esta exigencia racional de un Juez Supremo y la idea kantiana de un dios que representa el Ideal de la razón práctica como unidad final y posible de bien y felicidad. En cualquier caso, el providencialismo de Boecio es un precedente claro de la llamada “teoría del diseño inteligente”:

“Piensas que nuestro mundo es movido por las fuerzas ciegas del azar o crees que haya en él una dirección inteligente? –pregunta retóricamente Filosofía al prisionero en el Libro I, prosa 6ª-. ¿Cómo? –responde Boecio-; imposible me sería imaginar que un conjunto tan bien ordenado pudiera depender de las fuerzas ciegas del azar; por el contrario, estoy persuadido de que es Dios quien dirige la obra que ha creado, y jamás podré pensar otra cosa”.

Pensar otra cosa sería como creer que el azar del choque de los átomos puede producir por sí mismo la catedral de Burgos. Tras su injusta muerte por decapitación, Casiodoro fundó un monasterio en Vivarium, en el que introdujo las obras de su amigo Boecio para la enseñanza y formación de los monjes. En España, la Consolación se tradujo un siglo antes al catalán (s. XIV) por Fray Antoni Ginebreda que al castellano, en el siglo XV.

La Consolación de la Filosofía concluye con una exhortación conmovedora:

“Oponeos, pues, a las culpas, cultivad las virtudes, levantad el ánimo a las rectas esperanzas, elevad al cielo humildes plegarias; grande es para nosotros la necesidad de ser buenos, ya que obráis ante los ojos de un juez que lo ve todo”.

Del autor:

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