'El cañón de Añisclo', por Pedro Cuesta Escudero

"El cañón de Añisclo", por Pedro Cuesta Escudero

Extracto del libro “Atrapado bajo los escombros.

sábado 16 de enero de 2021, 11:09h
'El cañón de Añisclo', por Pedro Cuesta Escudero
Dada la prolongada situación de confinamiento en que nos encontramos por culpa de la pandemia no vendría mal realizar periódicamente lo que el protagonista de “Atrapado bajo los escombros” se propuso para no enloquecer.
'El cañón de Añisclo', por Pedro Cuesta Escudero

“El único paisaje que hay en esta mazmorra son sus cuatro paredes, pero la soledad entra en mi corazón e ilumina con fuerza cada rincón de mi memoria para mantener viva la imagen de todos esos hermosos lugares que hay allá arriba. No se me oculta que la memoria no es una nevera donde los hechos primitivos conservan su aspecto, su forma, su aroma, sino que es algo vivo, que varía y se transforma. Sé que los hechos primarios no quedan estáticos, sino que se van combinando con nuevas experiencias y la memoria viene a ser como un río que fluye por su cauce arrastrando todo lo que encuentra a su paso. Puede que haya mitificado esos paisajes que he ido recordando sistemáticamente, pero lo importante es que la fluidez de mi imaginación y de mi memoria me ha transportado a infinidad de lugares. Y he vuelto a revivirlos y no me he sentido tan solo y tan prisionero”.

El cañón de Añisclo

Añisclo es, sin ninguna duda, el cañón más agreste y bravío del Pirineo. Y, posiblemente, uno de los más bellos del mundo. Porque compone un paisaje de élite, donde se conjugan mágicamente agua, piedra, vegetación, luces, sombras, colores, y sonidos.

El tramo inferior del cañón de Añisclo se puede recorrer en coche hasta el puente de San Úrbez. Después la carretera continúa hasta las plataformas superiores donde se asientan Vio, La Buerba, Nerín y Fanlo. Son pueblos, antaño llenos de vida, y hoy semiabandonados, precisamente ahora que han conseguido estar mejor comunicados. Da la impresión que sus únicos habitantes son los perros, que salen a recibirte, como nuevos mendigos, para que les des un rosigón de pan. Se ven tan famélicos y escuálidos que el viento los zarandea, como a hojas caídas y, cuando corren, las patas de atrás casi van por delante. Pero son valientes, pues sus cuerpos están condecorados de cicatrices de sus encuentros con los jabalíes.

La carretera del cañón de Añisclo fue hecha por los presos de Franco, que, como esclavos, tuvieron que trabajar para redimir sus penas y poder reintegrarse al orden impuesto por los vencedores de la Guerra civil. Seguramente muchos de esos presos no llegaron a vivir ese nuevo orden, pues la carretera se hubo de abrir a pico y pala en la roca viva siguiendo una estrecha cornisa, la cual se retorcía por entre las imponentes pareces del desfiladero, unas veces al nivel del río y otras elevándose al nivel del vértigo. Hay trechos en que los murallones se aproximan tanto que apenas se ve allá en lo alto una franja de cielo tamizado entre las trenzas de raíces y plantas colgantes. Mientras, el río, apenas visible allá abajo, discurre saltando enfurecido por encima de enormes pedruscos que le obturan el cauce.

El cañón de Añisclo es de una belleza incomparable. En esas cortadas paredes de tonos amarillentos, a veces con salpicaduras de negro, naranjo e, incluso, violeta, aparecen asidas a las rocas anidadas de musgo, de té, de siemprevivas y hasta matas de poleo. También plantas insectívoras. Y audaces pinos desafían el abismo aferrando sus raíces en los salientes o en las cavidades. Cuando se ensancha el cañón la vegetación se adueña del espacio.

Donde el río Vellós recibe las aguas del Aso el paisaje se hace serrano, de matorrales y pinos. Cerca, en la cueva que hay en la otra margen, junto al inquietante tajo que hace el río, hizo penitencia el ermitaño Úrbez, a quien se le apareció la Virgen según la tradición. Y para venerar tan santo lugar se hizo un arriesgado puente en épocas medievales.

Ruta a pie
Y ahí es donde suele acabar el trayecto turístico, pues lo que queda se tiene que hacer a pie. Pero aún hay unas decenas de kilómetros hasta las emergencias y escurrideras que conforman el rio Vellós en el macizo de las Tres Sorores. El turista de coche y zapato suele cruzar por la pasarela de hormigón, que salva por encima del puente románico el precipicio de estricta verticalidad, para ver en la otra margen la cueva de San Úrbez. La verdad es que, cuando te asomas por el puente para ver las verdes aguas del río allá tan abajo, sientes como el vértigo te cosquillea el vientre.

Algunos se aventuran por la senda hasta el otro puente de hormigón e, incluso, se atreven a seguís cauce arriba, pero el final de su trayecto lo suelen justificar donde hay que cruzar otra vez el precipicio, pero ahora por una pasarela de troncos mal colocados y escasa garantía, pues varios de esos troncos se ven precipitados al fondo de la barrancada.

Tampoco son muchos los que se acercan a las ruinas del molino de Aso, porque hay que descender hasta el cauce por una vereda en desuso. Es, por ello, que continúa siendo un lugar pintoresco, solitario como ninguno, y cerrado entre altas rocas por las que cae el agua en armonioso concierto.

A media ladera, por encima del molino, hay una cueva de amplio umbral con estalactitas y estalagmitas, a la que se accede abriéndose paso por entre los matorrales como los jabalíes. Esa cueva –que lleva a otro valle, aunque yo no lo he comprobado- tiene en algunos tramos unas angosturas que las has de superar arrastrándote como las anguilas. Una vez apagamos los frontales y la oscuridad era absoluta. Sólo he vuelto a experimentar esa sensación tan brusca cuando me encontraba tirado en la bodega.

Lo más subyugante del cañón de Añisclo es, sin duda, el tramo superior donde el Vellós discurre con salvaje energía por entre la falla abierta en las masas calcáreas. Y confieso que mi mayor ambición era recorrer todo el cañón desde el principio para sorprenderlo en sus más recónditos secretos, para sentir en lo más hondo su indómito atractivo.

Duro paredón para llegar al collado
Para empezar desde el principio, desde el mismo nacimiento del río, hay que situarse en lo alto de la cara sudeste del macizo de los Tres Sorores, lo que obliga a subir desde Pineta por el duro paredón hasta el collado de Añisclo. O acceder desde Góriz bordeando el pico Añisclo, que no está exento de riesgos y fuertes dificultades.

No cabe duda que esta aventura tiene un precio, pues lo más valioso es lo que más cuesta. Aunque no siempre se paga con la misma moneda, pues depende de muchas circunstancias. La primera vez que hice esta travesía sólo tardamos nueve horas, pero no recuerdo otra ocasión que me fatigara tanto y que tuviera tanta sed, hasta el extremo que tuve que lamer el musgo de las rocas. Es que salí con compañeros que tiraban mucho más que yo y, encima, parecía que pretendían batir un record, ya que su única obsesión era llegar cuanto antes a los coches que teníamos en San Úrbez, sin permitir el lujo de tomar el más mínimo respiro, ni para recobrar fuerzas, ni para disfrutar de las bellezas que se nos presentaban.

Para ir más livianos convinieron, como más expertos, no llevar agua ni otra clase de bebida, ya que, decían, no hacía falta. Aunque era de madrugada cuando salimos de Pineta, hasta coronar el collado el sol nos estuvo castigando de una manera inmisericorde. Creía que el collado esta junto al poste de la nieve, que es el horizonte que se observa desde el valle. Y no dosifiqué mis fuerzas. Tampoco me dejaban. Y cuando llegamos al citado poste pude comprobar que aún quedaban más de dos terceras partes de la montaña. Además, lo que falta hasta el collado era una tartera, piedras sueltas de todos los tamaños, donde das un paso y retrocedes dos, un desierto sin la más mínima sombra. Y, en vez de seguir el zigzag que indicaban las marcas (hubiéramos encontrado una pequeña fuente), mis compañeros optaron por atajar al recto. Lo que terminó por reventarme. Y esperándome descansaban y, antes de alcanzarles, se reanudaba la marcha sin darme tiempo ni a recuperar el resuello.

Hasta que por fin rebasamos el collado y se nos presentó, como lo más maravilloso que puede contemplar el ojo humano, el valle de Añisclo, con sus verdes praderas y sus tumultuosos riachuelos nacidos allí mismo de los neveros. No creo haber encontrado nunca nada tan extraordinario como aquel delicioso valle. También influiría mi estado de ansiedad.

Pureza medioambiental
Pudimos contemplar fascinados a muy poca distancia de nosotros un nutrido rebaño de sarrios, que pacía tranquilamente porque le salimos a contraviento. Y una alfombra de flores de la nieve se nos presentó extendida a los pies. La flor de la nieve es el símbolo mismo de la alta montaña. Su solo nombre evoca la altura, la pureza del ambiente. El hallazgo de esos edelweis nos anunció que estábamos en el santuario mismo de la naturaleza, a donde no llega ni la depredación ni la contaminación.

Sin embargo, el verano siguiente volví a repetir la travesía, con la diferencia que yo era el guía del grupo y, por consiguiente, quien marcaba el ritmo. Tardamos trece horas, pero nadie tuvo ni la menor fatiga, ni la mínima necesidad. Aunque al coronar el collado nos sorprendió una terrible granizada. Las piedras de un tamaño más que considerable azotaban de lo lindo, pues el viento las impulsaba con fuerza. Lo único que podíamos resguardar con las capelinas era la cabeza, pero quedaban al descubierto las piernas desnudas. Me opuse a buscar el refugio de las grandes rocas que hay en la cima, porque son los lugares más expuestos a las descargas eléctricas. Precisamente, cuando volví a subir la tercera vez, justo después de una tormenta, encontramos debajo de las peñas a unos cuantos rebecos achicharrados por un rayo.

Las tormentas de verano pasan enseguida y decidimos reanudar la marcha. Allí abajo, en la distancia, se ve como el río se interna por el cañón. Pasamos frente a la fantástica Font Blanca, una surgencia como un río del corazón de la montaña, un mechón blanco que se irisa con los rayos solares y se despeña en gran cascada sobre el Vellós. Todo el valle parece ex profeso para sorprenderte.

Mientras los bosques trepan por empinadísimas pendientes, las barrancas de ambas laderas no paran de verter agua al valle. De esa forma el río, fortalecido, se interna dentro del desfiladero. Nosotros también lo hicimos por un sendero, que a menudo se angosta y varias veces asciende por peligrosas cornisas. Es que los murallones del cañón solo permiten el paso del río y sin mucha holgura. En esos momentos piensas lo peligroso que puede ser una tormenta, pues la extensa boca de embudo del valle, los grandes desniveles y la estrechez de la garganta, pueden provocar una súbita crecida del caudal del río y arrasar todo cuanto encuentre al paso. Y no hay tiempo ni posibilidad de escapar. Las huellas de las riadas se aprecian a bastante altura. Y las aguas cuando se enfurecen son terriblemente devastadoras, sino no se explicaría la existencia de enormes bloques de piedra empotrados unos contra otros en un descomunal caos.

Y en este ambiente grandioso, de poder y, a través de nubes de agua pulverizada, toda una serie de maravillas desfilan constantemente ante tus ojos: espectaculares saltos de agua, rápidos, resaltes, gradas, estrechos, badinas profundas y una cinta de cielo allá en lo alto entre dos baluartes montañosos. Solemnidad, silencio, solo el sordo fragor de las aguas.

Por donde se camina todo está tamizado de raíces, hojarascas, musgo, cortezas, ramas quebradas y podridas, y todo tan húmedo como si acabara de llover. Cuando la garganta se ensancha el espacio es invadido por los helechos y enmarañadas formaciones de pinos, abetos y hayas. Una pugna grandiosa de los corpulentos árboles que se estiran buscando la luz. Ambiente amazónico, luz tamizada a través de la bóveda verde. Y también breves praderas de delicioso colorido floral cuando desemboca en el cañón una barrancada.

Tengo grabados los momentos de apuro cuando tuvimos que franquear un paso rocoso, que el agua y el musgo lo hacen peligrosamente deslizante. Un resbalón en ese suelo donde no hay nada para sujetarte te desliza como un tobogán hacia una imponente catarata de espumas absorbentes en su fondo. Cuentan que una vez uno se cayó y tardaron tres días en sacarlo del agua, pues un peligroso remolino agazapado bajo la espuma de la cascada lo tenía atrapado sin dejarlo salir.

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