PASIÓN DE PENITENTE (Tentación y contento), por José Biedma López

Conversión de Pablo, Il Parmigianino.
Conversión de Pablo, Il Parmigianino.
lunes 11 de abril de 2022, 21:14h
PASIÓN DE PENITENTE (Tentación y contento), por José Biedma López

Menandro de Calcis era hombre rico, pero no era feliz. Sólo le alegraban a ratos las caricias y danzas de Myrta, una belleza siria a la que había comprado como esclava y liberado luego para hacerla su legítima esposa y heredera. No le había dado hijos; tampoco los deseaba. Menandro, que es un hombre educado, constata con triste nostalgia cómo los viejos y venerables dioses están siendo olvidados. Le amarga ver que la enigmática esfinge griega ha sido sometida y domada por la bárbara loba romana. Ahora, en la ciudad de Atenea, diosa de la sabiduría, una chusma envilecida de charlatanes, hetairas, oportunistas, cortesanas y parásitos disfruta viendo pelear a muerte a los gladiadores en el circo, una muchedumbre que goza con ese inútil derramamiento de sangre y se regocija, ¡colmo de la crueldad!, viendo cómo los leones destrozan y devoran los cuerpos de inofensivos cristianos: hombres, mujeres y niños.

Es significativo que unos pastores cuenten que hallaron rota la siringa de Pan.

- ¡Los dioses nos han abandonado! –declaran los filósofos enclaustrados en las bibliotecas y museos de Alejandría.

- ¡Los dioses callan! –gimen oráculos en Cumas y Eritrea.

- ¡Los dioses se hunden en la nada! –repiten pitonisas lívidas, masticando laurel y retorciéndose en postreras alucinaciones y convulsiones de locura sagrada.

La curiosidad investigadora –piensa Menandro- ha acabado con la fe. Los templos y sus dioses son ya antiguallas que hemos heredado de nuestros abuelos y que sólo se conservan por respeto a los muertos. Queda en los labios el nombre de sus santidades pero su símbolo ha muerto en los corazones de los atenienses. Oriente ha penetrado en el corazón de la Hélade como un veneno infeccioso.

Al mismo tiempo Pablo de Tarso predica en Atenas el culto al Dios Desconocido, deidad absoluta, única, principio y fin, que lo sabe todo, que lo puede todo, Dios padre al que ya no hay que ofrecer más sacrificio ni sangre que la inmolación de vanidades, vicios y pasiones. Sus ojos de águila relampagueaban bajo el arco de las negras cejas, sus brazos se elevaban hacia el cielo mientras decía con voz severa que el corazón del hombre es el verdadero templo de Dios. El visionario de Cilicia, de perfil aguileño con sayal ceniciento y cabellos enmarañados, cuenta cómo él mismo persiguió a los cristianos y contempló sin inmutarse el martirio de San Esteban. Pero relata también de qué manera maravillosa, camino de Damasco, se le apareció la dulce figura de Jesús que le cegó y le habló:

- ¡Saulo, Saulo! ¿Por qué me persigues?

- ¡Señor! ¿Qué debo hacer?

“El hijo de Dios sacrificado y resucitado me envió a anunciar el reinado de la paz y del amor” –explica Pablo en el areópago de Atenas-. “¡Ni esclavos ni señores! Los hombres son hermanos y han sido redimidos de sus pecados por Cristo, el Ungido, el Crucificado, el Hijo primogénito del Padre eterno… Oigamos la palabra de Dios encarnada en su Hijo, que predicó el amor fraterno y, tras descender en rescate a los infiernos, resucitó al tercer día… Los encantos pasajeros de los sentidos, ¿qué son comparados con los eternos goces del espíritu?”.

A Menandro de Calcis, que había confraternizado con cínicos y estoicos, el mensaje de Pablo le impactó. Volvió a oírle fuera de las murallas en la explanada sobre el Illiso, bajo los mismos plátanos donde un día volaron las palomas a picar trigo en las manos de Platón. Allí se juntaron para oírle miserables libertos, sórdidos traficantes, viejas rameras cuyos senos fláccidos colgaban por encima de sus túnicas descoloridas, bárbaros soldados de ojos claros, mendigos, ciegos, paralíticos, tal vez la austera silueta de algún filósofo y, entre la hez de la ciudad, un rico pero desilusionado Menandro que en aquella ocasión fue convertido por el mensaje de fe, caridad, esperanza y desprendimiento del apóstol Pablo.

¿De qué le sirven al hombre todos los bienes del mundo si pierde su alma?, se repetía. ¿Qué debo hacer, maestro? “Ve al desierto y ora”, le dijo Pablo. Así que Menandro abandona a su amante, la bellísima Myrta a la que compró y liberó y a la que ama –o tal vez sólo amó- apasionadamente. Abandona su vida de placeres y convites. Marcha al desierto para purificarse y solicitar la salvación de su espíritu a su nuevo y omnipotente Dios, así como la resurrección gloriosa de la carne.

La huida de Menandro rompe el corazón de Myrta, que lo quiere de veras. No duda en regalar sus pedazos buscando olvido en los placeres venéreos. Pero nada le satisface. Su joven carne insaciable pide besos sobrehumanos porque las más intensas voluptuosidades, alegrías y éxtasis, los había descubierto y sentido en los brazos del señor de Calcis. La incomprensible fuga del amado le desespera. Le llama inútilmente hasta enronquecer, ¡Menandro, Menandro! Se mesa los cabellos y se golpea los firmes pechos, blancos como frescas magnolias, con furia trágica hasta volverlos bermejos. Pasa meses a solas con su locura, sacrificando y orando a sus dioses e interrogando al Destino. Manda una cuadrilla de esclavos en su busca y cuando vuelven sin resultado manda que les azoten. Busca en el aturdimiento de bacanales y orgías una evasión momentánea para su dolor.

Ya casi le cree muerto cuando consulta a una vieja hechicera de Tesalia… Su cuerpo sarmentoso se retuerce en torturadas espirales de locura epiléptica; la boca de la bruja se contrae en el furor de las imprecaciones, su mano esquelética traza extraños signos con un caduceo en el que se enroscan dos negras serpientes. Un olor a vísceras quemadas adensa el aire. En la obscuridad de la gruta aletean sombras de murciélagos y reluce la pupila de un búho. La vieja se descoyunta en una danza macabra. Las dos serpientes se desenroscan del caduceo, reptan en sus brazos y por ellos ascienden hasta introducir sus lenguas triangulares en las orejotas de la adivina.

- ¡Menandro vive! Le veo a lo lejos, de rodillas, sucio y andrajoso, rezando a un Dios que no es nuestro…

A los pocos días, dos heraldos agitaron sendos ramos de olivo a los pies de Myrta, la mujer más bella de Atenas:

- ¡Alégrate, hija de Venus! Menandro vive. Un penitente cristiano nos dio noticias suyas. Hace tres años que vive recluido en el fondo de un barranco. Come insectos, raíces y hierbas. Duerme sobre piedra y se castiga por sus visiones lascivas.

Al día siguiente Myrta marcha de Atenas rodeada de sirvientes al valle donde los emisarios sitúan a Menandro. Camina por senderos agrestes, asciende empinadas cuestas. No obstante, y a pesar del polvo del camino, llega a aquella obscura sima vestida con sus mejores galas, ungida y perfumada como para un desposorio. En sus cabellos teñidos de añil y ligados con lazos purpúreos resplandecen cigarras de plata y escarabajos de oro. A sus brazos y piernas ebúrneas se enroscan sierpes de finísima pedrería y un velo sutil como el aire envuelve en una niebla azulada los geranios pálidos de su carne.

Encontró a Menandro de bruces, con los brazos en cruz y las pupilas en el cielo clamando con voz profunda que parecía provenir de una orza enorme:

- ¡Misericordia, Señor, misericordia para este pobre pecador!

Su rostro demacrado ardía de fervor pidiendo protección contra aquellas apariciones monstruosas que invadían las soledades de su desierto, de su noche obscura, y que como hienas famélicas se reían de su piedad en torno a su imaginario cadáver. ¡Myrta!, ¡Siempre Myrta! Todas aquellas apariciones tenían algo de la venus siria, algo suyo, y sus iris fosforecían como ojos de cantáridas o de crisopas, ojos diabólicos que tantas veces había él cerrado con sus besos.

- ¡Misericordia, Señor, misericordia!

En aquel momento los brazos de Myrta se enroscaron con delicadeza a su cuello.

- ¡Salve, salve, Afrodita, hija de los mares, alma del mundo! –cantaban a coro sus doncellas-. ¡Salve, salve, madre de Eros, corazón del Olimpo! –contestaban los mozos en un crescendo sonoro golpeando sus panderos.

Menandro se puso lívido y miró a Myrta y los suyos con ojos desencajados. Su cuerpo decrépito se retorcía en el más espantoso y cobarde de los terrores. Rechazó a Myrta brusco. En un arranque de fiera acorralada por una jauría y no hallando refugio contra aquella diabólica tentación que corría hacia él suplicante y amorosa, con los brazos extendidos y los ojos lagrimosos, se arrojó en mitad de unas zarzas.

Entonces amanecía y el sol se asomó al horizonte como para iluminar un misterio. Las flautas y los panderos enmudecieron. La naturaleza entera se sobrecogió ante el estupor del milagro. Myrta cayó de rodillas y en un gesto de adoración besó la tierra mientras las zarzas donde se revolcaba el penitente se cubrían de rosas escarlata, rosas de sangre cuyos pétalos luminosos se abrían lentamente a los sones de una dulce melodía que bajaba del cielo.

(Sobre La zarza florida de Francisco Villaespesa, gran maestro almeriense del Modernismo, novela corta editada por la universidad de Almería en 2006 bajo el cuidado de José Heras Sánchez, profesor de Teoría de la Literatura)

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M
https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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