ILUMINADOS, por José Biedma López

ILUMINADOS, por José Biedma López
ILUMINADOS, por José Biedma López
“Woke” es el nuevo anglicismo o “barbarismo” de moda. Y confiemos en que se quede en moda. Define a alguien con tan pocas obligaciones sociales y laborales que puede dedicar sus comprometidos ocios a ampliar su conciencia social unidireccionalmente. El woke es joven, normalmente de familia acomodada, ¡un milenial comme il faut! Está al loro, no se pierde “mani”, porque se alía a causas que normalmente sólo le afectan relativamente, pero que él toma por absolutas. Ha despertado, ha cobrado conciencia de que el mundo va mal, de que ha ido siempre mal, aunque reconoce que a él le va genial, pero en lugar de dar las gracias a Dios, a sus padres, a la historia o al sistema por ello, se caga en la historia y en el sistema. “Colón al paredón”.

El woke ha subrayado un par de libros y memorizado unas cuantas consignas. No necesita más. Ya le valen como catecismo de la llamada “teoría crítica racial” o del movimiento por “la justicia social”. En Usamérica sirven de evangelios los libros de Ibam X. Kendi, Cómo ser antirracista y de Robin DiAngelo: Fragilidad blanca. ”. DiAngelo (nacida Taylor) está considerada en la Wikipedia “facilitator working in the fields of whiteness studies”, o sea “falicitadora trabajando en el campo del estudio de la blancura”. Es decir, que el color blanco de la piel es ahora determinante, ¡pero para mal!

Aunque reniegue de la religión, sobre todo de la de sus padres (las otras tienen su magia), la actitud del woke es religiosa, como ha demostrado la académica británica Helen Pluckrose, religiosa por dogmática y puritana. El woke se tiene por elegido, por despierto mientras los demás duermen, por moralmente superior: sabe perfectamente cómo deberían conducirse los demás si hubieran sido iluminados por la gracia del feminismo o del anticapitalismo o del antirracismo, como lo ha sido él.

El término “woke”, como tantos otros, es un regalo de la potencia que nos neo-colonializa culturalmente a través de películas y series “políticamente correctas”. Muchos jóvenes “morenos” emplearon el hashtag #staywoke para discutir sobre el estatus de la comunidad afroamericana. Luego entró en sinergia con #BlacklivesMatters, el movimiento que surgió tras el asesinato de Trayvon Martin en 2013…

Por supuesto, no hay nada de malo en combatir el supremacismo, con tan larga tradición entre los anglosajones, la marginación social o la violencia policial desproporcionada…, el peligro está en que el wokismo va camino de cristalizar en una sólida ortodoxia identitaria (Argemino Barro), esto es, en una ideología totalitaria. Sus apóstoles suelen ser blancos, actores con casi dos millones de seguidores en Instagram que proclaman como Matt Mcgorry: “Soy un hombre blanco heterosexual y disfruto de mucho privilegio por ello”. El problema está en que el woke no duda. Su indignación o su contrición es la propia del fanático que está sólo interesado en lo que cree saber y desatiende lo que no sabe.

Ganando terreno en las universidades progres norteamericanas, el wokismo se ha ido extendiendo como una mancha de aceite, impregnando discursos e instituciones y ganando poder coactivo y sancionador. Así, se imponen como obligatorios cursos de “antirracismo” y de “feminismo” con sesgos extremistas, o de “sensibilización racial”. Es la paradoja de que aquello que no debería ser tenido en cuenta a la hora de apreciar a una persona, como su sexo o el color de su piel, se convierta ahora en el valor o disvalor, es decir en lo determinante. Se organizan confesiones públicas en las que se permite llorar a los negros victimizados, pero no a los blancos, que para llorar sus pecados tienen que salirse fuera, pues son verdugos históricos por definición. Se exige el ajuste de la libertad de cátedra a los estándares DEI (diversidad, equidad, inclusión), o sea, se impone la desaparición de la libertad de cátedra.

El wokismo es un maniqueísmo. No hay para él término medio entre el bien y el mal: o eres racista o te apuntas al activismo antirracista, o eres machista o eres feminista, y del más extremoso feminismo. Robin DiAngelo piensa que el racismo, como el capitalismo, es inherente a los caucásicos e incurable. La única solución que ella propone es mantener a raya esta naturaleza perversa mediante el entrenamiento mental que prescribe y la confesión pública que facilita. No sé por qué no propone también el uso de cilicios y la autoflagelación a quien perciba en sus hábitos la menor sospecha de racismo o machismo. Si siendo blanco no confiesas tus pecados racistas, entonces das muestra de tu “fragilidad blanca”.

Argemino Barro cree que estos fundamentalismos del siglo XXI tuvieron su origen en la postmodernez francesa de los años sesenta. No pienso que vaya descaminado. Foucault proclamó en uno de sus libros el fin del “hombre”, o sea de la idea de humanidad. No obstante, si no atendemos a la humanidad de las personas, entonces lo relevante pasa a ser la orientación sexual o el color de la piel, compulsivamente concluyente. “Claro, tú piensas así porque eres blanco y heterosexual, luego tus pensamientos no valen nada”.

El wokismo se empodera y crea en algunos campus usamericanos “equipos de respuesta al sesgo”, es decir, comités o células de chivatos. Se imponen sanciones. La alumna a la que el conserje no deja pasar, por las órdenes que le han dado, no tiene más que acusarle de racista para causarle un buen disgusto. Aunque demuestre que no le prohibió el paso por el color de su piel, quedará la sospecha. “Difama, que algo queda”. El resultado, claro, es una nueva forma de discriminación. Los nuevos inquisidores ganan poder y mucha gente honrada pierde su empleo por un chiste que publicó en una red social hace veinte años o por no tragar con las piedras de molino de la nueva doctrina de salvación.

La universidad de Yale suprimió un curso de arte por ser “demasiado blando, masculino y occidental”. Es como si la cultura occidental, que inventó el teatro, la ciencia y la democracia, se mostrase ya bien dispuesta, descontenta de sí, a hacerse el harakiri. O como si uno sólo pudiese ganar prestigio en la Academia odiándose a sí mismo por no ser una víctima de los errores e injusticias de la historia. Con estupor hemos tenido que ver como se descalificaba al gran escéptico David Hume, que escribió miles de lúcidas páginas y fue el “despertador de Kant”, por una frase presuntamente racista y sacada de contexto. El woke otorga a su indiscutible moral efectos retroactivos y juzga y condena desde su soberbia peana de santurrón a hombres que vivieron en condiciones muy distintas a las actuales.

Poco vale una moral nacida del resentimiento. Eso ya lo caló Nietzsche con perspicacia de gran psicólogo. Pero era blanco, heterosexual y racista, por lo que habrá que prohibir su lectura y mandar su figura al nuevo infierno creado por los Iluminados del siglo XXI.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M
https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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