EL HUMANISMO DE JASPERS, por José Biedma López

EL HUMANISMO DE JASPERS, por José Biedma López
EL HUMANISMO DE JASPERS, por José Biedma López
En su tratado sobre el Origen y meta de la historia, el gran existencialista alemán Karl Jaspers se pregunta por la diferencia entre el humano y el resto de los animales. Se puede responder a esta importante cuestión aludiendo a propiedades específicas de nuestra especie: la cerebración creciente, la posición erecta, la liberación de las manos, la capacidad de reír y llorar…

Jaspers supone que el cuerpo es expresión del alma y que hay ciertamente una belleza específica del cuerpo humano. Pero la diferencia mayor la percibe el filósofo en el hecho de que somos animales generalistas: o sea, en la no especialización del humano. Los animales han desarrollado órganos especializados para adaptarse a su contorno y en eso son siempre superiores al humano: un olfato más fino, unos dientes más poderosos, un correr más veloz, branquias para nadar, alas para volar, pero esa superioridad significa también angostamiento, estrechez de miras.

El hombre conserva superiores posibilidades gracias a una conciencia y a una superior inteligencia que le ha permitido sustituir órganos por herramientas. Por eso, y no por el físico, el humano manda y ha podido adaptarse a casi todos los climas y regiones, a casi todos los entornos y situaciones, al menos terrenales.

El “animal que mira hacia arriba” es también un animal peregrino desde su origen. La libertad que le otorga la reflexión y el pensamiento, esos remirar e interiorizar la acción antes de ejecutarla, le impiden toda fijación definitiva. Su existencia (Existenz) es precisamente esta incesante apertura a la posibilidad, que limita y oprime insoportablemente cualquier confinamiento. Por eso tiene tanto valor el sacrificio de las poblaciones cuando a otras limitaciones se une esta del obligado permanecer en casa por una pandemia: en la ciudad, en la provincia, en la comunidad, etc. El hombre es por naturaleza un animal al que gusta salir y entrar, disiparse y concentrarse, siempre dispuesto a migrar, cosmopolita, itinerante, turista, vagamundos.

Capaz de mejorarse a sí mismo, el animal humano ha hecho historia y en lugar de repetir el ciclo natural de la vida como hacen otros animales inventa cambios rápidos y conscientes, pero eso sí, no lo olvidemos, sobre el fondo de su ser natural. La afirmación orteguiana de que el humano no tiene naturaleza, sino sólo historia, es exagerada. Aunque sólo nos queden muñones de instintos, ¡ahí están!, actuando en la sombra, en la egoísta y azarosa combinatoria de los genes.

Puede que la naturaleza, como afirmó Simone de Beauvoir, no sea para vosotras ni para nosotros “un destino”, pero sin duda es raíz sin cuyos nutrientes nos mustiamos necesariamente, o somos ya otra cosa: ese transhumano, esa superhumana o ese ciborg con el que sueñan y deliran muchos y muchas. Somos capaces de mejorarnos intencionalmente a nosotros mismos y de transformarnos espiritualmente, lo hacemos también cuando leemos o vemos series, o cuando dialogamos buscando el mutuo entendimiento.

La naturaleza tiene también su “historia” a la que llamamos evolución, pero sólo en el sentido de una mudanza inconsciente, irreversible y muy lenta, presidida por el azar y la necesidad, no por la libertad relativa, limitada pero efectiva, que caracteriza nuestra evolución cultural.

Pero el humano es también diverso biológicamente. Como hechos biológicos diferenciales, Jaspers, que también fue un notable psiquiatra (de la psiquiatría pasó a la filosofía con cuarenta años), señala nuestra predisposición a la psicosis, que se da en todas las razas humanas. Un cerebro más complejo es necesariamente un cerebro de equilibrio más frágil, inestable y delicado. También señala como propiedad diferencial una predisposición a la maldad, cuyo esbozo también podemos observar en primates superiores.

El hombre nace prematuramente, débil, desvalido, con el cráneo abierto para permitir su desarrollo. Debe aprenderlo todo. Ya fuera del útero ha de empezar por erguirse. Hablar será empresa que le llevará años de imitación y condicionamiento; a hablar bien nunca se aprende del todo. Son habilidades, estas y otras muchas, como conducir, que sólo podemos dominar en relación comunicativa y en interacción con nuestros semejantes. El acceso al logos, a la palabra y al uso de razón, nos hace aptos para una vida muy peculiar, artística y artificial. Por eso “en el hombre la realidad biológica no se deja separar de la realidad espiritual” y por eso “el hombre no ha creado la cultura, sino que la cultura ha creado al hombre” (Jaspers). Nulla mens sine cultura!

Distingue el filósofo con todo motivo entre cultura y domesticación. El primero es un “camino hacia la libertad”, el segundo una vía hacia la servidumbre. La domesticación no hace crecer los cerebros de los animales, sino más bien al contrario: por regla general hace disminuir su peso relativo. En el hombre el proceso de maduración sexual se retrasa con la cultura, más cuanto más compleja es; en los animales domésticos, la precocidad sexual es regla general. En el humano, como en otros primates, desaparece la estacionalidad del celo. Somos animales de celo continuo. Dicha extensión de la vida sexual –como aliciente de la sociabilidad- es una condición primate de la vida cultural y no solamente su efecto.

Jaspers concluye su capítulo sobre “las propiedades biológicas del hombre afirmando taxativamente que todas las razas humanas son mezclas y que las supuestas “razas puras” no son más que tipos ideales o ilusorios: “lo que vemos es un agitado mar de formas”. Al contrario que su colega Heidegger, el delirio racista del nacional-socialismo no hizo ninguna mella en la conciencia de nuestro lúcido pensador, cuya mujer Gertrud Mayer, era de origen hebreo.

Su nadar contracorriente le costó la cátedra en 1937. Cuando se le restituyó en el cargo, en 1945, fue clave en la reconstrucción de la filosofía alemana tras el desastre de la purga totalitaria y la segunda guerra mundial. Crítico también de la partitocracia, acabó nacionalizándose suizo. Paul Ricoeur fue uno de sus discípulos más eminentes y Gadamer le sucedió en la cátedra de Heidelberg.

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