VILLENA NIGROMANTE, por José Biedma López

VILLENA NIGROMANTE, por José Biedma López
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miércoles 05 de agosto de 2020, 13:39h
VILLENA NIGROMANTE, por José Biedma López
VILLENA NIGROMANTE, por José Biedma López

Si hay una figura fascinante y de leyenda en nuestra baja Edad Media y pre-renacimiento es la de Enrique de Villena (1384-1434), que nunca fue marqués, como a veces se le nombra, pero sí Maestro de Calatrava. A la muerte del rey de Aragón, Fernando de Antequera, que lo protegió, retirado en su señorío de Iniesta escribió la mayor parte de sus obras, atormentado por la gota y por su insaciable curiosidad.

Descendía de las casas reales, tanto de la de Aragón como de la de Castilla, pues por su padre don Pedro era nieto de don Alonso, marqués de Villena que luego fue duque de Gandía. Don Alonso o Alfonso, abuelo de nuestro autor, fue el primer Condestable de Castilla e hijo del Infante don Pedro de Aragón. La madre de Enrique, doña Juana, era hija bastarda del rey don Enrique II, que la tuvo en una dueña de los de Vega… Eso cuenta Fernán Pérez de Guzmán, historiador serio, quien traza así su semblanza (modernizo ortografía y sintaxis):

“Fue pequeño de cuerpo y grueso, el rostro blanco y colorado, y, según lo que la experiencia en el mostró, naturalmente fue inclinado a las ciencias y artes más que a la caballería, ni a los negocios civiles ni curiales si estos le impedían aprender”.

Explica Pérez de Guzmán que su abuelo el marqués lo hubiera preferido para caballero, pero que Enrique eligió las letras en lugar de las armas. “Tan sutil y alto ingenio tenía, que muy pronto aprendía cualquier ciencia o arte a que se daba, así que bien parecía que la poseía por naturaleza”. Fernán Pérez eleva la anécdota a categoría filosófica, al añadir: “Ciertamente Natura ha gran poder y es muy difícil y grave la resistencia a ella sin gracia especial de Dios”.

Como nuestro Enrique estudió astrología, algunos, burlando, decían de él que sabía mucho del cielo y poco de la tierra. Acaso murmuraban así aludiendo maliciosamente a la conducta irregular de su mujer, doña María de Albornoz, a las relaciones de ésta con Enrique III, primo suyo (Larra lo pinta sobrino), y a la actitud de “consentidor” del marido cornudo, que sacó beneficio propio del hecho de que su mujer se acostara con el rey. Se cuenta que accedió incluso al divorcio para que el poderoso primo tuviera a doña María de manceba. Menéndez Pelayo le acusa de “ambicioso, altanero, despilfarrador y un tanto epicúreo”, pero Menéndez Pelayo, extraordinario erudito santanderino, fue también fanático puritano.

Es cierto que Enrique no se detuvo en las ciencias “católicas”, sino que también se dejó seducir por artes que Pérez de Guzmán considera viles y “rahezes”, tales como el arte de adivinar e interpretar sueños y estornudos. (Esto último nos sería hoy muy valioso para distinguir a simple vista las exhalaciones del Covid-19 maldito). Sus ensayos con la magia le valieron la animadversión de reyes, nobles y populacho, que le tuvo por Nigromante y le acusó de brujo y de haber pactado con el diablo. En realidad, fracasó en casi todas las empresas que alcanzó a tocar con sus dedos gordezuelos, más bien trágicos que mágicos.

A pesar de todo eso, Pérez de Guzmán lo pinta de “sutil en la poesía y gran historiador y muy copioso y mezclado en diversas ciencias”, una especie de Leonardo avant la lettre, a la española… Políglota y hedonista: “sabía hablar muchas lenguas. Comía mucho y era muy inclinado al amor de las mujeres”. De hecho, y aunque Larra lo pinté de amanerado, fuera del matrimonio, que en aquella época se concertaba por conveniencia política o económica, tuvo dos hijas: Beatriz y Leonor, la segunda tomó los hábitos y escribió en el claustro un interesante libro titulado Vita Christi (Valencia, 1447).

En fin, Enrique fue un noble pintoresco, atormentado por una insaciable avidez de conocimientos, amigo del marqués de Santillana, quien le elogia y lo tiene por maestro, y del cordobés Juan de Mena, que lo trata muy bien en su Laberinto de Fortuna (Las Trescientas, 1444), donde lamenta la destrucción de parte de su obra. Y es que, por desgracia, Juan II ordenó a su confesor Lope de Barrientos que quemara los libros de Villena después de su muerte; por suerte, Barrientos, amigo también de lo esotérico, no los quemó todos e incluso aprovechó alguno para plagiarlo en su Tratado de las especies de adivinanzas.

A pesar de la incomprensión de tantos, de Villena nos ha quedado bastante: unos fragmentos de su Arte de trovar (dedicado al marqués de Santillana), que informa sobre la influencia de la poesía provenzal y catalana sobre la lírica de Castilla, un Tractado del arte del cortar del cuchillo o Arte cisoria (manual de etiqueta cortesana y libro de cocina, considerado la primera obra de culinaria escrita en lengua vulgar) y el Libro de los doce trabajos de Hércules, este incunable (1499) es considerado hoy por los especialistas como el primer libro ilustrado de la imprenta española por sus grabados metálicos originales. Su intención es moral: la victoria de las virtudes sobre los vicios, reinterpretando el mito del forzudo Hércules para edificación ética de cada estado social.

A quienes sepan de la cordial comunicación histórica del catalán y el castellano, les gustará recordar que Los doce trabajos de Villena fueron escritos hacia 1417 primero en catalán y traducidos por el mismo autor al castellano, que ya iba siendo idioma español (por ejemplo, en la lírica de Juan de Mena, quien antes de los Reyes Católicos ya habla de España como unidad política). Esta obra cuenta con una preciosa edición crítica, todavía asequible, de Margherita Morreale.

Escribió también don Enrique un Tratado de la Lepra (1482), un Tratado de la Consolación, una Exposición del salmo “Quoniam videbo”, y un curiosísimo Libro del aojamiento o fascinología, que no se imprimió hasta 1876, especialmente indicado para tiempos como los actuales en que, no pudiendo ya besar ni morder al amante o adversario a causa de la mascarilla, aún es posible y mucho más elegante aojarlo o fascinarlo, es decir, echarle mal de ojo. Esta obra, que escapó a la quema, es un curioso revoltijo de medicina y superstición, de noticias curiosas y prácticas pintorescas (J. L. Alborg).

A nuestro Astrólogo aún le dio tiempo -aunque apenas viviese cincuenta años- de traducir la Eneida, la Divina Comedia, la Retórica de Cicerón y diversas Epístolas y Arengas latinas. A pesar de sus imperfecciones, sus versiones “señalan una fecha importante para la historia del humanismo en nuestra patria” (Alborg). La Eneida la tradujo estimulado por Juan II de Aragón que deseaba conocer la obra, de la que por entonces sólo circulaba un resumen en catalán y otro en italiano. Enrique fue también poeta, pero sus versos se han perdido.

La figura de don Enrique de Villena el Nigromante ha inspirado a numerosos autores de nuestra literatura clásica: Ruiz de Alarcón, Rojas Zorrilla, Quevedo… Larra lo hace aparecer como cortesano intrigante en su única novela, El doncel de don Enrique el doliente (1834). Y también durante el Romanticismo, Juan Eugenio Hartzenbuch lo convierte en protagonista de su Redoma encantada, comedia de magia estrenada en Madrid en 1862. Pero este Fausto español, incansable buscador de la piedra filosofal, no ha encontrado aún un Goethe que le inmortalice.

Para saber más..., léase el artículo de Vintila Horia sobre un libro de A. Torres-Alcalá dedicado a Enrique de Villena:

http://vintila.blogspot.com/2007/05/don-enrique-de-villena-entre-la-magia-y.html?m=1

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M

https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897

https://www.amazon.es/Criaturas-Luz-Luna-Fantas%C3%ADas-profec%C3%ADas/dp/B087L31GMK

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