NOLI ME TANGERE, por José Biedma López

Lavinia Fontana (Museo del Prado)
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Lavinia Fontana (Museo del Prado)
NOLI ME TANGERE, por José Biedma López
Acudió al funeral. Sentía un hondo afecto por el finado y sus familiares. No lo hizo con gusto, le hubiera gustado llevar en la frente un tatuaje con la enigmática frase evangélica: ‘Noli me tangere’; “¡no me toques!”. La frase ha inspirado a orfebres, miniaturistas, escultores, grabadores y pintores de todas las épocas. Aparece en el Evangelio de Juan, Testamento gnóstico de la Luz, y la pronuncia nada menos que Jesús Resucitado cuando se le acerca María Magdalena, en una huerta, buscando su abrazo.
 Antonio Allegri da Correggio (Museo del Prado)
Antonio Allegri da Correggio (Museo del Prado)

“Mè mou haptou”, dice el original en griego. El filósofo Derrida le prestó su atención deconstructivista, “desmenuzó”, diríamos en román paladino, esta misteriosa frase, para afirmar que su significado más genuino es “no te aferres a mí” e incluso “no me acaricies”. El rechazo a la intimidad corporal denotaría -o connotaría, más bien- una intimidad previa. Muchos son los hermeneutas que creen que la Magdalena fue esposa de Jesús y cada vez más indicios apuntan en este sentido, esposa y fiel seguidora de su doctrina más esotérica. En cualquier caso, su papel en la Iglesia primitiva debió de ser mucho más importante de lo que reconoce la ortodoxia que ocultó su tradición y su testimonio.

“No me toques” –dirá el Resucitado-, porque el contacto físico dejaría de tener lugar y sentido en el otro mundo, ámbito por definición intangible. La frase parece fijar así la distancia entre los dos mundos: el físico y el metafísico, el del cuerpo y el del alma, la materia y el sueño, lo terrenal y lo celestial. Ese “no me toques” puede significar también “ya es tarde para ello” o “tengo miedo”. Es, en cualquier caso, un gesto de desapego o de recelo.

Así lo entiende el protagonista (Endre, Géza Morcsányi) de una película tan singular como extraordinaria dirigida por la húngara Ildikó Enyedi en 2017 y que ha obtenido distintos galardones, como el Oso de oro de la 67 Berlinale: On Body and Soul. En cuerpo y alma me ha sorprendido y la he disfrutado en Amazon-Prime. Las almas de dos personas tímidas y ensimismadas comparten el mismo sueño bucólico. Sueñan lo mismo. El amor humano quizá sea eso, fusión de almas y de sueños (en el sentido vigilante de proyectos), pero no cabe duda que la atracción nace de la sensibilidad física y requiere a los sentidos materiales: el olfato (más de lo que se piensa), la vista, el oído… Amor es con-tacto y, como dijo el poeta, aunque el amor sea cosa del alma (de la Afrodita celeste) el cuerpo es el libro en que [el amor] se lee (Afrodita pandémica). En el abrazo, el deseo de presencia del otro en mí y de presencia de mí en el otro alcanzan su satisfacción más plena, su placer más intenso, su resolución fértil y su clímax misterioso, hasta místico (léase la metafísica del sexo de Julius Evola)… No basta con dormir juntos ni con soñar lo mismo. La película de la directora húngara es una originalísima y delicadísima historia de amor y una saludable reivindicación del contacto físico.

Mucho se ha escrito sobre la pintura de Antonio Allegri da Correggio que ilustra este artículo. Su enigma ha sido resuelto en términos de sublimidad del amor cristiano, que surgiría de la desposesión o, dicho de otra manera, de esa caridad (gracia) que aspira a darse gratuitamente más que a poseer. Se insinúa así que el verdadero amor no admite conclusión física, no puede ser alcanzado ni “tocado”. “No me toques, para que el amor perdure”, le estaría diciendo el Salvador a su amante. Esta concepción del amor se acerca a la cortesía provenzal, la del amor cortés, tan fino y sublimado que no desciende al tocamiento, lo que se ha llamado equívocamente “amor platónico”. Pero la naturaleza persevera, la jodienda no tiene enmienda y la espada que se interpone entre los dos cuerpos del caballero y de la reina es la verga de Lanzarote montando a Ginebra para desespero de Arturo.

Una de las grandes pintoras del siglo XVI, Lavinia Fontana retoma también el tema y viste de escarlata pálido y azafrán a María. Su desempeño agradó al papa Clemente VIII, que la llamó a su corte, tanto como le disgustó al papa la del pintor Alonso Cano, en la que Cristo pone la mano sobre la cabeza de la Magdalena. Frente a la Magdalena muy bien vestida pero opaca, un Cristo andrógino parece fuente de luz en la interpretación de Gustavo Moreau.

En el film magyar En cuerpo y alma, ya citado, tan medido en tiempo, tan sobrio en espacios, es María, (la actriz eslovaca Alexandra Borbély), la mujer y no el varón, la que al principio no se deja tocar, su memoria es prodigiosa, pero su personalidad linda con el infantilismo emotivo y el autismo. Sin embargo, desea con toda su alma tocar y ser tocada, abrazar y ser abrazada. La delicadeza de los sentimientos y la belleza de los sueños de ambos protagonistas contrastan con la rudeza bestial de la carne en el escenario de un matadero industrial contemporáneo. El amor redime de la crueldad con que transcurre la vida, que se alimenta de muerte.

La película me ha parecido premonitoria, visionaria, respecto a esta distancia que ha creado entre nosotros la pandemia causada por el virus sinense (cuya investigación internacional prohíbe el comunismo industrial chino). El peligro de contagio va para largo. Los contactos no fueron menos peligrosos en el pasado; en realidad, el riesgo de transmisión de enfermedades por contacto simple o íntimo ha sido una constante histórica y justificaba la concepción perversa de la sexualidad como consecuencia del pecado y una visión del deseo sexual como intrínsecamente morboso, al menos en la tradición puritana del cristianismo.

En un futuro próximo, ¿se irán atreviendo otra vez las manos, poco a poco, a tocar y a sentir? ¿Se liberarán los abrazos del recelo y del miedo, o guardar distancias, beber y comer sola –como hacía la María de la película húngara- se convertirá en hábito común y permanente?

Del autor:

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https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm
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