Os aconsejo salir de los circuitos turisticos y visitar la Asturias desconocida

Os aconsejo salir de los circuitos turisticos y visitar la Asturias desconocida

jueves 24 de agosto de 2017, 18:12h
Estos son algunos de los lugares.

Cadavedo, si no te suena te diré que es una agradable localidad de la Asturias más rural, situada entre Cudillero y Luarca, con urbanismo un tanto disperso, pero lleno de buenos ejemplos de la arquitectura tradicional astur. Una carreterita cruza el pueblo y va a morir a una llanura herbácea rodeada de acantilados en medio de la cual se levanta una ermita tan pequeña y humilde como singular. Es la ermita de la Regalina, que se yergue solitaria en esa punta orientada hacia el noreste, con una de las mejores vistas de la costa asturiana. Abajo, a la derecha, está la playa de La Ribeirona; a la izquierda, la playa de Churín. La devoción por la virgen de Regalina fue propagada por marineros y peregrinos. Desde 1931 se celebra una romería a la ermita el último domingo de agosto que reúne docenas de carros típicos asturianos tirados por animales y romeros ataviados con el traje regional. Se comen preñaos, vino y bollos de manteca.

Espinaréu, según las guías de viaje, es el pueblo con más hórreos de Asturias. Tenga o no más que otros pueblos, lo cierto es que Espinaréu ofrece al visitante una colección magnífica de estos frigoríficos de la antigüedad que tanta importancia han tenido en la vida rural asturiana. Pero no es el único atractivo del pueblo: siete kilómetros carretera arriba se llega al área recreativa de La Pesanca, una vega arbolada en torno al río del Infierno con un fascinante bosque de robles y castaños que delata como tuvo que ser la cubierta vegetal original del Principado antes de que nefastas políticas forestales cambiaran muchos de estos árboles de madera dura y crecimiento lento por los más rentables eucaliptos. La zona más impactante y oscura del bosque, y de toda Piloña, es el arboreto de Miera, donde los ejemplares de robles y castaños alcanzan edades centenarias.

Iglesia de los Dolores no es el templo más grande ni más espectacular de Asturias. Tampoco el más antiguo. Pero tiene la ubicación más hermosa, o una de las que más. Es la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, en Barro, una apacible aldea del concejo de Llanes. La iglesia se levanta solitaria sobre un pequeño otero. Cuando la pleamar colmata la marisma, el agua lame el muro que rodea la iglesia y el cementerio anexo y el conjunto se refleja entonces como una fotografía idílica sobre las aguas calmas de la ría. La imagen es visible desde la carreterita que viene de Barro, por la que pasan los peregrinos a Santiago. Una estampa onírica, relajante, sacada de un cuadro costumbrista o de la acuarela de un paisajista. Sencillez de líneas, pureza de espíritu. La Asturias más rural y recóndita, que ha servido de set de rodaje a varias películas, entre ellas El abuelo, de José Luis Garci.

Oto lugaar a visitar es Avilés. Siempre se tuvo de esta ciudad la imagen de una ciudad gris e industrial. Pero cuando caminas por la plaza de España, centro neurálgico del viejo Avilés, el estereotipo se viene abajo. Es cierto que la actividad siderúrgica desde finales del siglo XIX creo un cinturón de chimeneas y naves industriales alrededor, pero el centro urbano de Avilés supo conservar el sabor de lo auténtico. La misma plaza es un recinto barroco casi perfecto, un túnel del tiempo al que se asoma el Ayuntamiento y otros inmuebles de importancia, como la casa García Pumarino y el palacio del marqués de Ferrera. Más humilde pero impactante por su buen estado de conservación es la casa Valdecarzana, un palacete del siglo XIV en la calle de la Ferrería que alberga el Archivo Histórico. Pero el más espectacular de los muchos edificios históricos de Avilés es el palacio de Camposagrado, una gran inmueble del siglo XVII con la mejor portada barroca de Asturias.

Al Palacio Selgas lo han calificado como el Versalles asturiano, pero no hace falta llegar a la hiperbole para destacar al que posiblemente sea el más grande, lujoso y excesivo palacio indiano de Asturias. Está en El Pito, una pedanía de Cudillero, y lo mandaron construir los hermanos Ezequiel y Fortunato Selgas, nacidos en Cudillero y emigrados a América, donde amasaron una fortuna considerable. Tan considerable que costearon en su localidad natal una gran obra modernista, rodeada de jardines versallescos con fuentes, lagos, cascadas, templetes, avenidas y piezas arqueológicas recogidas o adquiridas por ambos mecenas. En el interior se conserva una importante pinacoteca con cuadros de Tiziano, Goya y El Greco. Los hermanos donaron también las Escuelas Selgas, para educar a los niños del pueblo, y la iglesia de Jesús Nazareno, donde colocaron un altar prerrománico que don Fortunato compró en una taberna donde lo usaban de mesa por 25 pesetas.

Y estando en Asturias merece la pena visitar la Iglesia de San Salvador de Priesca. Esta apartada, en una aldea, pero San Salvador de Priesca es uno de los más conocidos y bellos templos prerrománicos de Asturias. Se sabe que fue consagrada en el año 921, en época del rey asturiano Alfonso III. Es la más tardía de las iglesias prerrománicas asturianas y muestra una planta basilical con tres naves y restos de su profusa decoración mural, destruida igual que la techumbre original de madera durante el incendio que sufrió en la Guerra Civil. Pese a su sencillez, la iglesia de Priesca está llena de detalles, como para pasar en su interior muchas horas extasiado con el trabajo que hace ya casi 1100 años fueron capaces de levantar los canteros y artesanos asturianos.

Y para terminar aunque resulte tétrico es conveniente ir al Cementerio de Luarca. Goza sin duda de las mejores vistas a la eternidad. Está situado frente a uno de los puertos históricos más importantes del occidente asturiano. Pero además de por la típica postal de su rada repleta de barcas de pescadores, Luarca se ha hecho famosa por tener uno de los cementerios más bonitos de España. ¡Y con la mejores vistas! El camposanto son construyó en el promontorio de La Atalaya, que cierra el flanco oriental de la bahía, sobre un prado verde y bucólico que deriva en ligera pendiente hacia el mar. Poco a poco, el prado fue llenándose de espléndidos panteones modernistas, de lápidas de mármol y de cruces y estatuas. Un parque lleno de silencios y abierto al mar en el que dan ganas de quedarse a vivir. Flota una sensación de eternidad en el ambiente, quizá porque la mirada se pierde en el infinito del mar. No es un cementerio de marineros, es verdad, es más bien el cementerio de la burguesía local, pero el océano está siempre presente.

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