EL KITSCH DE LOS TIEMPOS, por José Biedma López

Fotograma de *La naranja mecánica* de Kubrick.
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Fotograma de *La naranja mecánica* de Kubrick.
lunes 14 de septiembre de 2020, 10:24h
EL KITSCH DE LOS TIEMPOS, por José Biedma López
Interiorismo kitsch
Interiorismo kitsch
Cuando el problema ya no fue la escasez de mercancías, sino su superproducción, los escaparates se abrieron, las tiendas se volvieron diáfanas y los productores tuvieron que gastar grandes sumas en publicidad, promoviendo un imaginario de satisfacción y consumos superfluos, creando necesidades simbólicas. Llegó la hora del marketing. Ahora estallan las tiendas rebosantes de artículos para ofrecer sus géneros rebajados al transeúnte (outlet). Todas las calles son mercadillos. Bajo una producción estandarizada, como, muy libremente, todo el mundo viste casi igual, el logotipo de marca o el anuncio de la camiseta se convierten en signo de estatus; la mercancía, en fetiche, como “coche de Florián”. En la sociedad de masas el consumismo crea estilo propio, colorista y efectista. Puede ser elevado y sublimado estéticamente por el arte pop, y entonces aparece también colgado en los museos. Es el kitsch..., presente artísticamente en los cuadros de Andy Warhol o en el salón de la familia de Álex, cuadros, papeles pintados, el pelo teñido de la madre, sus botas rojas, la camisa naranja del padre, del cruel y melómano protagonista de la extraordinaria y profética película de Stanley Kubrick: La naranja mecánica. Tampoco el arte daliniano escapó del todo a las tentaciones del kitsch.

La palabra “kitsch” es de etimología dudosa. Tal vez provenga del inglés “sketch”, 'bosquejo', que era lo que los turistas americanos pedían en los museos y plazas históricas de Europa, a mediados del siglo pasado, cuando querían un cuadro barato que llevarse a casa; o puede provenir del alemán “Kitschen”, 'ensuciarse de barro por la calle', 'amañar muebles haciéndolos pasar por antiguos'. Las características estilísticas del kitsch son las siguientes: efectista, redundante, fácil, imitativo, pastiche de estilos y épocas pasadas, plagio. Su estética es la de fines heterónomos (pedagógicos, políticos, mercantiles, utilitarios, lúdicos). Se trata de un arte mistificador, en gran medida irresponsable...

Román Gubern señala que el kitsch religioso de la cultura de masas contemporánea, con sus sagrados corazones patéticamente quirúrgicos, su repertorio de figuras en el zoco de Lourdes o las tiendecillas de Fátima, o la iconografía electrónica de los predicadores televisivos, no es más que una versión masiva, multiplicada y banalizada del exhibicionismo sensacionalista del arte religioso barroco, que pretendía ofrecer una prueba sensible de las verdades de fe representadas por el catolicismo, frente a la tendencia iconoclasta de los protestantes.

El adjetivo kitsch ha llegado a significar “cursi” o “de mal gusto”. El término se aplica a creaciones muy diversas que tienen en común ofrecer concentrados y a menudo exagerados los elementos estilísticos de una época. El carácter extraño, a veces delirante, y casi siempre cómico, de estas obras, deriva de que aparecen fuera de contexto histórico y artístico, según el estudio del teórico y esteta Abraham Moles.

Para el genial escritor polaco Stanislaw Lem el kitsch fue también “la segunda cariátide del nazismo”, después de “la ética del mal”. Su apócrifo Aspernicus delimita el concepto: “Nada que se haya creado por primera vez puede ser kitsch. El kitsch es siempre la imitación de algo que en su día brillaba en la cultura por su autenticidad, pero que de tan repetido y manido acabó degenerando. Es una versión tardía, la copia de una obra maestra hecha por un pintamonas”… Últimamente, hemos tenido varios casos en España de restauraciones kitsch, que también podrían ser consideradas destructivas, de cuadros y de edificios. En música, es frecuente que uno tenga que soportar que melodías excelentes, baladas memorables o coplas tradicionales sean corregidas por lerdos imitadores que las desfiguran hasta degradarlas, volviéndolas tan mediocres como irreconocibles. El kitsch melindroso, presuntuoso, ostentoso, exhibicionista, suele ser ya el final de un camino cultural, la exacerbación obscena de una sensibilidad obsoleta, su degradación perfectamente industrializada. En el kitsch, el mal gusto aparece como la no intencionada comicidad de la seriedad solemne (los budas dorados), de unos símbolos inflados hasta más no poder, como esa enorme vagina plástica que pasean en procesión algunas feministas y con la que se pretende enterrar la falocracia.

En el nazismo –escribe Lem- la estilística del kitsch se manifestaba en todas sus obras. En la arquitectura como un monumentalismo amenazador: panteones que parecían a punto de parir, puertas y ventanas para gigantes, atletas y diosas desnudas como vigías mudos. El estilo debía imponer adoración sumisa, en posición de firmes, por no decir pavor, hueco por dentro, pura arrogancia uniformada. Según Aspericus, el kitsch se filtró hasta en los campos de exterminio sin que sus autores se dieran cuenta, porque uno de los rasgos fundamentales del kitsch es que no lo es para sus autores, ellos están convencidos de producir obras de calidad, porque quien percibiera rasgos del kitsch en su propia obra ni la continuaría ni la acabaría.

Nada bélico y por tanto menos peligroso, pero cotidiano y omnipresente en los Media, es el kitsch de consumo que se ofrece en espectáculos televisivos, en los que linda o se confunde con lo cutre o lo hortera. En el diseño de interiores, sus mejores embajadores en nuestro país son Mario y Alaska, quienes pretenden delimitar su estilo dándole un sabor exclusivo y exótico, con ese dudoso arbitrio en que coexisten candelabros pomposos con lámparas de cartón. Una de sus características es el horror al vacío, tan contrario al minimalismo del “menos es más”; otra, es la exaltación de colores deslumbrantes como en publicidad, en la que casi siempre aparecen reforzados, estridentes, fosforescentes. “Los tonos apagados son para los débiles”, dicen sus “estilistas” y “líderes de tendencia”, ¡y se quedan tan panchos, asfixiados por cosmética, tintes, chirimbolos y quincalla plástica!

Del autor:

http://www.editorialalegoria.com/nuestros-autores/jose-biedma-lopez/

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