EL HUMANISMO SOCIALISTA DE FERNANDO DE LOS RÍOS, por José Biedma López

Fernando de los Ríos rodeado de alumnos
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Fernando de los Ríos rodeado de alumnos
jueves 10 de septiembre de 2020, 11:05h
EL HUMANISMO SOCIALISTA DE FERNANDO DE LOS RÍOS, por José Biedma López
Don Fernando de los Ríos, humanista liberal y socialista neokantiano, fue quien hizo célebre aquella frase de Lenin que tanto le desencantó: “Libertad, ¿para qué?”. Su libro Mi viaje a la Rusia sovietista (1921) en el que explica las razones de su decepción, levantó ampollas entre los idólatras de la revolución del 17, pero contribuyó a evitar la entrada del PSOE en la III Internacional moscovita, anticipando su orientación social-demócrata. No obstante, su compromiso con el socialismo fue radical, pero no tuvo nada de extremista (Elías Díaz), nada de dogmático, nada de fanático, nada de totalitario. A don Fernando todos los totalitarismos le parecían “sustancialmente contrarios a las bases de la cultura occidental” y no distinguía entre dictaduras “malas” y “buenas”, ni siquiera colaboró con la “dictablanda” de Primo de Rivera, al contrario que otros socialistas él renunció a su cátedra, en protesta por la política universitaria del dictador.
Portada de su libro sobre el pensamiento de su maestro Giner.
Portada de su libro sobre el pensamiento de su maestro Giner.

La tibieza que le reprocharon los exaltados revolucionarios no era sino la lucidez del idealista que mantiene un pie en la tierra, como el gigante Anteo. No es casual que hiciese su tesis doctoral sobre la filosofía política de Platón, sin embargo no se refugió en la Academia educando, cosa que hacía “de perlas”, sino que bajó al ruedo ibérico, tomó partido “hasta mancharse” (como dijo el poeta). Dio mítines, ganó elecciones, gobernó. Azaña sintió vértigo ante las reformas que emprendió De los Ríos como ministro de Justicia de la II República. Fue él quien nombró Directora General de prisiones a Victoria Kent. Y siendo ministro de Instrucción Pública, don Fernando promovió la creación de diez mil escuelas asociadas a los ayuntamientos, instauró las Misiones pedagógicas que dirigió García Lorca con La Barraca y fundó la Universidad de Verano “Menéndez Pelayo” en Santander.

Fernando del Río nació en Ronda en 1879, el mismo año que Pablo Iglesias fundaba el Psoe en Casa Labra, hijo de un militar retirado a quien apenas conoció. Su padre putativo sería don Francisco Giner de los Ríos, rondeño como él, familiar lejano y fundador de la Institución Libre de Enseñanza, “maestro de maestros” de la España contemporánea. Tanto admiró a Giner que cambió su apellido “del Río” por “de los Ríos”. Casó con una sobrina suya, Gloria, hija de Hermenegildo y profesora de la ILE. Marcel Bataillon, el gran hispanista, definió a nuestro hombre como “andaluz meditativo, cordial y pícaro”.

Catedrático de Derecho de la Universidad granadina, se mojó contra los excesos del capitalismo, consciente de que, si queríamos liberar al hombre, había que someter la economía de mercado a reglas de solidaridad y equidad. Fernando de los Ríos simboliza como nadie El sentido humanista del socialismo, título este de una de sus obras, y esa búsqueda, verdaderamente progresista, de un equilibrio entre libertad y justicia. Define la libertad como “fórmula de credulidad en el progreso moral del individuo y de la humanidad”.

Formado en el krausismo de la Institución de Giner, le dedicó un libro: El pensamiento vivo de Francisco Giner. Fue acusado de ateo por el catolicismo dogmático y recalcitrante, pero él siempre reconoció una profunda religiosidad, aunque erasmista, tolerante y heterodoxa. Promovió desde su puesto de ministro de Justicia de la II República la separación de la Iglesia y el Estado y la aconfesionalidad de éste. Su laicismo ejemplar no era contrario a la religión, sino tolerante con todas las religiones, aunque defendió que las iglesias deben ser sostenidas por sus fieles [y los sindicatos por sus sindicados, añado]. Proclamó el absoluto respeto a la libertad de conciencia de los escolares.

Procedente de familia acomodada de tradición liberal, aún niño conoció en Cádiz a Fermín Salvochea, profeta del anarquismo andaluz. Su compromiso con el socialismo le vino sobre todo por el escándalo de la situación miserable del campesinado andaluz, sometido anacrónicamente a una estructura feudal. Su afiliación al PSOE en 1919 le costó la animadversión de unos cuantos caciques granadinos, que lo consideraban traidor a su clase. Su postura molestaba aún más a causa de su prestigio académico, y de su autoridad en Ciencia y conciencia (título de otro de sus libros). No extraña que durante su exilio americano se lo disputaran las universidades americanas.

Ponderado, conciliador, armonista como fiel discípulo de Giner, denunciaba “la esclavización de las personas gracias al control de sus necesidades”, de ahí que propugnase la supremacía del poder civil sobre el militar y el eclesiástico y la subordinación de la vida del mercado a las exigencias del interés general, algo que hoy aceptan hasta los neoliberales sensatos.

Ni como diputado ni como ministro ejerció la política bajo la astucia del maquiavelismo, sino desde una vocación de servicio, subordinándola a la ética; “hombre de leyes, escrupuloso con las formas, garantía como son de la democracia” (dijo de él Alfonso Guerra). Con motivo del cincuentenario de su muerte en Nueva York en 1949, Felipe González sacó a la luz su manuscrito De cómo y por qué apareció la voz “patria”. Hay, según don Fernando, dos formas de entender la patria, como mitificación del pasado fantaseado como edad de oro perdida a la que hay que volver, o como la imaginación de un futuro, de una nueva aventura que emprender. La primera es una “idea oriental” de patria; la segunda, la propia del mundo renacentista y de la modernidad, y la define como “una visión plástica del porvenir, donde hemos de hallar alivio a las flaquezas del presente…”. Y cita a Nietzsche: “la tierra no debe ser la tierra de los padres, sino la tierra dorada de los hijos”.

Construir España, proyectar su futuro, era para don Fernando lo importante y no sólo una historia compartida de sangre o de lengua. Ese proyecto era el de un Estado Social de Derecho bien integrado en la Europa de las libertades. “Un proyecto sugestivo de vida en común” como decía su amigo Ortega, poco que ver con el chovinismo o el nacionalismo retrógrados. De los Ríos creía en la España que creó la voz “liberal”, la España integradora de culturas y razas, tolerante, generosa, respetuosa con lo diverso, la España que inventó el derecho internacional, la de Francisco Vitoria o Fernando Vázquez de Menchaca, a los que estudió durante toda su vida.

Lorenzo Morillas lo definió como sociólogo apasionado, político ilustrado y educador humanista; Julio Lacuerda como maestro y poeta de la política. Ejercía la pedagogía social, seguro de que el progreso dependía de la educación, de la ilustración del pueblo. No concebía los partidos políticos como ideales por sí mismos, sino como órganos de interpretación de ideales. Su capacidad didáctica le permitió hacerse comprender por públicos diversos, ganándose el respeto de todos.

Europeo cosmopolita, fue un extraordinario viajero. Becado por la Junta de Ampliación de Estudios aprendió alemán y fue alumno de Natorp y Cohen. Visitó en 1911 la casa de Nietzsche en Weimar y pudo preguntar a su hermana, aún viva, qué idea tenía el poeta-filósofo sobre España: “España es un país que ha querido demasiado”, un país -parafraseó don Fernando- “de voluntad superior a sus posibilidades”. Viajó tanto que casi no hubo presidente americano con el que no se entrevistara.

“Cada vez siento un entusiasmo más hondo por la investigación y el estudio y sólo me desespera lo mucho que ignoro”, le escribió una vez a Giner desde Barcelona. Quiso por ello en 1940 dejar la actividad política para dedicarse de lleno a su proyecto de una obra sobre Las raíces hispánicas en América Latina, pero el partido socialista le pidió en 1945 que volviera a la actividad como ministro de Estado del gobierno republicano en el exilio, y “¡Don Quijote vuelve al camino!” (comenta Virgilio Zapatero). Al año siguiente cayó enfermo. De la obra que quiso legar como principal sólo nos quedan esquemas y notas.

Como otros líderes moderados se angustió ante el extremismo violento que tomaba el socialismo en el 34, a pesar de lo cual se mantuvo fiel al partido en sus errores y derrotas, autocrítico y contrario a cualquier revanchismo irascible. Como Ortega, quiso desengancharse de la política, pero no pudo. Aun se esfuerza por conseguir la ayuda aliada, primero como embajador de la República en Washington, y luego como su ministro de Estado. En vano.

Se percató de los riesgos de la impaciencia revolucionaria profesando un reformismo pragmático: la impaciencia precipita el paso y “el que tropieza y no cae, adelanta camino; pero si cae… Y nosotros caímos, no adelantamos camino”. Y la República estalló y cayó, descosida por sus extremos. Lo prueba el hecho de que su bandera contase muy poco en ambos frentes. Ni la derechona de sotanas, espadones y caciques, ni el anarquismo ni el comunismo creían en la democracia.

Fernando de los Ríos tomó partido ”hasta mancharse”, eso en detrimento de una obra intelectual que no pudo rematar, porque no compartía el punto de vista de su amigo Madariaga, el de una “tercera España” equidistante de ambos frentes. Para De los Ríos no había equidistancia entre la libertad y la opresión. También se dio cuenta de que la guerra civil española no era sino el primer acto de una tragedia de dimensiones universales, o sea prólogo de la Segunda guerra mundial. Creo que hubiera aplaudido satisfecho la reconciliación del 78, la Constitución de un Estado Social de Derecho, el mismo que quiso construir y no pudo en los años treinta. Pero no era imposible: “¡si nos hubieran dejado diez años más!”, suspiraba…

Blogs del autor:

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