(Ilustración: Hispania en la primera mitad del siglo VI, antes de Leovigildo)
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(Ilustración: Hispania en la primera mitad del siglo VI, antes de Leovigildo)

OROSPEDA, por José Biedma López

sábado 22 de agosto de 2020, 11:27h
OROSPEDA, por José Biedma López

Puestos a reclamar derechos históricos y fueros de privilegios, ya podrían levantarse los descendientes de bastetanos, oretanos y deitanos reclamando la unidad territorial y nacional de Orospeda. Sí, se trata de una boutade. Pero no, Orospeda no es un país imaginario. La provincia y el condado de la Orospeda existieron antes que Al-Andalus, antes que el condado de Barcelona, el reino de Aragón, el de León o el de Castilla, en el sureste agreste de la península ibérica.

La palabra “Orospeda” como tantas otras, como tantos nombres propios de nuestros paisanos actuales, es de origen griego y significa “la Sierra que pone fin a las llanuras”. Se entiende por esas “llanuras” las de la Mancha y la meseta albaceteña. “Albacete” significa en árabe, precisamente, “la llanura”.

Orospeda fue una región estratégica de la Bética romana, disputada primero por romanos y cartagineses y luego por visigodos y bizantinos, es decir, por los “bárbaros” procedentes del noreste y por los sucesores orientales del imperio romano cuya capital fue durante mil años Constantinopla, hasta que los turcos la conquistaron y se llamó Estambul en 1453. Ciudades antiguas de la Orospeda hispanorromana fueron Basti (Baza), Cartago Nova (Cartagena), Urci (cerca de Almería), Ilici (Elche), Acci (Guadix), Bigastrum (cerca de Cartagena) y Abdera (Adra).

El que hubiera una ciudad con este último nombre de “Abdera”, patria oriental de los filósofos Demócrito y Protágoras, en el levante peninsular y a miles de kilómetros de distancia de la tierra del inventor de los átomos, es sorprendente y demuestra la antigüedad de los contactos comerciales y culturales de estas regiones del Levante con las grandes culturas del Mediterráneo oriental, con fenicios y griegos, sobre todo. La historiografía ha sido injusta con los primeros: fenicios, púnicos, cartagineses, diferentes nombres para un innovador pueblo semita (descendientes del bíblico Sem, como judíos y árabes, primos hermanos étnicos). A los fenicios debemos nada más y nada menos que nuestra escritura, como nos recuerda el mito de Cadmo, hermano legendario de Europa, la belleza raptada por el toro blanco de Zeus.

Nos olvidamos de la importancia histórico-cultural de los fenicios porque ya se encargaron los romanos de borrar cuanto pudieron su huella histórica, destruyendo y sembrando con cal los cimientos de Cartago, patria de la reina Dido, amante de Eneas, aunque no pudieron conseguir que olvidáramos que el cartaginés Aníbal puso en jaque a Roma atravesando nuestra península de sur a norte, más los Pirineos y los Alpes, con un ejército de elefantes. De hecho, mucho antes de que vándalos, alanos, suevos y visigodos invadieran Hispania, Orospeda, tierra bañada por el Segura, era provincia cartaginense.

El caso fue que estos territorios de la antigua Bética tenían gran interés para el Imperio Bizantino, hasta el punto de que en el 554 Justiniano, emperador de Constantinopla, ensaya desde Cartagena la conquista de Hispania. Esto sucedió en tiempos del rey visigodo Agila. El esfuerzo de conquista –o reconquista, según se mire- de los bizantinos lo continuará el sucesor de Justiniano, Justino II.

Liuva, rey godo, pondrá bajo su autoridad la Orospeda y su hermano Leovigildo, verdadero creador del Estado visigótico entre 568 y 586, quien destruyó el reino suevo (Galicia y León) y se hizo con el control de casi toda la península, dividió Hispania (a punto de llamarse Gotia) en 8 ducados y 75 condados. La Orospeda era uno de los 7 condados del ducado de Aurariola (Orihuela) e incluía los territorios asociados a las actuales ciudades de Calpe, Almansa, Iniesta, Chinchilla, Segura de la Sierra y Alcaraz, además de las antiguas ciudades antes citadas.

Como he dicho y antes de Leovigildo, los bizantinos intentaron recuperar la Bética, muchos ciudadanos hispanorromanos y católicos, como la familia de san Isidoro, tuvieron que abandonar por eso Cartagena para refugiarse en Sevilla, bajo control visigótico. La lucha entre visigodos y bizantinos ocupó todo el reinado de Atanagildo (555-567), pero la presencia bizantina en nuestro solar patrio se prolongó durante setenta años, su principal base era la ocupación de los puertos del sudeste español, desde Cartagena hasta la desembocadura del Guadalete. No se sabe hasta dónde penetraron por el interior los bizantinos, pero es seguro que poseían la ciudad de Baza y su comarca, y si no toda, parte de la Orospeda. Córdoba, que se rebeló contra Agila en el 550, seguía siendo ciudad independiente con Atanagildo. Su rebeldía no acabará hasta que la tome Leovigildo. La fuerza de los bizantinos estaba sobre todo en las ciudades del litoral como Asidonia (Medina-Sidonia), Málaga y Cartagena, ciudades cuya importancia comercial e internacional en aquellos tiempos fue muy considerable.

La presencia de los bizantinos en Hispania durante la Alta Edad Media favoreció también la comunicación y conservación cultural: españoles que viajaban a Constantinopla para instruirse en la cultura griega o en misiones diplomáticas. San Leandro de Sevilla, hermano de san Isidoro, acudió en el 580 a Bizancio para gestionar ayuda a favor de Hermenegildo. A España también venían bizantinos: clérigos, médicos o comerciantes, como el físico Pablo, que llegó a ser obispo de Mérida. Es muy probable que el código de Leovigildo fuese influido por el de Justiniano.

Orospeda es un buen símbolo de aquello que algunos quisieran que desapareciera de nuestra memoria histórica: el hecho probado, original y feliz, de que esta península, a la que los fenicios dieron el nombre de Hispania, “tierra de conejos”, ha sido desde hace miles de años crisol de culturas, encuentro y mestizaje de razas, puente entre continentes, cruce de caravanas…, entre Eurasia y África, entre Oriente y Occidente, casi siempre en el ojo del huracán civilizador, o en ese ojo de cíclope –como diría Ciorán- por el que mira Dios.

(Ilustración: Hispania en la primera mitad del siglo VI, antes de Leovigildo)

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