EN LA BOTICA DEL REY, por José Biedma López

EN LA BOTICA DEL REY, por José Biedma López
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A Eugenia Sánchez Ruiz, farmacéutica.

jueves 20 de agosto de 2020, 09:46h
EN LA BOTICA DEL REY, por José Biedma López

El Unicornio es un animal fantástico que describe con todo realismo San Isidoro de Sevilla en sus Etimologías: “Es tan enorme la fuerza que tiene, que no se deja capturar por la valentía de cazador alguno; en cambio, según aseguran quienes han descrito la naturaleza de los animales, se le coloca delante una joven doncella que le descubra su seno cuando le ve aproximarse, y el rinoceronte, perdiendo toda su ferocidad, reposa en él su cabeza y de esta forma adormecido, como un animal indefenso, es apresado por los cazadores”.

¡El poder que tenía el seno de una doncella, o el de la doncellez de un seno! En los tiempos de San Isidoro (siglo VI) se confundía el rinoceronte real con el prodigioso Unicornio. Se creía que con su cuerno el Unicornio podía hacer brotar una fuente de las rocas, aunque estas aguas escurridas hasta los ínferos subterráneos engendraban dragones. ¡Nada es perfecto! Sin embargo, el asta de este misterioso animal se usaba como fármaco y anti-veneno, administrándose sus raspaduras o, todavía mejor, labrada como copa de eminencias en la que, de servirse alguna ponzoña, quedaría mágicamente neutralizada.

Lo que pasaba por cuerno del novelesco Unicornio era en realidad el diente hipertrofiado de un narval, un cetáceo que capturaban los pescadores islandeses, los hiperbóreos de La Última Thule, y cuyo apéndice colocaban en los mercados del sur, mucho más civilizado, a precio de oro. Durante el Medioevo y el Renacimiento el “cuerno de Unicornio” era tan apreciado que Felipe II lo hizo figurar en su testamento, ordenando “se conserven y anden juntos con la sucesión de estos Reinos seis cuernos de Unicornio que… están en la guardajoyas”.

El jefe supremo del imperio en que no se ponía el sol sufrió a lo largo de su vida innumerables dolencias (Marañón sostenía que contrajo sífilis) y padeció también a los “galenos” que intentaban aliviárselas, en un tiempo en que no existían antibióticos y en el que despertaba apenas la medicina científica moderna, batiéndose contra la superstición, los ensalmos y las milagrerías de los tiempos oscuros, como hoy. Desde los ocho años, a Felipe II le trataron los médicos con lo que creían super-saludable: con purgas y sangrías debilitantes, que no finalizaron hasta su muerte.

En el inventario de la Botica Regia, además del apéndice óseo del Unicornio, se recogía el del rinoceronte, que ya no se confundía con aquél, porque mientras el cuerno del narval era todavía de misterioso origen, el rinoceronte ya había sido descrito por Cristóbal Acosta en 1578, y entre 1582 y 1583 sabemos que un rinoceronte y un elefante se paseaban en un recinto escurialense especial, procedentes de las posesiones portuguesas del emperador.

Entre los fármacos mitológicos de su botica contaba también la pezuña de la gran bestia, que era uña de la pata trasera de un alce, a la que se atribuía efecto antiepiléptico. Allí también se guardaban piedras bezoares, cálculos procedentes del estómago de algunos animales y a las que se imputaban propiedades sanitarias. Se creía que cuando los ciervos ingerían accidentalmente una víbora sufrían tal irritación de tripas que tenían que sumergirse en agua con la cara fuera para respirar. Lloraban de dolor y sus lágrimas en contacto con el agua se convertían en “piedras benzoares”. Los descubridores trajeron nuevas “piedras benzoares” de las Indias, de las que Felipe II atesoraba una buena colección.

Al rubí y al ágata cornalina también se le otorgaban propiedades terapéuticas. Los poemas órficos ya en la Antigüedad mencionaban la utilidad del ágata para fertilizar campos, transportada la piedra preciosa entre los cuernos de los bueyes labradores y eran indiscutibles sus efectos salutíferos, portada en manos o bolsillos. No había nacido todavía la enorme superchería de la homeopatía, pero se hacía caso del aforismo galénico según el cual “lo semejante cura a lo semejante”, así que se relacionaba el rojísimo rubí con la sangre y el corazón, creyéndolo antídoto para sus desarreglos.

Las higas fabricadas con coral se usaban como amuleto contra el mal de ojo, que los españoles del XVI tenían por realísima y verdadera enfermedad. En el siglo anterior, Enrique de Villena había escrito un memorable tratadito sobre el aojamiento y su prevención. Otros remedios mágicos eran las piedras de águila, una especie de limonitas, que se pensaba que facilitaban la puesta de huevos de las rapaces y por tanto también el parto de las señoras que podían costeárselas.

Con más racional sentido y más seguro efecto, se usaban naturalmente y desde la Antigüedad todas las hierbas officinalis conocidas y las que se iban descubriendo en el plus ultra. Felipe II se preocupó de buscar y promover el cultivo de plantas medicinales, a tal fin se usó en Madrid el Huerto de la Priora próximo al Alcázar. A partir de 1580 los jardines reales de Aranjuez y del Escorial albergaron secretos y bien organizados huertos terapéuticos. Se contrató para ello al médico y botánico napolitano Nardo Antonio Recchi. El monasterio de Guadalupe ya contaba con un jardín botánico a principios del XVI, heredero del ‘hortus sanitatis’ de los monjes medievales. También en Sevilla, Simón Tovar poseía un espléndido jardín medicinal privado.

En este contexto y dedicado al monarca, el segoviano médico y humanista Andrés Laguna (h. 1511-1559) publicará su monumental traducción y comentario del Dioscórides, el gran manual botánico y medicinal legado por la Antigüedad helenística. La primera edición del Dioscórides de Laguna (Acerca de la materia médica medicinal y de los venenos mortíferos) publicada en Amberes en 1555 contó con un ejemplar especial para Felipe II, iluminado a mano y conservado hoy en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Laguna contribuyó decisivamente en esta obra a la temprana consolidación del español como lengua científica. Con motivo, el segoviano y médico del papa Pablo III fue incorporado por nuestra Academia a las autoridades de la Lengua. A parte de su interés filológico y léxico (Laguna era políglota y un extraordinario conocedor del griego clásico que traducía), la farmacología y la ciencia botánica del Dioscórides de Laguna estuvieron vigentes en las facultades de medicina de toda Europa hasta bien entrado el siglo XVIII.

Si a estas cualidades unimos el ingenioso humor y el sentido crítico de su autor, comprendemos el valor que todavía tiene para nosotros su obra y, aunque Laguna aún cree que en una pandemia de peste, que él mismo vivió y estudió, influyen los astros y que un pedazo de solimán bajo el sobaco pueda ser de alguna utilidad contra la fiebre, recomienda sobre todo la higiene: “porque no hay otra cosa tan atractiva de pestilencia como la suciedad”.

Incipiente experimentador, no cree ya para nada en los filtros de amor… Cuenta que buscando la mágica simiente del helecho la víspera de San Juan, “una vez acompañé a una vieja lapidaria y barbuda, tras la cual iban otros muchos mancebos y cinco o seis doncellas mal avisadas, de las cuales algunas volvieron dueñas a casa” (o sea, no vírgenes y tal vez preñadas). Se ríe de los alquimistas, a los que pinta amarillos por azufrados, y de sus pretensiones de producir oro. No obstante, Laguna era consciente del poder de la imaginación (“fe que cura”, que dirá Charcot), o sea, del valor de los placebos.

Su discurso pronunciado en Colonia el 22 de enero de 1543, sobre una Europa que se desgarra a sí misma en guerras feroces, sigue siendo un referente del europeísmo. Humanista, anatomista, clínico, epidemiólogo y farmacólogo, viajero infatigable, Andrés Laguna, de origen sefardita, se gloriaba de ser español, e intuye que puedan ser los mismos médicos vectores de la peste… “En cualquier bien ordenada república debería haber ordinariamente ciertos médicos y quirúrgicos asalariados con grandes premios en paz y en guerra, señalados con algunas señales, para que sólo ellos, ofreciéndose la ocasión, curasen los inficionados de pestilencia, sin ingerirse a visitar enfermos de otras enfermedades, mientras tal infección reinase”. También recomienda contra la pandemia “la evitación de movimientos vehementes y violentos”.

Causa cierta maravilla y a la vez abatimiento observar cómo una inteligencia del siglo XVI, con escasos recursos técnicos a su alcance, conserva su sentido crítico y puede estar por encima de tantas otras mejor alimentadas del XXI, que tienen a su disposición la mejor información del mundo. Y es que, teniéndola a su alcance, escogen la peor, ¡la conspiranoica!, que explica mal y conjura pobremente sus justificables miedos.

Del autor:

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