RITOS DE TRÁNSITO, por José Biedma López

Ilustración: Una hormiga arrastra fuera del hormiguero el cadáver de una compañera.
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Ilustración: Una hormiga arrastra fuera del hormiguero el cadáver de una compañera.
domingo 02 de agosto de 2020, 10:23h
Todo el mundo sabe que los muertos toman represalias si sus almas no son tratadas con el debido respeto, o si sus restos no son inhumados o incinerados con la debida reverencia. Por eso no se debe permitir que un puticlub o un casino se construyan sobre un camposanto. Me diréis, contagiados por el materialismo ambiente, que en el cementerio ya no hay “almas”, sino “restos mortales”, pasto de gusanos, cenizas, nada. Os responderé que el alma sabe dónde está su símbolo terrenal, su estela espacio-temporal, y sí, pude cabrearse si no se trata aún este lazo etéreo o fantasmal con digno homenaje y piadosa consideración.
RITOS DE TRÁNSITO, por José Biedma López

Shotaro Kamiya, presidente de Toyota, lo sabía, apenado y asustado por las personas muertas en accidentes de tráfico en vehículos producidos por sus fábricas, levantó en una colina próxima a una de las plantas de su empresa un gran mausoleo con la estatua budista de La Compasión para dedicarlo al eterno descanso de quienes hallaron la muerte en vehículos de su firma.

Hasta en las guerras más crueles los muertos han merecido un mínimo de consideración. La cólera de Aquiles era brutal e implacable cuando vengaba la muerte de su amigo Patroclo arrastrando el cadáver de Héctor, su matador, alrededor de las murallas de Troya… Sin embargo probablemente sea el pasaje más conmovedor de la literatura homérica aquel en que Príamo, padre de Héctor, se arriesga a entrar en el campamento de los aqueos, busca la tienda de Aquiles, le abraza las rodillas y besa sus manos homicidas cubriéndolas de lágrimas, para suplicarle que le devuelva el cadáver de su hijo (preservado milagrosamente por el dios Hermes, si no recuerdo mal) a fin de que pueda despedirle con honor. “Apiádate de mí –le dice- acordándote de tu padre, que aún tiene la esperanza, que yo he perdido, de verte vivo…”. El feroz Aquiles se compadece y une su llanto y gemidos a los del padre y le concede a Príamo con un apretón de manos una tregua de doce días, para que los troyanos puedan llorar y sepultar con el ritual y el banquete fúnebre debidos los restos del príncipe troyano.

Los antropólogos suelen considerar el respeto de los muertos, significado por los enterramientos rituales, como la diferencia específica del género homo. Somos el animal que rinde tributo simbólico a sus muertos, que se apiada de sus muertos. No tuvimos más remedio que considerar tan humanos e inteligentes como nosotros a los neandertales, cuando descubrimos que hace cincuenta mil años ya enterraban a sus muertos en el suroeste de Francia, antes de la llegada de los humanos modernos (cromañones). No los echaban a un pozo, sino que les cavaban con esfuerzo tumbas apropiadas.

Ralph Solecki en la cueva de Shanidar del Kurdistán iraquí descubrió a mitad del siglo pasado los restos de diez neandertales, hombres, mujeres y niños, con restos de polen y flores. Aquellas criaturas vivieron hace cuarenta mil años. El arqueólogo lo tuvo claro: la especie no sólo enterraba a sus muertos sino que realizaba ritos funerarios con flores, esto es, descubrió su humanidad. Aquellos varones y mujeres tenían la intuición de que, si bien todos estamos hechos de los mismos elementos materiales, espiritualmente cada uno de nosotros somos –como decía Unamuno- “especie única”. Y es doloroso y trágico que ese mundo simbólico que nos singulariza, que es creación personal e inalienable, desaparezca para siempre. ¡Ni debe ni puede ser! Es más razonable y misericordioso pensar que estamos de paso.

Hay que tener muy mala leche para despreciar o insultar a alguien que acaba de morir, aunque haya sido un corrupto, un delincuente o un criminal… Entierra tu odio con sus restos; es lo más sensato, es lo más humano. Y hay que ser además un cobarde para arremeter contra el que fallece, porque el muerto –eso parece al menos- ya no puede defenderse.

O tal vez sí, pues, como dice don Justo Modales, “ninguna voluntad se pierde”. ¡Dios nos libre de la venganza de los difuntos! Sus psicofonías desvelarán y atormentarán a quien escupa en sus estelas, sean estas infernales o celestiales, sus estelas jamás se pierden como las de Machado en la mar.

(Ilustración: Una hormiga arrastra fuera del hormiguero el cadáver de una compañera.)

Del autor:

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