OCIO Y NEGOCIO, por José Biedma López

Ilustración; lino azul silvestre, linum narbonense
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Ilustración; lino azul silvestre, linum narbonense
sábado 27 de junio de 2020, 09:45h
No sé ni cuándo ni por qué ni cómo nos volvimos luteranos. Ni Platón ni Aristóteles trabajaron, lo que se dice trabajar, esa actividad rutinaria y necesaria que nos hace sudar y a la que fuimos condenados, bien por necesidad natural, bien por exceso de curiosidad o de soberbia. Aquellos sabios se ejercitaron, cabalgaron, leyeron, tal vez tocaron algún instrumento, coquetearon con el poder político, dialogaron con quienes como ellos buscaban la verdad, contemplaron serenamente la naturaleza, pero currar, ¡eso era cosa de pringados!…
OCIO Y NEGOCIO, por José Biedma López

Para Tomás de Aquino, ilustre representante de la Escolástica cristiana en sazón, la vida contemplativa es simplemente mejor que la vida activa. Claro que por vida contemplativa los antiguos no entendían colocarse con litronas, o tirarse por el suelo o por los aires con opiáceos o porros. Nos resulta muy difícil comprender qué entendían los antiguos por ocio. “Ocio” se llamó la primera escuela superior fundada en el siglo VI a. C. por Pitágoras en Crotona, Magna Grecia, hoy sur de Italia, en griego “ocio” se decía scholé, de donde viene nuestra palabra “escuela”. Era un lujo para señoritos, por supuesto, hijos de hombres libres, libres del trabajo.

Para los antiguos el trabajo era una actividad de esclavos, incluso el comercio era cosa impropia de un noble ateniense o espartano. En la ciudad gobernada por Pericles, líder del partido demócrata, el comercio era cosa de “metecos”, esto es, de extranjeros sin derechos civiles, como mujeres y niños sin voz ni voto. Esto no significa para nada que los grandes sabios que fundaron la mayoría de nuestras artes y ciencias fuesen una partida de vagos o que no dependiese de la actividad comercial, como hoy, el desarrollo del lenguaje, de la escritura y del cálculo.

El ocio que nos permite contemplar el ser de las cosas naturales sin destruirlas, sin pretensiones utilitarias o de apropiación, es lo que Aristóteles llamó Theoría, sustantivo de un verbo, theoreîn, que significa precisamente observar con cuidado. Para el sabio de Estagira y maestro de Alejandro el Grande es esta entrega contemplativa a la verdad lo que nos acerca a los dioses, más incluso que la virtud o el saber. No es cinismo, sino realismo lo que muestra Aristóteles cuando al principio de su Metafísica afirma que los sacerdotes egipcios, no teniendo que trabajar para vivir, inventaron las matemáticas.

En la Utopía de Tomás Moro, todos los ciudadanos trabajan, es decir, se reparten equitativamente esa carga necesaria, pero el fin no es el trabajo mismo, sino que no tengan que emplear en él más que unas pocas horas al día y reserven el mejor tiempo para la verdadera libertad creativa: el disfrute de las artes, la dulce compañía y la amena conversación.

¡Pero llegaron Lutero y Calvino y el trabajo fue santificado! Más allá de su necesidad vital ineludible, ganó un nuevo significado soteriológico, salvífico. El éxito en el trabajo, el enriquecimiento del burgués o del terrateniente se entendieron como signo de haber sido elegidos por Dios para pertenecer al selecto club de los elegidos, al rebaño los justos.

Así pues, hay que trabajar hasta reventar para no merecer la condenación eterna. No es casual que Lutero fuera franciscano, la orden del “ora et labora”. Pero con Lutero, la laboriosidad pasa a ser un ascetismo, una disciplina religiosa, el sacrificio definitivo del libre arbitrio, la entrega de una libertad condenada al pecado sin la gracia de Dios. Así que cuanto más trabajo, menos tiempo para condenarse. El trabajo aumenta la gloria de Dios. Weber recoge la frase del pietista Zinzendorf (1700-1760): “no se trabaja sólo para vivir, sino que se vive por el trabajo, y si ya no se tiene que trabajar, o se sufre o se muere”. “El tiempo es oro”, porque se traduce exclusivamente en vida activa, productiva, laboriosa y la pérdida de tiempo será para el protestante el peor de los pecados. La máquina del reloj en la plaza mayor fija el ritmo de las faenas. La llevaremos en pulsera como señal de sumisión a la orden que impone (al estigma cronometrador del esclavo moderno se sumará luego el del “pringao” posmoderno, o sea, el teléfono inteligente).

Es sabido que Max Weber vio en este laborioso espíritu del protestantismo la prefiguración del capitalismo. Sólo el afán ininterrumpido de beneficios gana el favor de la divina providencia. Esta sobrevaloración del trabajo no cambió con Marx, que define al hombre esencialmente por el trabajo, entendido como fuerza de transformación y producción. Es el trabajo lo que distingue según Marx al hombre del animal. Así que la verdadera disciplina ya no la impone la escuela, ni el ejército, sino la actividad industrial. Es la furia de la Metrópolis de Fritz Lang, el animal trabajador transformado en máquina.

Tampoco es casual que la palabra “maquinón” en la expresión “estás hecho un maquinón” acabe adquiriendo connotaciones valiosas. Las máquinas no se equivocan ni van a la escuela y carecen de ocio, no descansan, no contemplan, no reclaman derechos, la máquina es, por el momento, el esclavo perfecto, y en su espejo nos vemos más listos y guapos de lo que somos.

Nos engañaríamos si pensásemos que la Sociedad del Tiempo Libre está libre de este mandamiento protestante. En ella el ocio se ha reducido al consumo, que es también una especie de trabajo, por más que no imponga más incomodidad que la de arrastrar carrito o estudiar las instrucciones para armar un mueble de Ikea. El consumo es también parte del “negocio” (> nec otium, no ocio), parte de esa vida activa, o de ese activismo, en los que ciframos nuestra salvación. Al urbanita, al normópata dominante, más allá del trabajo y del consumo no le queda más tiempo libre que aquel que pueda matar con alcohol, drogas, espectáculos y videojuegos.

Puede que el espíritu deba su origen a un excedente de tiempo, un otium que es también lo contrario del negocio, un ocio que es también la respiración pausada y en silencio de la meditación oriental, o de ese estar bien acompañado por uno mismo del dolce far niente, del mirar y disfrutar con el milagro de la vida sin hacer nada por mejorarlo o descomponerlo.

(Ilustración; lino azul silvestre, linum narbonense)

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