CRONICAS DEL CONFINAMIENTO: ¿SINDROME DE LA CABAÑA? ¡VIVA LA CALLE!, por Beatriz Rodríguez, periodista

CRONICAS DEL CONFINAMIENTO: ¿SINDROME DE LA CABAÑA? ¡VIVA LA CALLE!, por Beatriz Rodríguez, periodista
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domingo 14 de junio de 2020, 10:47h
CRONICAS DEL CONFINAMIENTO: ¿SINDROME DE LA CABAÑA? ¡VIVA LA CALLE!, por Beatriz Rodríguez, periodista
Se me acumula el trabajo y no precisamente el de limpiar y escribir. Hoy es domingo, el Corpus Christi, y me toca descansar pero ese descanso sano después de una buena juerga con amigos. Y es que a mí el ’síndrome de la cabaña’ no me pilla aunque desgraciadamente ha afectado a muchas personas que viven con miedo y no se atreven a salir de su zona de confort, que no va más allá de las cuatro paredes de su casa.

Cierto es que me he adaptado perfectamente al confinamiento, con días mejores y peores como todos, y ya me había acostumbrado al rellano con mis vecinos y a las copas virtuales. Sin embargo, en cuanto se ha abierto la veda me he echado a la calle como si no hubiera un mañana. La primera semana fui prudente y seguí por mi barrio, ese fin de semana no hubo grandes planes pero este me he resarcido. Si hay un terremoto en casa no me pilla. Los que me conocen bien, saben que soy de calle y de amigos así que ayer hice doblete. Comida con unos amigos y cena con otros. Y no se yo, si ya estoy para estos trotes, que una tiene una edad y necesita dosificar, o por lo menos repartir a lo largo del fin de semana.

He disfrutado como una loca, me he reído, he hablado y me he desahogado que es muy sano. Me ha faltado darlo todo cantando a mi Jurado pero reconozco que eso lo hago muy en “petit comité”.

Comencé el “desconfinamiento” con mis amigas “las arañitas”, las primeras que vi, unas artistas del punto a las que yo sólo doy palique porque soy inútil total con las manos. Luego me fui a callejear por Madrid, algo que me apasiona, perderme y que nadie me conozca y entrar a visitar lo que me apetece en cada momento. Siempre con mi bozal puesto, no me acostumbro pero es lo que hay. Me sorprendió ver que en el metro, aun estando permitido ocupar todos los asientos, la gente sigue prefiriendo ir de pie a ocupar dos asientos consecutivos así que en todas las líneas que cogí iba un asiento libre junto a uno ocupado. Y es que, a pesar de tener permiso para movernos libremente, no vi yo esa alegría ni en las terrazas ni en las tiendas ni en los centros comerciales. El miedo es libre y la crisis económica que nos acecha tampoco nos van a ayudar mucho.

En Cartagena, y como dije con viaje debidamente justificado, me reencontré con un montón de amigos, de la Armada y civiles. Tengo uno que siempre me recuerda “tus amigos civiles no te olvidan” y es que siempre que tengo plan me pregunta si con marinos o con civiles. Gracias a Dios puedo presumir de muy buenos amigos. Y por supuesto quien dice amigos, dice amigas. Odio el lenguaje inclusivo.

Pues lo dicho, que se me han acumulado los planes y eso que he tenido que decir que no a dos pero la vida no me da para más. Es gratificante volver a las calles, a las casas de los amigos y a la vida de siempre. Sigo teniendo pendiente ese viaje a Pamplona donde me espera mi familia y mis amigas de la infancia pero espero hacerlo pronto y disfrutar en breve de sus pinchos y su gastronomía. Lo se, soy un culo inquieto pero que me quiten lo “bailao” y como digo yo, mientras no haga daño a nadie…

Sólo espero y deseo que la gente que quiero salga pronto de la cabaña y que este desastre vivido se quede en una anécdota, que claro está, siempre recordaremos, y nos servirá para aprender. Ha sido una importante lección de vida pero que no nos nuble la visión y que seamos capaces de mirar hacia el futuro. Siempre positivos y con una sonrisa aunque ahora no se vea.

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