MORIBUNDIA, por José Biedma López

Ilustración: Mosca escatófaga. Sí, sus larvas reciclan, descomponen cadáveres y ayudan a la guapa forense del CSI.
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Ilustración: Mosca escatófaga. Sí, sus larvas reciclan, descomponen cadáveres y ayudan a la guapa forense del CSI.

“¡No os pongáis a llorar, cobardes!”. Ramón Gómez de la Serna, 1935

domingo 24 de mayo de 2020, 10:36h
Cuenta Claudio Eliano en su Varia Historia (I, 16) que volviendo el barco del santuario de Delos ya no había motivo (religioso) para retrasar la ejecución de Sócrates, y que entonces Apolodoro, su amigo, le llevó a prisión un vestido de lana muy fina y bien trabajada con un manto haciendo juego, rogándole que se mudase de ropa antes de tomar la cicuta letal y quedarse tieso. “Estos vestidos te servirán al menos de adornos fúnebres, pues es honorable que un muerto sea enterrado decentemente”. Quería Apolodoro que el maestro representase un cadáver “en condiciones”, como diríamos hoy, dando por hecho que todas las “condiciones” son buenas y legales.
MORIBUNDIA, por José Biedma López

La proposición de Apolodoro no gustó a Sócrates. El Tábano de Atenas no tenía el cuerpo para coqueterías post mortem. Así que dijo a Critón, a Simmias y a Fedón (Platón se escaqueó ese trágico día): “No sé qué idea tiene Apolodoro de nosotros si cree que después de que haya yo tomado el veneno mortal que los Atenienses me ofrecen, todavía verá a Sócrates. Si él piensa que el que dentro de poco yacerá a vuestros pies es Sócrates, seguramente jamás me ha conocido”.

¡Se pasó de duro el maestro! Eso creo yo. A caballo regalado no se le mira el diente. ¡Pobre Apolodoro! Regalaba mortaja fina con la mejor intención y dio con el hueso duro de roer de la razón filosófica. Y es que lo más exacto que se puede decir del finado es: “ya no está” o “nos dejó”, y lo menos que se puede pensar es “se fue antes que nosotros”.

En lo menos que piensa un hombre sano es en la muerte –decía Spinoza, un sefardita genial y hereje, aunque demasiado determinista para mi gusto. Pero, si te van a fusilar al amanecer, distraer la imagen de que vas a palmarla sin remedio ante un pelotón de desalmados armados resulta difícil. Y ciertamente, eso es lo peor de la condena a muerte: la espera. Por eso, aquel fatídico corredor en el que aguardan el cumplimiento de sentencia capital los peores criminales usamericanos, casi todos tipos chatos, grandes y negros, lleva su nombre, el de “la suegra de la Vida”, como la llama Gracián: Corredor de la Muerte. Aun bajitos, blancos y narigudos, todos estamos en ese corredor, a la espera.

Amamos tan instintiva e inconscientemente la vida, que la muerte suele ser un valor en crisis, salvo en épocas de extremo romanticismo, claro, cuando los amantes desesperados levantan las losas y rascan el suelo de los camposantos para practicar la lúgubre necrofilia poética. ¡Morbideces! Nunca hay celo para tanto, y nada nos queda por temer cuando ya no existimos. No obstante, siempre hay motivos para compadecerse de los que ya están más allá del teatro del tiempo y del espacio, o sea, de los pobres muertos, ¡qué solos se quedan los muertos, pues ni siquiera están ya consigo mismos! Es esto, la desaparición del Yo –esa ilusión tan útil, esa representación tan teatral y necesaria- lo que más fastidia y contraría nuestra vanidad egoísta cuando pensamos en la muerte. Freud decía que, en lo profundo del inconsciente, todos nos creemos eternos (o tal vez de algún modo raro lo seamos). El yo debe mucho a esa pretensión, perfectamente irracional, de infinitud, de eternidad. A fin de cuentas, ¿no prueba el deseo que hay objeto para el deseo? No se desea lo que no se conoce.

Se ha comparado la muerte con un “sueño eterno”, pero Ramón protesta: “En el sueño hay una saturación de vida, densa, con esperanza de despertar, con pereza…”. En la ironía de Sócrates, ese incesante preguntar que ejercía todos los días en el mercado o en el gimnasio de Atenas, latía un deje de humor por el lado de la burla del Sabelotodo. Si no hubiera sido porque a la vista del barco que regresaba del santuario de Delos, le tocaba a él bailar con La-más-fea, en lugar de poner mala cara tal vez se hubiera reído de la ofrenda de Apolodoro, como no dejaría de reírse hoy con los gastos suntuarios, con la carísima cosmética del embalsamador, con el costosísimo embalaje del tanatólogo, destinado ipso facto a la inhumación o a la exhumación, o sea a convertirse en humus o en humo. Si Sócrates hubiera aceptado el detalle textil de Apolodoro, vestiría sus mejores galas ¡justo cuando su cuerpo ya no era templo del alma, ni cárcel del espíritu, sino pasto de gusanos o combustible para llama!

Gómez de la Serna pasa entre nosotros por genial humorista, pero, tal vez precisamente por ello, fue también filósofo y reflexionó profundamente sobre la Calva de la guadaña, afectó durante toda su obra esa preocupación por la muerte tan senequista, tan quevedesca, tan aparentemente española. Pasa igual con Andrés Rábago, que firmó Ops y firma hoy El Roto. Toda ilusión y toda presunción se deshacen ante la evidencia contundente de nuestra extinción, aún de la extinción prevista del Sol, padre estelar de la vida en la Tierra. Fantasear le parecía al humorista lo único inmoral que podía hacer con la muerte. Por eso dice de sus obras, lo cual podríamos generalizar a todo logro cultural, que están ceñidas a sus cuernos, porque son un vasto y hermoso conjuro contra la muerte. Y así lo deja escrito en una de sus greguerías: “el éxito del humorismo está en que no brote ni de lo muy cómico ni de lo muy fúnebre, que se mueva en ese trozo de calle que va del teatro a la funeraria”.

Como la muerte está poco valorada, Apolonio, con buena intención, quiere vestirla de gala, pero ¿hay mejor absolución y más segura prescripción para deudas, dolores, remordimientos, trabajos y compromisos? Ni siquiera puede uno acudir en persona a su propio funeral, ya no estás con ellos, lo cual si bien se mira, también es un descanso. ¡Hasta el compromiso del “amor eterno” se lo lleva por delante la calva! Y encima uno deja ya de comer carne para siempre; se hace vegano. Ya no tomará más que ensalada de ciprés y zumo de malvas, y lucirá clavículas a tope como las más altas y aclamadísimas supermodelos de moda.

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