CAMALEONES Y PELOTAS, Por José Biedma López

CAMALEONES Y PELOTAS, Por José Biedma López
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lunes 18 de mayo de 2020, 10:37h
CAMALEONES Y PELOTAS, Por José Biedma López

Todos envidiábamos en la escuela a Quique, dueño de un camaleón al que alimentaba con moscas, ¡mascota original! Luego, en el campamento de verano de La Barrosa cuando aquel paraíso de la costa gaditana era un bosque cortejado y lamido por el océano, pude verlo en su medio, conviviendo aéreo con alacranes y serpientes, animales rastreros. Luego, en el campamento de La Barrosa, cuando aquella parte de la costa gaditana era todavía un paraíso natural, al que Paco de Lucía dedicaría una alegría (Siroco, 1987), pude contemplar y admirar al camaleón en su medio natural.

El camaleón está adaptado a la vida arbustiva y arborícola. Se sostiene estable en las ramas y ramitas con su larga cola prensil. “Su cola es muy larga, haciéndose cada vez más delgada, enrollándose en anillos viperinos”, así la describe Plinio el Viejo (23-79 d. C.). También le sirven para sustentare en alto su cuerpo ancho y sus manos y pies, muy singulares porque los pies agarran con tres dedos hacia afuera y dos hacia dentro; y sus manos, al revés. Caza insectos y otras pequeñas criaturas gracias a su portentosa visión, ya que puede mover los ojos, erigidos sobre torrecillas, con independencia (visión estereoscópica), lo que significa que procesa ensu pequeño cerebro dos perspectivas al mismo tiempo. “No los cierra nunca y observa su entorno, no moviendo la pupila, sino girando todo el ojo” (Plinio, VIII, 33). Si los fija en el mismo objeto (visión binocular), calcula con precisión el lugar y la distancia de su presa, y entonces, lanzando la poderosa lengua, ¡no falla! Dicha lengua, mejor musculada todavía que la nuestra, ¡que ya es lengua lenguaraz!, es más larga que su cuerpo, hueca, bifurcada, se pliega en el interior de la boca y tiene en su cabo como un nudo pegajosísimo que le sirve a manera de ballestilla o arpón.

Es un maestro del camuflaje gracias a unas células (melanóforos) que le permiten cambiar de color según el ambiente, pero también según su estado de ánimo. Precisamente por esta habilidad, en la Antigüedad se relacionó al camaleón con el culto al sol. También se le asoció a la fecundidad y en algunos países africanos representó la encarnación del Ser superior. Claudio Eliano (Historia de los animales II, 14) celebra esta aptitud del camaleón para cambiar de coloración igual que los actores de teatro cambian de máscara y de traje, como una prueba de que la Naturaleza no necesita los filtros de Circe o de Medea para proceder con magia superior. Desde Plinio circularon sobre el camaleón distintas supersticiones que aún recogen los primeros humanistas del Renacimiento, más atentos todavía a los libros que a los cuadernos de campo. Por ejemplo, que se sustentan del aire, falsedad que ya fue desmentida por el naturalista Petro Belonio (1517-1594), amigo del poeta Ronsard.

Alciato en sus famosos Emblemas (1531, LIII), equivocado por Plinio, escribe que el camaleón siempre bosteza y lleva atrás y adelante la brisa sutil de la que se alimenta. Esto lo hace perfecto como símbolo de la perfidia del adulador, de la malicia del lisonjero o, como diríamos hoy, imitando a un famoso locutor deportivo de apellido común, el camaleón es ejemplo perfecto de las astucias y bajezas del “pelota”, del “abrazafarolas”, del “estómago agradecido”, del “correveidile”, del “chupóptero”, del “soplagaitas”…, tipos frecuentes en periodismo y política, pero también en otros oficios y empresas con parecido y parasitario interés y provecho bajuno.

¡Pobre camaleón! A él, solitario y territorial, que se mueve en la rama con esa lenta elegancia aristocrática, con esa parsimonia, paso a paso, del entendido, le toca representar moralmente, no las prudencia del precavido, que mira a uno y otro sitio al mismo tiempo, a la presa y al depredador, sino las mezquindades y desvergüenzas del “lameculos”, como símbolo de la astucia zorruna con que el adulador hace ir y venir el rumor del pueblo y, bostezando, lo devora todo y sólo imita del Príncipe (o sea, del jefe, del teniente, del director general, del ministro, del presidente…) las costumbres oscuras, desconociendo el candor y la vergüenza. Como ya hizo Plinio, se le niega al camaleón el rojo y el blanco como posibles disfraces: el blanco porque pertenece a la pureza; y el rojo, porque es el color de la vergüenza, que el camaleónico adulador, también llamado entre nosotros “chaquetero”, a veces, desconoce.

El humanista Diego López determina así la moralidad del emblema camaleónico con referencia al lisonjero: “el cual se muda porque para decir al que lisonjea cosas agradables, tiene necesidad de imitar al camaleón con gran cuidado, mudándose, ya en destemplado, ya en soberbio, ya en áspero, mirando la deslealtad contra los suyos, para andar siempre a su gusto y medida del deseo. Si el Príncipe es avariento, gusta que le traten de avaricia; si franco, de franquezas; si enamorado, de amores; si lujurioso, de lujuria: en todas las cosas se ha de mudar el lisonjeador, si quiere privar” (Declaración magistral de los Emblemas de Alciato, Nájera 1615).

El camaleón común (Chamaleo chamaleon) es el único representante de su familia en el Viejo continente y el único reptil europeo de hábitos arborícolas. En Iberia sólo sobrevive en los parques naturales del Algarve, en Andalucía y el Levante (Alicante), en pinares o malezas próximos a humedales, donde abunden los mosquitos e insectos de los que principalmente se alimenta. La hembra fecundada baja al suelo para poner de 7 a 40 huevos en octubre, que eclosionan durante el verano siguiente. Por suerte, este singular reptil con cresta de dinosaurio y del que nada debemos temer, no aparece por ahora como especie amenazada. Los “pelotas”, ideólogos orgánicos o voceros paniaguados, tampoco escasean.

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