PELUQUERÍAS ABIERTAS, por José Biedma López

(Ilustración: Anfiteatro griego de Siracusa, Sicilia).
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(Ilustración: Anfiteatro griego de Siracusa, Sicilia).
jueves 07 de mayo de 2020, 11:15h
PELUQUERÍAS ABIERTAS, por José Biedma López
Mientras volvía a mi atalayada caverna con mi compra de víveres, he visto con alegría la barbería abierta. Igual me atrevo en unos días a remediar el trasquilón que, con la mejor intención, me causó mi señora durante el confinamiento. Pero uno no va a la peluquería o al médico sólo para que le tomen el pelo o le cuiden la salud, también gusta allí oír y que le oigan palabras. Tenemos un deseo insaciable de comunicar, de ahí el éxito de las redes sociales, porque somos seres en comunicación y, a veces, hasta en comunión. Escuchar y hablar nos humaniza. Echo de menos las conversaciones con mi peluquero sobre los desarreglos del mundo, la situación del Barça, la mala educación de la juventud, la demagogia y desvergüenza de los políticos, y demás problemas (in)actuales que arreglaríamos en un periquete con nuestras certeras y pretenciosas recetas. ¡Echo de menos la charlatanería!

Ya en la Antigüedad Clásica (aquel tiempo que repite y perdura) fue proverbial la facundia o charlatanería de los barberos. Cuando el suyo le preguntó al rey Arquelao cómo quería que le cortase el cabello, el rey respondió: “¡en silencio!”. La relación entre el afeitador y el afeitado, el peluquero y la clienta, es dialéctica, de toma y daca, de confesión y hasta de confidencia. Ya lo dice Plutarco: “la raza de los barberos es suficientemente parlanchina porque los más charlatanes acuden y ocupan sus asientos” (Sobre la charlatanería, Moralia 509ª).

Pero el hablar, y más aún el recitar, que es como cantar, puede a uno salvarle la vida. Tal sucedió tras el desastre de Sicilia (415-413 a. C.). El general ateniense Nicias fue ejecutado sin contemplaciones, muchos soldados supervivientes fueron vendidos como esclavos, otros encerrados en las famosas latomías de Siracusa, canteras artificiales convertidas en profundas y cavernosas prisiones. Dadas sus condiciones acústicas se decía que el tirano Dionisio era capaz de oír desde su palacio los lamentos y comentarios de los presos, como quien oye la radio, eso en tiempos de Platón. Allí murieron de enfermedades muchos, sin embargo –a eso iba-, otros salvaron la vida gracias a su buena memoria, porque los siracusanos admiraban la poesía de las obras teatrales de Eurípides y todos aquellos capaces de recitar “par coeur” fragmentos de las obras del dramaturgo se salvaron, se ganaron el pan como rapsodas e incluso algunos consiguieron la libertad.

A todo esto, los atenienses no tenían ni idea de la derrota total que sus ejércitos habían sufrido en Sicilia, el desastre afectaba a un ejército de unos 27.000 hombres entre caballeros, marineros, honderos, lanceros, hoplitas, etc. Un extranjero desembarcó en el Pireo, Plutarco dice que era un esclavo de los que habían escapado de la debâcle, que fue a una barbería y contó al maestro que le afeitaba lo que había sucedido en Siracusa, creyendo que los atenienses ya estaban al tanto. Cuando el barbero terminó, muy emocionado subió a la ciudad para ser el primero en dar la pésima noticia, “¡no fuera alguien a arrebatarle la gloria!”. Ni se puede contar la alarma y confusión que produjo. Todos quisieron saber de dónde procedía el terrible rumor. Como el barbero no podía acreditar su fuente, o sea el nombre del informante extranjero al que había cortado el cabello y afeitado, la gente se cabreó con él y exigieron que le torturaran, con la esperanza de que confesara haber fabricado el bulo, el fake, como se dice ahora.

En esto estaban cuando se presentaron quienes confirmaban oficialmente la noticia. La multitud se dispersó para llorar cada uno sus propios duelos, pues no había familia que no hubiera perdido algún varón, y dejaron atado al potro de tortura al barbero charlatán. Escribo esto en homenaje a quien hoy está obligado a suministrarnos verdaderas, pero nefastas noticias sobre muertos e infectados, y además de hacer esa ingrata faena ha de aguantar la maledicencia e infamias de quienes, por temer u odiar el mensaje, desean sacrificar al mensajero.

Algún lector querrá saber qué pasó con el afable barbero. Pues cuando ya de noche fue desatado del potro, lo primero que hizo fue preguntar al verdugo si había oído de qué modo había perecido el general Nicias. Y concluye Plutarco: “mal tan incombatible e incorregible hace la costumbre con la charlatanería”. Cuento los días que me faltan para entregarme un rato al apacible chismorreo y tranquila cháchara de peluquería, mientras me toman y arreglan el pelo, para ponerme “al loro”.

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