EL TÚNEL DE BRADAMANTE por José Biedma López

Ruinas y restos del Palacio de Galiana. Alice y Marc Flament.
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Ruinas y restos del Palacio de Galiana. Alice y Marc Flament.
domingo 05 de abril de 2020, 12:16h
EL TÚNEL DE BRADAMANTE por José Biedma López

En recuerdo de Francisco Luis Redondo Álvaro

(Franredal), científico y escritor de mérito.

Toledo romántico, Ayuntamiento de Toledo, 22 dic. 1970, en el Centenario de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer.
Toledo romántico, Ayuntamiento de Toledo, 22 dic. 1970, en el Centenario de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer.

Galafre, rey musulmán de Toledo, hijo de un reyezuelo de África y de Faldrina, viuda del conde don Julián, tuvo una hija a la que sobraban prendas: sana, lista y hermosa. Su padre, encaprichado con la nena, no sabía qué hacer para contentarla. Así que le puso una amenísima huerta a orillas del Tajo y en medio le construyó unos pabellones lindísimos rodeados de frutales y estanques con carpas de todos los colores y en los que crecía y menguaba el agua al ritmo de las fases de la luna.

Un régulo de la taifa de Guadalajara llamado Bradamente, moro gigante y bravo, supo de ella y, entusiasmado por sus gracias, la cortejó con poco éxito. A sus regalos y lisonjas, contestaba la infanta toledana con mohines y desdenes, que no hacían sino avivar más la llama en que se consumía el pobre y grande corazón de Bradamante. Verla y hablarle le costaba al amante derroches, esfuerzos y trabajo, pues tenía que ir y venir de sus negocios en Guadalajara a los jardines de Galiana, así que abrió una senda que todavía lleva el nombre de la princesa, aunque debería llevar la del tenaz amante.

Cuentan que Galafre hospedó al joven Carlomagno en los palacios de Galiana cuando todavía vivía su padre Pipino el Breve, quien le mandó allí para concertar una guerra contra el tirano de Córdoba Abderramán. En esto, Galiana y Carlomagno se amartelaron. Y el francés pronto se mostró celoso por las visitas que seguía haciéndole a la bella el Bradamante. Los pretendientes se retaron y pelearon y, a pesar del tamaño del mahometano, venció por mañas el cristiano. A Galiana le presentó su cabeza pidiéndola a Galafre en matrimonio. Galiana consintió y aceptó hacerse cristiana a tal fin. Cixila, arzobispo por entonces de Toledo, instruyó en la fe y bautizó a la infanta. Dicen que a la muerte de Pipino, Carlomagno se llevó a Galiana a Francia.

Yo no estoy seguro de eso, aunque Lope y Moratín lo ratifiquen, pero menos aún de que el moro Bradamante, rey de Guadalajara, la regalara y pretendiera durante tanto tiempo sin recibir nada a cambio de Galiana. Espesos velos me parece que se han corrido sobre ello. Gracias a su Silva epistolar de varia lección supe por mi buen amigo Franredal (RIP) de sus estudios sobre el asunto. Había encontrado las coordenadas geográficas del famoso túnel que había construido Bradamante para rondar a Galiana. No está asfaltado y es bellísimo, vallado con una celosía que matiza la luz y permite así vivir a los vegetales que lo adornan, concebido como nido o tálamo en que poder descansar con su ya seducida Galiana, o para jollamar (sic) sin prisas, actuando con la más extremada delicadeza y ternura que exige el fino amor, pues un comedido retardo o una prudente espera también tienen su gracia.

Dicen que Carlomagno le tomó su espada Durandarte a Bradamante cuando mató al moro y que se la cedió a Roldán cuando este fue hecho caballero con diecisiete años. Era espada enriquecida con numerosas reliquias: un diente de san Pedro, sangre y cabellos de san Basilio y un trocito del manto de la Virgen. Por lo leído, la llevaba Roldán cuando fue muerto en Roncesvalles en 778. Cuentan que Bernardo del Carpio se hizo con ella y que con ella fue enterrado en Aguilar de Campoo y que muchos siglos después Carlos I, viniendo de Laredo, se acercó a honrar la tumba del guerrero y se quedó con la espada. Otros creen que la espada está en un lago del Bierzo, el de Carucedo, del que se cuenta que surgió del llanto de Bernia, una semidiosa céltica, por culpa del desamor del centurión Cancio.

Aunque Franredal pensaba que incluso una semidiosa tendría que llorar demasiadas lágrimas para llenar con ellas un lago, es posible –le dije- que tales lágrimas sólo formaran un gran charco y que luego los temporales, tan frecuentes por esa parte de España, lo crecieran e inundaran. Por allí hay muchas ciudades sumergidas, como Antioquía de Galicia, que fue asolada como castigo por adorar sus habitantes a un gallo. Donde antaño se afanaron gentes y temblaron animales, se oyen ahora voces. Son lugares misteriosos que los soldados romanos temían. Cuentan de un río de por allí al que los romanos llamaban Lethes, en recuerdo de Leteo, el río del olvido de los helenos. Tantísimo miedo inspiraron las aguas del Lethes, que en 138 a. C. el general Décimo Junio Bruto tuvo que cruzar primero a la otra orilla y llamar por sus nombres a cada uno de sus veteranos legionarios para disipar en ellos el temor a la desmemoria.

Antes de morir, Franredal se preguntaba si no correrá en alguna parte arroyo milagroso en el que podamos olvidar discrecionalmente, esto es, descargando a voluntad los recuerdos que nos pesan: de desastres, calamidades, dolores, vergüenzas, culpas, desengaños, ¡incluso de amores!: olvidar a alguna Galiana, desacordarnos de alguna ingrata malcriada, de un cierto cabrón narcisista o cruel, que los hay a montones.

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