PROBABILIDADES por José Biedma López

PROBABILIDADES por José Biedma López
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martes 31 de marzo de 2020, 11:22h
PROBABILIDADES por José Biedma López

El filósofo escocés David Hume (1711-1776) se percató de que sólo podemos estar seguros de las afirmaciones lógicas y matemáticas, porque nosotros mismos construimos sus principios. Las ciencias formales dependen enteramente de nuestras ideas, que comparamos entre sí. Sin embargo, los hechos son otra cosa, su determinación depende de incalculables accidentes distintos, imprevisibles para nuestra limitada mente. La idea de un triángulo equilátero es siempre igual a la de otro triángulo equilátero y por eso son idénticas sus propiedades, pero no hay dos estrellas idénticas, ni dos lunas iguales, ni dos planetas, ni dos personas, ni dos virus.

Cuando hablamos de hechos (y no sólo de ideas), cuando nos referimos a acontecimientos naturales o eventos artificiales, de lo que ha sucedido jamás podemos deducir con absoluta seguridad lo que va a suceder. El futuro no es demostrable. Sobre el futuro sólo caben creencias y conjeturas, aunque les llamemos pronósticos o prospectivas, unas más descabelladas, otras más verosímiles. Lo cierto es que nuestras previsiones y expectativas respecto del futuro no son seguras, sino meramente probables.

A este respecto conviene matizar que probable no es lo mismo que posible y, sobre todo, que improbable no es lo mismo que imposible. La cuadratura del círculo es un imposible, pero que nieve en mayo es muy improbable; sin embargo, no es imposible, yo lo he visto. La conciencia del hombre –lo dicen los científicos- es un hecho muy improbable, pero existimos y somos conscientes de que existimos. Que una bola microscópica de proteínas, parasitaria, cambie nuestro modo de vida –y lo está cambiando y lo va a cambiar- era también muy, pero que muy improbable hace seis meses, pero ha demostrado no ser imposible. La vida es tan sorprendente como la muerte. Causas pequeñas pueden producir grandes efectos, trágicas consecuencias. El vuelo de una mariposa en Singapur puede afectar a las bolsas de Nueva York. No es broma, ni ciencia ficción. Los matemáticos le llaman “efecto mariposa”. Una sola gota de agua será la que haga rebosar un vaso (cfr. Teoría de las catástrofes).

David Hume, filósofo tan escéptico como decisivo en nuestra Historia intelectual, concluyó con razón que nuestros saberes sobre hechos, o sea, las ciencias naturales o empíricas, sólo nos proporcionan creencias verosímiles basadas en probabilidades, esto es, en lo que viene ocurriendo, en la costumbre, mas nunca nos ofrecen dichas ciencias seguridades al cien por cien, porque las circunstancias cambian continuamente y el río de ayer ya no es el de hoy (Heráclito).

Desde otro punto de vista, se viene confundiendo el término “plausible” con “posible”. El término “plausible” (sensu stricto) no tiene nada que ver con la categoría dinámica de modalidad a la que Kant llamó posibilidad. No tiene que ver con ella, sino con los gustos de las personas. Una afirmación, un razonamiento o un argumento son plausibles cuando “suenan bien” y merecen nuestro aplauso, pues del verbo latino ‘plauso’, aplaudir, viene lo de “plausible”, término que por desgracia se malusa incluso en la literatura científica como sinónimo de “posible”. ¡Es concebible, y ha sucedido, que la gente aplauda imposibles y rehúse posibilidades constructivas!

La filosofía occidental explora la posibilidad, y no sólo la existencia y la necesidad (las otras modalidades), desde su mismo nacimiento, pero fue en el barroco, durante el preciosismo francés, cuando el pensamiento empezó a calcular matemáticamente la posibilidad. La estadística es medida de la posibilidad. Hoy la usamos para todo: para medir la incidencia de una pandemia o para ganar al póker, para estudiar el cambio climático o para decidir a quién le otorgamos la gracia del respirador (calculando su expectativa de vida, o sea, las probabilidades de que sobreviva, por ejemplo).

No es casualidad que el cálculo de probabilidades naciera, con Pascal, Fermat y el Caballero de Méré, precisamente cuando en los salones franceses, controlados por damas exquisitas, se entretenían los aristócratas y sus protegidos con los juegos de azar. El caballero de Méré, que escribió un tratado sobre El hombre honesto, era un experto jugador, así que le planteó a Pascal diversas dudas técnicas, por ejemplo, si tirando cuatro veces un dado convendría o no apostar a que en una de las tiradas saliera seis. Estudiando casos similares, Pascal y Fermat crearon el germen de la teoría de probabilidades. Christiann Huygens conocerá la correspondencia de los dos genios y en 1657 publica De Ratiociniis in Ludo Aleae, o sea, Calculando en juegos de azar, primer tratado de Cálculo de probabilidades.

La probabilidad –explicó Hume- está basada en la conjetura de que existe semejanza entre objetos de los que hemos tenido experiencia y objetos no experimentados todavía. No obstante, la naturaleza nos sorprende continuamente mutando, esto es, formando objetos, inertes, vivientes y asesinos nuevos. El azar es un monstruo diabólico que rompe nuestros números y escapa de la jaula estadística en que pretendemos tenerlo controlado y preso. Advertidos quedamos de que siempre puede suceder lo que nunca antes ha sucedido: lo improbable, lo imprevisto.

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