ALEGORÍA DE LA JUSTICIA por José Biedma López

ALEGORÍA DE LA JUSTICIA por José Biedma López
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miércoles 25 de marzo de 2020, 09:42h
ALEGORÍA DE LA JUSTICIA por José Biedma López

Giges era un pastor que trabajaba para el rey de Lidia. Un buen día, cuando ya Primavera calzaba verde y vestía traje de flores, se desató una terrible tormenta a la que siguieron vendaval y terremoto. Cerca del aprisco donde Giges guardaba el ganado real se abrió una sima que parecía conducir a un santuario subterráneo. El pastor, curioso y ágil, descendió por aquella grieta y al final de su túnel encontró una cámara funeraria en la que yacían los restos mortales de un gigante. No quedaba de él sino la momia, en uno de sus dedos meñiques relucía una piedra preciosa engarzada en un grueso anillo de oro. Ni corto ni perezoso, Giges cogió aquella sortija y la guardó en su zurrón.

Días después, cuando comenzaba a dar cuenta y razón junto a sus compañeros pastores del estado de los ganados, Giges jugaba con el anillo que holgaba en el dedo corazón de su mano izquierda. Al darle vuelta al engaste con la derecha observó un prodigio: Los presentes comenzaron a hablar de él como si estuviera ausente. ¡Se había vuelto invisible! Giró otra vez el engaste y tornó a ser visible. Ni perezoso ni corto, consciente del poder de la joya, procuró formar parte de los informadores del rey, llegó a Palacio, sedujo a su esposa la reina, atacó y mató al soberano y se apoderó del reino.

Platón (427-347) pone en boca de su hermano Glaucón (en el libro II de República) esta fábula, para a continuación plantear un problema crítico esencial sobre la justicia y su origen. Si hubiera dos anillos de Giges y diéramos uno al hombre honrado y otro al sinvergüenza, ¿cómo se comportarían?, ¿sería distinto su comportamiento?

“Es opinión común –dice Glaucón- que no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia y abstenerse en absoluto de tocar lo de los demás”. Sabiéndose impune, cualquiera actuaría como un dios entre mortales, tomando del mercado lo que quisiere sin pagar por ello, fornicando con quien se le antojara, matando o liberando según su arbitrio. Si alguien fuese tan templado y contenido para no usar el anillo de Giges en beneficio propio y al margen de la ley, le gente le erigiría un monumento y le ensalzaría en público, pero en privado o para sí la mayoría le tomarían por simple o necio. “De puro bueno, tonto”, como se dice.

La conclusión no es muy generosa con la humana condición: Nadie es justo libremente, sino por la fuerza. No evitamos saltarnos las reglas de tráfico por que comprendamos su sentido racional y su justicia, sino por miedo a las multas y a la guardia civil. No amamos la justicia por sí misma, como amamos la alegría o el contento, sino que la practicamos penosamente y con esfuerzo, por miedo o por vergüenza. Lo que nos impide hacer lo que nos da la gana, lo que nos sale del alma o de las gónadas, y que muchas veces es injusto, no es el aprecio de la justicia y de la igualdad, sino el miedo a que otros sean injustos con nosotros, el miedo al castigo o a la venganza, por eso establecemos convenios con el fin interesado y egoísta de no cometer ni padecer injusticias.

Como explicará Calicles en el Gorgias platónico, por naturaleza (physei) lo justo es que el pez grande se coma al chico y que el hombre fuerte domine al débil y este obedezca y sirva a aquél. Desde el punto de vista de las convenciones sociales (nómos) y las normas de equidad o solidaridad, la naturaleza no conoce más que la injusticia, mientras que la ley y la justicia son producto de un contrato social. La justicia es una construcción artificial, ética. Esta es la tesis de Glaucón en la República, no desde luego la de Sócrates, que piensa que siempre es malo ser injusto, incluso cuando actuamos en provecho propio. Idea esta que tiene que ver sobre todo con una concepción religiosa del alma (que la injusticia siempre corrompe o enferma) y con una visión interior de lo divino (el famoso daimon socrático).

Cicerón (106-43) recoge el ejemplo platónico de Giges en su Tratado de los deberes (III, 9). Afirma que si un sabio poseyese este poderoso talismán no por ello se creería en libertad para practicar el mal, “pues los hombres de bien no buscan la impunidad con el secreto, sino la virtud”. El gran orador y filósofo romano, al que Marco Antonio mandó asesinar, replantea así el dilema:

Si fuese absolutamente seguro que tú, movido por la codicia, por el afán de poderío o de placer, pudieses cometer una mala acción sabiendo que va a quedar secreta e impune, eternamente ignorada por dioses y hombres, sin despertar en nadie la más mínima sospecha, ¿la cometerías tú? ¿Actuarías mal pero en tu provecho, a sabiendas de que es injusto?

¡Culpable si dices que sí!, pero, ¿no serías un rematado hipócrita si dices que no? ¿De verdad que no quieres fastidiar impunemente a quien te ha hecho mal?, ¿mearte en el portal de aquel que deja la caca de su perro en tu puerta?, ¿llevarte del concesionario el coche de tus sueños?, ¿viajar gratis a lugares paradisíacos?, ¿ver desnuda a la amante de tus lascivos deseos? ¿Qué sería de la Justicia si, ciega como es, a parte de la ley que hemos contratado y con la balanza ideal de la igualdad ante la ley que lleva en la siniestra, no llevara una espada para castigar y vengar las ofensas a la Ley en la diestra?

No sabemos si H. G. Wells conocía la fábula de Platón cuando escribió su novela The Invisible Man (1896) en la que la fuente del poder y del abuso del poder no es la magia, sino la ciencia o su herramienta y arma: la técnica. Wells es menos pesimista que el Glaucón de la República platónica respecto a la naturaleza humana. Como equilibrado activista internacional del social humanismo nunca perdió la confianza en que la razón y el sentido común prevalecerían por encima de egoísmos, luchas económicas y nacionalismos ciegos.

En uno de sus epigramas, el humanista murciano Francisco Cascales (1563-1642) recoge la historia de Giges. Retoco, amplío y versifico el texto latino conservando su espíritu de persuasión edificante:

Aunque aquel Giges su anillo de oro te ofreciere

Con el que de pastor llegó a ser rey de Lidia,

Te engañarías, amigo; poder ninguno tiene.

Si habiendo elegido por gusto la perfidïa

la vergüenza o el castigo ocultar quisïeres,

no hagas mal; obrar con justicia es lo que debes.

Más sobre El hombre invisible de H. G. Wells y otras fábulas de invisibilidad en: https://anthropotopia.blogspot.com/2016/08/pesadillas-del-laboratorio-el-hombre.html

Otras obras del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M

https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897

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