EL PERRO DE DIÓGENES por José Biedma López

EL PERRO DE DIÓGENES por José Biedma López
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domingo 22 de marzo de 2020, 10:43h
EL PERRO DE DIÓGENES por José Biedma López

¡Pobre Diógenes! Le pusieron su nombre a un síndrome que nada tiene que ver con su menesterosa y sobria condición. Diógenes, el de Sínope (404-323) -no el de Laertes que vivió muchos siglos después-, no quería más cosas, quería menos cosas, era un anti-consumista. Como “perro-flauta” de la época de Alejandro el Grande llevaba en su mochililla un vaso de madera para beber. Una vez vio a un niño beber agua valiéndose sólo del cuenco de su mano y aceptó la gran lección que le daba el niño, así que tiró el vaso. Tenía por principio ético conformarse con lo necesario, con lo imprescindible.

Por eso, cuando el gran Alejandro le vio durmiendo en un tonel y vestido con harapos, ¡a todo un filósofo como era Diógenes, al menos apreciado por sus ocurrencias!, Alejandro, que estimaba la ciencia, le ofreció lo que le pidiera. Diógenes le miró de hito en hito, pensándolo, y luego le dijo al emperador macedonio que se apartara, que le quitaba el sol. La anécdota es muy conocida, pero no así su final. El séquito de Alejandro se rio de lo que consideraban una locura o una necedad por parte de Diógenes, y Alejandro, que había sido educado por Aristóteles, les mandó a todos callar: “¡Callad!, pues si yo no fuese Alejandro, ¡me gustaría ser Diógenes!”.

Valoramos el sol, el paseo por el campo, la salud y el agua, sólo cuando nos faltan, y amamos hasta la idolatría todos esos cachivaches y máquinas con los que entorpecemos el espacio de las casas, ensuciamos la atmósfera y los océanos, y de los que nos hacemos dependientes. Diógenes, es verdad, tenía algo de Sócrates exagerado; “un Sócrates enloquecido”, le llamó Platón. Sócrates, maestro de Antístenes (446-366), que a su vez fue mentor de Diógenes, también se felicitaba en el mercado viendo las muchas cosas que no necesitaba, pero el de Sínope exageró la autarquía y la autonomía como valores éticos, o sea la autosuficiencia y la libertad, presumiendo de no necesitar casi nada de casi nadie y haciendo gala de una lengua satírica, a veces viperina, a pesar de lo cual, los griegos acabaron respetándolo. Decía Diógenes que la educación era sensatez para los jóvenes, consuelo para los viejos, riqueza para los pobres y adorno para los ricos.

Se apañaba también solo con su sexo, hasta en público, cosa que naturalmente escandalizó e indignó a muchos. Cuando se lo reprocharon, dijo que ojalá pudiera quitarse el hambre frotándose el estómago. ¡Un personaje! Y por su modo de vida no es de extrañar que le acabaran motejando “ho kinikós”, es decir, “el perro”. Se lo dijeron como insulto, pero él se lo tomó a bien, solidario con su dimensión animal y con el instinto de los pobres chuchos callejeros. De ahí viene el nombre de cínicos aplicada a su secta filosófica. El cinismo antiguo, fundado por Antístenes, no tiene nada que ver con lo que hoy llamamos “cinismo”. Hoy llamamos “cínico” al que predica una cosa y hace otra, porque predicar no es dar trigo. Pero si hay un ejemplo de coherencia e integridad en las llamadas morales socráticas es el que dieron los cínicos con su idiotismo político, pues lo mismo despreciaron la riqueza que el poder público, y, sobre todo, con su celebración de la virtud austera, que consideraban suficiente para obtener contento: una excelencia fiel al instinto natural, obediente a los dictados de la naturaleza, cosmopolita y alejada de placeres artificiales y lujos inútiles.

Dejaron huella en nuestra mejor cultura, en el estoicismo, por ejemplo, y no sólo con su anecdotario, sino también con su literatura. Luciano de Samosata (125-195) escribió unos extraordinarios diálogos de tendencia cínica. Con alguno de ellos anticipó el género tan popular hoy de la llamada “ciencia ficción” o literatura fantástica. El genio satírico de los cínicos prendió en la diatriba, a la que debe mucho la primitiva homilía cristiana. En realidad, un cínico antiguo se parecía mucho a un fraile mendicante de nuestra Edad Media cristiana.

Alejandro Magno, guerrero ilustrado y curioso, se entrevistó con Diógenes en Corinto, porque este había sido apresado por unos piratas y vendido como esclavo en un mercado de Creta. Al pregonero que lo vendía, al preguntarle qué sabía hacer, le contestó: “Gobernar hombres”. Un corintio llamado Jeníades compró a Diógenes y lo puso como preceptor de sus hijos. Quedaron tan contentos que lo nombraron genio tutelar de la casa. Vivió mucho y se dice que murió el mismo día que Alejandro. Los hijos de Jeníades le dieron sepultura, a pesar de que Diógenes había prohibido que se le enterrase.

Hoy me ha llamado la compañía de seguros Ocaso, para prevenir mi entierro. Otras compañías nos ofrecen a mi esposa y a mí sus servicios post mortem desde que cumplimos los sesenta (conocen mi edad mejor que mis primos), pero dada la plaga que nos asola, la llamada me ha resultado siniestra. Sin embargo, como no hay mal que por bien no venga, la impertinencia me ha recordado esta última anécdota de la vida del gran Diógenes el cínico: cuando prohibió que se le enterrase, sus amigos le dijeron: “Entonces, ¿hemos de dejarte expuesto a los cuervos y a las fieras?”. “De ningún modo –respondió el filósofo-, poned cerca de mí un bastón para que los ahuyente”. “¿Y cómo vas a poder ahuyentarlos si no tendrás sentido?”. A lo que el sabio contestó: “Y si no tengo sentido, ¡qué me importa ser devorado por las fieras!”, eso cuenta Cicerón y lo recoge Javier Murcia en su jugoso libro De banquetes y batallas (2007).

A pesar de su prohibición de que le dieran sepultura, sobre su tumba alzaron una columna y sobre ella un perro esculpido en mármol de Paros.

Sobre la pareja de cínicos Crates de Tebas e Hiparquia de Maronea y su modo de vida, véase: http://mujeresparalahistoria.blogspot.com/2017/01/hiparquia-de-maronea.html

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M

https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897

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