LA SENSATEZ DEL CERDO por José Biedma López

(Ilustración: Flores de ciruelo, foto 18 febrero 2020. Loma de Úbeda)
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(Ilustración: Flores de ciruelo, foto 18 febrero 2020. Loma de Úbeda)
miércoles 19 de febrero de 2020, 11:03h
LA SENSATEZ DEL CERDO por José Biedma López

Plutarco de Queronea (46 o 50-c. 120) nació en los tiempos del emperador Claudio y representa la excelencia ejemplar del helenismo: historiador, humanista, moralista, buen esposo, buen padre de familia. Con refinada cultura griega, académica, gana la ciudadanía romana, cultiva la amistad de senadores, viaja, lleva una vida cívica activa y asume, ya maduro, la responsabilidad del sacerdocio de Apolo en Delfos, donde interpreta los augurios de la pitonisa. De su voluminosa obra, es conocido sobre todo por sus Vidas Paralelas, obra en que traza la biografía y el perfil moral de 23 pares de ilustres personajes históricos: uno griego y otro romano. Por ejemplo, Alejandro Magno y Julio César, enormes militares.

La otra gran colección de sus obras son las Moralia, obras breves de contenido diverso. En una de ellas, Plutarco plantea la cuestión de si nos conviene dejar de ser animales. Su título: Los animales son racionales o Grilo. Plutarco imagina a Ulises, el famoso aventurero de la Odisea homérica, que después de estar con la maga Circe, quiere abandonar la isla liberando a los compañeros que la hechicera ha reducido a bestias. Circe le replica que tendrá que convencerles a ellos, pues no está segura que quieran dejar de ser animales para volver a ser hombres. Cita a Grilo, un cerdo, y se retira para que su presencia no altere las opiniones del puerco.

Grilo le muestra su decepción a Ulises: el de Ítaca no es tan astuto como se cuenta, pues ha renunciado a un estado mejor, el de animal, por otro peor, el del hombre, dado que el ser humano es “la más fatigosa y desdichada de todas las criaturas”. Además, las bestias aventajan al hombre en toda clase de virtudes. Y al contrario que los humanos, que deben aprenderlas trabajosamente, el alma de los animales produce la virtud sin esfuerzo, espontáneamente, igual que la legendaria tierra de los Cíclopes produce por sí misma todo tipo de frutos, mientras que la de Ítaca es árida y estéril. O sea, que mientras que los animales son buenos por naturaleza, el humano debe aprender a serlo: “Nace bárbaro el hombre, redímese de bestia cultivándose; hace personas la cultura”, escribió nuestro Gracián.

Según Grilo, el alma de los animales participa de todas las virtudes, por ejemplo de la valentía, y esta es auténtica, no como la de Ulises que se basa en el engaño y la trapacería, “los animales son limpios y sencillos en sus combates”, ni ruegan, ni suplican compasión, ni reconocen su derrota, y un león no es esclavo de otro león por cobardía, como sí lo es un hombre de otro hombre. Los más nobles de los animales prefieren la muerte a la esclavitud. Eso sí, el hombre ha conseguido, pervirtiendo a cachorros y a polluelos dóciles y delicados, ofreciéndoles tentaciones engañosas y haciéndoles saborear placeres antinaturales, domesticar a algunos, es decir, convertirlos en seres debilitados, como un “afeminamiento del coraje”.

En los animales se da un equilibrio natural entre los sexos y la hembra no es inferior al macho. Cita Grilo a la cerda de Cromión que dio problemas a Teseo, a la Esfinge tejedora de enigmas y superior a los cadmeos en fuerza y valor, y a la serpiente que disputó a Apolo el oráculo de Delfos. Ni panteras ni leonas ceden en coraje y vigor a los machos. El valor de los animales es puro, no se debe al temor al “qué dirán” como el de los hombres, que soportan fatigas y peligros más por miedo que por coraje. La valentía de los humanos no es más que prudente cobardía; su audacia, un susto que evita ciertos eventos por medio de otros.

Ulises no tiene más remedio que reconocer que Grilo es un consumado sofista. Y, en efecto, sigue argumentando que tal vez Ulises quiera presumir de templanza al haber desdeñado los encantos físicos de Circe, una diosa, pero también al chivo de Mendes en Egipto, encerrado con muchas mujeres hermosas, le excitaban más las cabras. Cualquier corneja se reiría de la fidelidad y castidad de Penélope (se creía en los tiempos de Plutarco que si se les moría la pareja las cornejas permanecían viudas durante nueve generaciones humanas).

La templanza (sensatez, cordura) consiste en la ordenación y el recortamiento de los deseos, disponiendo con oportunidad y medida de los necesarios. Comida y bebida son deseos naturales y necesarios, mientras que el sexo es natural, pero no necesario. Y aquí es donde los animales ganan por goleada en templanza: ni ansían plata ni oro, ni túnicas bien tejidas ni clámides teñidas de púrpura, ni broches ni joyas. Ahora –dice Grilo- purificado como está en su nueva condición marranil de aquellas vanidades, el oro y la plata le son indiferentes y “cuando estoy saciado, nada puede resultarme más agradable para echarme a dormir que el barro blando y profundo”. Ningún animal se comporta de forma desordenada ni insaciable, siendo los deseos y placeres necesarios los que administran su vida.

Sigue Grilo hablando en nombre de los animales y afirma que ni para la comida ni para el sexo necesitan estímulos exteriores como las especias o los perfumes: “jabalinas y cabras atraen a los jabalíes y chivos con olores que les son propios…, oliendo a puro rocío, a pradera y a hierba fresca; y es el común afecto lo que les lleva a la unión nupcial. Las hembras no se hacen de rogar ni disimulan sus deseos con engaños, trucos y negativas, ni los machos, aguijoneados por el desenfreno y la locura, compran el acto de la procreación con dinero, esfuerzo o servidumbre”.

En resumen, los animales se rigen por la ley natural y no por la búsqueda descontrolada de placeres. De ahí que no haya homosexualidad animal (en esto se equivocan tanto Grilo como Plutarco), todo lo contrario que sucede entre los hombres, donde se dan muchos casos, como el de Agamenón persiguiendo a Argino. Ni la ley natural es capaz de contener los irrefrenables instintos de los hombres que perturban y confunden el orden de la naturaleza. Y hasta han existido aquellos que se han unido con cabras, cerdas y yeguas; y mujeres como Pasifae que han enloquecido por el deseo de un hermoso toro. La lascivia o la glotonería arrastra a los humanos a buscar el placer en cualquier cosa, probándolo todo. Cree Plutarco que el hombre es el único animal omnívoro, lo que tampoco es cierto. Aunque sí lo es que la diversidad de la mesa del hombre es única. De ahí el reproche de Grilo: “ninguna criatura voladora, nadadora o terrestre ha escapado de vuestras mesas, que encima calificáis de civilizadas y hospitalarias”.

Los animales no son tontos, pero la inteligencia animal no deja sitio alguno para artes inútiles y vanas. Cuando están enfermos, buscan hierbas para purgarse. Son autodidactas y autosuficientes. No sólo pueden aprender habilidades nuevas, como el perro a saltar por el aro y el cuervo a hablar, sino que también las enseñan. Las perdices enseñan a sus poyuelos a ocultarse dejándose caer boca arriba, y los ruiseñores a sus crías a cantar. Por supuesto que entre los animales hay grados distintos de inteligencia, pero “no creo que entre dos animales haya tanta diferencia como la que hay entre dos humanos en cuestión de inteligencia, capacidad de razonamiento y memoria”.

El diálogo acaba de manera abrupta, por lo que algunos eruditos lo consideran inacabado:

- Ulises: Pero Grilo, mira que es algo muy duro y terrible conceder el uso de razón a seres que no pueden concebir a Dios.

- Grilo: Entonces, Ulises, ¿tendremos que negar que alguien tan sabio y notable como tú descienda de Sísifo?

La pregunta final de Grilo parece un enigma. Resulta que Sísifo tenía fama de ateo porque el sofista Critias puso en su boca la teoría de que los dioses fueron inventados por un hombre astuto para garantizar, gracias al temor a dios, el cumplimiento de las leyes. Grilo le estaría diciendo a Ulises que, según su propia opinión, el descendiente de un ateo como Sísifo, es decir el mismo Ulises, difícilmente podría ser una persona inteligente.

Se cree que con este diálogo Plutarco deseaba criticar ciertas posiciones del estoicismo más extremoso, que negaba la inteligencia animal. Los argumentos de Grilo, así como su clasificación de los deseos parece proceder de Epicuro. Dudo mucho que Plutarco sostuviera estos puntos de vista, más bien hubiera suscrito la famosa frase del J. Stuart Mill: "Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho". Aun pudiendo ser trágica la inclinación humana al conocimiento, es rasgo imprescindible de nuestra superior dignidad. Salvo que lo pongamos fantásticamente a hablar y razonar, jamás sabrá un cerdo de las satisfacciones estéticas, morales e intelectuales a que la inteligencia humana puede optar, igual que no sabe nada del refinado placer que nos procura la audición de una sinfonía de Mozart o de la satisfacción con que damos fin a un trabajo bien hecho. Pero tampoco, claro está, sabrá un puerco nada del sufrimiento de una conciencia compasiva, y en esto el mismo Creador han sido caritativo con el cerdo.

(Ilustración: Flores de ciruelo, foto 18 febrero 2020. Loma de Úbeda)

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