ARTE DE DESAMAR por José Biedma López

 Ptósimas separándose tras su cópula
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Ptósimas separándose tras su cópula
sábado 15 de febrero de 2020, 11:08h
Algunos colaboran con su mal fario por no haber aprendido a desamar. Aman a quien no lo merece, y así les va. El amor está sobrevalorado. Casi siempre vale más la amistad. El amor puede ser indigno, sucio, tonto, perverso… El gran poeta romano Publio Ovidio Nasón fue gran perito en amores y amigo de Augusto, pero el emperador acabó desterrándolo al Mar Negro por supuesta indecencia (o por la complicidad en los devaneos eróticos de su hija Julia)
ARTE DE DESAMAR por José Biedma López

El inspirado e ingenioso escritor de Las Metamorfosis murió exiliado, lejos de los lujos y embrollos de Roma, allí en tierras de la actual Rumanía, en el año 17 de nuestra era. Ovidio escribió un Arte amatoria en verso en el que daba consejos para ser amado, pero también un poema más corto titulado Remedios de amor en el que ofrecía estrategias para dejar de querer o de pretender el amor del prójimo o de la “prójima”. Y es que el arte y la técnica deben estar presentes no sólo en el amar y el querer, sino también en el desamar y en el dejar de querer cuando ello es mejor y conviene, sobre todo si desamando evitamos saqueos, burlas, desdenes, crueldades y maltratos.

Más vale ponerse una vez colorado que diez amarillo –sentencia el pueblo. Aquel o aquella que corre riesgo de sufrir o perecer por un amor sórdido o desdichado, que lo abandone. Es difícil. Ovidio, que amó mucho, lo sabía, y conoce que con frecuencia la rosa lleva su espina y nace cerca de la ortiga y que cuando dos almas se fusionan intensamente, aunque sólo fuese por poco tiempo, al separarse para siempre se producen desgarramientos. Pero ¡ojo!, como Medea, hay hijas capaces de matar a su padre y a su hermano, incluso a sus hijos, por un amor ingrato y desgraciado. Hay amores autodestructivos. Por ello es necesario que consideres de inmediato la calidad del objeto de tu amor y retires el cuello del yugo si puede herirte. Y ello, lo antes posible. Quien hoy no puede, menos podrá mañana. Todas nuestras aficiones, nuestras pasiones gratas y deleitosas, inventan razones y se alimentan de dilaciones, del “romperé con él mañana”.

Si quieres olvidar a quien te fastidia o humilla, actívate, rehúye la ociosidad. Amor odia a los activos y se desliza insidioso en los incautos pasivos. Cultiva tu huerto, entrégate a un oficio, huye al campo donde tendrás siempre tarea que realizar y labor que entretenga tu espíritu. Tampoco los viajes son malos para este fin de olvidar al que nos daña, o para cambiar de amado o de amada. Ten en cuenta, también, que “el buey solo bien se lame”. Para nada te servirán ni pócimas, ni antidepresivos ni exorcismos. De nada le sirvieron a la maga Circe cuando Ulises la abandonó, despreciando incluso, en el caso de Calipso, la inmortalidad que la maga seductora le prometía, ¡y todo para volver junto a una señora mayor en Ítaca, la fiel Penélope! Sí, todo para regresar al caudal tranquilo del río grande, del amor sensato que, al contrario que el torrente de montaña, no se despeña eufórico y cantarín, pero que siempre lleva agua.

Para romper, rememora con frecuencia las malos ratos que te dio tu amigo o tu amiga, todos y cada uno de sus desmanes, el dinero que te afanó o te hizo gastar, el tiempo que te ha hecho perder por su placer o su capricho, las veces que te dijo “no”. Como el mal suele estar junto al bien y su límite es muchas veces impreciso, busca el lado vicioso de sus virtudes, en lugar del virtuoso de sus vicios, así, si está llenito, piensa que es gordo, si calcula con torpeza, que es tonto de capirote. Recuerda la pinta que tuvo durante la resaca, lo horrible que se pone cuando iracundo te grita, los defectos de su cuerpo, las torpezas de su alma, su mal aliento por las mañanas.

Diversifícate, abre tu juego como en las “siete y media”, búscate otro amigo u otra amiga: “Todo amor resulta vencido por un nuevo amor que le sucede”, afirma el poeta. Entrégate a nuevos ardores a fin de que tu amor se diluya en una encrucijada. Eso recomendaba Ovidio al legendario rey Agamenón cuando tuvo que devolver a Criseida para apagar la cólera de Aquiles y poder contar con su ejército de mirmidones en la conquista de Troya.

Muéstrate fría con aquel de quien te quieres alejar, simula que estás bien aunque estés mal y ríete aunque tengas ganas llorar. Despídete de sus amigos y de su familia para siempre. Rompe la costumbre, porque el roce hace el cariño. Rebajará el otro su desdén si ve que te enfrías. No pierdas en interminables disputas tus energías. Aunque también la saciedad, incluso el hastío de los placeres venéreos, podría poner remedio a tus males.

No te aísles. “No rehúyas la conversación, ni cierres la puerta de tu casa, ni escondas entre tinieblas tu rostro lloroso”. Ni te engolfes en contemplar o curar heridas que tú no causaste, sufren los ojos mirándolas, y unos y otros cuerpos, unas y otras almas, si se conjugan, feliz o dolorosamente, también se transmiten enfermedades.

Los griegos contaban con un templo de Eros Leteo. Allí brotaba una fuente de agua helada en que sumergían sus corazones abrasados los jóvenes, para curarlos de un mal amor. Allí acudían, suplicantes y con votos, para que el Olvido les proporcionara consuelo, habitando otro mundo, si es que pueden…

Calla –recomienda Ovidio- hasta que ella o él salgan del todo de tu corazón. Quien va diciendo por ahí “no amo”, ama. Tampoco el odio consuela y es propio de caracteres feroces. El mejor remedio contra el necio, el desprecio. Y al duro corazón es mejor tratarlo con indiferencia. “Es más seguro y más decente –escribe Ovidio- separarse en paz que pasar del lecho a los tribunales”.

Elimina toda esperanza. “Tardamos en romper porque tenemos esperanzas de volver a ser amados”. No atiendas ni a llantos ni a promesas. Y no digas ni los motivos que hacen preferir la separación ni lo que sufres. Quien calla es fuerte (Qui silet, est firmus), mientras que quien hace reproches ruega una satisfacción. Rompe las cartas, elimina los retratos. Limpia la pizarra para nuevos relatos. Y recuerda, no repartas los trozos de tu corazón si te lo han roto ni te embriagues para ahogar las penas y olvidar, porque las penas saben nadar.

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