DISPERSIÓN O RECOGIMIENTO por José Biedma López

(Ilustración: Ombligos de Venus)
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(Ilustración: Ombligos de Venus)
viernes 03 de enero de 2020, 14:21h
“Qué gran desgracia no poder estar solo”. La Bruyère
DISPERSIÓN O RECOGIMIENTO por José Biedma López

Todos los excesos son malos. Vivimos en mitad de una utopía de la comunicación. Parece que estemos obligados por un imperativo mediático al infierno de los otros, incesantemente online, sin parar en línea, alineados o alienados, según. Los otros no son ya nada tangible, por el momento se ofrecen sólo como imágenes en dos dimensiones, puede que en tres muy pronto, sin tacto, sin olfato por el momento; son fantasmas. Oír, ver, salir, entrar, participar, vender, comprar, tratar, reunirse, entre el ruido y el humo artificial, con sombras, parece más cómodo, menos exigente que hacerlo con personas. Las personas reales dan más miedo que sus fantasmas.

Vivimos en una sociedad que prolonga la niñez, una sociedad adolescente en la que nadie sabe ya estar quieto, ni solo consigo mismo entretenido en sentir sencillamente el rumor de sus propios pensamientos. Ya no quedan tiempos libres en el flujo de la comunicación, tiempos en que el tedio pueda parir trabajosamente densas imágenes particulares, íntimas. ¿Dices que tú sabes recogerte en ti? Pero si suena la radio, no vale, ya no estás solo; si se ilumina la televisión, tampoco; si lees el guasap, has sido congregado por una corriente de opinión, formas parte de un cardumen virtual; si navegas por las redes, viajas en un rebaño etéreo, en una nave multitudinaria, pero en una balsa de sombras.

Lo que miramos en el monitor es, en cierta medida, la acción de nuestro propio cerebro. Eso halaga y satisface. La mirada no ensaya leer en el corazón del prójimo, sino directamente en su cerebro, del cual se quisieren hacer visibles sus trillones de conexiones neurales, asistiendo a su actividad como si se tratara de un vídeo-juego. Todo este esnobismo cerebral y electrónico es de una gran afectación. Nos fascina el espectáculo del cerebro y su funcionamiento. Quisiéramos ver la pornografía de sus detalles más escabrosos, disfrutar con la promiscuidad de sus fantasías más recónditas. El aumento del zoom dota a las imágenes de un valor sexual. Queremos experimentar el vértigo de sus desvaríos, la intimidad de su técnica. Buscamos la satisfacción del deseo en la sofisticación técnica del cuerpo. El espejismo del cuerpo. El cuerpo en el vídeo se ha vuelto transparente, revela sus claroscuros a la precisión quirúrgica del láser. Hace cuatro mil años nació el cristal; hace dos mil, el espejo. El último horizonte de nuestros trayectos es el escaparate electrónico.

Todo eso no es más que una nueva superstición de cavernícolas ilusionados con apariencias y simulacros. Las interacciones empiezan a reducirse a un diálogo sin fin con la máquina. Los mismos intelectuales han encontrado finalmente lo que el jovencito hallaba en el walk-man: un onanismo new-age, ¡una desublimación espectacular del pensamiento y el ansia de placer, la videografía de sus pensamientos y deseos, de su ansia de eternidad! Pero ahora la inmortalidad se juega en la apariencia. Con la polaroid y el selfi se realiza la mítica ambición narcisista: el objeto produce instantáneamente su cliché, su copia. Es la materialización óptica de un proceso mágico. Todos nos pervertimos y deshacemos en imágenes de nosotros mismos, pero ¿hay quien de verdad escuche cuando producimos esas imágenes que son palabras? No hay quien de verdad sepa mirarnos y vernos tal como somos. Menudean las miradas, las cámaras y las escuchas, mientras sobreabundan las pantallas.

Somos mucho más gregarios de lo que nos hacen creer. La identidad es un nudo de relaciones sociales, forma parte de esa imaginaria personalidad la creencia de que somos muy especiales si nos compramos un pantalón que se compran millones o nos teñimos el pelo de rubio nórdico. Pero la verdadera originalidad es hija del recogimiento, la verdadera libertad es hija de la soledad. La verdadera igualdad ha de ser demostrada y la libertad conquistada. Pascal decía que un hombre educado es el único capaz de estar solo en una habitación sin aburrirse. Solo y sin máquinas.

El maestro Thomas nos recuerda en su Historia de las mujeres ciertos modos de desbaratar el tiempo que se extendían como la peste en el París del XVIII. Son extrapolables a nuestro presente, la edad del “look” efímero: la afeminada ocupación en aliños y composturas, el desenfrenado deseo de agradar y parecer bien a cualquier precio, incluso si nos jugamos la salud en un quirófano para hacer desaparecer bolsas de grasa y arrugas, o para hacer aparecer una inmensidad turgente de pechos... Lo de la anorexia no es ninguna broma; Ally McBeal sirve de paradigma de la joven y brillante neurótica, con las clavículas a la vista como si fueran cantareras, auténticamente sola en edad de criar, pero incesantemente cortejada por neuróticos, sin compromisos ni comercios íntimos: todo se les va en poses, en posturitas y visajes de desconcierto coqueto. La profesional anoréxica nunca consigue quedar bien ni acumular grasa, ¡ni auténticos o duraderos afectos!, no cuenta con boca humana que llevarse al pecho, ni corazón que llevarse a la boca. Su destino es “hacerlo” en Instagram, ¡qué desolación más acompañada!

Creemos que haremos al alumno interactivo si le ponemos un ordenador a mano, que lo abriremos al mundo, pero lo que logramos más fácilmente es un circuito integrado niño-máquina. Un circuito en el que la máquina es, sin duda, el elemento más poderoso, más sabio, incluso el sujeto más fuerte. La compulsión virtual es la de existir en potencia, en todas las pantallas y en el centro de todos los programas. Se trata de una exigencia mágica. Los semáforos merecen más respeto que los guardias porque los presumimos más rigurosos, objetivos y exactos. ¡Fallo humano! Nos resta un último camino de salvación: devenir objetivos, exactos, rigurosos, ¡maquinones! Digitalizarnos. Nuestra primitiva y caduca apariencia analógica, para existir, tiene que ser convenientemente sintetizada por los números y los bits.

¿Somos humanos o ya somos máquinas?, ¿somos animales, o avatares, imágenes numéricas atrapadas por las máquinas? Estas preguntas resultan cada vez más difíciles de responder. Los originales acaban pareciéndose a los muñecos del teleguiñol, a sus caricaturas cómicas. Virtualmente, estoy insertado en la máquina, mi identidad fiscal, nacional, publicitaria, literaria, biográfica, viaja por las redes a la velocidad de la luz, en ramificaciones potencialmente infinitas. Lo virtual no es ni real ni irreal, ni inmanente ni trascendente, ni interior ni exterior... El mismo problema de la libertad debe plantearse en nuevos términos... Pues nuestro cerebro ya no está en nosotros, fluctúa alrededor de nosotros en las innumerables ondas hertzianas y cables que nos circundan. Yace preso en el móvil. Realmente, la máquina ha puesto sus gérmenes en mí. Una de cada seis de las proteínas que me constituyen procede directamente de máquinas. Más tarde o más temprano la máquina penetrará nuestros tejidos, se ensamblará con ellos para conservarlos y transformarlos.

Pendiente de las redes nace el desafecto de los demás, incluso el desafecto de sí, contemporáneo del desierto espacial generado por la velocidad, del desierto social generado por la comunicación y por la información, del desierto vital y corporal generado por sus innumerables prótesis. Pero es el cuerpo mismo el que se va transformando en una prótesis del satélite, del ordenador, de la cámara digital, del automóvil, del microondas, del móvil... Prohibido desligarnos de la virtualidad interactiva, espectacular, comunicativa, informativa. He aquí nuestro lecho de muerte: prohibición de arrancar los cables y los tubos, aunque tengamos gana. Distanasia electrónica, metástasis infográfica, videológica. El escándalo estará en la desobediencia a la Red, a la conexión, a las tecnologías modernas. Las tecnologías modernas no alienan, sino que integran, o sea, absorben, devoran. Obligación moral absoluta de permanecer conectados, en línea, “online”.

El denunciado fenómeno de la alienación resulta banal ante el nuevo peligro: el interfaz vídeo o el teléfono móvil sustituyen toda presencia real, eliminan el riesgo y el compromiso de todo contacto personal, a favor de una comunicación-pantalla, de una tele-conversación. El Gran Hermano ha encontrado el medio más seguro de paralizar a los vigilados, no sabiéndolo todo sobre nosotros, sino dándonos los medios de saber todo sobre todo. La información y la comunicación sustituyen con ventajas a la represión y el control. Viviremos encadenados a la necesidad del móvil y de la pantalla. Ya te obligan las instituciones a declararte en él.

Menos mal que donde hay poder hay resistencia. Urgen nuevas resistencias a la información forzada, a la hipercodificación de las relaciones a través de la telemática. El abuso de la comunicación virtual, vicaria, produce una incomunicación personal profunda. Las camas separadas fueron su anticipo protestante. Los monitores separados, las televisiones individuales, los móviles propios completan el proceso. Nada de tocarse, nada de olerse, mucha asepsia y mucho desodorante. Un pueblo donde el espíritu de sociedad es tan excesivo, tan extremado, se olvida de la vida casera y tiene amortiguados todos aquellos afectos de la naturaleza que se engendran en la vida privada, y se van criando en el sosiego del silencio. Estamos llegando a la locura de desterrar la fidelidad conyugal a los hogares de los labradores, los sacrificios de la amistad se reservan a la gente sencilla y de buen natural, y el entusiasmo del amor fecundo va siendo emoción rara y mal vista, al lado del “sexo frío”.

El encuentro fácil mata el entusiasmo, pues el entusiasmo es esa fantasía fogosa que cría sus objetos en lugar de adoptarlos. Los sexos se ven y sienten tanto mejor, en el sentido superficial de la sensibilidad, cuanto menos se estiman. Todo se reduce a formalidades y pura exterioridad. Un corazón fementido se deshace en regalos y expresiones. Al paso que aumenta la falsedad recíproca, será preciso cada vez afectar más y más. Así nos volvemos personas, ya no en el espejo, sino en la vídeo-esfera, consumiendo electrones.

Va a ser muy difícil que volvamos al tenor de las buenas costumbres. La excelencia es superior a los placeres, especialmente por lo que mira a la felicidad humana, pero es difícil que esto sea reconocido en una icono-esfera dominada por la Internacional Publicitaria, provocadora de angustia, estrés, ansiedad perpetua, movimiento de carrusel hacia ninguna parte... ¡Cuán dulce sería la vida quieta y sosegada, que no afecta cosa alguna ni se ostenta como espectáculo de liviandad y locura!, digna es de preferirse la vida en que se goza de la amistad honesta y de los dones de la naturaleza, mejor que esta vida inquieta y bulliciosa donde incesantemente se corre tras un afecto que no se halla nunca. Tal vez sería menos interactiva la sociedad, pero también sería más dulce la vida interior, más humana y sin tantos sinsabores.

(Ilustración: Ombligos de Venus)

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