TÓPICOS Y ESTEREOTIPOS por José Biedma López

TÓPICOS Y ESTEREOTIPOS por José Biedma López
jueves 07 de noviembre de 2019, 11:40h
TÓPICOS Y ESTEREOTIPOS por José Biedma López
Los tópicos son ideas generales vinculadas a prejuicios de la opinión pública, “lugares comunes del “sentido común” (ese que Ortega llamó irónicamente “el menos común de los sentidos”). Están asociados a la filosofía popular, se expresan muchas veces como refranes y pueden ser perfectamente contradictorios. Creemos que “al que madruga Dios le ayuda”, pero también pensamos que “no por mucho madrugar amanece más temprano”. En la práctica, debemos elegir inteligentemente entre la diligencia o la parsimonia

No obstante, en la práctica los refranes ayudan. Son un sedimento de experiencias, un arsenal de recomendaciones, a veces maliciosas: “De Andujar, la que no es pxxx es bruja”; a veces profundas: “Cree el ladrón que todos son de su condición”. Están asociados a la memoria colectiva y a esa buena o mala educación que se adquiere en casa, en el bar o en la calle.

Aristóteles, hace más de dos mil trescientos años, ya analizó los tópicos como parte de la técnica y el arte de la discusión, o sea como recursos imprescindibles de la argumentación dialéctica. El gran filósofo alemán Gadamer, ya en el siglo XX, afirmó que los tópicos forman parte del arte de encontrar argumentos y contribuyen a la formación del sentido común, que nutre lo que creemos verosímil o plausible, de tal modo que fundan la comunidad y no pueden ser sustituidos del todo por la ciencia (Verdad y Método). Perelman, en su Tratado de la argumentación (1989) escribe que “los lugares comunes constituyen un arsenal imprescindible [de premisas] al que forzosamente deberá acudir el que quiera persuadir a otros”. O sea, que en cierto sentido, los tópicos son un mal necesario.

Sin embargo, Machado nos aconsejó que los desecháramos, aun después de haberlos pensado. Y es acertado aplicarles eso que recomendaban escépticos y estoicos: una epojé, una abstención del juicio, sobre todo cuando tratamos con personas. Es prudente mantener una mente abierta a la sorpresa de la realidad, que raramente se ajusta al pensamiento. A fin de cuentas, no hay un ser idéntico a otro ser, de lo que se puede deducir que toda generalización es lógicamente arbitraria.

Siempre pensamos con imágenes. Y las imágenes (ídolos e iconos) sin tener cuerpo actúan sobre los niveles más sensibles de nuestra mente, asociados a la experiencia y a la acción. La repetición, la asociación de imágenes, adiestran más que instruyen, conforman más que informan, condicionan más que educan, nos mueven a comprar lo que no necesitamos, a votar al más guapo o a la más mona. Los monjes eruditos de la Edad Media lo sabían y por eso decían que los dibujos y pinturas son “la literatura de los ignorantes”. Las imágenes son el vehículo perfecto para, cuidadosamente ancladas por enunciados verbales sencillos, fabricar hombres-masa a domicilio afectando directamente a las entrañas, porque apenas rozan la conciencia.

Las imágenes tienen hilo directo con el corazón. Son tanto más eficaces para dirigir las actitudes sociales y “dicen” y conmueven más, cuanto más se acercan a la superficialidad unilateral y sin matices del estereotipo. Un estereotipo es el cliché figurativo de un tópico. Funciona como un signo reconocible y reproduce esquemáticamente prejuicios y prevenciones sociales: la boina y la garrota del paleto, el puro habano y la barriga oronda del potentado, etc.

Lo peor es que tendemos a juzgar a la gente basándonos en tópicos y estereotipos. Recuerdo a un chico, al que di clase en el instituto, con más chapas y cadenas encima que una Virgen pobre, con raftas, chupa de camuflaje, pantalones negros y botas militares. Se apuntó a unos partidos de futbito que organizábamos. Resultó ser un modelo ejemplar de juego limpio, un buen compañero y, luego, un excelente trabajador, esposo y padre.

A los andaluces se nos pinta de graciosos y se nos tacha por vagos. Me invitaron a dar una conferencia en La Coruña, salí por la noche con un grupo de galleguiños y al poco y respondiendo a sus expectativas asumí el papel de chistoso oficial, algo que nunca he sido entre mis próximos. Fue como si el estereotipo tirase de mí. Y, por cierto, también comprendí que aquellos atlánticos no eran muy propensos a disfrutar del humor negro.

Gracias a Dios, la realidad desmiente continuamente al estereotipo. La primera vez que viajé a Francia para aprender el idioma me intercambié con el hijo del dueño de un negocio de muebles. Su padre me llevó enseguida a conocer a uno de sus empleados más antiguos, un montador de muebles andaluz al que presentó como su mejor oficial. Andaluces, extremeños, gallegos, asturianos, castellanos…, notables trabajadores sin los que sería incomprensible el “milagro alemán” o el progreso catalán.

Mi amiga Corinne, una chica parisina hoy dermatóloga, con la que me intercambié en otra ocasión para aprender franchute, pensó mal de nosotros cuando nos vio echar la siesta tras cada comida de agosto. Una semana después, se percató de que sestear a cuarenta grados centígrados, y divertirse de madrugada cuando refresca, era lo mejor que podía hacer en los estíos de la tierra de María Santísima. ¡Hasta tal punto el clima influye en las costumbres!

En dos ocasiones he agradecido la generosidad de sendos catalanes, que me acogieron en sus casas con una hospitalidad extrema y ajena a cualquier flaqueza de avaricia o de tacañería. Una parte sustancial del argumentario independentista se basa en estereotipos supremacistas y tópicos malpensados, pero también nosotros tendemos a despreciar a los miembros de otras comunidades sobre el frágil cimiento de prejuicios y estereotipos lógicamente injustificables.

Interesa aparcar las generalizaciones arbitrarias que redundan en prejuicios, tópicos y estereotipos, si queremos saber algo de la complejidad extrema del mundo natural y social que habitamos. Diremos, exagerando y por poner un último ejemplo: que los políticos son un mal necesario, pero que algunos políticos se corrompan no significa en absoluto que todos sean ladrones. La mayoría no lo son. Apliquemos la epojé a cada estereotipo, a cada dicho populista, a cada tópico: porque no es sólo el hábito lo que hace al monje, ni la corbata de seda lo que anuncia siempre al yupy; ni el adoquín bala, señal segura de la rabia o indignación del menesteroso.

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