SOMOS NATURALEZA por José Biedma López
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SOMOS NATURALEZA por José Biedma López

sábado 26 de octubre de 2019, 09:53h

Captamos el mundo a través de nuestros sentidos, que son más de cinco. Y a los conocidos, como el tacto, el del equilibrio, el del dolor, el cenestésico…, puede que haya que añadir con el tiempo otros físicamente desconocidos o no detectados todavía por la ciencia. Sentidos que poseen algunos hipertrofiados como superpoderes naturales, tal el zahorí que siente, no sabe cómo por dónde transcurre el venero del agua. Sin duda, los más valiosos para el conocimiento del entorno son la vista y el oído, con que Giner de los Ríos les llamaba sentidos “noológicos”, y por eso ceguera o sordera resultan muy invalidantes

SOMOS NATURALEZA por José Biedma López

Con los sentidos configuramos el mundo gracias a la experiencia, que organiza la imaginación y conserva la memoria. Pero cada uno de nosotros convierte sus impresiones en imágenes e ideas muy singulares, tan particulares y personales que se puede decir que cada uno de nosotros vive en su mundo, un mundo que es en parte creación original propia. Así la vida se expresa bajo la forma de innumerables individualidades irreductibles. Para referir a ello, el brillante biólogo y filósofo ecologista René J. Dubos (1901-1982) acuñó el símbolo del “dios interior” (A God Within, 1973). Todos portamos un “dios interior” compatible con el “genio del lugar”, armonizable con el medio ambiente en que nos movemos, pero también un “demonio interior” dispuesto a sacrificar la belleza y propiedad del entorno a la pereza, la codicia, la ambición…, y otros tristes vicios de la carne, o sea, también ellos naturales. Ya lo dijo Aristóteles, la naturaleza puede ser demónica, pero no divina.

Whitehead (1861-1947), el matemático inglés convertido en filósofo, dijo que ensalzamos la rosa por su perfume (aunque las de otoño, las más hermosas, no lucen precisamente por su fragancia), que elogiamos al pájaro por su canto, que celebramos al crepúsculo por su juego de bermellones y corintos…, rendimos así honores a la naturaleza, honores que nos corresponden a nosotros mismos, pues en realidad la naturaleza carece de sonidos, de perfume, de color; no es más que un apresurado y eterno intercambio de materia, desprovisto de todo sentido (eso creía el filósofo). Somos nosotros, no la naturaleza, quienes creamos en nuestros cerebros y mentes los sonidos, los perfumes, los colores y los significados que constituyen nuestra vida emocional e intelectual, a partir de la mescolanza de fenómenos físicos externos que la naturaleza, eso sí, pone a nuestra disposición.

El argumento de Whitehead pierde peso cuando nos percatamos de que segrega completamente al sujeto cognoscente del objeto conocido, al hombre de la naturaleza, como si fuéramos cosa aparte. Pero ¿acaso nosotros no somos también naturaleza? Sucedió asimismo que la naturaleza en nosotros se hizo espejo: se convirtió en ojo, oído, imaginación, representación, invención, conciencia. La naturaleza se elevó a animal técnico capaz de extender el poder de sus sentidos mediante artefactos con los que la naturaleza puede conocerse y verse mejor, tanto en lo muy grande: los vastos espacios del cosmos; como en lo muy pequeño: en las maravillosas e inimaginables danzas de partículas y destellos cuánticos.

No hay línea de demarcación entre naturaleza y cultura, salvo en la publicidad comercial de los patés y en los botes de champú, donde se nos dice que este y aquel son completamente “naturales”, pero lo natural es que el hombre explote el trabajo de la abeja, la lana de la oveja, la fuerza del buey o del aire, y que sustituya el pudridero de la selva por ameno prado, jardín florido o fértil campiña. Los paisajes que proporcionan un placer más duradero y para un mayor número de personas serán siempre aquellos en los que el hombre ha domado la naturaleza. Ejemplo: Uno llega en trenecito eléctrico hasta la cima de un monte de los Alpes suizos, pongamos el Pilatos. Todo impecable, al fondo un hermoso lago devuelve su color al cielo mientras uno se aísla del frío detrás de un cristal, consulta las noticias en su celular, pura transparencia, y puro sabor el del café con leche, tan natural, que uno saborea en mitad de una naturaleza por completo limpia y humanizada.

La naturaleza es maravillosa, precisamente porque es capaz de devenir cultura mediante la acción humana y ésta resulta satisfactoria mientras expresa profundas necesidades naturales, mientras resulta sostenible, es decir compatible con la salud, la dignidad y la alegría de los que ya existimos y de los que habrán de venir y querrán existir en un entorno saludable, limpio y alegre. Y la cultura empieza a fallar cuando, aún auxiliada por la técnica, pero queriendo demasiados huevos, hace enfermar con ello a la gallina.

Desengañémonos, lo que llaman los anuncios publicitarios “natural” o “naturaleza”, como algo completamente extraño a la acción técnica y artística del hombre, sencillamente ya no existe. Ni siquiera las selvas más impenetrables del Congo, de Indonesia o del Amazonia, están libres del efecto antrópico, o sea de las alteraciones que la historia de los hombres ha introducido para bien o para mal en la historia natural del planeta Tierra, que nos abarca. Lo que está ahí, ante nuestros ojos, también donde acaba la ciudad, ha sido desde hace milenios transformado por el arte y por la técnica.

¿Qué es más artificial el cepillo de dientes o las órbitas planetarias? Todo, pura y puta invención humana. Sucede que muerto Dios, nos queda al menos Mamá Natura, ídolo imaginario que nuestra época diviniza como fuente de saludables bondades, mientras que la acción humana sería sólo fuente de maldades y poluciones. Se olvida que tan naturales son el virus de la gripe y las ladillas como el roble y el ruiseñor, y tan natural es que las hormigas apacienten pulgones o la avispa Cerceris parasite mariposas, como que nosotros apacentemos ovejas y cacemos muflones.

En toda esta nueva fe de urbanita se esconde un prejuicio: el de considerar a la naturaleza como una entidad separada e independiente de nosotros y de nuestras intenciones y al mismo tiempo por completo dominable e incluso destruible. Sin embargo, ni la naturaleza es algo extraño a lo que hacemos, ni es absolutamente sojuzgable, ni se subordina sin más a nuestro antojo. Hay que negociar con ella, buscar un equilibrio. De hecho, el hombre –como ya vio Aristóteles- es por naturaleza técnico y urbanita. La cuestión está en cómo y cuántas queremos que sean nuestras ciudades, si enormes y dominadas por los coches y máquinas, o pequeñas, paseables y ricas en zonas verdes. Y en ello estamos. Científicos serios abogan por una desurbanización gradual de las metrópolis y una distribución equitativa de la población en ciudades y pueblos autosuficientes que exploten “tecnologías suaves” (sol, agua, aire) en una renovada sociedad tecno-agrícola.

La misma conservación del entorno y del paisaje (un invento romántico), es, desde hace siglos, cuestión técnica. No un dejar ser a la naturaleza “madrasta” (como la llamaba Kant), sino un conservarla y/o recomponerla según nuestras necesidades, intereses y gustos. Para ello no queda más remedio que seguir la receta de Dubos: Pensar globalmente y actuar localmente.

(En la ilustración, una araña cangrejo espera a su presa sobre las brácteas de una centaurea silvestre)

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