EL ANDRÓGINO por José Biedma López

EL ANDRÓGINO por José Biedma López
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miércoles 25 de septiembre de 2019, 11:10h
EL ANDRÓGINO por José Biedma López

Aristóteles pensaba que toda sustancia natural es un compuesto individual de materia y forma. Sin embargo, sólo podemos determinar la esencia de las cosas por su forma o estructura, ya que una lechuga, una seta, una hormiga y un ser humano están hechos de la misma materia: tierra, aire, agua y fuego, pues estos eran los elementos materiales reconocidos en tiempos de Aristóteles, a los que el filósofo macedón añadió una quinta-esencia material a la que llamó éter (sutil materia de las esferas celestes, que luego dio nombre a un gas), quinta esencia en la que la física y la astronomía modernas creyeron hasta los experimentos de Maxwell en el siglo XIX.

La explicación de Aristóteles aún sirve, aunque hoy hacemos un análisis mucho más fino de los elementos materiales con la tabla periódica de Mendeleiev. Pero, ¿qué es en el fondo la materia, cuál es la masa prima de la que todo está compuesto? ¿Al final del análisis, hay masa o sólo luz? A estas preguntas, Aristóteles respondía con un encogimiento de hombros o con una abstracción: materia prima es “lo permanente sin ritmo”, porque siempre que distingo entre perro y lagartija lo hago por morfología, o sea por sus formas. La casa está hecha de ladrillos, los ladrillos de arcilla, la arcilla de silicatos de aluminio y feldespato, el feldespato de…, etc. Al fin puedo encontrarme con los quarks o con las partículas de Higgs, que no dejan por ser chiquitísimas de ser formas o estructuras, ¿de qué? Aristóteles respondía con un modesto: “no sé qué” o con su célebre concepto de energía, que es la forma en acción, en movimiento, y uno de los nombres de su célebre Motor inmóvil.

La filosofía hermética del Renacimiento hacía hablar a la materia prima asociándola al mercurio, que fascinaba a los magos. Ese huevo de la naturaleza era descrito poéticamente por la alquimia como dragón viejo, anciano que está a la vez cerca y lejos, capaz de adoptar múltiples formas, colores y figuras, portando tanto el vigor de la hembra como el del varón en la figura del andrógino, de raigambre platónica (Banquete) y tan querida por el humanismo renacentista. El andrógino, el ser primordial machihembra, es tema central de la literatura esotérica de esa época en que la Edad Media se asoma a la modernidad, época que combina matemáticas y arte, ciencia y magia.

Luis Racionero ganó un premio internacional con un documental sobre Leonardo y el andrógino (1980). Tuve la oportunidad de asistir a su exhibición –creo que en un cine de Figueras- presentada por él mismo a un grupo de amigos, gracias a uno común, Jordi Nadal, entonces viajábamos por el Ampurdán en plan Comando Lautreamont, en el milquinientos del teniente Fernando Poveda, pintor de paladines y criador de grandes daneses. El malditismo postromántico era nuestro horizonte cultural. Y por desgracia en el Occidente cristiano el andrógino, el hermafrodita, han sido seres malditos.

Sin embargo, el hermafrodita fue venerado en la Antigüedad clásica por representar con su doble sexo la síntesis de ambas perspectivas “de género”, como se dice ahora: la femenina y la masculina. Mientras que Platón parece identificar la materia exclusivamente con lo femenino, confusa matriz del universo en su Timeo, universo físico que es un todo con alma, los textos alquímicos hablan de una materia femenina y otra masculina. El psicólogo Jung reconocerá un alma masculina, animus, y otra femenina, anima. Las dos en cada uno de nosotros, sólo cambian sus respectivas proporciones, por lo tanto siendo mujer siempre tendrás algo de varón (animus) y siendo varón siempre hay en ti algo de mujer (ánima).

En el Opus Magnum de los alquimistas y místicos es Adán el que cae en el sueño mortal del materialismo, abandonando la androginidad celestial (tampoco los ángeles de Tomás de Aquino tienen sexo particular). En la creación de Eva se ve la posibilidad de salvación. El místico Boehme lo dice así: “Cristo apartó a Adán, durante el sueño, de su vanidad (…) y le devolvió la imagen angélica creando a Eva de su propia esencia, de su parte femenina. Ella es la matriz de Adán, de naturaleza celestial (Sophia, sabiduría divina)”. El genial poeta y dibujante W. Blake llama a ese aspecto femenino emanación, y al masculino, espectro. El fin primordial de la existencia terrenal debe armonizar ambos aspectos, pasando por las alegrías de la sensualidad y de la satisfacción corporal, camino que Blake ve obstaculizado por la religiosidad dogmática y su moral represiva.

Ulmannus, a comienzos del siglo XV, escribe que el hombre ha sido creado de un sol doble, metáfora del hermafrodita divino, en el que Jesús representa el puro berilo masculino y María la piedra femenina de la dulzura, siendo los dos uno en Dios Padre. De esta forma la Trinidad cristiana parece admitir una faceta femenina, igual que la ortodoxia bizantina admitió muy pronto a una Madre de Dios, distanciándose de este modo del patriarcalismo semita.

Los caracoles son hermafroditas y, entre los insectos, hay especies con los dos sexos funcionales en el mismo individuo. La mariposa del gusano de seda es capaz de generar eventualmente gusanitos por partenogénesis, es decir, a partir de huevos no fecundados por el macho. De hecho, todos los machos de la colmena, los zánganos (en inglés drones), proceden de huevos sin fertilizar, de los fertilizados proceden las hembras laboriosas y, si reciben una alimentación especial, las reinas. Y es que la sexualidad de los vivientes, incluidos nosotros mismos, es mucho más compleja y rica de lo que pensamos.

En la ilustración, cópula de Colias crocea.

Para saber más sobre la extraordinaria diversidad de la sexualidad de los insectos:

https://allyouneedisbiology.wordpress.com/tag/insectos-hermafroditas/

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