LA ESPAÑA DE GRACIÁN por José Biedma López

LA ESPAÑA DE GRACIÁN por José Biedma López
sábado 14 de septiembre de 2019, 11:42h

Baltasar Gracián (1601-1658) ha sido y es uno de nuestros grandes escritores. Un clásico comparable a Fernando de Rojas, Cervantes, Góngora o Quevedo. Sus ideas fueron admiradas por Schopenhauer y Nietzsche. Y aún hoy son útiles a ejecutivos ilustrados de Wall Street, sus consejos de moral práctica. El Criticón, su obra más ambiciosa, es dura y titánica sátira, rica en voces y juegos de palabras, alegórica y fantástica, enigmática a veces hasta la paradoja, profética, erudita y pesimista, gran desveladora de la humana condición

LA ESPAÑA DE GRACIÁN por José Biedma López

La España de Gracián era muy diferente de la de hoy. “Absolutamente, la primera nación de Europa”, como el aragonés la describe: “odiada porque envidiada”. En los territorios bajo el imperio de Felipe II no se pone el sol. Incluso Portugal pertenece a la corona de los Austrias. En El Criticón considera Gracián a Lisboa como la mayor población de España y uno de los tres emporios europeos, fidalga, rica, sana y abundante. Añade que jamás se halló portugués necio, en prueba de que su fundador fue el sagaz Ulises.

En la “crisi decimatercia” de la primera parte, reinterpreta Gracián el mito de Pandora, la primera mujer que llevada de su curiosa ligereza liberó los males para el mundo. Cuando esto hizo, la Soberbia cogió la delantera de todos los vicios y topó con España y aquí se perpetuó con sus aliados: la alta autoestima, el desprecio ajeno, el querer mandarlo todo y servir a nadie, la presunción de alcurnia, el lucir, el alabarse, el hablar mucho, alto y hueco, la gravedad, el fausto, el brío, con todo género de presunción, y todo esto desde el noble hasta el más plebeyo.

La Codicia tiró para Francia, el Engaño para Italia, la Ira pasó a África, la Gula y su hermana la Embriaguez se sorbió Alemania, donde algunos se han emborrachado una sola vez, ¡pero para toda la vida! Y por eso formaba el emperador Carlos de los alemanes el vientre de su ejército. La Inconstancia se estableció en Inglaterra, la Simplicidad en Polonia, la Infidelidad en Grecia, la Barbaridad en Turquía…, y así se fueron dispersando por toda la tierra los distintos males. La Pereza, que llega tarde a todos sitios, lo encontró todo ya ocupado, así que saltó a América y moró entre la indigenada. La Lujuria, no contenta con habitar sólo un país, se extendió por todos sitios concertándose y negociando con los demás vicios.

Es muy injusto juzgar la moral de otros tiempos por la actual. Nuestras estimaciones cambian, y en el caso de los valores antiguos, dependen de situaciones, coyunturas, prejuicios, opiniones públicas y necesidades que no podemos ni imaginar. Téngase en cuenta, además, que Gracián era jesuita. Ignacio de Loyola, fundador de la orden, dificultó la entrada de Juan de Ávila en la misma, hoy santificado Apóstol de las Andalucías, por su origen converso, esto es, por ser judío. Gracián es un clásico, pero también un hombre de su tiempo y asocia al salutífero unicornio, sobrenatural animal que purifica las aguas emponzoñadas, con el rey don Fernando de Aragón, al que tantos elogios había dedicado Maquiavelo: “¿no purificó a España de moros y de judíos, siendo hoy el reino más católico que reconoce la Iglesia?”. También a “don Felipe el Dichoso” le asigna los poderes del unicornio por purgar a España del “veneno de los moriscos”.

En el imaginario palacio de Salastano, el dueño exhibe lo increíble: un alemán aguado, un docto premiado, el septentrión sin herejes, el mar constante…, ¡y un español humilde!

Cuando en la crisi tercera de la segunda parte se queja Francia a la diosa Fortuna de que no le haya dejado como a España grandes territorios que dominar y colonizar, la Fortuna se defiende diciendo que España es la América de Francia, porque en Francia acaba una gran parte del oro y plata de las Indias. Igual que los conquistadores españoles engañaban a la indiada con espejillos y cascabeles, que cambiaban por metales nobles, los franceses engañan a los españoles con peines, estuchitos y “trompas de París” (birimbaos). Explica la Fortuna que cuando se repartieron los bienes, a los españoles le cupo la honra, a los franceses el provecho y a los ingleses el gusto (tal vez por eso prefieran el Jerez a cualquier otro vino).

La España de Gracián era diferente de la de hoy, ¡pero no tan distinta!… Tras afirmar que los catalanes saben ser amigos de sus amigos, pero que lo piensan mucho antes de comenzar una amistad, afirma que es fruta de aquella tierra “la bandolina”. Así llama al bandolerismo que por entonces se extendía como plaga por la región (¡hoy el bandolerismo existe, pero es otra cosa!).

De España saltan a Francia Critilo y Andrenio (los dos protagonistas peregrinos de El Criticón) y aprovechan para murmurar de su patria. Empieza diciendo Critilo que los españoles aguantan mejor que los franceses que se hable mal de su tierra, pues son más generosos y menos chovinistas. O sea, que los españoles no hacen crimen de la incivilidad, y la falta de respeto a sus símbolos queda impune, cosa que seguimos viendo todos los días.

Respecto al concepto que se han formado de España, definen su tierra como seca, “y de ahí les viene a los españoles, su sequedad de condición y melancólica gravedad”. De acuerdo –replica Critilo-, pero también es de condición sazonada en sus frutos y todas sus cosas son muy substanciales. De tres cosas han de guardarse los extranjeros cuando visitan España: de sus vinos “que dementan” (dejan sin mente); de sus soles, que abrasan; de sus femeniles lunas, que enloquecen.

España es muy montañosa y por eso poco fértil; pero gracias a ello resulta sana y templada, que de ser llana resultaría inhabitable. Está muy despoblada (emigración a América y levas continuas para los tercios), pero vale uno de ella por ciento de otras naciones –pondera patriótico Critilo-. No le faltan vegas deliciosas y está defendida y coronada por capaces puertos y muy regalada de pescados.

Tratando del carácter español se dice en El Criticón que los españoles son muy bizarros, altivos, muy juiciosos pero no tan ingeniosos, valientes pero tardos, leones pero discontinuamente, muy generosos y aún pródigos, parcos en el comer y sobrios en el beber, pero superfluos en el vestir. Abrazan a los extranjeros pero no estiman a sus compatriotas. No son muy crecidos de cuerpo, pero sí animosos. Poco apasionados por su patria; ¡trasplantados, son mejores! No muy devotos, pero tenaces en su religión.

España podría haber cubierto de oro y plata los monumentos de sus principales ciudades si no hubiera tenido los desaguaderos de Flandes, las sangrías de Italia, los sumideros de Francia y las sanguijuelas de Génova. En II, 5., describe al vulgo: crédulo el de Valencia, bárbaro el de Barcelona, necio el de Valladolid, libre el de Zaragoza (Gracián era de pura estirpe aragonesa), novelero el de Toledo, insolente el de Lisboa, hablador el de Sevilla, sucio el de Madrid, “Babilonia de España”, vocinglero el de Salamanca, embustero el de Córdoba, vil el de Granada… Para todos hay lapos críticos, incluso para sus paisanos maños, a los que acusa en otro sitio de tercos, bien dispuestos a clavar alcayatas con la cabeza.

A todos desnuda menos a don Juan de Austria, el moderno Hércules, hijo del Júpiter de España, serenísimo señor, brillante rayo del Planeta Cuarto [Marte, dios de la guerra], al que dedica la segunda parte (Zaragoza, 1653) de su extraordinaria sátira filosófica.

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