MUNDO SUMERGIDO

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miércoles 07 de agosto de 2019, 11:13h

Hace tiempo comprendí que el británico J. G. Ballard (fallecido en 2009) fue uno de los mejores novelistas del siglo XX. Me conquistó con La sequía (1965), más cósmica que la que localmente padecemos. Luego comprendí que Ballard no es sólo uno de los mejores escritores de la “Nueva ola” de la ciencia ficción inglesa. Sus ficciones son más bien distopías futuristas que narran muchas veces el modo en que los cambios bruscos en el medio ambiente afectan o podrían afectar a la mente humana. Ya se sabe como nos irrita el calor y despierta las mejores y las peores pasiones de la fiera que todos llevamos dentro

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Ballard conquistó el gusto de todos los públicos con su novela El imperio del sol, inspirada en sus experiencias durante la segunda guerra mundial cuando de niño en Shanghai, ciudad en la que nació en 1930, fue internado junto con su familia en un campo de concentración japonés. La novela se redujo a guión de una notable película de Steven Spielberg estrenada en 1987 con el mismo título, que mereció seis nominaciones a Óscar, aunque no ganó ninguno.

Devuelto a Inglaterra, Ballard no terminó sus estudios de medicina y ejerció diversos oficios, desde redactor en diversas publicaciones técnicas y científicas, hasta portero del Covent Garden o piloto de la RAF canadiense.

En una de sus últimas novelas Noches de cocaína (1996) nuestro autor juega con el esquema de la novela negra y escoge por ambiente la decadente colonia británica de la Costa del Sol española, tan decadente que –me consta- a veces vota brexit. Mereció mucha más atención de la crítica su originalísima Crash (1973), reflexión inquietante sobre el deseo, el poder, el sexo y los coches, con erótica y morbosa recreación en sus accidentes. Ya se sabe que el morbo vende. La película inspirada en sus páginas provocó un escándalo en Inglaterra, donde estuvo a punto de no poder ser estrenada.

Estos días en que el agua limpia es un consuelo (cada vez más escaso y cada vez menos libre de medusas y plásticos), he leído en digital la primera novela de Ballard: El Mundo Sumergido (1962). A pesar de su sombría melancolía y hasta de su previsible y trágico final, el encanto poético o siniestro de algunos de sus personajes y su imaginada acción trepidante consiguen que uno no deje su lectura hasta el final y la abandone con pena. Desde luego, no me ha dejado tan marcado como me dejó la lectura de La sequía (1965). Si el marco de ésta lo asocio a los cuadros de Yves Tangüy, en El mundo sumergido aparecen descritos los cuadros de dos artistas que son –lo diré en clave teológica- “santos de mi devoción”: Paul Delvaux y Max Ernst…

“Sobre la chimenea colgaba un cuadro enorme del surrealista Delvaux, pintado en las primeras décadas del siglo veinte, y en el que unas mujeres de caras cenicientas bailaban desnudas hasta la cintura con unos esqueletos vestidos elegantemente de etiqueta, en un óseo paisaje espectral” (El mundo sumergido).

No me extraña que como en otros relatos, por ejemplo en su relato La Gioconda del mediodía crepuscular, Ballard saque partido e inspiración literaria de su amor por los cuadros de Rafael o, en este caso, de los surrealistas…

“Una selva fantasmagórica de Max Ernst se devoraba a sí misma y se gritaba en silencio, como el sumidero de una subconciencia trastornada” (Ibidem).

No pienso reventar (¿acabaremos diciendo “espoilear”?) la novela que comento. Sólo diré que el mundo que describe es aquel en el que las principales ciudades del mundo han sido tragadas por las aguas como consecuencia de un cambio climático y una subida de las temperaturas. Supongo que lo del cambio climático les suena. Diga lo que diga Trump, es un hecho con el que nosotros y las nuevas generaciones habremos de convivir. En el caso de la novela de Ballard la diferencia es que el cambio climático es cosa del Sol y no lo ha provocado el hombre, no es un “perverso efecto antrópico”, como decimos hoy. Y es que los artistas tienen a veces mucho de profetas. Enmanuel Macron, presidente de la República francesa, lo sabe y por eso contrata a escritores de ciencia ficción (o mejor dicho “ficción científica” o “prospectiva literaria”) para su ministerio de la guerra, que por supuesto se llama educadamente “de la paz” o “de defensa” o como se llame, ejército que interviene con soltura en África y otras partes, y que hace unos años se consideraba el segundo más poderoso del mundo.

“El mundo sumergido” de Ballard se ha despoblado de seres humanos (los pocos que quedan sobreviven a duras penas en los casquetes polares) y se ha superpoblado de enormes caimanes y de gigantescas iguanas mutantes, impenetrables junglas coronan todos los islotes donde a veces sobresalen aún las cornisas de los antiguos rascacielos, ahora también pobladas de vegetación y en cuyas cavidades hacen sus nidos enormes murciélagos y gigantescas serpientes de agua. Los anfibios, que en nuestro mundo andan y nadan en recesión, vuelven a dominar el imaginario futurizo de Ballard, un mundo que se parece misteriosamente a aquel de tiempos pasados en que mandaron los dinosaurios, y que parece ejercer un siniestro poder en el inconsciente de los personajes para ir determinando progresivamente su conducta. Pues, ciertamente, somos todo lo que nos pasó como individuos, pero incluso como especie y como género, y “cada uno de nosotros tiene la edad de todo el reino biológico, y nuestras corrientes sanguíneas son ríos que desembocan en el vasto océano de la memoria de ese reino”.

Cito a Ballard, que parece sumarse así a una desacreditada pero poderosa teoría de Ernst Haeckel (naturalista y filósofo, creador del término “ecología”): la del “paralelismo onto-filogenético”. Dicho para que se entienda, la teoría de Haeckel juega con la idea de que en el feto pasamos por todos los pasos que ha dado la evolución, primero por el estadio pretérito de gusanos acuáticos, luego somos peces, más tarde anfibios, hasta ir tomando forma mamífera y por fin humana. Ballard alude a dicha teoría sin citar a Haeckel:

“La odisea uterina del feto recapitula todo el pasado evolutivo, y su sistema nervioso central es una escala de tiempo cifrada. Todo nexo de neuronas y todo nivel espinal son una etapa simbólica, una unidad de tiempo neurónico”.

Muy recomendable para las tras-siestas del verano, Ballard te hará soñar con mundos posibles y apocalípsis verosímiles, cuya belleza hipnótica es tan fantástica, seductora y traicionera, como los escasos buenos momentos de cualquier pesadilla o los extraños relojes flexibles de Dalí, a los que por cierto también refiere de paso en su mundo sumergido.

José Biedma López

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