El inspector, Porfirio Marín

El inspector, Porfirio Marín
sábado 13 de julio de 2019, 13:17h

El cadáver presentaba tres impactos de bala: dos a la altura del corazón y uno en la cabeza. El lugar del crimen: un estrecho camino de tierra, sin salida, cuyos laterales eran las paredes de un edificio de dudosa reputación y otras plastificadas de un invernadero.

A esa hora, la débil luz que emanaba de una bombilla de cables pelados, que colgaba de la fachada, alargaba poderosamente la silueta de los policías allí congregados a los que hacía parecer seres superiores al resto de los mortales. En la puerta del club, las cerúleas luces de los coches patrulla desafiaban con su intermitencia al sugerente luminoso con forma de mujer que colgaba de la fachada; debajo de él se podía leer: Club Maxxim. Alrededor del inmueble varios uniformados marcaban el perímetro con cinta de plástico, tras la que se arremolinaban una decena de curiosos, gente variada y variopinta cuya mayor aportación podía consistir en la destrucción de alguna prueba, si es que la había. En aquellos casos los asesinos solían ser muy escrupulosos y no dejaban prueba alguna, que por insignificante, resultaba de gran valor para la investigación. Como de costumbre nadie sabía nada, nadie había visto nada y, menos aún, escuchado el sonido fragoso salido de un nueve largo, pese a que alguno de los curiosos, con afán de protagonismo, dijera susurrante haber visto lo que no vio, solo para darse importancia y sin que lo inventado llegara a oídos de la policía y le hiciera pasar por el cuartelillo. En cualquier caso, de haber algún testigo, era difícil que se prestara a ofrecer su ayuda.

Lo curioso del caso es que esta vez había pruebas. Los casquillos que el inspector Marín introducía en una bolsa permitirían saber el calibre del arma utilizada. Poca cosa, pero menos era nada. Ahora le tocaba a balística esclarecer la marca de la pistola con la que se había perpetrado el asesinato. Una tarea fácil; lo difícil, cuando no un trabajo inútil, sería aclarar la procedencia del arma. Aquello resultaría del todo imposible, o así lo pensaba Marín. En estos casos el arma solía ser adquirida en el mercado negro donde por lo general borraban los números de serie.

El inspector rastreó ocularmente la zona donde había encontrado los dos casquillos. Pura rutina, lo hacía por si había algo más. Pero esta vez, lejos de buscarlos se había topado con ellos. Marín era de la opinión que alguien los había colocado allí, para que el policía de turno los encontrase sin demasiado esfuerzo. Miró al muerto, conocía bien a aquel cabrón, muy bien, demasiado bien. Como un perro sabueso en busca de la pieza perdida, volvió a ojear el lugar del crimen, pero ni rastro del casquillo que faltaba. Algo no encajaba. El tercer casquillo no estaba y aquello resultaba toda una incógnita. Sí, evidentemente algo no cuadraba, claro que de ahí a estar en lo cierto mediaba un abismo que la falta de alcohol en sangre le impedía discernir.

La mortecina luz de aquel antro complicaba más la investigación; ello hizo que el inspector se dirigiera al coche por una linterna. Media docena de pasos fueron suficientes para que se volviera en redondo y se acercase de nuevo al cadáver. Se agachó, lo miró, esta vez desde mucho más cerca, tanto que el muerto, de no estar tieso como una vela, habría notado su aliento a coñac; lo hizo con detenimiento, a la cara. En ese momento supo qué era lo que se le había escapado.

—¿Ha dado con algo? —se interesó uno de los policías tras percatarse del detalle.

—Dígamelo usted y así me evita pensar.

El uniformado no insistió, se limitó a mirar al inspector por si su rostro le desvelaba algo, sin embargo Marín no solía mostrar sus emociones. En realidad aquella muerte le importaba a Marín una mierda. Marín creía que a todo cerdo le llega su San Martín y aquel fiambre, lo era.

Todo había empezado a las nueve y veintidós de la noche cuando faltaba algo más de media hora para que acabara su turno. A esa hora imprimía una denuncia después de redactarla trabajosamente, mientras pensaba que debía haber aprendido mecanografía en vez de haber perdido el tiempo en los billares haciendo carambolas. Dos dedos no eran suficientes para la larga letanía de sandeces que se había visto obligado a teclear, se repetía mientras aporreaba la máquina. Claro, que el problema no estaba en sus pocas dotes en el tecleo sino en la escasez de personal, ello hacía que tuviera que hacer trabajos impropios de un inspector, aún más si después de sufrir la nueva hornada de agentes venidos de la academia, que eran, más que inexpertos, una partida de inútiles. Por supuesto que esta era su opinión, porque para el subinspector Bouza, eran chicos estupendos. ¡Qué sabría aquel idiota! La cuestión es que el trabajo se acumulaba de tal forma, que los expedientes descansaban apilados sobre las mesas, por el suelo y hasta en el pasillo de entrada al cuarto de baño, toda una ventaja para cuando no hubiera papel higiénico con el que limpiarse el culo, a fin de cuentas, ¿no era aquello lo que los jueces hacían con lo que ellos trasladaban al papel?

Sonó el teléfono, inoportuno como siempre. Solía pasar, siempre a última hora y, como de costumbre, cuando se acercaba la hora de acabar la jornada. Esa noche tenía prisa. En verdad, últimamente siempre la tenía. Esta vez, a diferencia de su más leal compañero, el bar, la cosa era distinta. Había quedado con una mujer, lo que raras veces sucedía y desaprovecharlo le provocaba cierta malaleche. Por suerte había acabado con la declaración, o eso al menos creía, cuando el teléfono sonó de nuevo.

—Atienda el teléfono, agente —ordenó a uno de aquellos “muchachos estupendos” con sangre de horchata.

Sin tan siquiera decir “Comisaría de Almería”, se despachó con un “Dígame”. Marín ni siquiera miró al joven ni le reprochó nada, para qué, no era su padre y menos aún quería ser maestro o mentor.

—Es para usted inspector, dice que se ponga.

La situación le empezaba a joder.

—¿De quién se trata?

—No se lo he preguntado.

—Pues hágalo, hombre, hágalo, o tendré que ponerlo en la puerta con la única misión de que la abra, a ver si eso sabe hacerlo.

—Es Eustaquio —dijo después de preguntar.

Manda huevos, pregúntele qué quiere.¡Lo que faltaba!, Eustaquio. De un tiempo a esta parte odiaba a aquel irreverente cabrón, pensaba mientras con un ojo miraba a la mujer que tenía enfrente y con otro a aquel joven uniformado que le preguntaba a Eustaquio la razón por la que quería hablar con él.

—Dice que se ponga.

Dudó, y al final cogió el auricular. ¡Qué remedio! Había dejado claro que no le pasaran llamadas, pero a Eustaquio, próximo a jubilarse, las órdenes se la traían floja; aquel idiota no había sabido imponerse y a él, que le importaba una mierda su trabajo, le caería, como de costumbre, el marrón.

—Pase la llamada a mi mesa.

El novato dudó qué tecla pulsar.

—Discúlpeme —le dijo a la mujer que estaba declarando cuando la miró entre el mamotreto de papeles y antes de levantar de mala gana el culo de su silla y acercarse hasta el teléfono, que ya sonaba en su acristalado despacho. Antes de ponerse el auricular en la oreja no se persignó aunque debería haberlo hecho para pedir que no fuese importante y, como solía pasar, le jodieran el polvo.

—Inspector, le paso —le dijo aquella voz ronca y algo cansina que le hablaba desde la centralita.

Maldito hijo de puta, le había pasado sin más. Pensó en salir y estrangularlo para joderle la jubilación.

—Inspector Marín al aparato. ¿Con quién hablo? —preguntó resignado.

—¿Es la policía? —respondió preguntando, a su vez, una voz femenina.

¡Qué ocurrencias!, pensó Marín.

—¿Con quién hablo? —insistió Marín.

A pesar de repetirlo, la persona que llamaba no dijo el nombre.

—Inspector, la declarante dice tener prisa —dijo el agente acercandose hasta su puerta.

—Que lea la declaración, si está de acuerdo, que la firme –le dijo mientras la fiera que tenía sentada enfrente, tras el cristal, mostraba un evidente gesto de desaprobación por la interrupción.

¡Que te den!, musitó entre dientes, Marín.

—Vengan, por favor, Cristian está en el suelo —dijo una voz a través del auricular.

—¿Quién es usted?

—Trabajo en el Maxxin. Vengan, está tirado en la calle.

Menuda jodienda, pensó.

Marín empezó a atar cabos, aunque la voz femenina parecía no querer dar el nombre, sabía quién era el tal Cristian.

—Creo que había más dinero, agente— oyó decir a la mujer.

Cuando dirigió la mirada hacia ella comprobó que no se dirigía al novato sino a él. ¡Agente!, él era inspector. En fin qué más daba.

—Más, ¡eh! ¿Cuánto más? —bufó Marín alzando su voz.

—No lo conté, pero estoy segura que había más —refutó la mujer que le buscaba con la vista entre las columnas de papeles—. Quiero cambiar la declaración —dijo a la vez que la denunciante se aturullaba en explicaciones al otro lado del teléfono.

—Perdone un segundo, señorita— dijo Marín en el teléfono al ver que era imposible atender la llamada y a la declarante al mismo tiempo—. ¡Agente! —Hizo un ademán con la mano—, hágase cargo de la denuncia.

—¡No pensará irse y dejarme a medias!

La bicha que asomaba la cabeza tras el mamotreto de folios sabía bien cómo tocar los cojones. ¡Menuda arpía!, pensó Marín.

—Señora, sabe que si miente podría imputarle delito, si quiere que cambiemos lo que ha declarado, lo hacemos, pero entonces voy a pedirle que me justifique de donde procede ese dinero– dijo Marín mirando fijamente a aquella alimaña de pelo cobrizo y alborotado, cara con más hoyos que un camino y hocico perruno dispuesto a morder la presa hasta dejarla sin una gota de sangre.

Marín se colocó de nuevo el auricular en la oreja y preguntó:

—¿Ha sido una pelea?

—No lo sé, creo que le han matado, vengan pronto, por favor, tengo mucho miedo.

—Métase dentro del local y no toque nada, enseguida vamos para allá —dijo cuando vio que el asunto podía ser más grave de lo que en principio cabía pensar–. Usted, deje un momento lo que está haciendo y coja la radio —dijo al agente.

—¿Y yo qué? —protestó la declarante.

—Usted cierre el pico. Agente mire a ver qué patrulla hay por Aguadulce y dígales que se acerquen al Maxxin —ordenó al novato.

—El muy canalla. Seguro que me ha robado para irse con alguna fulana. —Bufaba la denunciante sin hacer caso al inspector e intentando justificar el empeño por crucificar a su amante.

¡Bendito hombre!, lo que habrá tenido que aguantar, se dijo Marín después de haber tenido que escuchar todo lo que aquella pécora había soltado por su boca.

—Me ha dejado por una furcia —se quejó.

¡Y quién no, lo razonable sería haberte estrangulado antes!, rumió el inspector al ver su estampa. Su experiencia le hizo suponer que la venganza estaba presente en el trasfondo de la denuncia. Marín prefirió no hacer caso a los comentarios lastimeros de aquella bruja con más nudos que una higuera e ir a su bola. Cogió su chaqueta.

—Si está de acuerdo, que firme la denuncia —dijo al agente que intentaba contactar con alguna patrulla.

—¿Y si no, inspector?

—Lo dejo en sus manos, seguro que en la academia le han dicho cómo proceder —contestó pasándole el marrón.

—Usted dirá señora. Lo dejamos como está o me justifica el dinero que, según usted, este hombre le ha robado —le aclaró el agente al repetir lo dicho por Marín.

Marín sonrió, el novato aprendía pronto y no, no lo hacía tan mal. La mujer pareció dudar. Por fin estampó la rúbrica en el documento mientras él abría la puerta y el agente ya hablaba con la patrulla. Para cuando el inspector salía, pudo ver a través de la cristalera cómo la mujer lo defenestraba con la mirada. Aquella lechuza de pelo alborotado parecía estar echándole mal de ojo. Poco le importaba. Lacónico, se preguntó qué más podía sobrevenirle a su puta vida.

—Bouza, diríjase al Maxxin, al parecer ha habido un incidente en el club —dijo al encontrárselo al salir.

—¿De qué se trata, inspector?

—Sé tanto como usted, es decir, nada.

—Voy con usted.

—Llévese su coche, el mío apesta para un hombre tan fino.

Marín no era hombre de muchas palabras, tal vez por eso sus órdenes se tomaban al pie de la letra, tampoco era muy dado a dar detalles, ni más explicaciones de las precisas, pero había algo más, necesitaba ir solo. Mientras se dirigía al coche sacó su arma del cinturón y enfundó la pistola en la sobaquera, lo hacía siempre que subía y antes de entrar en el vehículo, nunca se preguntó si por costumbre o por manía, en cualquier caso le resultaba un lugar menos molesto a la hora de conducir. Esta vez lo hizo con parsimonia, detestaba a los proxenetas como Cristian Andersson.

—Cuidado, inspector —le advirtió otro agente.

Para cuando llegó la advertencia ya era demasiado tarde, el perro dio una dentellada al aire que, por fortuna, no le alcanzó. Acarició el arma y miró a aquel chucho al que odiaba tanto como el perro le odiaba a él. Le ladró. ¡Provocación! No había duda. Nunca se había llevado bien con el pastor alemán. El agente canino dirigió la vista a los zapatos del inspector. Un “Lo siento” resultó insuficiente para que Marín entendiera lo de “Cuidado, inspector”, bufara como un energúmeno y le lanzara una mirada de enérgica desaprobación.

—Otra vez.

Sin duda no era la primera. Vio la mierda sobresalir de la suela del zapato. El perro le miró con atención, parecía decirle “Jódete”, y él miro al can cagándose en todo lo habido y por haber. Restregó la suela de su zapato, dejó un rastro de mierda en el asfalto y entró en el coche, que empezó a rodar por el parking de la comisaría. Las ruedas chirriaron. Detestaba aquel sonido chillón, la pintura azulona con la que habían pintado el suelo y, cómo no, aquella asquerosa y patética vida que llevaba desde que se divorció. El olor a mierda se hizo insoportable, abrió la ventanilla, hastiado de todo y a la greña con el mundo, se preguntó si aquella bruja no le habría echado alguna maldición antes de salir del despacho. Siempre pecó de iluso y lo peor es que lo seguía haciendo, tanto, que todavía dudaba que aquella imagen permanente en su memoria, de su mujer en la cama a otro hombre, no fuese otra cosa que una ilusión. Miró la hora, se cagó en Dios y en su puta existencia. Cuarenta minutos más y el marrón le hubiera caído a Bouza. Se quejó, lo hizo con cuatro o cinco blasfemias, no más, las suficientes para que Dios no olvidase su jeta el día del juicio final. La mala suerte parecía ir adosada a sus talones como la mierda lo estaba a la suela de su zapato. Malhumorado como de costumbre, no tuvo por más que resignarse y cumplir con aquello que había prometido al graduarse y le vendieron como servicio a los demás, y claro está, como una obligación. ¡De qué coño se lamentaba! Podía haber elegido otra profesión. Buscó en el bolsillo de su chaqueta el teléfono móvil, otra vez tendría que decirle a Rosa que no podría ir. Pensó en el número de veces que había retrasado o anulado una cita. Las contó mentalmente. Joder, era la cuarta vez en el último mes que un imprevisto de última hora le jodía la cita. Marcó.

—Lo siento, cariño, esta noche me retrasaré un poco. En cuanto acabe voy a verte.

—Es mejor que lo dejemos, estoy cansada de lo mismo y harta de estar siempre esperándote.

—En cuanto acabe te llamo, te lo prometo.

—No, por favor, esta noche no. Pensaba llamarte para decírtelo, aunque suponía que ya lo sabrías.

—Para decirme qué.

—¿No lo sabes?

—¿Saber qué?

—Que mi marido ha salido en libertad.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó extrañado.

—Me ha llamado.

—¿Desde dónde?

—Viene de camino —la mujer hizo una pausa— y me ha pedido perdón.

—¡Perdón!

Hay que joderse, aquel hijo de puta le había pedido perdón después de arruinar su vida. Lo pensó mejor, era sin duda todo un detalle, también a él le habían jodido la vida y en vez de pedirle perdón le pusieron una denuncia.

—Sí. Dice que me quiere y que quiere que volvamos a intentarlo.

Marín dudó de sus buenas intenciones, aquel canalla no quería a nadie, tan solo le movía el interés. Lo más seguro es que necesitara atar a Rosa para que no se fuese de la lengua.

—Creí que lo nuestro iba en serio —dijo mientras la hiel le amargaba al ver como la justicia se pasaba por el forro de los cojones el trabajo de nueve meses y como para colmo, de nuevo, una mujer le dejaba tirado. No conocía los detalles pero dio por hecho que los abogados del narcotraficante ya habrían encontrado un pardillo al que cargarle el mochuelo.

—Lo siento. Voy a volver a intentarlo.

—No lo hagas.

—Lo siento, de verdad, con él tengo todo aquello que tú no me puedes dar. —Oyó cuando se cortó la comunicación.

Marín supo a qué se refería. ¡Lo sientes! Que te jodan, musitó entre dientes, aunque el jodido en realidad fuese él. De nada valía engañarse, hacía tiempo que sabía que lo suyo con Rosa no era más que un sueño de verano abocado al fracaso. Otro fiasco más en su vida. ¡Qué podía esperarse de una yonqui de un perdido como él! Aunque había intentado aferrarse a aquella relación con uñas y dientes, su oficio se lo ponía muy difícil. “Con él tengo todo lo que tú no me puedes dar”. ¡Y una mierda! Marín sabía que era así, sabía a qué se refería Rosa, también que lo necesitaba. ¡Qué importaba que aquel cabrón la maltratase!, ella necesitaba la coca para vivir y nadie mejor que Giuseppe para suministrarle toda la que quisiera.

Aceleraba cuando volvió a marcar. En ese momento el coche camuflado que conducía cruzaba el túnel y se cortó de nuevo la comunicación. No, no era su día de suerte. Golpeó el volante con la palma de su mano, otra vez la maldita cobertura. Blasfemó contra los ingenieros que habían hecho el túnel, contra la compañía Vodafone propietaria de aquel maldito aparato y, como no podía ser de otra forma, contra el juez que había decretado la libertad del italiano. Marcó una vez más, pero Rosa no contestó. Recorrió los escasos diez kilómetros que distaban desde el túnel hasta el club de alterne en estado de shock. Había albergado cierta esperanza con respecto a aquella relación, había creído que con Rosa podría empezar una nueva vida y olvidar su vida anterior. La fortuna volvía a ser esquiva y él se había vuelto a equivocar. Pero, ¿qué quería? ¿Qué podía esperar? Intentaba rehacer su vida con una yonqui, cuyo marido era el mayor narcotraficante de la provincia. ¡Maldito soñador! Había creído que Rosa podía ser su tabla de salvación. Maldijo su estampa, era evidente que la suerte le había vuelto a dar la espalda y le había hecho perder el refugio de aquellos brazos entre los que, maltratado por los recuerdos, creyó que podía iniciar una nueva vida. ¡Idiota! Aquella perra a la que llamaban vida se empeñaba en cebarse con él y le negaba una segunda oportunidad, tal vez la última oportunidad de rehacer su vida y poner un paréntesis en sus recuerdos y en su asquerosa y triste existencia.

La primera vez que vio a Rosa fue el día de su detención, algo hizo que sintiera por ella cierta atracción, una atracción que comenzó a fraguarse en los calabozos de la comisaria, en la sala de interrogatorios y hasta en el coche policial en el que la llevó a los juzgados. Por aquel entonces llevaba sin echar un polvo más tiempo del que podía calcular. Más tarde comenzó a visitar la cárcel en la que Rosa llevaba algunos meses y adonde acudió en busca de una colaboración que ella le negó. Una excusa, sin duda, pero aquel tonteo entre policía y delincuente un día llegó a más. Tuvo la corazonada de que tal vez Rosa podría aportarle algún dato en relación con la investigación que llevaba a cabo sobre su marido y la organización que dirigía. Más tarde, durante las visitas obligadas a la cárcel, ella le pidió un favor y él se negó. Un día le llevó por fin aquella dosis de cocaína, luego más. Ella se lo agradeció al salir, no como informante sino entregándose a él.

Detuvo su vehículo, cruzó la carretera, se hizo paso entre los curiosos, levantó la cinta y se acercó hasta los agentes. Su rostro frío carente de emoción no se inmutó al ver el cadáver del proxeneta. Sus ojos ocultos tras unas gafas oscuras no mostraron la más mínima conmiseración por las asustadas jóvenes de ojos llorosos que miraban a través del cristal de las ventanas. Le resultaba patético que aquellas fulanas medio desnudas llorasen como si se hubieran quedado huérfanas. A fin de cuentas, ¡que cojones habían perdido! La vida sin duda mostraba su lado más miserable. ¿Acaso aquel que estaba tirado en el suelo no era el cabrón que las explotaba y las trataba como a animales? Lloraban. ¡Joder, joder! Resultaba patético ver a aquellas furcias derramar sus lágrimas. Deseó gritarles para decirles que el muerto no era nadie cercano sino un maldito chulo sin escrúpulos, ¿para qué?, allá ellas.

Se acercó hasta la escena del crimen. Era de suponer que, como de costumbre, el asesinato sería obra de algún amante despechado y vengativo. Uno de aquellos seres enamoradizos que alguna de aquellas putas se había llevado al huerto y que a golpe de cartera creía ser mas que cliente, amante, aunque sin dejar de ser nunca cliente. Uno de aquellos celosos al que se le había ido la mano para beneficio de la sociedad, también de la policía. Era evidente que no sentía remordimiento alguno por aquella muerte, tampoco por las prostitutas a cuya mayoría conocía, tanto que algunas de ellas eran más populares en la comisaría, que la Pantoja en las revistas del corazón.

Casi todas aquellas mujeres estaban fichadas. La mayoría eran clientas asiduas de los calabozos, a más de una había interrogado alguna vez aunque para su desgracia ninguna cantó jamás. El silencio era para ellas una cláusula más de su contrato y el seguro de que a los suyos no les pasara nada. Marín sabía que a pesar de las lágrimas no estaban huérfanas, la organización no tardaría en hacerse cargo de su desamparo. Más pronto que tarde pondrían a otro chulo en el puesto de Cristian, si antes no las trasladaban hasta alguno de los garitos que la organización explotaba para alejarlas de allí y evitar que se fueran de la lengua. De lo que estaba seguro es que no las dejarían irse; la mayoría estaba en deuda con la organización, una deuda que si no ellas, sus familias estaban obligadas a pagar. Supo que tendría que interrogarlas, aunque hacerlo no fuese más que una pérdida de tiempo. La ley del silencio se imponía y la colaboración de las prostitutas con la policía no existía.

—Tres impactos: dos en el pecho y uno en la cabeza para rematarlo. Quien lo haya hecho ha querido asegurarse —dijo uno de los policías, un muchacho alto de aspecto atlético, como lo fue él cuando salió de la academia.

¡Menuda deliberación!, pensó Marín mirando al Sherlock Holmes de turno, que no se despegaba de él, sin saber lo mucho que aquello le importunaba. Marín prefirió no decir nada y echar un vistazo al cadáver.

Su primera impresión le hizo intuir que era un trabajo perfecto, demasiado perfecto. Tanta exquisitez le dio mala espina. Si algo descartó es que la muerte se hubiera producido tras una pelea, pues no vio en el muerto hematoma alguno, tampoco un arañazo que le hiciera pensar que había intervenido alguna de aquellas gatitas de uñas afiladas que lo observaban tras elos cristales. Parecía que más bien podría tratarse de un ajuste de cuentas, la venganza de alguna banda rival a la que de estar en su mano le habría dado la medalla al mérito policial, al fin y al cabo había conseguido lo que todo el cuerpo de policía no había podido. Descartó también que fuese un crimen pasional. Valoró si podía tratarse de un intento de robo. Eso era una posibilidad, pensó, hasta que lo descartó también cuando miró de nuevo el cadáver. Se fijó en los dos casquillos de bala situados a escasos centímetros el uno del otro. ¡Demasiado evidente!, no era ningún principiante.

—Ya estoy aquí, inspector —dijo Bouza al llegar.

—Dé aviso a la científica, al forense y al juez. Cuanto antes levanten el cadáver, antes nos iremos a dormir.

Los ojos del muerto abiertos de par en par parecían observarle. Marín clavó en ellos una mirada interrogativa. ¿Qué ha sucedido, cabrón? Hoy que ponen en libertad a tu jefe, te eliminan a ti. ¡Qué casualidad! ¿Qué has hecho? Dímelo o no moveré un solo dedo y te joderás desde allí donde estés.

—Procure que nadie toque nada. ¿Sabrá hacerlo? —le dijo a Bouza.

La mirada del subinspector, no fue nada cordial.

—Por cierto, ¿tiene una bolsa?

—En el coche, inspector— contestó Bouza.

—Tráigala —ordenó taxativo—, y usted, largo de aquí, coño. —Se dirigió al joven uniformado que pateaba cerca del lugar del crimen—: Procure que nadie se salte el cordón de seguridad y se acerque a las inmediaciones del garito.

—Lo siento, inspector.

—No lo sienta y haga algo que justifique su sueldo, como por ejemplo y aunque no sirva de nada, preguntar a los mirones que están detrás de la cinta, por si alguien ha visto algo.

El agente se alejaba cuando Bouza le entregó la pequeña bolsa.

—Una cosa más, Bouza, mande a alguien para que eche un vistazo por la zona, averigue las cámaras de seguridad que hay cerca de aquí —dijo mientras intentaba quitarse la mosca cojonera que se pegaba a su espalda, como si toda ella fuese una pupa, a la vez que sus ojos se dirigieron a algo que llamó su atención.

—Veamos, ¿qué hay aquí? —dijo al ver a Bouza alejarse y, tras ponerse en cuclillas, levantar por la bocamanga la mano del muerto.

Se fijó en sus manos, en sus dedos resaltaban dos anillos; ambos, de oro blanco. Calculó con envidia el valor de aquellas “baratijas” tomando como referencia lo que le dieron por su anillo de casado, cuyo importe dio para tres dosis de cocaína. Solo a un idiota, y él lo era, se le podía ocurrir aquella comparativa. Observó la pequeña perla engarzada al metal, que valía sin duda más de lo que cobraba en todo el año; también en las cuidadas manos del fiambre, tan tersas y aceitadas que parecían de mujer, en sus uñas perfiladas y limpias producto de la manicura. Era evidente que aquel cabrón no escatimaba en lujos. Y en la uña del dedo pulgar, de la que extrajo un pequeño trozo de material plástico que colocó y envolvió en un pañuelo de papel que guardó en su bolsillo.

— Inspector, ya he dado aviso a la científica, al juez de guardia y al forense— dijo Bouza al volver.

—No olvide lo que le he dicho de las cámaras. Por cierto, ¿quién está de juez de guardia?

—Andrade.

Marín torció el gesto. Estaba claro que no era su día de suerte.

—Haga lo que le he dicho. Aquí no le necesito para nada.

Ahora quien torció el gesto fue Bouza. ¡Qué se creía Marín! No era uno de esos nuevos agentes que acababan de llegar. El subinspector dio media vuelta mientras murmuraba para sus adentros toda clase de improperios, tal como sin error a equivocarse supuso Marín, que no había perdido detalle, ni del movimiento de sus labios, ni de cómo apretaba los dientes para no soltar ningún exabrupto contra él.

Después de recoger los casquillos de bala, Marín introdujo la mano en la chaqueta del belga, de la que sacó su billetera. Mala suerte, pensó al abrirla y ver que lo único de valor que había era la media docena de tarjetas bancarias. Siguió palpando la tela y vio que había algo más. Buscó la abertura del bolsillo, bastante más disimulada, cuando la encontró descorrió la cremallera e introdujo la mano. Era un sobre. Papeles, pensó, lo abrió por si dentro daba con algo de interés. Para su sorpresa comprobó que había una fuerte suma de dinero. Era incuestionable que aquel cabrón manejaba mucha pasta. Descartó definitivamente el robo y tomó fuerza la idea del ajuste de cuentas. Miró a su alrededor. No había nadie, solo a lo lejos, aunque de espaldas a él y de cara a los curiosos, aquel agente fisgón al que tuvo que despachar de su lado. Deslizó un pequeño fajo de billetes hasta su bolsillo. Miro los ojos vigilantes del muerto.

—A ti ya no te hacen falta hijo de puta y a mí me viene de perlas.

La noche empezaba a prometer. Aquel dinero le ayudaría a llegar a fin de mes y le daría para comprar un par de dosis extras para Rosa. Tal vez así cayese rendida a sus pies de nuevo. Recapacitó. Sintió que era un canalla. Volvió a mirar a Cristian. “No eres mejor que yo”, parecía decirle el muerto. “Seguramente sea así”, contestó Marín; si bien era cierto que detestaba hacer aquello, era la única manera, de tener controlada a Rosa, evitar que cometiese un nuevo error y volviera a darle el palo a algún incauto que la hicieran dar de nuevo con sus huesos en la cárcel. Nunca hasta ese momento se había parado a pensar el dinero que se había gastado en ella. Continuó el registro y encontró algo más, algo que evitaría que tuviera que echar mano a las cien mil pesetas que había sisado. Se alejó y mientras lo hacía no dejó de mirar al muerto. Acababa de darse cuenta que los dos tenían algo en común. Los dos estaban solos. Oyó gemidos, dirigió la vista al lugar de procedencia. ¡Qué curiosa resultaba la vida!, alguien le lloraba a aquel chulo. Se preguntó si alguien le lloraría a él. Intentó convencerse de que Rosa lo haría, aunque a decir verdad, no las tenía todas consigo. Se preguntó qué había sido él para ella. Quiso creer que su amante, pero no, no era así. Intentó convencerse de haber sido su amigo, pero tampoco era así. Ningún amigo disfraza de felicidad el sufrimiento. Cuando conoció a Rosa dilapidaba en alcohol gran parte de lo que ganaba, pero conseguía llegar a final de mes; luego la mayor parte de lo que cobraba comenzó a desviarlo para suplir las necesidades de Rosa, aunque no por ello había dejado de levantar el codo. Las deudas aumentaban y los pufos eran tantos que debía a casi todos en la comisaría y ya nadie le prestaba. Ni que decir tiene que su cuenta había pasado del azul al rojo y crecía… Tanto era así que de un tiempo a esta parte el director del banco ni siquiera se dignaba a atenderlo y los empleados se excusaban con aquel “Lo siento, si por mí fuera, yo soy un mandado y no puedo hacer nada”. ¡Qué hijos de perra! Mientras departía consigo mismo se acercó hasta el vehículo en el que Bouza hablaba por el radioteléfono con el pie apoyado en el pescante de la puerta. Enfrente de él, en la explanada situada frente al club, había varios coches y entre ellos uno con matrícula extranjera, una matrícula belga, para más señas. Supuso que era de Cristian. Buen carro, pensó. ¿En qué estaría pensando aquel idiota de Bouza para no darse cuenta de ese detalle?

—Acaban de llegar dos hombres, les he mandado que se den una vuelta y tomen nota de todas las cámaras de seguridad que hay en la zona.

Marín, prefirió dejarlo estar y no molestarse porque Bouza hubiera contravenido su orden, a fin de cuentas, ahora resultaba conveniente que estuviera allí. Puso en el capó del coche la cartera y el sobre que había encontrado en la chaqueta de Cristian. Abrió la billetera, quería que su compañero viese lo que había. Luego abrió el sobre.

Bouza silbó al ver aquel dinero, todo en billetes grandes.

—Cuéntelo —dijo al entregárselo mientras él colocaba sobre la chapa la decena de tarjetas bancarias perfectamente alineadas, una factura, un billete de avión, algunas tarjetas de visita, un pósit con un número de teléfono y un par de papelinas de coca.

Marín odiaba a los traficantes porque al hacerlo, también se denigraba a sí mismo. Cierto era que había intentado apartar de aquel mundo a Rosa, había veces que creyó haberlo conseguido, al menos al principio. Siempre fue un iluso, también cuando le dio el “Sí, quiero” a la mujer que juró serle fiel. Un día Rosa le dijo que ya no se metía, y él, como un idiota, la creyó, tanto que movió Roma con Santiago para que el director del centro penitenciario redactara un informe favorable que le sirviera al abogado de Rosa para presentarse ante el juez y solicitar la libertad provisional. Sin embargo Rosa le había mentido, lo supo el día que vio sus mandíbulas desencajadas y aquellos ojos de color verde claro inyectados en sangre. Conseguir droga en la cárcel no resultaba difícil si había dinero de por medio. Por aquel entonces ella disponía de fuertes sumas que alguien le hacía llegar por medio de su marido. Era esta la mejor forma de mantenerla callada; Giuseppe era consciente de ello, también él lo era. Marín consiguió una orden judicial para que bloqueasen las cuentas bancarias del italiano. A partir de ese momento dejó de llegarle dinero a Rosa y quien le suministraba la droga se negó a pasarle más. Cuando Rosa supo lo que Marín había hecho lo insultó. Marín supo que no era ella quién lo hacía sino el mono. Al principio se lamentó con la creencia de que superada la crisis, era lo mejor para Rosa. Se equivocó. La cosa empeoró y Rosa intento suicidarse tras una crisis de ansiedad. A partir de ese momento, él se convirtió en su camello. ¿Quién mejor?, para él los controles en la cárcel, no existían. Marín albergó la esperanza de que todo cambiara tras la puesta en libertad de Rosa. Comenzó a visitarla con mayor frecuencia y en cada visita le llevaba una dosis. Nunca tuvo claro por qué lo hizo, seguramente se compadeció al ver su estado, tal vez por amor o para albergar una oportunidad con ella tras su salida de la cárcel. Nunca se paró a pensar cómo había podido hacer algo así. Todo comenzó un día que ella le pidió ayuda. Al principio se negó, pero después claudicó y acató sin pestañear sus peticiones con la idea de que al salir de la cárcel pudiera llevarla a algún centro de desintoxicación donde trataran su dependencia. Tras muchos intentos y un sinfín de promesas por parte de la joven, Rosa no lo consiguió, y él sin un puto duro con el que poder hacer frente al tratamiento, se resignó. Con lo que pedía prestado adquirió alguna papelina, luego al ver que los prestadores se retiraban, se hizo asiduo de los controles de droga requisada a consumidores, de los que se quedaba una parte para salir del paso. Aunque nunca utilizó aquella droga para su venta, sintió que también él era un camello. De esta manera consiguió entregarle a Rosa la efímera felicidad de unas horas, aunque su conciencia no le diese tregua, acusándole de inmoral. Al menos aquello evitó que Rosa tuviera que vender su cuerpo como había hecho en alguna ocasión e incluso la salvó de dar algún palo. A partir de ese momento se mostró más permisivo de lo que lo había sido antes con los pequeños traficantes, a los que por lo general, tras requisarles la papelina, dejaba que se largaran. Pensó que era la única manera de promediar con su conciencia y estar en paz consigo mismo. A fin de cuentas la mayoría no eran otra cosa que víctimas del sistema, cuando no unos desgraciados cuya entrada en la cárcel, lejos de redimirlos, les hacía caer en un pozo mucho más profundo. ¿Para qué detenerlos?, quiso justificarse, ¿acaso eran ellos los culpables? A fin de cuentas aquellos desdichados se encargaban de pagar el pato mientras los narcos que manejaban todo desde los despachos solían quedar impunes; raras veces pisaban la cárcel y si lo hacían, como era el caso de Giuseppe, su estancia era un visto y no visto. Esta era una de las razones por las que Marín había dejado de creer en la maldita justicia y en los que la administraban. Había llegado a la conclusión de que solo los infelices pagaban los platos rotos mientras aquellos que les suministraban la droga y llenaban sus bolsillos, raras veces pisaban el trullo. Alguna vez quiso revelarse contra el sistema judicial, aunque nunca lo hizo, de ahí a creer en la justicia, había todo un abismo. Dejó de detener a cuantos encontraba con droga. ¿Compasión? Quiso creer que era así, pero no, no era compasión, se trataba tal vez de venganza contra aquel sistema judicial corrupto, quizás incluso de egoísmo personal o necesidad para no perder el último cabo al que poder agarrarse. Ese cabo era una víctima del sistema y esa víctima, Rosa. Mantener aquel ten con ten en su conciencia resultaba duro, muy, muy duro, aún más al buscar, como lo hacía, una justificación a su buen o mal hacer. El estado de ansiedad de Rosa era cada día mayor y el riesgo de que cometiera algún delito por el que la volvieran a encerrar, aumentaba. Marín quería evitarlo aunque dudaba cómo hacerlo. Rosa había empezado a consumir con mayor asiduidad, y él a no poder estar pendiente todo el día de ella. Pero, ¿quién era él para cambiar el mundo? Prefirió plegarse a la cruda realidad, ponerse el mundo por montera y echarse las papelinas requisadas al bolsillo. Al menos así hacía feliz a la mujer con la que algunas noches compartía cama y con la que todo parecía ir bien hasta que acababan de hacer el amor. Entonces se sentía un maldito canalla, pues sabía que la estaba matando en vida. Atormentado, se refugiaba en su abogado defensor, el alcohol.

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