Arrolobos

Arrolobos
viernes 12 de julio de 2019, 14:13h

Agradecimientos

Esta novela es una recopilación de historias y leyendas que circulan de boca en boca entre las gentes de la de las Hurdes, contadas de forma distinta según quien lo hace y que a unos agrada y a otros molesta, no siendo esta última, mi intención.

Ni los lugares, en los que suceden los hechos donde se desarrolla la trama, aunque algunos existan, ni los personajes que aparecen en esta novela, ni los hechos que se les atribuyen se corresponden con la realidad, si bien es posible que por el cariño y el respeto que les tengo a algunos amigos hurdanos, haya quien se sienta reflejado.

Con mi agradecimiento a las personas que han hecho posible esta novela, montada sobre historias verdaderas o no y en especial a Valentín, el hombre más tranquilo del mundo y del que tanto he aprendido, a Carlos guarda forestal y padre ideológico de alguno de los episodios junto al Tío Cirilo, a Cali, mi primer amigo en las Hurdes, artífice de algún episodio, a Miguel Ángel Sendín, buen amigo y mejor persona con el que tan buenos ratos pasé y tantas cosas me contó, a Jesús y Benita que muchos días me quitaron el hambre mientras me hablaban de su tierra, de sus gentes y de sus vivencias, a Miguel Roncero, con quien conocí Ríomalo de Arriba, donde se desarrolla parte de la trama, a Jairo, hombre crítico y justo, que me hizo ver en algunas de estas historias hasta donde llegaba la realidad y que había de ficción, y en especial a Estanislao Martín natural de Casares de las Hurdes, un enamorado de su tierra, gran conocedor de sus gentes y servicial como pocos, al que jamás olvidaré por lo mucho que de él aprendí, y a Estanislao Sánchez “ Tene”, culpable de esta aventura, un cachondo y mejor contador de historias al que un día le hice la promesa de pasar al papel lo que me relataba.

PRÓLOGO

La orografía de la comarca de las Hurdes, vertebrada entre las sierras de Francia y la de Gata, la ha aislado durante muchos años, creando en ella un microcosmos donde las pasiones humanas afloraban con más virulencia que en sociedades más abiertas y permeables a las influencias de otros territorios y de sus costumbres.

Claro que esto fue tiempo atrás, cuando el rey Alfonso XIII visitara la zona, en cuya comitiva iba el doctor Marañón, para “rescatar” de su atraso secular a los hurdanos, aunque diez años después de la excursión regia la situación fuera la misma, como denunciara el cineasta Buñuel en su película “Tierra sin pan”, rodada en la comarca.

Afortunadamente, eso es cosa del pasado, y hoy día las Hurdes es una más de las comarcas de la geografía española, aunque afloren de vez en cuando los vestigios de un pasado en el que la administración de Madrid la tenía más que abandonada.

Pero Gabriel Sánchez sitúa su novela en esa época pretérita, cuando las Hurdes era esa microsociedad en la que sus moradores vieron en el primer automóvil que llegó a la comarca el mismo demonio. Una sociedad en la que cabían pocos cambios personales, en la que cada uno nacía predestinado a ser pobre, la mayoría, o cacique, los menos. Por eso, el que el protagonista de la novela, José Galán, sea capaz de cambiar de estatus y de vida lo hace convertirse en un héroe, cuando antes fuera un villano. O cuando Abel se reencuentra con su madre, Isabel, y heredan la fortuna que les corresponde, prevalece al fin la justicia y la bondad humana sobre el infeliz y previsible destino.

Gabriel Sánchez retrata con viveza los caracteres de los ciento diecisiete personajes, algunos coprotagonistas y otros, actores secundarios, que pululan por estas páginas que, aunque exagerados algunos de ellos hasta el punto de parecer caricaturas, reflejan la psicología del aldeano, del habitante de ese mundo rural, en el que la agricultura y la ganadería eran la esperanza de escapar del hambre, o el pequeño comercio por las agrestes sierras de vino para las tabernas, como hiciera nuestro José Galán con su amigo Inocencio, y otras mercancías menores.

Las figuras del alcalde, de los caciques, del cura, del maestro, del notario, del magistrado, del terrateniente, de los guardias civiles, del pastor, del minero, del porquero, del “loco” del pueblo, de las prostitutas…deambulan por la novela manifestando la verdad eterna y universal de los hombres y mujeres de todos los sitios y de todos los tiempos, con sus miserias y sus grandezas. Porque, si bien la acción se desarrolla en una comarca subdesarrollada de primeros del siglo XX, todos estos personajes guardan en sí las semillas del bien y del mal del ser humano. Quizá, encerrados en esos límites antaño casi infranqueables, don Leoncio, Críspulo, Perico, Nicomedes, Orestes, don Siderico, don Justo, Florián, Carmen, Federica, don Arcadio, Damián Galán, don Germán o Abel, por nombrar algunos de los personajes, nos muestran, como si estuvieran en un laboratorio, lo mejor y lo peor de la humanidad.

Pareciera, leyendo esta novela, que nos introdujéramos sin ser vistos en las casas, en las tabernas o en los caminos de las Hurdes, y presenciáramos lo que ocurre en esos lugares, con las múltiples historias paralelas, contadas muchas de ellas con la frescura de la novela picaresca española.

Asistimos a asesinatos terribles, a venganzas cumplidas al cabo de muchos años, a chantajes mantenidos en el tiempo por los caciques del lugar, pero también a la vida cotidiana de los pueblos de las Hurdes y sus alquerías, como la de Caminomorisco, a la que pertenece Arrolobos, o la de Casares, Ladrillar, Pinofranqueado, Nuñomoral o Casar del Palmero.

Así, se nos cuenta de manera amena el arriendo de las tierras de los labriegos por parte de los señoritos, o los tributos al Ayuntamiento reconvertidos en trueques, los desamores y bodas entre los hurdanos y las hurdanas, la explotación de las minas, la caza furtiva, los juicios para aclarar la titularidad de las tierras, o las actuaciones del alcalde, del alguacil, del cura, del maestro, del pastor, de las venteras, de los guardias civiles, notarios y tribunales …en fin, la vida cotidiana de estos pueblos como si de una pintura al fresco, y rompecabezas a un tiempo, se tratara.

Y es que muchas de estas historias y sus personajes son reales, han existido, aunque el autor haya en ocasiones cambiado el nombre de algún personaje o del pueblo donde transcurre la acción concreta. Gabriel, pacientemente, ha ido entrevistando a muchos de los lugareños que salen en estas páginas, o recogido lo que le han transmitido otros que conocían estas historias por familiares o conocidos ya fallecidos. De ahí el valor antropológico y documental de la novela, que rescata esa memoria oral y ancestral de esta comarca, antes de que sus últimos protagonistas desaparezcan.

Gabriel Sánchez es un alma inquieta, un trotamundos en el mejor sentido de la palabra, un hombre vital, un verdadero emprendedor, que ha deambulado por la vida desde el ejército hasta las redacciones de periódicos, radios y televisiones, pasando por otros oficios, como los de vendedor o promotor, incluso en las mismas Hurdes, que traslada sus experiencias y conocimientos a todo lo que escribe.

Las variadas ocupaciones que ha tenido en su vida, y su espíritu observador de las conductas humanas, yo creo que le han servido de materia para sus novelas, cuando figura los personajes, más allá de los hechos contrastables y verídicos. Se desenvuelve bien en los diálogos y en el rigor de los datos, como hemos podido comprobar en sus novelas históricas “Año de 1325.El secreto perdido” y “Los inquisidores de Granada” y, como en ellas, sabe trasladarnos a los escenarios de lo que narra de forma amena, haciéndonos partícipes de los sentimientos que afloran entre sus personajes.

Ahora, Gabriel nos trae esta novela, “Arrolobos”, que no anda muy alejada de la historia, aunque sea reciente, aunque más bien se trata, como se ha dicho antes, del retrato de un a sociedad, de un mosaico costumbrista de las villas y hazañas de los hurdanos y hurdanas de un ayer no tan lejano.

ANTONIO LLAGUNO ROJAS

1

Diciembre

Estaba obligado a continuar, en aquella zona no conocía que hubiese refugio alguno donde poder guarecerme de la lluvia y esconderme de mi perseguidor. Por fin tras mucho correr tuve el valor de detenerme, estaba exhausto. Me apoyé sobre el canchal de pizarra intentando reponer fuerzas antes de seguir la huida. Sin esperarlo un tremendo mazazo en la espalda me lanzó al suelo, empujándome ladera abajo. Era la fuerza del agua. Caí y fui dando tumbos arrastrado por su empuje, golpeando mi desnutrido cuerpo contra los bancales, hasta que más por necesidad que por fuerza, conseguí aferrarme con pies y manos a las ramas secas de un tronco. Segundos después, sujeto al madero me deslizaba a gran velocidad por una barranquera hasta caer al río, en cuyas aguas me vi sumergido. Las pocas fuerzas y los numerosos golpes recibidos me hicieron desfallecer no sin antes concebir, que esta vez sí, había llegado mi final. Sin embargo la diosa fortuna hizo que despertara a la vida. Recuerdo que era el mes de diciembre y aunque no sabría decir el día, pues todos me parecían iguales, lo más reseñable es que diluviaba como no lo había hecho nunca. La humedad y el frío de aquel otoño casi invernal se introducía entre mis ropas calándome los huesos, mientras el agua castigaba sin misericordia los míseros campos hurdanos.

Todo comenzó, me refiero a aquellos sucesos que habían de cambiar mi vida, días antes.

Cuando desperté desconocía cuando había empezado a llover, la fiebre me había mantenido postrado con la cabeza ida durante días en aquella inmunda cueva, que desde hacía meses se había convertido en mi hogar, un lugar en el que el dueño de mi persona me castigaba hasta que entrara en vereda y olvidara las absurdas ideas, que según él, bullían en mi cabeza. Durante los últimos seis meses apenas había salido de allí, a no ser, para ir al pueblo un día por semana, donde tras recoger alimentos y ropa limpia, regresaba de nuevo a la cueva, aunque, eso sí, de incognito y no dejándome ver mucho por aquel pueblo, que tanto aborrecía.

Cuando me levanté del camacho de tablas y farfolla en el que había estado postrado, salí al exterior, el campo olía a tierra mojada. Tenía mucha sed, supe que necesitaba ir por agua al nacimiento pues no podía beber de nuevo el agua contaminada del arroyo. Lo haría, aunque antes era conveniente encender la carbonera para que fuese tirando.

Me ardía la cabeza como consecuencia de las calenturas que padecía. Sentí a mis tripas reñir, tenía la garganta seca y la lengua estropajosa, necesitaba agua, el mal, me habían dejado sin jugos el estómago. Miré el arroyo, las aguas bajaban turbias debido a los arrastres de tierra, carbones y cenizas, por culpa del último incendio. Al buscar con la vista el lugar al que debía subir, me fijé en la cumbre que hacía de frontera entre las dos provincias, las primeras nieves habían hecho acto de aparición. Demasiado pronto me dije, nunca me había llevado bien con el frío y en aquel invierno que daba ya sus primeros pasos, lo iba a hacer. Me eché el pellejo a los hombros y subí por el escarpado sendero que no recordaba fuese tan empinado. Cuando llegué arriba mi ropa estaba empapada por el sudor, toqué mi frente y comprobé que la fiebre, lejos de abandonarme, cobraba fuerza. Deje el cuero en el suelo y me tumbe boca abajo en el lugar en el que el líquido manaba del suelo, tragué toda el agua que mi estómago pudo albergar, después me di la vuelta y me puse de cara al cielo, no recuerdo si di gracias por haber vuelto a la vida, seguramente no, de haberlo hecho horas más tarde me habría arrepentido.

2

La lluvia

-No parece que vaya a amainar- dijo Críspulo asomando la cabeza por el único cristal indemne del ventanal, desde donde se veía el discurrir del río. El resto de huecos habían sido tapados con unas tablas.

-¿Desbordará? – preguntó Braulio con tono preocupado al herrero, que daba filo al hachón.

- Seguramente. Yo que tu hacía noche en el pueblo, tan solo un loco se aventuraría por esos caminos de Dios con la que está cayendo, más aún, si has de pasar el vado.

- Quería llegar a la carbonera, y hacer noche allí, me preocupa el zagal del alcalde. Esta mañana cuando me tropecé con él, tenía mala cara.

- No haya miedo, ese muchacho sabe buscárselas como pocos. Con este temporal se habrá resguardado en la cueva, al amparo de una buena lumbre - le tranquilizó el herrero.

- No andaba bien, tenía mala cara.

-Bicho malo no muere, ¡no reventara!- deseó Perico.

-Le tiene ojeriza-aclaró el herrero.

-De seguro que su mal cuerpo es a cuenta del atracón que se ha dado con mis pichones-se apresuró a decir Perico quitándose la gorra y golpeando esta con rabia contra el yunque-por mis muertos que el día que lo pille en el palomar habrá de cagar los pichones con plumas.

-Os digo yo, que no andaba bien, parecía un muerto, estaba blanco como la cera, ni siquiera me contestó, cuando le abronqué.

-Y tú quién eres para abroncarle- le reprochó el herrero.

- ¡Si vieras el atracón que se estaba dando de agua, más negra que mis pies!

-Entonces bien parece que ese muchacho ande enfermo- evaluó el herrero.

- O mal de la mollera- puntualizó Perico.

-Aquí tienes Braulio, échale un ojo. Que me dices ¡eh!, una obra maestra- dijo orgulloso de su trabajo, tras poner la yema del dedo en el filo.

- En cuanto el alcalde venda el carbón y me liquide la cuenta, vengo para amortizarte tu trabajo y a invitaros a los dos.

-Vaya tiempo- se quejó el herrero, mientras se quitaba el mandil y lo colgaba en un gancho, que sobresalía de la tabla que cegaba parte de la ventana.

-¿Te pagarás al menos un cuartillo?- preguntó Braulio

-No tengo un chavo- dijo cuando salían.

-Si no lo tienes a mal no candes la fragua, por si arrecia y me tengo que quedar a hacer noche. Mejor aquí que en otro sitio, que al menos estaré caliente. Crédito al menos sí que tendrás.

- El crédito se acaba- se quejó- en este maldito pueblo nadie paga, pero vamos, que si alguien puede invitarnos es este- se dirigió el herrero a Perico palmeándole en el hombro.

-¡Yo!

-Tú, y para ya de hurgarte las entrañas y ráscate el bolsillo de una vez - sugirió el herrero- que eres el único en todo el pueblo que tiene sueldo seguro.

-Miseria, eso es lo que tengo, puerca miseria y poco más.

- Y mucha mala leche– rió el herrero contagiando con su risa al leñador.

En las calles el agua fabricaba regateras. Unos niños colocaban trozos de madera que se llevaba la corriente, mientras pugnaban unas veces y otras apostaban, a ver cuál estos, navegaba más veloz, mientras los seguían saltando entre los charcos, hasta que al llegar al río, las maderas finalmente desaparecían.

Junto a la fachada de una casa una mujer de avanzada edad limpiaba con un mazo de esparto una caldera.

- Tía Margarita métase en la casa, no ve que la va a pillar con la que está cayendo-le aconsejó el herrero.

- El agua no es mala, la manda Dios, para limpiar los pecados… y la mierda- rió la vieja sin levantar la cabeza.

-Hace lo mismo todos los años- aclaró Críspulo- dice que la caldera pesa mucho para bajarla a lavar al río, así que cuando acaba la matanza la unta con manteca de cerdo y la deja ahí hasta que llegan las primeras lluvias.

Antes de llegar a la taberna ayudaron a ponerse en pie a la burra de Anastasio. El animal estaba tirado en el suelo pataleando sobre el barro en el que se había resbalado.

-Déjame a mí, - se avino a ayudarlo Críspulo, soltando la cincha que amarraba el serón cargado con troncos de brezo con los que fabricaba pipas para fumar.

-Pero hombre de Dios, ¿A quién se le ocurre salir con este tiempo?- le abroncó Perico.

- A los que no tenemos una paga como tú y tenemos que ganarnos la vida trabajando-le contestó molesto Anastasio, que aprovechaba cuando el terreno estaba blando, para sacar las raíces de brezo de las laderas de la montaña.

Cuando llegaron a la taberna esta se encontraba abarrotada de aldeanos. Unos asomaban sus barbas por las ventanas y otros miraban desde la puerta, como caía el agua, especulando con la subida del nivel del río. En una mesa jugaban a las cartas.

- Alcalde, esta mañana vi a tu hijo y me preocupó su estado, lo vi muy desmejorado.

-¿Qué le pasaba?- se preocupó.

- Por su cara, creo yo, que ande enfermo- aclaró Braulio.

Damián se levantó y dejando las cartas en la mesa salió del local.

-El muy cabrón se ha ido como siempre, sin pagar- se quejó el tabernero cuando le viera salir por pies.

-Mira cómo va el río- dijo Críspulo a Braulio - no podrá pasar el vado.

Damián se preguntó si no había sido demasiado riguroso con el muchacho queriéndole quitar la rebeldía a fuerza de trabajar. Se arrepentía por haber sido tan estricto, sin embargo aquel zagal era un cabeza dura, como lo había sido él en su juventud, dio por seguro que no daría su brazo a torcer. Anduvo hasta el puente para ver el nivel del agua, al ver la altura, se mostró preocupado, luego volvió sobre sus pasos. El vado se habría desbordado y no podría pasar. Le desesperaba saber que su hijo se encontraba enfermo y que él no había hecho nada.

- No tenías que habérselo dicho- le recriminó Perico al leñador-muerto el perro se acabó la rabia.

- Se me empieza a agriar el vino de escucharte, no sé por qué le tienes tanta ojeriza a ese zagal- le recriminó Braulio.

- Ese muchacho, es el mismo demonio- se justificó Perico.

- Algo raro sí que es, pero no es malo, te lo digo yo que lo ando tratando. Es un tanto rebelde e incluso algo asalvajado, como cualquiera de los que estamos aquí lo estaríamos si viviésemos en una cueva sin nadie con quien relacionarnos y con un padre como el que tiene él- añadió el leñador.

Críspulo asintió.

Sin decir nada a nadie, ni pedir ayuda, Damián fue a la cuadra situada en la parte de atrás del ayuntamiento y le puso la albardilla a una de las mulas. Era esta la que utilizaba el alguacil para desplazarse a las aldeas por asuntos municipales y por consiguiente la mejor. A lomos del animal subió por un sendero hasta la parte alta del collado, cruzó aquel que llamaban desde el incendio el bosque quemado hasta llegar al valle para desde allí siguiendo la senda, llegar hasta el camino que terminaba en la cueva donde se hallaba su hijo. Al llegar voceó su nombre, pero nadie contestó. Encendió la lámpara de aceite y comprobó que no estaba. Miró la chimenea, no humeaba, solo había ceniza, ni tan siquiera rescoldos, puso la mano encima, estaba fría, era evidente que llevaba mucho tiempo apagada. Se dio ánimos, seguramente su hijo ya estuviera en el pueblo. Antes de haber salido debería de haber pasado por su casa, si no lo había hecho era por no preocupar a su mujer con la que hacía tiempo andaba embolicado por culpa del zagal. Ahora se arrepentía. Cuando se encontrara con él, le levantaría el castigo y le convencería para que fuese a la escuela de nuevo. Si esta vez tenía que enfrentarse con el maestro, lo haría. Al salir se fijó en la carbonera, estaba apagada, claro que con aquel agua que caía era normal. Buscaría a alguien que se hiciese cargo de la misma. Si algo tuvo claro es que haría lo que fuera para ganarse de nuevo al muchacho, como cuando este era niño. Se dio cuenta de lo mucho que lo quería. Montó en su animal y volvió sobre sus pasos.

3

Volver a la vida

Me mantuve unos minutos mirando aquel amanecer, dudando, que fuese real. A duras penas conseguí ponerme en pié y deshacerme del lodo que me mantenía sujeto a la maraña de palos y ramas a las que sin lugar a dudas debía mi vida, pues habían sido estas las que me habían mantenido a flote, amortiguando los golpes de mi cuerpo contra las rocas y evitando que me ahogara. Con gran esfuerzo, ya sea por lo débil que me encontraba o por culpa del barro que llevaba incrustado en el cuerpo, conseguí ponerme en pie. Despegué de mi piel lo que quedaba de mis ropas y tras quitármelas y quedarme en cueros, las refregué contra una piedra, aclarándolas repetidamente en el agua turbia de una charca para desprender el barro que se agarraba a la tela como una garrapata a un perro. Luego las puse sobre unas ramas para que se airearan mientras yo, como Dios me trajo al mundo, me arrebujaba contra el tronco de un árbol, resguardándome del aire y encaraba los tenues rayos de sol.

La fina capa de tierra que el esquilmado monte había conseguido durante años preservar, creando el vientre donde germinaban las semillas, había desaparecido dejando a la intemperie las heridas de la piedra desnuda, a la que las raíces de los árboles se abrazaban, introduciendo sus apéndices por las hendiduras para de esta forma mantenerse en pie. Miré el río, hasta donde me alcanzaba la vista, el panorama era desolador. En los bancales nada quedaba de los majanos de piedra que los agricultores superponían para proteger sus siembras y delimitar las propiedades. Estas servía además de parapeto para sujetar la tierra que durante años, habían ido acumulado como cama donde criar el sembrado. Maldita tierra aquella dije para mis adentros, sabiendo como sabía lo mucho que había costado transportar a hombros aquella tierra desde los vados en los que el río, la acumulaba. Impresionaba ver cómo donde hubiera fértiles huertos, había ahora lodazales repletos de piedras, troncos, ramas y demás malezas que la corriente había acumulado. Con las ropas todavía húmedas crucé entre la enramada arboleda esquivando troncos caídos, saltando socavones y montículos formados por la acumulación de piedras. Por fortuna sabía moverme con habilidad entre la espesura del bosque evitando hacer ruidos que pudieran delatarme. La humedad del suelo me ayudaba a ello pues amortiguaba mis pasos, aun así, puse cuidado de no pisar ninguna rama, por miedo a que esta crujiera. Estaba a punto de llegar al desfiladero, donde la calzada se emparejaba con el río en un estrecho pasillo que ambos compartían, cuando sin dar tregua a mis pies, oteé el lugar por el que cruzar. Aunque el cauce del río discurría a una altura inferior que el de la calzada y el nivel del agua había bajado con respecto a la noche anterior temí que la fuerza del agua me arrastrara de nuevo. Fue el reflejo de una luz en las paredes del desfiladero lo que me dejó claro que debía continuar a pesar del riesgo que conllevaba ser arrastrado, al menos así, tendría una oportunidad de vivir.

Cruce con decisión y mucho miedo, imaginando el destello de sus ojos en mi espalda. Después encaré lo más rápido que pude la cuesta que daba la vuelta al risco, con la esperanza de haberlo despistado. Fue entonces, cuando volvió a bramar. Esta vez lo hizo de manera discontinua y ahogada, aun así, temí lo peor. Tropecé, no sé si por miedo o por hallarme entumecido por la humedad, los pies apenas me respondían. Paralizado me arrastré al imponerse en mí el instinto de supervivencia. Conseguí ocultarme detrás de la floresta donde me coloqué en posición fetal, buscando seguramente mimetizarme conmigo mismo y pasar desapercibido ante aquel ser, que venía tras de mí. Tras un largo silencio en el que parecía que el tiempo se había detenido y nada de lo que me estaba sucediendo fuese real, lloré en silencio, deseando que todo lo que me había sucedido, fuese tan solo un mal sueño de una noche febril, como otras tantas que sufriese siendo niño, después de haberme pasado el día en el río afanado con la captura de ranas, algún galápago o intentando capturar bogas a golpe de maza, como era mi costumbre. Si de algo estaba seguro es que estaba sólo, sin nadie que me ayudase, a expensas de mi perseguidor. Me acordé de mi padre y renegué.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que sacando fuerzas de flaqueza conseguí ahuyentar el miedo y ponerme en pie. Después de apartar el matorral emprendí la huida de nuevo en dirección al pueblo, acelerando la cadencia de mis pasos todo lo que mis piernas daban de sí. Al llegar al alto en el que se encontraba el cruce de caminos cuyo trazado principal se dirigía a la ciudad de Salamanca y del que salía dos calzadas algo más estrechas, una de las cuales iba para la aldea de Mestas y la otra para mi pueblo, me detuve. Eché una ojeada hacia atrás, pero nada pude ver, sin embargo un murmullo, que parecían ser voces, mezclándose con el rumor del agua que caía despeñada entre los riscos, de una garganta, llegó a mis oídos. Pensé si no era mi imaginación. Cuando por fin encaré el camino que abría de llevarme a Arrolobos comenzó de nuevo a lloviznar y la niebla a avanzar.

No podía ver mi pueblo, sin embargo sabía que estaba allí, a lo lejos, tras la cortina de niebla pues hasta mí llegaba el aroma de los guisos escapando entre las lanchas de pizarra que formaban los tejados de las casas y el silbar del viento al pasar entre sus huecos. Nunca un sonido, me había resultado tan agradable. Añoraba tiempos pasados, en los que fui feliz.

4

Chipén

-Tu padre te anda buscando –me avisó Rebi- me ha dicho que si te veía, te dijera que fueras a su encuentro.

-Soy ateo y los ateos no hacen la comunión- contesté.

-¿Qué es ser ateo?-preguntó mi amigo Florián sin levantarse del tronco de la higuera en el que se había tumbado de igual manera que yo había hecho.

- Es el que no va a la iglesia- aclaré a Florián.

-¿ Y tú cómo lo sabes?

-Se lo he oído decir al tío Aquilino, ¿a que a él nunca le has visto entrar en la iglesia?

- Alguna vez.

- Quedarse en la puerta no es ir a misa-le aclaré.

- Pero tú si vas- me reprochó Florián.

- Eso era antes, ahora desde que soy ateo, ya no- contesté.

-¿Entonces que le digo a tu padre cuando vuelva?- preguntaba Rebi, un muchacho delgaducho de ocho años, mi misma edad y la de Florián, que nos miraba molesto con los brazos en jarras, por las pocas cuentas que le echábamos.

- No sé, dile lo que quieras, o mejor, dile que no me has visto.

-No puedo, tu padre me ha prometido que me daría una perra chica, si te encontraba.

- Lo tienes claro si crees que te la va a dar- aseguré- me da igual, dile que me has visto pero que no voy a ir, ¡ah!, y dile que no pienso hacer la comunión.

-No si a tu padre eso le da igual.

-¿Y tú como sabes que le da igual?

- He visto como se lo decía a tu madre, es por lo del burro que ha comprado, quiere que lo veas.

-¿Padre ha comprado un burro?

-Al menos, lo parece.

- ¿No me estarás mintiendo?- le apunté con mi tirachinas.

Rebi, tan dispuesto como yo, no se amilanó por mi amenaza, pues para antes que yo cargara la china en la badana él ya había puesto un chinarro en la suya y había disparado.El proyectil chocó contra el tronco en el que Florián se desperezaba.

- Para animal, que era de broma- le dije, temiendo que volviese a cargar su arma y me aporreara.

-¡Me cago en toda tu casta Rebisardo!, si bajo te descalabro de un guijarrazo en la cabeza.

- ¿Seguro que no me engañas?- volví a interesarme.

- Pareces tonto, ya te he dicho que no.

-Entonces vamos- dije a Florián- dime Rebi, ¿cómo es?

- Flaco como la raspa de un arenque- me contestó.

-¿Mas que el mulo del Macario?

-Más.

-¿Como el chucho de la Frasca?

- ¡Adonde va a parar, todavía más!

Llegamos hasta donde padre estaba, Rebisardo tenía razón, aquel rucio enjuto y despelao al que moscas y tábanos succionaban la poca sangre que le quedaba, era el animal más seco y con más malas hechuras que había visto jamás.

-¿Qué te parece, Galán?- quiso saber mi padre.

-Se va a morir- afirmé incapaz de comprender como conseguía mantenerse en pie.

- ¡Este!, je, je, este si el forraje no le falta, con un celemín de maíz, dentro de un mes no lo conoce ni Dios. No ves lo sana que tiene la dentada- dijo cogiéndolo por el hocico y abriéndole este- tiene buena boca- aseguró padre.

Yo dudaba mientras le acariciaba las orejas.

-Estas ahí ¡eh!- oí la voz de mi madre, que se acercaba.

-Deme la perra chica- pedía Rebi, tirando a padre del pantalón.

- Padre, dígale a madre que no quiero hacer la comunión.

-¿Me va a pagar o qué?-insistía Rebi.

- A mi no me metas en tus líos, apáñatelas tu con ella que bastante tengo yo- rió padre – ¡anda que cuanto vea lo que he comprado!-añadió.

-Págueme alcalde u otra vez lo busca usted-se quejaba Rebí en tono lastimero.

-Otro día, que hoy me he quedado sin capital –se excusó padre que al ver llegar a madre aligeraba el paso en sentido contrario. Y como si nada tuviera que ver con el animal, se largó de allí con paso acelerado.

- Venga malandrín, vamos que está la Frasca esperándonos desde hace rato - dijo madre cogiéndome de la mano- se me echa el tiempo encima y todavía no te has probado.

Madre quería saber cómo me quedaban los arreglos que la Frasca había llevado a cabo en un pantalón y en una chaqueta que la Tía Federica le había dado y que perteneciera a su difunto marido. Por las medidas del traje, el muerto no debía ser de mucha altura, pues según ella, me estaba casi bien.

-No quiero hacer la comunión, soy ateo, ni tampoco llevar el traje de un muerto.

-Cierra la boca, pedazo de bocón y ven conmigo malandrín, no me hagas que te de un tozolón que te deje las orejas pegadas a la cara.

- No pienso ir.

- Vamos garañón que la probatura del traje te está esperando.

- Padre, padre, grité, dígaselo usted a madre.

- Que me diga qué.

- Que no quiero cuentas con el cura - me quejé intentando desasirme de su garra - padre, grité de nuevo- no voy a hacer la comunión, soy ateo como el tío Aquilino.

-Ateo, ¡habrase visto lo que le ha enseñado ese malnacido!

- Sí ateo, ateo y no voy a hacer la comunión- repetí convencido mientras tiraba de madre, ganándome esta vez sí, un guantazo con la mano abierta que cruzo mi cara y marcó mi sonrosada mejilla por completo.

No obstante el tirón fue tan fuerte que logré soltarme de ella, luego me refugié detrás del burro mientras padre se perdía para que madre no se enterase, que este ya era uno más de la familia.

-Ven aquí malandrín si no quieres que te de una zurra que no te puedas mover en un mes- me gritaba madre mientras yo daba vueltas alrededor del burro con ella detrás de mí, hasta que finalmente, parándose en seco, tropecé contra sus piernas.

-¡Como se te ocurra soltarte otra vez!- dijo tirando de mí con una mano y amenazándome con la otra-te doy una, que no la cuentas.

Sabedor de mi derrota desistí, mientras me frotaba con la manga, mi maltrecha cara.

- Pero el burro, me lo llevo a la cuadra-aseguré rotundo.

- A dónde vas con este saco de huesos, que se lo lleve su amo. Es lo único que me faltaba otro más al que dar de comer.

-Este burro es nuestro, padre lo ha comprado-aseguré mientras veía a mi progenitor en la lejanía cogiendo las de Villadiego, con Rebi dándole tirones de su pantalón sin dejar de reclamarle la deuda.

-¿Que ha comprado el qué?- se echó las manos a la cabeza al ver al animal.

Qué lejos me resultaban ahora aquellos tiempos, donde mi relación con padre era cordial.

Pesaroso, me dejé de remilgos y ahuyenté de mi cabeza los recuerdos y aquellos amagos de melancolía que tan habitualmente me visitaban en los últimos tiempos y me centré en mi cometido que no era otro que llegar cuanto antes a mi casa, y dar parte del suceso. Para entonces la fatiga había hecho mella en todo mi cuerpo, pero en especial en la planta de los pies. Sabía que la bestia me acechaba y que a pesar de hallarme cerca del pueblo, aún estaba a merced de mi perseguidor, cuando noté que algo se me clavaba y hube de parar.

Apoyé la espalda contra el canchal de piedra del lado izquierdo del camino, pues si la bestia venía, desde allí donde me encontraba, la vería. Me coloqué a la pata coja frotando con las dos manos la planta del pie derecho, saqué la espina e intenté darme un consuelo que no llegó. Desistí de ello pues me escocía, enormemente. A pesar de que mi mente se obcecaba en olvidar, comencé a recapitular lo sucedido.

Todo había empezado poco antes, a primeras horas de la tarde cuando obligado por la necesidad, había subido al manantial para llenar el pellejo con agua, pues era esta, a diferencia de la del regato que pasaba por delante de la carbonera, limpia y cristalina. Después de llenar el buche, me había tumbado boca arriba sobre una roca aprovechando el pequeño receso que me daba el cielo, me había descalzado para asear mis pies, mientras descuidado miraba hacia arriba observando cómo las nubes se desplazaban persiguiendo el sol, que medio oculto tras la montaña, se empeñaba en huir. Aquel tenue sol y la calentura que había vuelto a mí, hizo que me quitase el pantalón y metiese medio cuerpo dentro de aquel hoyo en forma de tina que el tiempo y la fuerza de la corriente había horadado en la roca. Buscaba así bajar la temperatura de mi cuerpo y de paso adecentarme un poco antes de volver a la cueva en la que aquella noche tenía previsto darle un homenaje a mí desocupado estómago, no en vano contaba con los dos pichones que guardaba escabechados en aceite y guardados en una orza desde hacía más de un mes. Mantenía estos ocultos en un habitáculo cercano a la cueva de difícil accesibilidad y al que su criador, y mi enemigo, dada su envergadura, no podría acceder. Estos eran los que quedaban de la media docena que tiempo atrás le había sisado y de los que aún no había podido dar cuenta. Desde hacía tiempo Perico me vigilaba y temía que sorprendiera degustándolos, pues estaba convencido qué había sido yo, el afanador. Había llegado el día, con aquel tiempo no se atrevería a salir del pueblo. En esas estaba de relamido cuando una nube negra como el tizón comenzó a cegar el sol obligándome a salir del agua y enfundarme el pantalón y aquel sayón de tela que madre llamaba camisa. Me disponía a volver a la cueva cuando el que el sol dejo de existir, trayendo la penumbra al lugar y como si de un preludio de lo que me esperaba se tratara, sucedió. Un sudor frío recorrió mi espalda al recordar los alaridos de aquella cosa a la que bastantes horas después y no pocas contingencias, todavía no había sabido ponerle nombre. Tras el estruendo trepé por la ladera hasta la parte más alta del macizo desde donde ver de qué se trataba. Aquel diablo venido del averno, lugar que conocía solo de oídas por haberlo escuchado por boca del cura, abrió los ojos proyectando su luz hacia donde me encontraba. Di por hecho que me había visto, por lo que como alma que lleva el diablo huí lo más rápido que mis descalzos pies daban de si, temiendo que de no hacerlo me encontrara allí.

Pensé a donde ir. Para colmo de males nada mas despertarme del sopor febril que me había mantenido inerte en el lecho de farfolla, lo primero que había hecho es subirme a la corona y con el barrero introducir las brasas en la carbonera para que empezase a tirar sin tan siquiera haberla tapado, pues era mi intención que la leña húmeda fuese tirando. Sabía que debía volver a la carbonera y tapar esta pero el miedo me decía que debía dirigirme a Arrolobos. Aquella era la tercera carbonera que fabricaba y la primera que yo había prendido después de empeñarme tras demostrar a padre que conocía ya el oficio. Si lo había hecho era seguramente por las muchas ganas que tenía ganas que mi trabajo acabara de una puñetera vez, en aquel lugar apartado del mundo.

Si el temporal no lo remediaba y la lluvia no sofocaba o al menos retardaba su ímpetu, pronto estaría escupiendo llamaradas, dando al traste con meses de duro trabajo. Esto sin duda acrecentaría más mis problemas que no eran pocos, pues como de costumbre, padre ya tendría empeñadas parte de las ganancias con Nicomedes el dueño del comercio, con el que todo el pueblo andaba en debito y del que seguramente habría recibido algún adelanto por la venta del carbón. Valoraba todo aquello, pero el miedo podía más, muestra de ello es la dirección que habían tomado mis pies. Mientras caminaba comencé a sumar el dinero que habría de liquidar a leñadores, añadí el de los arrieros y carreteros dirigidos por Braulio, quien aquella mañana me había abroncado con razón, al verme saciar mi sed en las aguas infectas del regato. Lo dejé, los dedos no medaban para más. ¡Como me habría gustado que Braulio estuviera allí!, era un buen tipo y mejor trabajador, además del jefe de la cuadrilla de hacheros a los que mi progenitor había contratado para que me abasteciesen de leña.

Un día estuve tentado a compartir los pichones con él, pero finalmente deseché la idea, no lo conocía suficientemente como para fiarme. Miré al cielo. Con suerte, si llovía como lo hacía en ese momento la carbonera se apagaría. Aturdido al no tener demasiado claro lo que había sucedido, comencé a aclarar mis ideas y recordar lo que había visto, pues al llegar al pueblo se lo habría de contar a padre. Lo difícil estaba en que me creyeran, para ello lo más importante era ser convincente, tarea harto difícil dada mi bien ganada fama de embrollador. Tras dale algunas vueltas no conseguí hilvanar con claridad lo sucedido. Di entonces por hecho que de aquella no me libraba ni Dios, mucho más conociendo la forma que padre tenía de proceder. Así, nada más verme y ver que había abandonado la Carbonera, antes de que pudiese abrir la boca ya me abría dado el primer sopapo. Todo eso con suerte, que si además atendía las demandas del alguacil, recordándole las muchas faenas de las que había sido autor en los últimos tiempos, aprovechándose el muy ladino del estado de mis relaciones con padre, que como es de imaginar, no pasaban por su mejor momento, la cosa pintaba, peor que mal. Por vez primera en mi vida me encomendé a Dios a pesar de haberme declarado ateo a perpetuidad cuando contaba poco más de ocho años y me negaba a hacer la comunión con aquel traje del muerto que tanto dio que hablar y después de que en plena misa, el párroco, suponiendo que era yo quien le sisaba las monedas del cepillo, me afrentase ante las beatas y aquel atajo de meapilas, para los que tal sacrilegio, como poco, se penaba con la pena de excomunión.

Me acercaba, a esa hora de la tarde encontraría a padre sin error a equivocarme en la taberna de Cotorra soltando la lengua, mientras ingería unos cuantos cuartillos de vino, relatando alguna de sus batallitas de las como no podía ser menos, él era el principal protagonista y en la que no faltaba el estribillo que tanto me repateaba: “Los Galanes siempre han sido gente valiente y echá palante, que nunca le han tenido miedo a na”. Por cierto, que aún no me he presentado, Galán es mi apellido y por consiguiente el de padre, pero lo de valiente ni él ni yo hemos dado nunca muestra alguna de ello, y si no, no había nada más que ver como temía padre a madre y como a mí, me como me temblequeaban los dientes de pensar que tendría que volver a revivir de nuevo el suceso delante de él. Cuanto más lo imaginaba, más temblaba consciente del arte que padre tenía blandiendo el báculo contra la palma de su mano en clara advertencia a lo que me esperaba, si lo que decía, era otra de mis muchos embustes.

Esta vez, además de recibir una buena somanta de palos, me haría renunciar al apellido, algo con lo que solía amenazarme, un día sí y otro también, casi siempre dirigiéndose a madre, mientras gritaba “a quien cojones le habrá salido este zagal, no merece el apellido que lleva”. A decir verdad, lo de perder el apellido siempre me dio igual, nunca lo utilizaba. Es más nunca sentí un especial orgullo por mi linaje y menos aún utilicé el apellido Galán en mi carta de presentación, tal era así que me molestaba incluso que la gente supiera de mi relación familiar con el alcalde, dada la fama que este tenía de fanfarrón. Cuando lo hacía, me presentaba por José, el nombre, con el que había sido bautizado en recuerdo a un abuelo que no conocí, aunque mis amigos, los pocos que tenía, me llamaban Pepe, pepico o “guácharo”, este último era el mote que me puso Florián dada mi afición a la caza de gorriones voladeros.

Por fortuna conocía bien el lugar y en vez de seguir por el camino, atajé por una vereda que discurría paralela al lecho del río. Lo hice no sin cierta aprensión, pues el río, iba crecido y podía llevarme. Antes de hacerlo me detuve, necesitaba asegurarme y ver el mejor lugar, pasé la manga por mi frente, el sudor emergía desde innumerables manantiales que deslizaban su caudal por mi cara, convertidos en riachuelos, arrastrando a su paso el barro que el río con tanta generosidad me había regalado. Con los ojos empañados, el cuerpo desecho y los pies reventados, resollaba estrepitosamente, mientras aterrado por lo que se me venía encima miraba hacia atrás, maldiciendo mi suerte. Estaba claro que la suerte me había dado la espalda, claro que para qué quejarme, no era la primera vez. Primero había sido Florián, mi mejor amigo, o al menos eso creía antes de haberlo visto retozar en el pajar de Cristino con Marcela, la hija de este, a la que yo llevaba algún tiempo cortejando, luego, Chipén, el burro de la familia, que había preferido probar la vara de padre antes que dejarse aparejar por mí, negándose en rotundo a salir del establo, seguramente porque aquel animal disponía de un sexto sentido y presintió lo que el destino me deparaba. Pensándolo bien, yo también hubiera preferido probar la temida vara de padre, si Chipén, más listo que el hambre y al que solo le faltaba hablar me hubiera podido confesar lo que me acontecería. ¡Y por si fuera poco ahora esto!

Nunca pensé que echaría tanto en falta la amistad de Florián, a pesar del odio que le había profesado por quitarme la que suponía era mi moza, aprovechándose de las confidencias que yo le hiciera. Hasta que acabó nuestra amistad habíamos sido dos seres inseparables, eso sí distintos, pero nos compaginábamos bien. En nuestra amistad él era el agua y yo el aceite, él, el que tomaba las decisiones y yo el que las acataba, él, el artífice de la mayoría de las fechorías y yo el pagador de las mismas. Reconozco que siempre había sido más decidido y echado para adelante que un servidor, incluidas las cuestiones relativas a mujeres, de eso doy fe, aunque muy a mi pesar. Jamás existieron secretos entre nosotros o al menos eso creía, antes de verlo con los calzones por las rodillas dándole arrimones a la que yo consideraba el amor de mi vida, pues hasta entonces había sido el único que había tenido. De no verlo con mis propios ojos no me lo habría creído. Bien le estaba sacando renta a los secretos que había compartido con él, gracias a nuestra amistad. ¿Cómo había podido ser tan ingenuo? El muy ladino, siempre estuvo al tanto del estado de mi relación con Marcela, como lo estuvo de mis intenciones, y como no, de los pasos que pensaba dar, pues como un idiota, se los contaba y él, mucho más listo que yo, se adelantaba a ellos. Pero si algo me dolía es que además de traicionarme como amigo se riera de mí, tratándome como un idiota. Sagaz como pocos, me aconsejaba la abstinencia como signo evidente de mi amor hacia ella, desconociendo yo, que mientras él, aprovechándose de mi reclusión en la carbonera, se la andaba beneficiando.

Durante días, temí su venganza por la vergüenza a la que los sometí al vengarme como lo hice y por las consecuencias que mi actuación le trajo. Sin embargo en aquellos momentos mis líos con Marcela y Florián se habían convertido en un mal menor comparado con lo que me barruntaba que iba a suceder. Siendo el problema que se avecinaba, mucho mayor, me di cuenta que ya no le odiaba, aunque él a mí, seguro que sí. Había sido mi mejor amigo y le conocía bien. La felonía de la que había sido objeto por su parte me resultaba en esos momentos insignificante, mucho más teniendo en cuenta el problema al que me enfrentaba.

5

El tesoro

-Sigue tu camino y déjame en paz- le recriminó.

Virgilio lejos de contestarle arreó a las bestias hasta alejarse del lugar donde Paco, el loco del pueblo, se afanaba con el azadón molesto por la reprimenda de la que era objeto.

-¿Qué busca con la que está cayendo?-preguntó el mozo a su padre.

-Un tesoro- le respondió. El mozuelo abrió los ojos como platos- aunque lo único que va a encontrar va a ser una pulmonía que se lo lleve por delante.

-¿Qué tesoro?

-Uno imaginario que se le apareció un día en la cabeza tras hartarse de vino- rió el hombre.

- Entonces, no es verdad - ¡Que va a ser, tú ves a alguien de este maldito pueblo enterrando un tesoro, si no hay ni para comer! Anda aprieta el paso, que el tiempo va a peor y la vega con tanta agua empieza a no ser segura.

Por fortuna las dos mulas conocían bien el sendero que partía en dos la margen derecha de la vega a la que el río amenazaba con inundar. Paco que los vio alejarse trasportando la carga de leña y ramas que padre e hijo, habían cortado en el robledal, no pudo por menos que fijarse en los andares zambos de aquel zagal que agarrado a la cola de la acémila. Arrastraba sus pies para de ésta manera ayudarse en su caminar. Se preguntó ¿como un padre era capaz de ver a un hijo sufrir? La locura que le achacaban no le impedía sentir en sus propias carnes el dolor ajeno. Nadie se merecía vivir así y mucho menos morir después de padecer durante toda la vida, para eso era mejor no haber nacido, se dijo. Recordó entonces la forma en la que murió su madre, sintió un odio atroz quemándole por dentro, por el que no era capaz de perdonar a los que habían sido culpables, de su muerte. A golpes de azadón siguió buscando la prueba con la que demostrarse a sí mismo que no había perdido el juicio, como algunos querían hacerle creer.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de Nuevodiario.es

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.