El naufragio civil más importante del Mediterraneo
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El naufragio civil más importante del Mediterraneo

martes 19 de diciembre de 2017, 17:01h

Se trata del SS Sirio

Desciendo lentamente, con cuidado. Dejo en la superficie la boya que indica el sitio y la zodiac, meciéndose indolente. El bajo, colonizado de especies vegetales, está muy cerca. Tanto, que temo rozarlo con mis aletas y enturbiar la transparencia del agua. Solo oigo el sonido artificial de mi propia respiración a través del regulador. ¿Está acelerada o me lo parece a mí? Mi compañero de buceo, Balky, me precede, cámara en mano, y desciende con seguridad.
En 15 días, anunciaba frente a la feroz competencia. Eran los primeros años del siglo XX, y millones de personas abandonaban una Europa que, sin saberlo, se abocaba a la Primera Guerra Mundial. Italia, Grecia, España y Portugal eran entonces países emisores de centenares de miles de emigrantes que huían de las levas forzosas, de la pobreza y del hambre y empeñaban sus bienes por un pasaje de ida para buscar, al otro lado del mar, el sueño de una vida mejor. Como ahora. Algunos jamás llegaron a su destino.

El Sirio ostenta el dudoso honor de ser el naufragio civil más importante del Mediterráneo. La tragedia del Titanic, seis años después, eclipsaría al vapor italiano, pero a diferencia de aquel, jamás se supo el número exacto de fallecidos en el Sirio, porque jamás se supo el número exacto de pasajeros a bordo. Hoy en día las cifras aún oscilan entre las 242 declaradas por la compañía aseguradora y las 500 estimadas por la prensa de la época. No puedo evitar pensar en ellos mientras floto sobre el casco de la nave. Jamás se supo el número exacto de fallecidos porque jamás se supo el número exacto de pasajeros

Ana Ayuso, buceadora que, como Balky, ha hecho de Cabo de Palos su afición y su pasión, me explica que esa sensación nunca te abandona. Ella hizo su primera inmersión hace 25 años. «Cada vez que bajo rememoro la historia –afirma–. Me imagino el momento en que el barco se partió en dos».

El 2 de agosto de 1906 el Sirio zarpó del puerto de Génova. Al día siguiente realizó escala en Barcelona, donde embarcaron más personas, y prosiguió rumbo al Atlántico. A la altura de las islas Hormigas, como advertirían con posterioridad testigos presenciales e incluso el tercer oficial a bordo, Tarantino, que así se lo comunicó al capitán, el barco navegaba demasiado pegado a la costa y a una velocidad de 15 nudos, por una zona de bajos que figuraba en todas las cartas marítimas. El capitán Giusseppe Piccone ignoró la advertencia.

El lugar no era nuevo ni para el buque ni para él. A sus 68 años, contaba con más de 40 de experiencia en el mar. De hecho, tocaba retirarse y ya había decidido que aquella sería su última derrota. No imaginaba hasta qué punto.

«El Bajo de Fuera es una roca de 200 metros de largo, con solo 3,6 metros de agua por encima. Una auténtica trampa para cualquier barco», asegura el historiador Luis Miguel Pérez Adán, coautor de El naufragio del Sirio, el libro de investigación que se editó en 2006 con motivo del centenario del hundimiento. El impacto se oyó desde la costa. El buque, herido de muerte, quedó varado sobre la cima del bajo, con la proa elevada, y se escoró a estribor.

La vía de agua comenzó a inundar los compartimentos de popa. Las calderas explotaron, sembrando la muerte, y la sirena de alarma se extendió como un grito agónico. A bordo cundió el pánico. Los botes de estribor estaban sumergidos y los situados a babor colgaban de sus pescantes hacia el interior del barco, lo que los hacía inservibles.

No había suficientes chalecos ni aros salvavidas. En cubierta los pasajeros quedaronatrapados bajo los toldos que les protegían del sol, y no había nadie a quien dirigirse en busca de indicaciones, pues la tripulación había abandonado apresuradamente la nave en uno de los primeros botes. Los pasajeros, presas del pánico, libraron una feroz batalla por conseguir cualquier objeto que les permitiese flotar, y empezaron a lanzarse al mar.

A apenas tres millas de allí, en Cabo de Palos, veraneantes, pescadores y marineros presenciaban estupefactos lo ocurrrido. Según relataría Juan de la Cierva, exministro de Gobernación y veraneante asiduo de la aldea, mientras desde su teléfono se avisaba a Cartagena, las embarcaciones más pequeñas se dirigieron a remo hasta el lugar del siniestro. Vicente Buigues, que volvía de pescar con su primo Bautista, era quizás el que estaba más cerca.

Puso proa al Sirio y arrió un primer bote, que volcó ante la multitud de personas que trataron de abordarlo. Optó entonces por una acción arriesgada: abordar el Sirio con la proa del Joven Miguel para que los náufragos pudieran pasar a través del bauprés y ponerse a salvo a bordo de su propio barco.

La acción espontánea de los pescadores de Cabo de Palos (frente a la inacción de la tripulación del trasatlántico y de los grandes buques de la zona, como el Marie Louise o el Poitou) evitó una tragedia mayor, salvando más de 400 vidas.

«Fue la mayor operación de salvamento marítimo de la historia de España –advierte Fernando García Echegoyen, marino, investigador profesional de siniestros marítimos y escritor naval–. Civiles de origen humilde que se jugaron el tipo, la vida y su patrimonio. Una historia de solidaridad y valentía que casi hemos olvidado».

Bartolo, nieto de uno de los rescatadores, la recuerda, en cambio, casi cada día. Es pescador, como lo fue toda su familia, y su barco, como
en un homenaje mudo, lleva el nombre del Sirio. «Mi abuelo nunca quería contar mucho de lo que vio. Le cambiaba la cara». Su abuela sí le hablaba de aquella gesta protagonizada por «su gente». «Eran todos familia», asiente con orgullo.

Ana Ayuso la recuerda cada vez que conoce a alguien de la zona que lleva alguno de los apellidos de aquel grupo de esforzados pescadores. Ella no ha nacido en el pueblo, pero cada año, el mismo día de la tragedia, a la misma hora, como en un ritual, desciende hasta la proa del Sirio y reza una oración por los fallecidos, a 52 metros de profundidad.

«Todo navegante del Mediterráneo conoce la peligrosidad de estos bajos –afirma Miguel Ángel García Gallego, veterano director de la empresa de buceo Planeta Azul y coautor del libro El naufragio del Sirio–. Ese día el mar y la visibilidad eran perfectos. Hubiera bastado con ponerle menos de una milla de margen al rumbo para no arruinar el futuro y las ilusiones de tantas vidas».

Miguel Ángel sigue sin explicarse el error de rumbo que motivó el naufragio. Dos días después de la tragedia la prensa ya señalaba al capitán Piccone, cuya conducta y aparente frialdad provocaron un conato de linchamiento, ante el que la compañía optó por enviarlo de vuelta a Italia en tren. Allí concedió su primera entrevista al diario milanés Il Secolo. Restó importancia a la advertencia del tercer oficial y señaló que la alteración del rumbo podía deberse «a corrientes marítimas o a influencias magnéticas». «La tripulación cumplió con su deber en el momento de la catástrofe», dijo.

Sus declaraciones quedaron en evidencia durante la investigación oficial realizada en Italia, que encontró un motivo para la inexplicable derrota: el buque se dedicaba al tráfico clandestino de emigrantes. «Ello explicaba que el buque se aproximara temerariamente a la costa para intentar recuperar el tiempo y el combustible perdidos en las recogidas clandestinas, o para un nuevo embarque de inmigrantes», afirma Ángel Rojas Penalva en su exhaustivo blog el naufragio del Sirio. Las investigaciones pusieron de manifiesto que el vapor había efectuado una parada no oficial en Alcira y que tenía algunas otras previstas, al menos en Águilas y en Málaga.

El buque se dedicaba al tráfico clandestino de emigrantes.

El tráfico de personas realizado por navíos de rutas comerciales no era algo nuevo. Suponía un goloso sobresueldo para sus tripulaciones y la connivencia con guardacostas y servicios de vigilancia marítima en un lucrativo negocio que se aprovechaba de los sueños de los más miserables. Por supuesto sus nombres no figuraban en ninguna lista de embarque, lo que avalaría las hipótesis de quienes piensan que el número real de fallecidos a bordo del Sirio fue mucho mayor.

Algunos investigadores, sin embargo, no dan por buena esta explicación. Creen que fue útil a la compañía porque disfrazaba de codicia –un «defecto» más excusable – la impericia de la persona a cargo de la nave. Así, Fernando García Echegoyen, experto en naufragios y autor del Atlas de naufragios en las costas de Andalucía, de próxima aparición, considera que «Piccone fue un capitán que cometió una negligencia criminal. Su pecado más grave fue no haber sabido evaluar la situación tras la embarrancada. Si hubiera advertido que el buque no se hundía, podría haber contenido al pasaje, que enloqueció al verse abandonado».

Piccone, la única persona que quizá tuviera las respuestas, murió en Génova en abril de 1907, apenas ocho meses después del naufragio. La rumorología popular afirma que jamás logró reponerse de lo ocurrido aquel fatídico día.

Asciendo de nuevo a la superficie. Con el sabor de la sal en los labios, y entre el vaivén del oleaje, veo el faro de las Hormigas y el de Cabo de Palos, tan cerca y tan lejos como debieron de verlos quienes cayeron al mar. Si cierro los ojos, oigo sus gritos, entre los chillidos de las gaviotas.

Los supervivientes arribaron aquella tarde, desnudos y aterrados, a una aldea que se volcó en su desgracia, como haría después la ciudad de Cartagena. El teatro Circo sirvió para cobijarlos, la tienda asilo de San Pedro sirvió comidas, el asilo de San Miguel donó ropa y calzado, y diferentes espectáculos de una ciudad en fiestas –desde cines hasta corridas de toros– donaron el importe de sus recaudaciones para los damnificados. Entre las tareas de identificación, acogida, misas y entierros hubo un hueco para el reconocimiento explícito de la labor realizada por los pescadores. El Gobierno español concedió la Cruz Roja del Mérito Naval por primera vez a dos marinos civiles, Vicente Buigues y el Tío Antolino.

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