VANIDAD Y AUTOESTIMA, por José Biedma López

Valdés Leal. Alegorías de la Vanidad y de la Salvación, óleos de 1660.
Valdés Leal. Alegorías de la Vanidad y de la Salvación, óleos de 1660.
VANIDAD Y AUTOESTIMA, por José Biedma López

San Jerónimo le dio forma latina al griego del Eclesiastés, libro sapiencial del Antiguo Testamento. La primitiva versión hebrea se nos ha perdido y se titulaba “Qohélet”, que significa predicador. Su “prédica” se puede resumir en el segundo y rotundo versículo, mil veces repetido y comentado en nuestra historia cultural: “Vanitas vanitatem et omnia vanitas”, Vanidad de vanidades y todo es vanidad. Y sigue preguntando e inquietando el sabio Cohélet: “¿Qué saca el hombre de todo el trabajo con que se afana debajo de la capa del sol?” (Ec. 1, 2-3).

Quien nos habla hace dos milenios y pico ha perseguido la sabiduría, la ciencia, pero ¡ay!, también ha llegado a la conclusión de que el conocimiento trae consigo desazones, porque quien acrecienta el saber, también acrecienta el trabajo y, por cierto, que por mucha diferencia que haya entre el iluminado y el que yace en tinieblas, el aprendiz de sabio aprende pronto que “una es la suerte que afecta a todos” (Ec. 2, 14) y que la única certidumbre es que morirán igual el sapiente que el necio, porque nada hay estable en este mundo (2,11).

No obstante, este breve libro de máximas gnómicas no es el de un pesimista desesperado, sino más bien el de un judío estoico del siglo III a. C. que nos exhorta a mantenernos equilibrados, en el justo medio y a centrarnos en las labores sencillas, las que nos nutren y mejoran, ¡ninguna que tenga que ver con la guerra ni con la ira, ni con la avaricia ni con la persecución del poder!, pues “no hay cosa mejor para el hombre que atender con alegría a sus ocupaciones” (Ec. 3, 22). Limitemos nuestros deseos de placer, nuestras ambiciones, si queremos llevar una vida digna y merecer los dones de la ciencia y el contentamiento. Sin embargo, por bien que lo hagamos, por justos que seamos, no podemos esperar una retribución divina que consista en bienes materiales. E incluso no está claro para el autor la existencia de un Más allá que sancione la calidad de las obras del justo y castigue las del impío, porque ha observado que “muere el hombre a semejanza de las bestias” y se pregunta: “¿Quién ha visto si el alma de los hijos de Adán sube hacia arriba, y si el alma de los brutos cae hacia abajo?” (3, 19, 21).

Tampoco es que esté libre de contradicciones este tratado de filosofía práctica que la tradición semita y cristiana sacralizan. Algunas de sus sentencias e instrucciones parecen, al menos, contrarias. Si por una parte se nos dice que el corazón de los sabios está donde hay tristeza, mientras el de los necios está donde hay diversión, un poco antes se nos ha estimulado a confiar en la ciencia diciéndonos que la instrucción y la sabiduría tienen la ventaja de dar vida a quienes las poseen (7,13 y 15). Además, las sabiduría nos hace sonreír y cambia la dureza de nuestros rostros (cfr. 8, 1). Riamos ante la fragilidad de toda vida humana y ante la desilusión a que están condenados todos los sueños de gloria mundana, ¡porque todo es vanidad!

VANITAS, del latín ’vanus’, vacío, es, para los historiadores, un género artístico que, primero como subgénero del bodegón o de la naturaleza muerta, enfatiza la vacuidad de la vida y la relevancia de la muerte. La vanidad no es aquí sinónimo de soberbia (el peor de los pecados capitales), sino más bien de futilidad, de insignificancia, de fragilidad. A fin de representar la vanidad humana, los señores romanos se hicieron pintar cráneos y esqueletos en las paredes de sus salones pompeyanos. En la Edad Media fueron frecuentes las Danzas de la Muerte, pero fue el Barroco el que llegó a hacer de la Vanitas un género tan recurrente como independiente.

Vanitas es género estético que pretende moralizar. Y por supuesto es posible y necesario contener la vanidad, pero nosotros sostenemos que deshacerse por completo de ella sería suicida. Por eso, al nivel óptimo de vanidad necesario, para sobrevivir con relativo contento, gracia y alegría, le llaman autoestima los psicólogos (esos curas modernos). Es pésimo perder la autoestima, extraviado está quien pierde por completo la confianza en sí mismo, pero tampoco es mejor ir “de sobrado por la vida”. Hoy se tiende a hipertrofiar la vanidad de nenes, hijas y pupilos, hijos y tutorandos, por temor a que pierdan la autoestima, hasta convertirlos en narcisistas que no piensan más que en sí mismos y en el discutible y dudoso poder de su admirado ombligo (onfalócratas). Son esos que creen que su gusto es el principal criterio de lo justo. Exageran el cuidado de sí mismos, en detrimento del cuidado del prójimo, del que de una y otra manera dependemos casi absolutamente.

Ya lo dice el sabio del Eclesiastés: nadie conoce su fin e igual que los peces muerden el anzuelo y las aves caen en el lazo, así los humanos son sorprendidos por la adversidad “que les sobrecoge de repente” (9,1). Todos estamos expuestos a males e injusticias, por mucho que invirtamos en seguridad pública o privada y por muchos seguros que paguemos.

Dos de mis asiduos compañeros de Twitter me han hecho estos días reflexionar sobre el tópico humanista de la Vanitas. La profesora, traductora y escritora, Bea Galán (@beagalane), denunciando sagazmente cómo todas esas generalizaciones arbitrarias del tipo “todas las mujeres son…”, “todos los políticos son…”, etc., esconden la vanidad de un yo en toda regla, taimado, tal vez, y hasta cobarde, pero –a mi juicio y sobre todo- un yo vanidoso. Y es que pensar es pensarse y sólo alcanzamos a ver y oír con los ojos y oídos que somos o, provisionalmente, con los que estamos. ¡Es inevitable! La razón generaliza según el arbitrio e interés del sujeto que razona, y no existe La Razón (ese ídolo ilustrado), sino las cavilaciones de los individuos que tienen muchas maneras de pensar, evaluar y decidir, más o menos racionalmente. Kant insistió en que todo pensar supone un sujeto al que por eso llamó “trascendental”, es decir que hace posible el cogitare su-poniendo, afirmando -como intuyó Descartes- la existencia del sí mismo con cada pensamiento. Porque soy, pienso; porque soy como soy, pienso como pienso.

Por su parte, el también profesor Javier Barrientos (@todomejorqenada) expresa con agudeza de satírico: “la vanidad es tan poderosa que mucha gente no puede sustraerse a ella ni cuando se esconde tras un pseudónimo”. ¡Y es que a todos nos gusta ampliar nuestro radio de acción! “Voluntad de poderío” llamó Nietzsche a esa pulsión, que en algunos, por exceso, llega a compulsión.

¡Mas seamos tolerantes! Al menos, mientras la afirmación del Yo no vaya en menoscabo o desprecio del Otro. Disculpemos las vanidades, pues todas arden condenadas a devenir ceniza. ¿Cómo no ceder al placer incomparable de hablar de uno mismo? –se preguntaba retóricamente el hada Melusina de Mujica Laínez. Hablar de uno mismo, explicarse, conseguir que nos oigan, y que hablen también de nosotros (¡sumo logro!), es una voluptuosidad tan vieja como la historia del mundo. Los pequeños progresos que hemos logrado en la Tierra le deben mucho, si no todo, a ese afán ingenuo e ilustre, desesperadamente compartido por insignificantes y por magníficos, por pusilánimes y por magnánimos, por insensatos y por templados, por todólogos y por verdaderos expertos, por sofistas y por sabios. “Autodifusión perpetuadora”, le llama el hada de El Unicornio (1979) de Manuel Mujica Laínez, a esa pasión “humana demasiado humana” y yo diría que también humanista. Y a continuación, Melusina sentencia y advierte:

“El triste día en que dejemos de hablar de nosotros mismos, nos habremos quedado sin el sentido de nuestra eternidad y el mundo se derrumbará en cenizas tristes. El arcángel exterminador aprovechará esa hora propicia”.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M

https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897

https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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