Los Inquisidores de Granada

Los Inquisidores de Granada

Un Espacio gratuito destinado a los amantes de la lectura donde cada semana colgaremos un capítulo de esta novela.

Sinopsis.

Siete años después de la firma de las Capitulaciones de Santa Fe, cristianos nuevos y viejos, judíos conversos, moriscos y musulmanes conviven en una tensa paz que la aparición del Tribunal del Santo Oficio convertirá en hoguera de conjuras, traiciones, miedos, odios y venganzas. La orden dada por el arzobispo Cisneros y el inquisidor Diego Rodríguez Luzero de incautar y quemar todos los libros que en poder de la población musulmana sean considerados peligrosos para la fe y la moral cristianas detonará una larga cadena de acontecimientos imprevisibles.

El joven estudioso Amín Hamza, recién nombrado cadí de Granada, deberá enfrentar un sinfín de peligros para recuperar y proteger un Corán de extraordinario valor, codiciado por todas las partes y que se encuentra entre los libros expurgados de la Madraza. En sus aventuras contará con la ayuda del amor de su infancia, la arrojada y enigmática Sara, y la de su anciano y sabio maestro, Shakir Ben Amara. Pero también hallará nuevos aliados y amigos, entre los que figuran dos de los principales cristianos de la villa, y enconados enemigos, como la acaudalada familia morisca de los Benjumea de Loja.

De por medio: amores traicionados, falsas acusaciones, renegados de los dioses y los hombres, alzamientos en armas, espionaje, chantaje, asesinato, tortura y el comienzo de una genealogía bastarda que habrá de ser determinante en el futuro. Entre toda esta acumulación de grandes esperanzas y funestas ambiciones, ¿podrá Amín Hamza detener las incipientes Guerras del Libro?

Los Inquisidores de Granada, primera parte de la formidable novela río Las Guerras del Libro, supone un regreso a los relatos de aventuras con un entrañable aroma a las mejores lecturas de los grandes maestros del género, pero revestida de toda la fuerza y la acción trepidante de una crónica de actualidad. Narrada como el fresco de una época convulsa pronta a desaparecer, la historia planea sobre los personajes y lugares por los que transita, desviando su curso conforme avanza la trama, posando en los recodos y meandros a unos y transportando sin descanso hasta su desembocadura final a otros. La Hermandad de los Conversosy La enviada del Papa conforman la segunda y tercera entrega de esta trilogía, cuyo primer título inaugura la colección Profesor Lidenbrock.

CAPÍTULO IX UNA ESPINA EN EL CORAZÓN

Con el paso de los meses fueron muchos los musulmanes que hubieron de bautizarse y convertirse al cristianismo, por ser también muchas las amenazas y castigos que debieron afrontar, creciendo grandemente el descontento entre las gentes y sucediéndose en los territorios del antiguo reino nazarí las rebeliones, que los ejércitos cristianos se encargaban de perseguir y aplastar sin piedad, provocando el éxodo de muchos musulmanes que, buscando la paz, se veían obligados a emigrar tierra allende, a plazas como Túnez y Orán, abandonando la tierra que los había visto nacer y que consideraban tan suya como los cristianos.

Carente de la confianza que antaño recibiese del conde, Alonso Benjumea se esforzaba por ser nuevamente del agrado de don Íñigo López de Mendoza, a quien hubo de justificar su falta, achacándola a un lamentable error que se proponía subsanar recompensando a los tres afectados, sin que ninguno aceptase su dádiva, pues sabían que la misma era producto antes de la conveniencia que de la convicción de haber cometido una injusticia. Le preocupaba su situación, tanto más al saber del regreso de Diego Rodríguez Luzero, que recientemente había sido nombrado inquisidor de Granada, y al que fray Bernardo parecía muy afecto. Durante el medio año transcurrido, al fraile le fue imposible salir de Granada sin levantar sospechas. No mantuvo contacto con Alonso Benjumea, del que procuró guardarse por conocer que todavía disfrutaba de algún importante respaldo y que a la menor oportunidad mandaría que le diesen muerte. Si no lo había hecho ya, debía ser por miedo a que fuese cierta la carta que creía preparada por el fraile y que presumiblemente debía llegar a algún superior en el supuesto de que algo le ocurriese. No obstante, se proponía inculpar al morisco a la menor oportunidad, pues deseaba verlo arder en la hoguera junto con su hijo; de este modo, escaparía al peligro que suponía dejar algún testigo, no sin antes, hacerse con el oro del que aquel era dueño y que el fraile ya soñaba como suyo.

Andaba yo centrado en mi quehacer de cadí, que cada día era mayor, intentando desempeñar mi labor con toda equidad. Había dejado de ir a casa de mi maestro, al que excusaba mi conducta achacándola a la falta de tiempo, siendo Shakir el que acudía a mi hogar, donde se había aficionado a departir con mi abuelo, el sheij Muley Hamza, por lo que no se hacía difícil verlos siempre juntos, ya fuese en mi casa, donde mi abuelo le adiestraba en el arte de la jardinería y el cuidado de las plantas, o en la del alfaquí, donde este le instruía en el juego del ajedrez, del que Shakir era gran maestro.

Fue un sábado, cuando antes de las expulsiones los judíos celebraban su día santo, que vi llegar a Shakir dispuesto a hablar conmigo, pues ya eran muchas las veces que yo había evitado que lo hiciéramos.

—Que Alá sea con vos, maestro —le recibí con cariño, pues al igual que yo, él también sufría.

—Que Alá el Misericordioso te premie por tu buen corazón —me contestó, antes de hablarme como un padre a su hijo.

—No está en mí justificar, ni tampoco condenar, la manera de actuar de nadie, por depender esta de las circunstancias del momento. A tu dolor por ver una traición en la actitud de mi hija, sumo yo el dolor al conocer que fue por culpa mía, sabiendo ahora como sé que mientras tú te desvivías por redimirme de mi cautiverio y acudías al encuentro de Sara para referirle la noticia, ella por amor a mí se entregaba a un hombre que no ama, el mismo que aquella mañana acudió a mi hogar para prometer a mi hija que me liberaría si accedía a sus pretensiones, sabiendo de antemano que era mentira y que eras tú, y no él, quien había conseguido mi libertad. ¿Cómo puedo yo reprochar nada a quien tanto amor me ha demostrado? Dentro de unos meses Sara será madre y Fernando seguirá sin tomarla como esposa a pesar de faltar a su palabra, y después de que ella se viera obligada a hacerse cristiana. Ruego a Alá que mis ojos no vean por mucho más tiempo a mi hija convertida en manceba de ese mal hombre, que de manera tan vil y maliciosa la ha engañado, provocando tanto daño a mi familia y seres queridos. Antes de abandonar este mundo me gustaría ver que le otorgas tu perdón, pues ha sido ella la que ha solicitado el mío, sin que nada tenga yo que perdonarle y sí mucho que agradecerle.

El viejo alfaquí me miró con los ojos llenos de lágrimas, sin que mis labios pudieran pronunciar el perdón que con tan profunda humildad me solicitaba.

—Me conocéis bien, maestro, y sabéis que jamás diría algo que no sintiese por el solo hecho de contentar vuestros oídos; y aunque sea esta la primera vez que lo escucháis, bien conocéis desde siempre el amor que por vuestra hija sentía; sin embargo, es muy hondo el dolor que ahoga mi alma y que me impide que pueda hacer de corazón lo que vos me solicitáis, pues de hacerlo, os mentiría, al ser mucho y muy grande el odio que siento hacia ella.

Sin fuerza para despedirse, le vi abandonar mi casa llorando con amargura.

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