Los Inquisidores de Granada

Los Inquisidores de Granada

Un Espacio gratuito destinado a los amantes de la lectura donde cada semana colgaremos un capítulo de esta novela.

Sinopsis.

Siete años después de la firma de las Capitulaciones de Santa Fe, cristianos nuevos y viejos, judíos conversos, moriscos y musulmanes conviven en una tensa paz que la aparición del Tribunal del Santo Oficio convertirá en hoguera de conjuras, traiciones, miedos, odios y venganzas. La orden dada por el arzobispo Cisneros y el inquisidor Diego Rodríguez Luzero de incautar y quemar todos los libros que en poder de la población musulmana sean considerados peligrosos para la fe y la moral cristianas detonará una larga cadena de acontecimientos imprevisibles.

El joven estudioso Amín Hamza, recién nombrado cadí de Granada, deberá enfrentar un sinfín de peligros para recuperar y proteger un Corán de extraordinario valor, codiciado por todas las partes y que se encuentra entre los libros expurgados de la Madraza. En sus aventuras contará con la ayuda del amor de su infancia, la arrojada y enigmática Sara, y la de su anciano y sabio maestro, Shakir Ben Amara. Pero también hallará nuevos aliados y amigos, entre los que figuran dos de los principales cristianos de la villa, y enconados enemigos, como la acaudalada familia morisca de los Benjumea de Loja.

De por medio: amores traicionados, falsas acusaciones, renegados de los dioses y los hombres, alzamientos en armas, espionaje, chantaje, asesinato, tortura y el comienzo de una genealogía bastarda que habrá de ser determinante en el futuro. Entre toda esta acumulación de grandes esperanzas y funestas ambiciones, ¿podrá Amín Hamza detener las incipientes Guerras del Libro?

Los Inquisidores de Granada, primera parte de la formidable novela río Las Guerras del Libro, supone un regreso a los relatos de aventuras con un entrañable aroma a las mejores lecturas de los grandes maestros del género, pero revestida de toda la fuerza y la acción trepidante de una crónica de actualidad. Narrada como el fresco de una época convulsa pronta a desaparecer, la historia planea sobre los personajes y lugares por los que transita, desviando su curso conforme avanza la trama, posando en los recodos y meandros a unos y transportando sin descanso hasta su desembocadura final a otros. La Hermandad de los Conversosy La enviada del Papa conforman la segunda y tercera entrega de esta trilogía, cuyo primer título inaugura la colección Profesor Lidenbrock.

VI. EN BUSCA DEL CORÁN

Animado por el trato que recibía de Sara, buscaba cualquier ocasión que mi ocupación me dejaba para ir a casa de mi maestro, al que con la excusa de recibir su consejo, visitaba cada vez más por ver a su hija, con la que no había noche que no soñara.
Aquella tarde, nada más acabar mi jornada deshaciendo
entuertos y juntando a las partes litigantes para
que no hubiese necesidad de entablar pleito, pasé por
el zoco, donde adquirí aceitunas y uvas pasas de la
Axarquía de Málaga; también compré vino dulce para
mi maestro y frutas confitadas que tanto gustaban a
Sara. Al acabar, subí por las desordenadas y laberínticas
calles del Albayzín hasta la morada del alfaquí, cuando
con asombro descubrí que un numeroso ejército entraba
una por una en todas las casas e incautaba cuantos libros
hallaba, poniendo especial empeño en la requisa de los
ejemplares de nuestro Libro Sagrado. Intuyendo cuál era
el motivo, di de lado la calle principal, que enlazaba entre
sí los distintos arrabales, y anduve por callejones menores
que conocía bien, a los que a buen seguro los soldados no
habían llegado aún por ser menos transitados. Soltando
aquellos manjares que tan buenos dineros me costasen,
y que eran poco menos que todo mi capital, me dirigí
corriendo a mi casa, donde puse al corriente de cuanto
sucedía a mi abuelo, para que hiciese lo mismo y pusiera
al tanto a los vecinos, que a su vez lo irían comunicando
los unos a los otros. Entretanto, yo, después de pedirle
que tuviese cuidado y no se expusiera, me encaminé
nuevamente a toda prisa a la casa del alfaquí, a la que
me fue imposible llegar por verme interceptado por los
guardias, a los que mi condición de cadí de Granada
importó tan poco que diéronme una paliza y dejáronme
tirado en la calle sangrando por la boca. Era en mi rostro
donde más notaba los muchos golpes recibidos, aunque
no fuese el único lugar en que los recibiese. Ayudado por
Humán, el único que tuvo el coraje de entrometerse para
que los soldados dejaran de golpearme, y al que su afrenta
costó otra buena tunda, conseguí llegar a su casa que,
como las demás de la calle, ya había sido saqueada por
la marabunta de soldados que por todas partes pululaban
y que tanto horror estaban creando entre una población
pacífica y que no disponía de armas con las que defenderse.
Eran muchas las agresiones de que era objeto la población
musulmana por parte de aquellos hombres fuertemente
armados, que desdeñando los acuerdos recogidos en las
Capitulaciones, arrasaban sin miramientos viviendas y
haciendas, dando rienda suelta al odio que durante años
habían acumulado contra nuestro pueblo.
—¿Por qué, buen cadí, por qué nos humillan de esta
manera, por qué humillan a nuestro pueblo estos extranjeros
que han usurpado nuestra tierra? —me preguntó
Humán, el joven que había salido en mi auxilio y al que
yo seguramente debía la vida.
—Porque quieren ser dueños de lo que no les pertenece.
No debemos cometer el error de enfrentarnos a
ellos, pues esta acción no es más que una provocación;
quieren que, sabiendo de su poderío, nos levantemos
contra ellos, encontrando así justificación a una actuación
armada que provoque nuestro aplastamiento.
—Entonces, ¿debemos dejar que encarcelen a nuestras
gentes, que maten a nuestras familias, que violen a
nuestras mujeres y que asesinen a nuestros hijos? —preguntó
rabioso Humán—. No seré yo quien acepte tales
consejos, cadí, más propios de un pueblo cobarde que de
uno aguerrido como el nuestro.
Al escuchar a Humán, supe al instante que nuestros
enemigos habían conseguido su propósito, también supe
cuáles serían las consecuencias y los muchos sufrimientos
que estas vicisitudes traerían a nuestro pueblo. Recordé
las palabras del Santo Alfaquí, ¡cuánta razón le asistía en
las reflexiones que nos hiciera!
Cuando con la caída de la noche pude llegar a casa
de Shakir, comprobé la atrocidad que cometieran contra
las fuentes de sabiduría que durante tantos años acumulase
en su extensa biblioteca, de la que no habían dejado
un solo libro y sí mucha devastación; no en vano habían
levantado la casa buscando lo que por fortuna no habían
encontrado. Paralizado por el miedo al no encontrar a
nadie en la vivienda por más que la registré y llamé a sus
ocupantes a gritos, me dirigí hacia las cuadras, donde todavía
se hallaba el burro, único animal que no se habían
llevado, y que ahora veía desangrarse en el suelo. Llamé
con voz apenada a Shakir, pero no contestó. Fue sin embargo
al clamar el nombre de Sara que salió abrazada a
Nadima, escondidas como estaban detrás de unos haces
de avena en los que mi buen maestro las había obligado
a esconderse. Muchas fueron las lágrimas que la bella
mujer de la que me había enamorado dejó escapar de sus
ojos al comprobar que se habían llevado a su padre, como
muchas fueron las lágrimas que regaron las casas de los
hijos de Alá que vivían en el Albayzín, algunos de los
cuales habían encontrado muerte por oponerse a las infamias
que contra sus padres e hijos cometieran las hordas
cristianas del arzobispo Cisneros. Fueron también muchos
los que se vieron encarcelados. Pero pocos serían en
comparación con las muchas muertes y encarcelamientos
que días más tarde habrían de suceder.
Ni siquiera las casas de los conversos, entre las que
se contaba la de Benjumea de Loja, se libraron del registro.
A esta habían acudido personalmente el inquisidor
Luzero, que dirigía las acciones, y también el arzobispo
Cisneros, por conocer a través de sus informantes que el
converso había estado en palacio uno de los días anteriores,
aunque no pudieran precisarle qué le había llevado
allí o a quién había visto.
—Entendedlo como una visita de cortesía, igual a la
que vos, según tengo entendido, nos hicisteis hace pocos
días cuando acudisteis al palacio arzobispal.
—Fui a mostraros mis respetos y, como buen cristiano,
aproveché para orar. Pero decidme, don Francisco,
de qué delitos acusáis a un servidor que tiene por único
pesar ser cristiano nuevo y no haber abrazado al nacer la
verdadera religión, como para vuestra fortuna así sucedió
con vos. Si por dichoso os tenéis al haber nacido cristiano,
mayor dicha es la mía, que no teniendo tal suerte, el
Señor Jesucristo tuvo a bien llamarme a su Iglesia. Registrad
mi casa, levantadlo todo, buscad en los rincones,
en el interior de los muebles; os animo a que lo hagáis, si
con ello dejáis de dudar de este siervo de Jesucristo a la
par que vuestro. Pero tened por seguro que nada hallaréis
que os haga dudar de la religión que supura cada estancia
de esta humilde morada, pues, señor mío, el credo que
Vuesa Merced profesa, es el mismo credo que todos y
cada uno de los que habitamos esta casa hemos acogido
con devoción.
—Si tal es como decís, no tendréis de qué preocuparos
—anunció el arzobispo, que dudaba de la honestidad
y cristiandad de que hacía gala el morisco, del que a pesar
de su poder, de ser prohombre de la villa y amigo del
conde de Tendilla, en nada se fiaba.
—Proceded como os plazca, disponed de mi casa
como si fuera la vuestra, que en mí no encontrareis oposición
alguna.
Poco más tarde, después de registrar todas las esquinas,
el arzobispo se dispuso a abandonar la casa de Alonso
Benjumea, conteniendo la rabia que sentía por no
haber encontrado en el lugar lo que de seguro esperaba
hallar. Entre los muchos que vigilaban que los registros y
las requisas se llevasen a cabo eficazmente se hallaba fray
Bernardo de Almagro, a quien el inquisidor no perdía de
vista, de igual manera que este no perdía de vista a Alonso
Benjumea, del que temía que viéndose presionado pudiera
decir algo que delatara a su persona. Al terminar el
asalto, toda vez que los cientos de libros fueron cargados
en los carros y caballerías que los trasladarían a palacio,
don Diego Rodríguez se acercó a fray Bernardo.
—No hallaremos en todos estos libros el Corán que
buscamos, ¿no es así, fray Bernardo? —dijo sorprendiéndole—.
Debéis de agradecerme lo sucedido hoy, pues lo
acaecido ha sido únicamente por libraros de una muerte
cierta y evitar que las sospechas del arzobispo recaigan
sobre vuestra persona. Espero que seáis vos, de motu proprio,
el que me aclare a qué se debe que me hayáis mentido,
como tengo por seguro, por así haberlo constatado.
¿O es que acaso suponíais que podríais engañarme?
—No ha sido mi intención, don Diego —contestó el
fraile al sentirse descubierto.
—Sabed que sé que habéis sido vos quien se apropió
del valiosísimo Corán y sabed también que he omitido
vuestro nombre ante el arzobispo, ocultándole que fuisteis
vos el único sin autorización que estuvo largo rato en
la sala donde se hallan los libros, y que no tengo dudas de
cuál fue vuestro hacer y qué fue lo que os llevasteis.
—Os lo agradezco, mi señor, pero creedme, todo
tiene explicación —habló el fraile, quien al escuchar a
su superior, sintió que su cuerpo trepidaba de pavor, conociendo
de lo que este sería capaz si la explicación que
diese no le convencía.
—Callad ahora, ya hablaremos cuando lleguemos
—dijo cuando vio al arzobispo salir de la casa de Alonso
Benjumea acompañado por el converso.
En esta ocasión, quien se mostró horrorizado fue el
morisco al ver hablar a las puertas de la casa familiar a fray
Bernardo y al inquisidor Diego Rodríguez, cuya fama de
hombre sádico le precedía. El fraile y el morisco cruzaron
sus miradas antes de que el inquisidor se reuniese de
nuevo con el arzobispo, ante el que se congratuló por el
éxito conseguido.
No tardaron mucho en el barrio de la morería en
organizar la sublevación, pues a los hechos acaecidos
también hubo de sumar el que un hombre a las órdenes
del arzobispo intentase tomar presa a una mujer a la que
arrastró por el pelo, mientras esta, dando grandes gritos,
denunciaba que nada había hecho y que por la fuerza la
llevaban con intención de convertirla.
—Suéltala, perro —gritó Human al hombre que conocía
por Salcedo y que trabajaba al servicio del arzobispo
Cisneros como secretario.
Humán se acercó para arrebatar a la mujer de las garras
del esbirro que la secuestraba, que al verse perdido,
pues era mucha la fortaleza de su oponente, gritó con
fuerza pidiendo auxilio, viniendo de inmediato el alguacil
real Velasco de Barrionuevo y unos pocos de sus hombres,
que se prestaron raudos a llevar a cabo el mandato
del secretario.
—Esta vez, hijo de mala madre, habrás de probar mi
espada. —El alguacil, en clara ventaja, se abalanzó sobre
el muchacho, pero inopinadamente se vio rodeado
por un gran número de musulmanes, a los que se fueron
sumando otros muchos, y que le dieron pronta muerte,
pues no era poca la ojeriza que le profesaban.
Durante los días que siguieron, la numerosa población
musulmana, al grito de ¡libertad!, se preparó para
una lucha encarnizada, pues aunque escasos en armas,
más éramos en número que los cristianos que habitaban
la ciudad, en cuyas calles algunos construyeron defensas e
improvisados parapetos tras los que guarecerse en caso de
un ataque, mientras otros fueron en busca del Santo Alfaquí
al lugar de su morada. Aprovechando la necesidad
que el conde de Tendilla tenía de dar fin al amotinamiento,
se ofreció en su ayuda Alonso Benjumea, después de
ver con dicha como el arzobispo Cisneros huía de Granada
y se refugiaba en Santa Fe. Benjumea acudió, en el
nombre del alcaide de la Alhambra y capitán general de
Granada, para hablar con los prohombres del Albayzín,
promover una reunión y buscar una solución pacífica al
conflicto. Al no conseguirlo, hubo de ser el conciliador
Fray Hernando de Talavera, quien viniese al Albayzín y
consensuase una rendición que evitase el derramamiento
de sangre. Nunca olvidaré el día en que vi llegar a Fray
Hernando, subiendo las cuestas del Albayzín en compa-
ñía de unos pocos hombres desarmados, con una cruz y
la palabra como únicas armas. Eran muchos los musulmanes
que veneraban a aquel santo varón, entre los que
me incluyo, siendo tantos o más los que manifestaban
abiertamente su odio hacia el arzobispo Cisneros.
—Vengo a parlamentar —dijo con la clara intención
de deshacer el entuerto que el arzobispo Cisneros intencionadamente
provocase.
Poco más tarde llegaba a la plaza de Bibalbonut,
acompañado de un pequeño contingente de soldados
fuertemente pertrechados, el alcaide de la Alhambra y
conde de Tendilla; de inmediato pudo comprobar la ínfima
defensa de la que se había hecho acompañar, pues
por cada uno de sus soldados bien podían contarse cien
los musulmanes dispuestos a presentar batalla, y por cada
una de sus armas doscientas las piedras que aquellos emplearían
para defenderse.
—Durante años nuestras dos comunidades han sabido
respetarse y vivir en paz —dijo el conde de Tendilla—.
Es mi interés que así siga siendo.
—Ese ha sido desde siempre nuestro deseo —tomé
la palabra como cadí por así haberse decidido.
—Presentaos, joven, pues no conozco a vuestra persona.
—Disculpad, señor, me llamo Amín Hamza y soy
cadí de Granada.
—Soy yo el que ha de disculparse, por ser mi deber
conocer a la persona de la que tan bien me han hablado y
al que tenía previsto solicitar que viniese a mi residencia.
No sabéis cuánto lamento que sean estas las circunstancias,
y no otras más placenteras, en las que hemos debido
entablar conocimiento. Seguid pues, que os escucho,
joven cadí.
—Os decía, mi señor, que los deseos de nuestro pueblo
han sido siempre vivir en paz con el vuestro, acatando
que fuimos los vencidos y vosotros los vencedores. Sin
embargo, no es menos cierto que de un tiempo a esta
parte venimos siendo humillados por los gobernantes
cristianos, quienes a diario nos provocan, mancillan el
honor de nuestro pueblo y no respetan los acuerdos que
en justa concordia firmaron el sultán Boabdil y los reyes
castellanos, a los que ahora nos debemos y respetamos.
»Son muchos los buenos vecinos que vuestros hombres
han hecho prisioneros, justificando su captura por la
muerte de un alguacil, que si bien no debió morir, tampoco
debió abusar de su autoridad, como lo hizo con una
mujer musulmana a la que quisieron hacer cristiana por
fuerza. Vuestra valentía y la de Fray Hernando de Talavera
subiendo aquí os engrandece, por lo que antes de
que lo solicitéis, sabed que desde este instante deponemos
nuestra actitud y acatamos vuestras órdenes.
En ese momento, el conde de Tendilla vio cómo los
hombres que le rodeaban soltaban las piedras que por pares
llevaban en sus manos y se arrodillaban ante él en se-
ñal de sumisión, como hice yo también siendo su cadí.
—Os solicito humildemente, sin querer condicionaros
por ello, que hagáis justicia y castiguéis por igual a
unos y otros, sin importar que sean albayzineros o cristianos,
y asimismo que exculpéis a los que nada verdaderamente
hicieron, como es el caso de los respetados
hombres a los que prendieron las tropas del arzobispo
Cisneros, y cuyo único delito no es sino ser personas
doctas en saber.
—Juro por mi honor que así habrá de ser.

VII. LA PRUEBA
La revuelta hizo que Rodríguez Luzero aplazase, por
el momento, la conversación que tenía pendiente con fray
Bernardo, pues a pesar de haber coincidido con este en
varias ocasiones, no había encontrado el momento idó-
neo par abordar el tema que a ambos mantenía unidos
por un mismo interés y que le aclararía cuál era el papel
que el fraile jugaba. Con el paso de los días las aguas
volvieron a su cauce y los musulmanes a sus actividades,
retirando las defensas y parapetos que habían construido
por todo el Albayzín. No por eso se cumplía con equidad
la promesa hecha por Tendilla, pues si bien se perseguía
con ahínco a los rebeldes huidos y acusados de la muerte
del alguacil, no se procedía con igual diligencia, por
así impedirlo el arzobispo Cisneros, en la liberación de
aquellos que como Shakir de nada eran culpables, o a lo
más, de poseer gran sabiduría y conservarla en los muchos
libros habidos en sus casas.
Al arzobispo Cisneros, aquella revuelta le había dado
el empujón que requería para poner en marcha los planes
que con gran malicia y mucha astucia había pergeñado,
y cuya primera medida consistía en empadronar a la población
musulmana de Granada, sobre la que así podría
ejercer un mayor control.
Durante ese tiempo, fray Bernardo se había mostrado
recatado y predispuesto en el trabajo, que desempeñaba
con maestría, preparando concienzudamente el lugar
donde habrían de instalarse los instrumentos de tortura.
Había tenido tiempo suficiente para idear una respuesta
convincente con la que contentar a su superior, y se disponía
a transmitírsela esa misma tarde, cuando se acercara
para comprobar el estado de las obras, como así había
anunciado.
—Don Diego, no sabéis cuánto deseaba hablar con
vos para desterrar de vuestra cabeza las dudas que sobre
este, vuestro fiel servidor, habéis despertado, y que tanto
os admira y tanto os tiene que agradecer, y cuya falta ha
sido no confesaros que había retirado ese libro de la sala
en que estaba custodiado sino para entregároslo a vos,
que en mejores manos no ha de estar.
—Explicaos, fray Bernardo, pues no logro entenderos.
—Fue el día que lo requisamos, cuando tras caerse
al suelo del carro que lo transportaba, viese unas letras
y una firma que despertaron grandemente mi atención,
porque aún no sabiendo leer ni escribir sí supe reconocer
a quien correspondía la rúbrica, que antes ya había
visto y que siendo un libro musulmán extrañóme muy
mucho hallarla en él, dada la importancia, por cristiano
respetable, que posee esa persona. —Como fray Bernardo
supusiera, aquella apreciación despertó el interés del
inquisidor.
—Seguid.
—Queriendo hacer méritos ante vos y que vos os llevaseis
la gloria y no otro, entré en la sala y cogí el libro,
que guardé en un paño negro y tuve conmigo sin soltarlo
durante largo tiempo, llevándolo allí donde me hallare
con la intención de entregároslo, y jugando en mi contra
la suerte por encontraros vos en la villa de Santa Fe, por lo
que lo guardé conmigo a la espera de vuestro regreso. En
esas estaba, cuando de improviso se presentó en la capilla
donde yo me hallaba el arzobispo Fray Hernando de Talavera,
al que acompañaba un soldado. Para mi sorpresa
me solicitó confesión. Ni que decir tiene que aquella petición,
para mí del todo inesperada, llamó grandemente mi
atención, y la duda de si tras la misma había gato encerrado,
¡y bien que lo había, desgraciado de mí!, pues quise
excusarme cuando me dijo que por no hallarse el arzobispo
fuese yo quien lo hiciera, argumentando que sentía
gran pesar en su alma, que luego no parecióme tal.
»Hallándome yo en busca de la Hostia para darle comunión,
consiguió cambiarme el libro por otro y heme
aquí que cuando me di cuenta lloré largamente, por haber
perdido ocasión de demostrarle que aquellas letras y
aquella rúbrica en el libro musulmán habían sido escritas
por el mismísimo Fray Hernando de Talavera.
El inquisidor puso los ojos como platos.
—¿Estáis seguros de lo que decís? —quiso cerciorarse.
—Totalmente, don Diego, os juro ante Dios Nuestro
Señor que lo que os he contado es cierto. —Y se arrodilló
ante su superior—. Que el Señor Nuestro Dios me
castigue con el fuego eterno del infierno si os miento.
—Esta bien, levantaos —dijo el astuto inquisidor, al
que si bien aquella noticia le congratulaba grandemente,
antes de darla por veraz, habría de asegurar su certeza,
pues era acusación muy grave—. Cuando acabéis vuestros
quehaceres os espero en mi despacho —le ordenó.
Cuando don Diego se hubo marchado, una leve sonrisa
surcó el rostro de fray Bernardo, que si bien no sabía
de letras, la vida le había dotado de una inteligencia superior
a la de muchas personas ilustradas, entre las que ya
cabía contar al inquisidor. Bastaba coronar un último escalón
para que su superior, al que conocía sobradamente,
se tragase el engaño ideado y para lo cual había revisado
numerosos documentos que se hallaban entre los libros
de la capilla, documentos de la época en que Fray Hernando
dirigía, de hecho y pleno derecho, la Iglesia de
Granada.
Tal y como le ordenase el inquisidor, una hora más
tarde se presentó ante él.
—Pasad y sentaos, fray Bernardo; quiero que veáis
algo —dijo colocando delante de él cinco documentos
distintos—. ¿Qué veis? —preguntó.
—Señor, vos sabéis que no sé leer ni escribir, lo único
que os puedo decir es que esta —señaló con su mugriento
dedo— es la rúbrica que vi en el libro, aunque las letras
que aparecen encima en nada se parezcan a las que allí
había escritas. —Supo que el muy astuto había intentado
engañarlo.
Fue entonces que el inquisidor colocó sobre la mesa
otros documentos.
—Decidme, ¿qué veis ahora?
Nada más contemplar las letras de iguales formas que
había visto en multitud de documentos, supo reconocer
enseguida cuál había escrito Fray Hernando.
—Esta es, don Diego, esta es la letra que vi; sin
embargo no es esa la rúbrica que aparecía debajo de la
misma y sí la que antes os he dicho —aclaró con gran
satisfacción de su superior, incapaz por entonces de disimularla;
no así fray Bernardo, que aún satisfecho, en
nada dejaba apreciar su dicha por ser mucha su cara de
consternación.
—Os juro, don Diego, que no os miento, y que es
como os he dicho —dijo haciendo que sus ojos consiguieran
humedecerse.
—Os creo, fray Bernardo, pues a pesar de la duda que
en principio tuve sobre vos, siempre creí que debía existir
una justificación, pues nunca dudé de vuestra fidelidad
a mi persona y a la Santa Institución de la que formáis
parte. Nadie, excepto tú y yo, ha de saber nada de este
asunto, ¿lo entendéis? Ni siquiera cuando yo parta, como
sucederá dentro de unos días. Será a mi vuelta, cuando
sea nombrado oficialmente inquisidor de Granada, que
habré de llevar a ese hereje que os arrebató la prueba de
su perjurio ante el Santo Tribunal. Vos y yo lo veremos
arder en la hoguera. —Se mostró convencido.
—Llevadme con vos, mi señor, allí donde vayáis, os
lo ruego —dijo para darle confianza.
—No, mi buen amigo, vos habéis de quedaros aquí,
quiero que en mi ausencia seáis mis ojos y mis oídos, para
que a mi regreso sea yo vuestra boca y podamos llevar a
la hoguera a todos los impíos de esta infecta tierra que es
Granada.
Fray Bernardo se sintió satisfecho, pues una vez que
partiese don Diego, él gozaría de mayor libertad y podría
buscar la forma de salir de la ciudad sin levantar sospechas.
Aunque antes tenía una cuenta que saldar con Alonso
Benjumea, del que sea como fuere debía cuidarse,
por ser su poder mayor tras participar junto a su hijo Fernando,
y a las órdenes de Tendilla, en la persecución de
casi medio centenar de evadidos musulmanes acusados
de dar muerte al alguacil Velasco de Barrionuevo durante
el levantamiento del Albayzín.

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