Los Inquisidores de Granada

Los Inquisidores de Granada

Un Espacio gratuito destinado a los amantes de la lectura donde cada semana colgaremos un capítulo de esta novela.

Sinopsis.

Siete años después de la firma de las Capitulaciones de Santa Fe, cristianos nuevos y viejos, judíos conversos, moriscos y musulmanes conviven en una tensa paz que la aparición del Tribunal del Santo Oficio convertirá en hoguera de conjuras, traiciones, miedos, odios y venganzas. La orden dada por el arzobispo Cisneros y el inquisidor Diego Rodríguez Luzero de incautar y quemar todos los libros que en poder de la población musulmana sean considerados peligrosos para la fe y la moral cristianas detonará una larga cadena de acontecimientos imprevisibles.

El joven estudioso Amín Hamza, recién nombrado cadí de Granada, deberá enfrentar un sinfín de peligros para recuperar y proteger un Corán de extraordinario valor, codiciado por todas las partes y que se encuentra entre los libros expurgados de la Madraza. En sus aventuras contará con la ayuda del amor de su infancia, la arrojada y enigmática Sara, y la de su anciano y sabio maestro, Shakir Ben Amara. Pero también hallará nuevos aliados y amigos, entre los que figuran dos de los principales cristianos de la villa, y enconados enemigos, como la acaudalada familia morisca de los Benjumea de Loja.

De por medio: amores traicionados, falsas acusaciones, renegados de los dioses y los hombres, alzamientos en armas, espionaje, chantaje, asesinato, tortura y el comienzo de una genealogía bastarda que habrá de ser determinante en el futuro. Entre toda esta acumulación de grandes esperanzas y funestas ambiciones, ¿podrá Amín Hamza detener las incipientes Guerras del Libro?

Los Inquisidores de Granada, primera parte de la formidable novela río Las Guerras del Libro, supone un regreso a los relatos de aventuras con un entrañable aroma a las mejores lecturas de los grandes maestros del género, pero revestida de toda la fuerza y la acción trepidante de una crónica de actualidad. Narrada como el fresco de una época convulsa pronta a desaparecer, la historia planea sobre los personajes y lugares por los que transita, desviando su curso conforme avanza la trama, posando en los recodos y meandros a unos y transportando sin descanso hasta su desembocadura final a otros. La Hermandad de los Conversosy La enviada del Papa conforman la segunda y tercera entrega de esta trilogía, cuyo primer título inaugura la colección Profesor Lidenbrock.

III. EL CORÁN

Aquella mañana fray Bernardo se propuso llevar a
cabo su cometido aprovechando la ausencia del inquisidor
y del arzobispo Cisneros, que habían acudido a la
residencia que don Íñigo López de Mendoza, conde
de Tendilla y a la sazón alcaide de la Alhambra, tenía
fijada en el recinto de la vieja alcazaba, por lo que no le
sería difícil al fraile entrar en la sala donde se almacenaban
los libros requisados y comprobar si aquel Corán
se encontraba entre los mismos. Tenía tiempo de sobra,
pues había sabido que tanto el arzobispo como el
inquisidor acompañarían al conde en su desplazamiento
a Santa Fe, y que de allí no volverían hasta la mañana
siguiente. Accedió a la sala en que los libros se amontonaban,
sin causar sospecha alguna entre los guardias
que los custodiaban, por ser sobradamente conocido de
estos, y por haber participado activamente en la propia
confiscación de los volúmenes que ahora se esparcían de
cualquier manera por el suelo. Entre los libros, muy variados,
abundaban los de leyes, medicina, filosofía, poesía
o botánica. Tras mucho rebuscar halló el que buscaba por
destacar entre los demás, y del que Alonso Benjumea de
Loja le había proporcionado descripción tan exacta que
bien pareciera haberle pertenecido. Esperó el momento
propicio, y después de esconderlo entre los pliegues de
su mugriento y maloliente hábito, salió de allí para dirigirse
a la estancia en que se hallaba su dormitorio, y que
tenía como único mobiliario una cama, una banqueta y
una mesa sobre la que descansaban una vela, un tintero
con cálamo y varios trozos de pergamino de un palmo de
largo y poco menos de ancho, y que de nada habían de
servirle, pues fray Bernardo apenas conocía el arte de la
escritura.
Una vez en la habitación, echó la aldaba de su puerta
y sacó el valioso libro que habría de cambiar por completo
su vida, el libro que le permitiría dejar por y para
siempre aquel asqueroso habitáculo y otros similares en
los que había habitado, para lo cual había ideado un plan
que consistía en hacer creer al inquisidor que se hallaba
afectado de unas graves dolencias y que, temiendo por
su muerte, deseaba pasar los últimos meses de su vida
en la villa que le viese nacer rodeado de su familia. Era
la mejor manera de poder salir de Granada y dirigirse a
Valencia, donde embarcaría con destino a la isla de Cerdeña,
y de allí, a Nápoles, donde habría de disfrutar de
sus riquezas tras desprenderse de los hábitos y cambiar su
identidad de fraile por otra más provechosa.
Después de ocultar el libro entre las ropas de la cama,
en el hueco donde la noche anterior guardase la mitad
de su fortuna, salió de su aposento y se dirigió a un mesón
que llamaban De los Mercaderes, situado cerca de la
plaza de Bib-Rambla. Anduvo alegre hasta la Puerta de
Bibalmazán, junto a la muralla defensiva de la ciudad,
muy próximo al lugar en que se emplazaban los comercios
y talleres de carpinteros, cordoneros, pellejeros y también
zapateros. Miró en derredor, cerciorándose de que nadie
pudiera conocerlo, aunque resultase difícil por ser poco
el tiempo que llevaba en la ciudad. Entró en el establecimiento,
que era uno de los de mayor fama de toda Granada,
y pidió al mesonero una pierna de cordero con una
hogaza de pan y una jarra de vino, y no siendo bastante
para saciar su gula y teniendo mucho con lo que pagar,
volvió a repetir, llamando la atención de la concurrencia
que no daba crédito a la forma de engullir de aquel fraile
astroso y tragón. Después de pagar mostrando buena
bolsa salió del establecimiento y fue a su estancia para
echarse un momento, ya que las dos jarras de vino habían
conseguido agacharle la cabeza. Tumbado en el jergón
de paja se felicitó por su suerte, ya que en buena hora
había ido a parar a Granada tras recorrer gran parte de
Castilla pasando calamidades y mucha hambre, siendo
su oficio el de monje mendicante. La fortuna y su gran
fortaleza física hicieron que entrase como personal al servicio
de uno de los tribunales de la Santa Inquisición,
con la tarea de arrancar de los acusados una confesión
mediante tortura, algo que solía conseguir con notable
éxito, gozando desde temprano de gran fama y siendo en
consecuencia requerido por el mismísimo inquisidor general
de Castilla, don Diego de Deza, quien tiempo más
tarde le hizo trasladar a Córdoba para servir a las órdenes
de su protegido, Diego Rodríguez Luzero, que ahora era
su superior y al que había acompañado hasta allí para
formar parte del grupo con el que se proponía componer
el Tribunal en la ciudad. Este constaría de otros tres frailes
menores, que como él se turnarían para dar tormento
a los reos; un notario, que guardaría fiel registro de las
preguntas hechas a los apresados y sus correspondientes
respuestas; un fiscal acusador; un juez encargado de tasar
los bienes y posesiones confiscadas a los pobres diablos
acusados de herejía; y un teólogo, además de dos jueces
letrados. Hacía poco que esta hueste había comenzado
a desembarcar en la ciudad, siendo muchos en número
para poder ser albergados en el palacio, por lo que se les
habían dado alojamiento en una de las casas alquiladas
por el Santo Oficio en la calle Ilbira, situada a escasos
metros de la que habría de servir de vivienda al alcaide
recién incorporado, y de la casa principal en que quedaría
instalado el Tribunal y sus dependencias.
A pesar de haber mejorado su vida, esta en nada se
podía comparar a la que soñaba una vez abandonase el
clero, alejado de aquella tierra inmunda e infecta de musulmanes,
moriscos y judíos, para cuando se trasladase
lejos de allí, cruzando el mar, fuera del alcance del único
hombre que podía impedírselo, el inquisidor de Granada.
El sueño le venció y un fuerte dolor tabernario se
apoderó de la cabeza del beodo Bernardo, quien nada
más despertarse dióse cuenta que hacía rato había anochecido,
por lo que sin perder un instante se levantó del
jergón en el que había estado postrado varias horas y,
cogiendo el valioso libro, lo lio cuidadosamente en un
paño y salió a toda prisa.
Yo había procurado acabar con mis tareas pendientes
durante la mañana, algo que había podido conseguir gracias
a la ayuda proporcionada por los ulemas convocados,
con los que había dilucidado algunas cuestiones de difícil
resolución; creía haber sido justo a la hora de aplicar la
ley en dos sentencias que por su complejidad me habían
traído horribles dolores de cabeza. Seguía dándole vueltas
al asunto que la pasada noche me había impedido
dormir, por lo que buscando consejo me dirigí a casa de
mi maestro, a quien encontré en el huerto donde preparaba
el semillero en el que debía criar las plantas que en
febrero trasladaría a las paratas y en cuyas medianeras
hibernaban esperando la llegada de la primavera: higueras,
naranjos, granados y albaricoqueros entre los que
florecerían alelíes, rosales, madreselvas y jazmines que
darían colorido al huerto e inundarían con su fragancia
las templadas tardes del verano granadino. Siempre que
iba, me gustaba ver aquellas plantas, pues había sido yo el
que había ayudado a mi maestro a plantarlas.
Busqué con la mirada a Sara pero no la encontré.
—Que Alá le bendiga, maestro —dije al llegar, alegrándome
de verlo tan recuperado de sus dolencias.
—Y que a ti te premie por tus desvelos, pues grandes
deben ser para que anoche rechazases la invitación
que Sara te hiciese y que, creyendo que fuese un desaire,
debió importunarle de tal manera que viéndote llegar
ha marchado diligente por aquella puerta —señaló con
júbilo el alfaquí hacia el lugar dónde su hija se encontraba—
para no cruzarse contigo —añadió sonriendo sin
mostrar disimulo.
—No fue mi intención que viese menosprecio a su
cumplido ofrecimiento. Os prometo que en cuanto pueda
hablar con ella intentaré deshacer el entuerto.
—Bien sé yo que no ha sido tal el desprecio, y que
sin tener que hacerlo, te prestarás a repararlo, pues te
conozco y sé que, si ayer actuaste de esa manera, razones
habría para ello. Sin embargo, no es ese el motivo que
ensombrece tu rostro y que te ha traído a mi casa, ¿me
equivoco, Amín?
—Estáis en lo cierto, maestro —le contesté mostrando
mi preocupación a la hora de contar lo sucedido, no
obviando detalle alguno, por resultar conveniente que él,
como hombre sabio que era, pudiera darme algún acertado
consejo que yo acogería de buen grado.
—He de confesarte que he subestimado a Alonso
Benjumea —dijo luego de escuchar los hechos que le
contase.
—¿Qué pensáis que debo hacer? —me interesé, pues
no hallaba solución al enigma si no matando al fraile,
algo que nunca haría por ser hombre de leyes y no de
armas.
—Sin lugar a dudas hacernos con el Corán antes
de que caiga en manos del converso Alonso Benjumea
de Loja. Si me preguntas cómo, he de decirte, amigo
mío, que aún no lo he pensado, y que tan sólo sé que
es nuestro deber recuperarlo. Ahora bien, no sería malo
que mientras yo le doy vueltas a la cabeza y pienso cómo
actuar, tú te acercases al pozo y ayudases a Sara con la
carga de unos cántaros, pues teniendo dos problemas que
enfrentar, se hace conveniente solucionar el más factible,
y así poder centrar todo nuestro empeño en el siguiente
—concluyó sonriendo nuevamente.
Atravesé el huerto y me dirigí a un pequeño patio
donde se hallaba la noria que tirada por un burro subía
el agua a la alberca. Las muchas lluvias del invierno y la
poca necesidad de agua habían hecho que la balsa estuviese
llena y que el burro descansara con placidez dentro
de la cuadra que compartía con media docena de gallinas,
dos patos y una cabra, a la que Sara ordeñaba cuando
yo llegué. Feliz de volver a verla, supuse que tan grata
coincidencia había sido un ardid de mi maestro para hacerme
ir adonde su hija, pues al alcanzar el lugar en que
los cántaros se hallaban, estos se encontraban vacíos. Me
fijé en la fina estampa de aquella joven de piel aceitunada,
rasgos delicados y ojos almendrados y claros, que
cambiaban del gris verdoso al azulado conforme incidía
en ellos la luz del día. Aquellos dos luceros protegidos
por la sombra de unas larguísimas pestañas vencidas hacia
arriba, que no se dieron cuenta de mi presencia, haciendo
que pudiera deleitarme con su rostro como jamás,
por rubor o vergüenza, había hecho antes. Destacaban
sus labios anchos, bien dibujados, que parecían haber
sido fabricados con el más rojo coral, guardianes de unos
dientes pequeños y bien formados de color marfil, que
asomaban cuando su boca risueña los apartaba, lo que
ocurría muy a menudo, pues era Sara una mujer alegre,
divertida y muy espontánea. Su piel era suave y fina y sus
tersas mejillas de un vivo color carmín; su pequeña nariz,
más bien ancha que afilada, resultaba de gran belleza. El
pelo de color azabache, que solía llevar recogido, caía en
tirabuzones hasta mitad de la espalda. Un suspiró salido
de lo más profundo de mi ser la hizo volverse y ponerse
en pie. Sus ojos chispeantes me miraron, mientras yo,
confundido y azorado, no pude apartar la vista de su
cuerpo, de sus senos jóvenes y firmes, de sus caderas algo
anchas que acentuaban sus sugerentes curvas, de aquellos
brazos delgados que en multitud de sueños me habían
abrazado, de aquellas largas piernas que tantas veces había
deseado apartar para introducirme como un ladrón en
aquel cuerpo opresor que me hacía enloquecer. Se acercó
y me sonrió, y pareció gozar adivinando mis libidinosos
deseos; su sensualidad casi feroz confería a su expresión
un carácter único.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
Su voz emergió mágica en el silencio, haciendo que
volviese a la realidad, sesgando el misterio que escondían
mis anhelos, rompiendo el hechizo de mi soñar despierto,
pero nunca el embrujo con que esa mujer iluminaba
todos mis desvelos. Azorado al notar el intenso aroma de
flores de azahar de su cuerpo no pude por menos de ocultar,
una vez más, mis inconfesables e íntimos deseos.
—Tengo entendido que andas enfadada conmigo
y no existe razón para ello, pues de buena gana habría
compartido vuestra mesa si la obligación lo hubiese permitido.
Te ruego que si en algo hube de herirte, tengas a
bien perdonarme, por no haber en mi intención alguna
de hacerte un desaire y sí el deseo de compartir esa cena
contigo —acababa de decir esto, cuando de improviso
apareció Shakir antes de que Sara contestase.
—Debemos apremiar, Amín; ¡creo que he encontrado
la solución! Ahora, ven conmigo —dijo sin que pudiese
despedirme de Sara como era mi intención.
Entramos en la vivienda y se dirigió a un estante repleto
de libros; de allí cogió tres volúmenes de similares
dimensiones que luego sopesó. Cuando finalmente
se decidió por uno, lo lio en un trozo de cuero y me lo
entregó.
—Guárdalo entre tus ropas y acelera el paso, pues no
hay tiempo que perder.
Emprendimos la bajada del Albayzín y nos dirigimos
a la casa del Santo Alfaquí, que, según me dijo, era una
vez más el hombre al que debíamos acudir para reclamar
auxilio. El cambio que se había producido en sus piernas
resultaba prodigioso, pues no en vano me costaba coger
su paso. Cuando llegamos a su morada, un miembro de
la guardia de Fray Hernando salió a nuestro encuentro e
inquirió nuestros propósitos. Dije mi nombre y mi cargo
por ser conveniente que el encuentro pasase por asunto
oficial, y aquel entró a dar parte y recabar respuesta
del arzobispo. Al cabo vimos salir al guardia, que nos
pidió amablemente que lo acompañásemos hasta la sala
en la que nuestro interlocutor nos daría audiencia. Tras
saludarnos de forma afectiva con Fray Hernando, fue mi
maestro quien explicó a qué se debía nuestra visita y las
sospechas que albergábamos.
Anduvimos a la carrera hasta el palacio episcopal,
del que fray Bernardo aún no había salido. Mientras el
Santo Alfaquí disimulaba la espera entretenido con las
plantas que durante años él mismo cuidara, yo aguardaba
sin perder de vista el lugar por el que el fraile había de
salir. Una vez lo hiciese, yo debía dar aviso a Fray Hernando,
que por más señas que de su fisonomía le diera,
no recordaba a la persona que aguardábamos, por lo que
me vi en la obligación de acompañarlo como si de uno
de sus guardias se tratase, ordenando que me colocasen
unos ropajes que lejos de encontrar ridículos, me hacían
sentir gallardo y altanero No podía dejar de imaginar la
grata impresión que hubiese causado en Sara de haberme
visto.
Cuando finalmente vi al fraile, hice la seña convenida.
Al llegar al patio central del edificio, Fray Hernando
salió a su paso de improviso, haciéndose el encontradizo.
—Señor. —Y el fraile agachó su orondo cuerpo, cogió
la mano del arzobispo y besó su anillo en señal de
sumisión y respeto.
—¿Como os llamáis, hermano?
—Fray Bernardo de Almagro, mi señor.
—¿Sois natural de tan extraordinaria villa? —preguntó
el arzobispo por entablar conversación y dar confianza
al fraile ladrón, pues en su cara se adivinaba que
era un tipo hosco y receloso.
—Nacido y criado en ella, mi señor, hasta que Dios
me llamase e hiciese fraile mendicante; y sí, como bien
decís, Almagro es un lugar extraordinario y que añoro
grandemente, y al que mi gastado cuerpo desearía volver
para su definitivo descanso, pues siento la muerte acechante y hasta en sueños escucho voces celestiales que
parecen llamarme —se aturullaba en explicaciones fray
Bernardo.
—Lamento que os halléis mal de salud, aunque por
vuestro aspecto no se aprecie; sin embargo, si pedís permiso
a vuestro superior, siendo justo y por causa mayor,
habrá de concedéroslo, por lo que podréis volver a vuestra
tierra, si es deseo de vuestra alma, y según decís, también
necesidad de vuestro cuerpo. No obstante, si por cualquier
causa, precisáis mi ayuda, no dudéis en solicitarla,
que gustoso habré de hacer las gestiones que en vuestro
favor necesitéis.
—Gracias, mi señor. —Y volvió a besar su anillo,
satisfecho de cómo rodaban las cosas. Era evidente que
la fortuna se había aliado con su persona y que en caso
de dificultad iba a poder echar mano de la ayuda que le
ofrecía Fray Hernando.
—¿Sabéis cuándo ha de tornar el arzobispo Cisneros?
—se interesó Fray Hernando.
—Mañana, mi señor, pues salió al mediodía de Granada
con el conde de Tendilla y don Diego Rodríguez,
mi superior e inquisidor de esta villa, para ir a Santa Fe,
donde harán noche, por lo que no regresarán hasta que
amanezca de nuevo.
—¡Qué terrible contrariedad! —dijo quejumbroso
Fray Hernando.
—¿Os sucede algo, mi señor? Si me lo decís, quizás
yo pueda serviros —se ofreció fray Bernardo, más por
obligación que por deseo propio.
Fray Hernando miró al fraile con atención, observó
sus manos unidas y tapadas rodeando su barriga. Aunque
se mostraba disimulado, se percató de que fray Bernardo escondía algo bajo las anchas mangas de su roñosa
túnica.
—Necesito confesión, hermano —anunció apesadumbrado.
Fray Bernardo lo miró atónito.
—Pero señor, yo soy un simple fraile y vos…
—Y yo un simple arzobispo, hermano mío —dijo
sin dejar que acabase la excusa; y tomándolo del brazo
y aguantando la pestilencia que de su cuerpo emanaba,
añadió—, pero también un hombre al fin y al cabo, un
hombre como vos, que necesita en estos precisos momentos
de vuestros servicios para reconfortar su alma.
Obligado por la situación se dirigieron a la capilla; yo
los seguía unos pasos más atrás. Fray Bernardo se sentía
satisfecho por el honor que suponía conocer los pecados
de un arzobispo, y por el placer que le reportaría contarlos.
No todos los días le pedía confesión un hombre de
tanta importancia, y al que en caso de necesidad poder
acudir presto por así haberse ofrecido. Nada más llegar
a la capilla y ver al arzobispo postrado, soltó el hatillo en
que envolvía el Corán y lo colocó sobre una banqueta que
tenía a su lado, que desde donde yo me encontraba no
perdía de vista, como tampoco lo hacía Fray Hernando,
mientras daba comienzo la confesión. Después de largo
rato hablando y tras otorgar su absolución y dejar a Fray
Hernando cumpliendo su penitencia, fray Bernardo se
dirigió con premura hasta una pequeña hornacina situada
en el altar, donde se guardaba el Cuerpo de Cristo que
daría a Fray Hernando para el perdón definitivo de sus
pecados. Era evidente que precisaba acabar pronto, por
lo que viendo yo que Fray Hernando no tendría tiempo
suficiente para llevar a cabo la misión, pues era mucha la
prisa que fray Bernardo se daba, no pude por menos de
acercarme y pedir igualmente confesión.
—Mañana, muchacho, venid mañana —me dijo
molesto ante mi petición.
—Disculpadme, padre, pero son muchos los pecados
que he cometido y no quisiera que por cualquier fatalidad
muriese sin haber rendido cuentas ante Dios Nuestro
Señor —le decía mientras me agarraba a sus hábitos.
—El Señor no lo permitirá, pues ha visto en tu acción
el deseo de arrepentimiento por los pecados cometidos
—dijo deseoso de acabar cuanto antes—. Acércate
mañana que con gusto habré de ser tu confesor —intentaba
convencerme, susurrando para que su negativa no
llegase a oídos de mi cómplice, que en esos momentos
se levantaba del reclinatorio y se dirigía al lugar en el que
nos hallábamos.
Yo, por mi parte, al saber que Fray Hernando había
cumplido el encargo, acepté de buena gana la propuesta
que me hiciese el confesor y que no habría de cumplir, ni
tampoco echar en falta. Después de que Fray Hernando
tomase la hostia de los negros dedos del fraile, salimos
presurosos del lugar, tanto o más que fray Bernardo, al
que desde el interior del carruaje en el que Shakir nos había
estado esperando, vimos abandonar el palacio arzobispal
con paso acelerado. En su mano era fácil apreciar
el hatillo con el falso libro.

IV. LOS LÍMITES DE LA CODICIA

En la casa de Alonso Benjumea de Loja cundía el
desasosiego, pues siendo la hora acordada, fray Bernardo
aún no había dado señales de vida. Fernando observaba
a su padre deambulando de un lado a otro por la amplia
sala, sin atreverse a decir nada, por conocerlo bien y
también sus cambios de humor. Sabía que por dentro le
hervía la sangre, y que de no llegar el fraile, sería mejor
apartarse de su camino para evitar las consecuencias que
a buen seguro tendría que aquel incumpliese el acuerdo
y no se presentase. Fernando, arrogante y único hijo de
Alonso Benjumea, era un muchacho de buena planta;
alto, moreno, de ojos negros y grandes cejas, nariz larga,
labios finos y mentón en punta, que pese a encontrarse
a las puertas de cumplir los veinte años, mostraba poca
personalidad, al menos delante de su padre, quien jamás
le había dejado tomar decisiones propias ni contravenir
ninguno de sus mandatos.
Cuando por fin un criado anunció la llegada del fraile,
Alonso Benjumea, al igual que Fernando, pareció relajarse,
más aún al ver el hatillo que fray Bernardo aferraba
con su manaza y que no habría de soltar hasta que no
viese la parte del dinero que faltaba, pues antes habrían
de cortarle la mano. Los tres hombres se mantuvieron en
silencio un instante, saboreando las mieles del éxito, el
uno deseoso de tener en sus manos la bolsa de monedas
doradas y los otros por contemplar el Libro Sagrado con
el que habrían de cumplir su sueño y que habría de otorgarles
mayor poder y riquezas.
—Entregádmelo —ordenó autoritario Alonso Benjumea.
—No habré de hacerlo hasta no ver encima de esta
mesa el dinero que tenemos pactado —dejó claro el grasiento
fraile.
—Mañana lo tendréis; hoy no he podido reunirlo
por ser mucha la cantidad que me pedís.
—Entonces, amigo mío, será también mañana cuando
yo os haga entrega del libro.
Al momento, padre e hijo sacaron sus espadas y rodearon
al fraile, al que la manera de actuar de ambos dejó
sorprendido.
—No habréis de salir vivo de aquí si de inmediato no
me lo entregáis —amenazó Alonso Benjumea, colocando
la punta de su acero en el pescuezo del fraile, quien,
de inmediato y sin objeción, le entregó el libro.
Mientras Alonso colocaba el hatillo sobre la mesa y
desenvolvía el paño, Fernando marcaba a fray Bernardo
con su espada, deseoso de que el maloliente fraile hiciese
un mal movimiento para atravesarlo. Algo que en cualquier
caso harían padre e hijo una vez comprobado que
era su Corán lo que el fraile llevaba envuelto en el paño,
pues así lo habían previsto con antelación.
—¿Que artimaña es ésta? —se mostró colérico al ver
ante sí un libro distinto del Corán esperado.
Echando nuevamente mano a su espada se dirigió a
fray Bernardo que, con gran asombro, vio que el libro del
que había hecho entrega en nada se correspondía, salvo
en el tamaño, con el que llevaba originalmente guardado
en la tela. Comprendió entonces qué había sucedido.
Viéndoles de esta manera, bien podía decirse que el engaño
que Fray Hernando pergeñase contra él le había
servido para salvar su propia vida.
—¿Me creíais estúpido? ¿Pensabais que un aprendiz
de marrullero como vos podría engañarme? ¡Maldito
hereje! —dijo el fraile con gran arrebato, dejando boquiabiertos
a sus adversarios, quienes no esperaban aquel
proceder—. Sabed que ese libro está a buen recaudo en
mi poder junto al dinero que vos me entregasteis y junto
a una carta en la que por si algo me pasara, muestro
mi arrepentimiento, cuento vuestra proposición, y cedo
esos dineros al Santo Oficio ante el que habréis de dar
cuenta.
—¡Vas a morir fraile reventón! —amenazó Fernando
levantando su espada.
—¡Quieto, estúpido! —gritó Alonso al ver lo que su
hijo se proponía hacer, sin evaluar las terribles consecuencias
que su acción traería consigo.
Después del sobresalto, Alonso y fray Bernardo
permanecieron unos instantes sosteniéndose la mirada,
mientras Fernando, sin saber qué hacer, pues era hombre
de poco pensar y sí de mucho arrebato, envainaba su
espada como su padre ordenase y se mantenía pendiente
de los movimientos del fraile.
—Está bien, mañana dispondréis de vuestro dinero.
—¿No pensaréis que voy a volver aquí para que cuando
os lo haya entregado podáis matarme como a un cerdo
en porqueriza?
—Disponed vos el sitio y yo acudiré. Esta vez podéis
fiaros; os prometo que tendréis vuestro dinero. Juradme
también que tendré yo ese libro. Y os ruego, fray Bernardo,
que tengáis a bien olvidar lo aquí sucedido.
—Me hallaréis en la capilla de palacio —dijo para
asombro de Alonso Benjumea, que se arrepentía ya del
enorme error cometido y que había de complicar las cosas
en gran medida.
—Está bien, allí estaré.
Aquella noche, el fraile volvió a palacio por entre las
callejas envuelto en una oscuridad sin luna, con el miedo
metido en el cuerpo y agradecido al cielo por haberse
librado esta vez de una muerte más que segura… si la
fortuna, como nuevamente sucediera, no se hubiese aliado
con él.
Shakir y yo regresamos a su casa llenos de gozo y de
dicha por haber recuperado el Sagrado Corán. Recorrimos
alegres las calles del Albayzín y entramos en la mezquita
donde dimos gracias a Alá el Supremo Soberano
por habernos recompensado tan grandemente, evitando
que nuestros hermanos, al enterarse del latrocinio cometido
por el arzobispo Cisneros en nombre de la cristiandad,
se levantasen en armas contra los cristianos, provocando
una guerra santa de trágicas consecuencias y que a
buen seguro habría de traspasar las fronteras de Castilla
llegando a los pueblos musulmanes del otro lado del mar.
Esta vez sí acepté de buen grado el agasajo con que quiso
cumplimentarnos Sara, que con gusto había olvidado su
enfado conmigo. Fue entonces que le conté qué era lo
que me había hecho salir tan aprisa de su casa la noche
anterior, para luego ser su padre, quien, tras mostrarle el
Libro Santo, le contase con todo lujo de detalles lo suce
dido. Reímos, vi a mi viejo maestro feliz, también yo lo
estaba, constaté cómo nos miraba, me sonrió, en sus ojos
había gratitud. No era menos que la que yo sentía por él.
Poco faltaba para que el muecín anunciase la plegaria
del alba cuando se presentó en la capilla del palacio
arzobispal, cuyo acceso daba a la calle, por estar esta
abierta para el culto de las gentes de Granada, Alonso
Benjumea. A pesar de ir ricamente vestido, su aspecto
era demacrado, pues bajo sus ojos eran patentes las grandes
ojeras oscuras producidas por el cansancio, que bien
hacían pensar que no había conciliado el sueño en toda
la noche.
—Venís a confesaros —dijo el fraile cerrando la
puerta del santo lugar y recordando la última confesión
que llevase a cabo en aquel mismo sitio, el día anterior,
con el sagaz Fray Hernando de Talavera.
El morisco, con paso cansino, se acercó a él. Alonso
Benjumea apretó los puños al sentir tamaña humillación
en manos de un plebeyo vestido con hábitos de fraile, al
que, cuando todo acabase, había jurado ensartar con su
espada, despedazar su cuerpo y echar este a los perros,
que bien tendrían dónde comer. Desabrochó su capa y
desató de su cinturón los dos sacos de monedas de oro
que llevaba atados y que le dificultaban el andar debido a
los muchos años, el mucho peso y a que debía mantener
la compostura para no delatarse.
—Aquí tenéis —dijo entregándole las monedas.
—¿Conocéis el Mesón de los Mercaderes? —preguntó
el fraile.
Alonso Benjumea hizo un gesto afirmativo con la ca-
beza, no sabiendo a qué se debía aquella pregunta.
—Esperadme allí, al ocaso.
—Juro por Dios que no habré de esperar más; entregadme
el libro aquí y ahora —solicitó el morisco con los
ojos inyectados en sangre—; dádmelo o no saldréis vivo
de aquí —añadió amenazante.
—No pensaréis que soy tan iluso de tenerlo aquí
conmigo, lejos de gente que me auxilie, ¿creéis, maldito
conspirador, que he olvidado que ayer intentasteis enga-
ñarme y matarme?
—Maldito por cien veces seáis, si intentáis jugármela
otra vez, juro que habré de mataros —volvió a amenazar,
sin saber a lo que se exponía.
El fraile, pillando de improviso a Alonso Benjumea,
lanzó su enorme mano hacia el cuello del morisco, hasta
aprisionarlo con sus forzudos y negros dedos.
—Os sorprendería saber las decenas de pescuezos
que estas manos han hecho crujir —dijo mientras apretaba
y veía como Alonso intentaba con sus dos manos
romper la presa que lo asfixiaba, mientras su rostro se
amorataba—. ¡Y no volváis a amenazarme! —repitió, a la
vez que lanzaba de un fuerte empellón al morisco contra
la pared—. Ahora soy yo el que pone las condiciones. Si
os conviene, haced lo que os he dicho; y si no, perdeos de
mi vista antes de que os mate. Y ahora volved por donde
habéis venido. Este dinero —dijo mostrando una amplia
sonrisa—, entendedlo como justo pago a vuestros enga-
ños, la penitencia que habréis de pagar por haber sido un
falsario para con este siervo del Señor.
—Está bien, vos ganáis, que sea como disponéis —
contestó palpándose la dolorida garganta mientras abría
la puerta y se disponía a salir de la capilla buscando el aire
fresco de la calle.
—Id solo; y si vuelvo a sufrir otra marrullería de vuestra
parte, jamás veréis ese libro y haré que os quemen en
la hoguera por hereje —en esta ocasión, el que amenazaba
era el fraile.
Cuando el morisco se hubo marchado, el fraile guardó
bajo sus vestimentas los caudales y se dispuso a esconderlos
bajo el jergón en el que se hallaban los restantes.
Subió hasta su aposento. Al ver aquella fortuna, la codicia
se desató en su interior, se sintió poderoso, supo que
ya no necesitaba el libro que le sustrajera Fray Hernando
para aumentarla, aunque tampoco descartaba tenerlo; no
en vano sabía dónde se encontraba. Ahora era menester
no cometer error alguno, pues ya había comprobado el
espíritu traicionero de aquel detestable moro, que si bien
disimulaba por fuera y aparentaba cristiandad, por dentro
aborrecía de esta y comulgaba con la fe de los suyos. Ardería
en la hoguera, no sin antes aligerar su hacienda, se
dijo a sí mismo convencido. Les echó una última ojeada
antes de tapar los dineros. Era consciente de que aquel
no era lugar para que tan gran fortuna durmiera, por lo
que debía buscar escondrijo más seguro y que no pudiera
comprometerlo si por un casual alguien registraba su
cuarto o, incluso, en un arrebato, el morisco lo acusaba.
Esa misma noche llevaría su fortuna a mejor plaza.
Por la tarde, cuando el inquisidor regresó de su viaje
a Santa Fe, hizo llamar a fray Bernardo.
—¿Me habéis mandado llamar, don Diego?
—Así es. El arzobispo me ha informado que al parecer
Fray Hernando de Talavera ha estado con vos en la
capilla durante nuestra ausencia. Quiero que me aclaréis
a qué ocurrencia fue debida tan inesperada visita.
—No era a mí a quien buscaba, don Diego, sino al
propio arzobispo Cisneros —contestó fray Bernardo
ante la mirada de incredulidad del inquisidor, que no
hacía por creer que aquella visita estando ellos ausentes
hubiese sido casual.
—¿Sabéis qué quería?
—Confesarse con el arzobispo, don Diego, al menos
eso me comunicó.
Al oír la respuesta, el inquisidor se mostró escéptico,
no creyendo que fuese aquella razón verdadera.
—Según los guardias, fue mucho el rato que empleó
con vos en la capilla. Aclarádmelo, os lo ruego —solicitó
con intencionada amabilidad.
—Así fue, don Diego. Estaba muy afligido. Puedo
afirmarlo por así haberlo comprobado yo mismo, permaneciendo
durante largo rato postrado de rodillas, orando
—mintió el fraile.
El inquisidor se mostró sorprendido y más escéptico.
—¿Ha venido alguien más en mi ausencia?
—Ha venido mucha gente, don Diego; la mayoría
cristianos nuevos, a los que por sus hechuras son fáciles
de distinguir del verdadero cristiano y que como sabéis se
dejan ver por esta capilla para así aparentar la cristiandad
que no tienen —argumentó para hacer más creíble su
versión de los hechos.
—Un gran mal que habremos de solventar con la
ayuda del Altísimo. Retiraos, fray Bernardo, y cuando
escuchéis las campanas tocar sexta, volved aquí, pues
habréis de acompañarme.
Cuando fray Bernardo abandonó la estancia, tuvo
claro que debía ser muy cuidadoso en sus movimientos,
pues eran muchos los ojos al servicio de su superior, y
más si cabe al del arzobispo Cisneros. Ambos eran perros
viejos y hombres precavidos, disponían además de espías
dentro y fuera de la casa. Por fortuna, nadie excepto el
guardia del arzobispo le había visto oficiar la confesión.
A pesar de no llevar demasiado tiempo con el inquisidor
Rodríguez Luzero, conocía bien a su superior, y sabía lo
peligroso que podía llegar a ser si tenía la más mínima
sospecha hacia su persona. Por el momento había salvado
la situación, sin embargo no debía confiarse. Ahora sí que
debía sacar cuanto antes su tesoro del lugar en que se hallaba
para esconderlo de inmediato en lugar más seguro.
Una vez que la campana hubo anunciado sexta, salió
en compañía del inquisidor y media docena de guardias,
dirigiéndose a unas casas que la Inquisición había
alquilado en Ilbira, donde se pretendía habilitar una de
las cárceles que el Santo Oficio habría de establecer en
Granada. Recorrieron las dependencias que habían sido
prevenidas como vivienda del personal y del alcaide de
la prisión, accedieron a unos sótanos donde se estaban
realizando las obras que convertirían aquel espacio en
una cárcel, y en la que unos herreros colocaban rejas a tal
efecto. Atravesaron un pasillo para luego llegar a una sala
grande, donde unos carpinteros colocaban las mesas tras
las que el tribunal se sentaría.
—Quiero que seáis vos el que se haga cargo de colocar
convenientemente los instrumentos de tortura que
irán llegando en los próximos días —dijo el inquisidor a
fray Bernardo.
—Comenzaré los preparativos de inmediato, esta
misma noche, si vos no tenéis inconveniente, mi se-
ñor. No imagináis las ganas que tengo de serviros para
que ajusticiéis a tanto hereje enemigo de Nuestro Señor
como hay en esta ciudad. —Fray Bernardo vio brillar los
ojos de su superior; conocía los deseos del sádico inquisidor
de comenzar a quemar en la hoguera a aquel del que
albergara la más mínima sospecha de ser contrario a los
preceptos de la verdadera fe.
—Que así sea —contestó el inquisidor satisfecho por
el ofrecimiento, desconociendo lo que realmente escondía
aquella propuesta.
A la hora convenida, fray Bernardo llegó al Mesón
de los Mercaderes, donde Alonso Benjumea le esperaba
impaciente desde hacía un buen rato, sin dar por seguro
que el fraile cumpliese con su parte del trato. Al verlo llegar,
se fijó en sus mangas, por las que se entreveía un bulto
que imaginaba con forma de libro, lo que le trajo un
atisbo de tranquilidad, dando por hecho que aquel era el
deseado Corán que tanto sufrimiento le había reportado,
mermando considerablemente su hacienda, pero congratulándose
al saber la inmensa fortuna que obtendría una
vez que fuese suyo. Sin mediar saludo, vio como el fraile,
sentándose frente a él en la mesa, sacaba el libro que escondía
entre las mangas y lo colocaba encima del tablero,
provocando gran espanto en la cara de Alonso Benjumea
al darse cuenta de lo que tenía delante.
Los ojos del morisco no daban crédito a lo que veía.
—¿Que pretendéis, lerdo?
—Que paguéis lo que de verdad vale el libro que tanto
deseáis —contestó el fraile.
—Ya os he pagado la totalidad de lo pactado.
—Nunca debisteis tratar de engañarme; ahora, si lo
queréis, habréis de desembolsar otra parte igual a la que
ya me habéis entregado o, de lo contrario, jamás tendréis
ese libro… y sí la llama de la hoguera muy cerca de vuestra
asquerosa carne.
»Aquí tenéis, don Alonso, la Biblia que me habíais
pedido —dijo alzando la voz para que pudiera ser escuchado
antes de dar media vuelta y salir del establecimiento
ante la sorpresa del ávido mesonero, que ya se
acercaba a la mesa y veía en sus manos los buenos dineros
que el fraile hambrón iba a dejar tras zamparse la estupenda
fuente de cochinillo recién asado que se proponía
ofrecerle.
Alonso Benjumea miró la Biblia y maldijo entre
dientes al Dios de los cristianos y al maldito fraile, al que
se juró que haría degollar, no sólo porque con aquellos
dineros que habría de entregarle llevase encima la mitad
de su hacienda, sino porque de no hacerlo sería capaz de
acusarlo de herejía ante el Tribunal de la Inquisición, del
que el pérfido y puerco fraile era parte integrante. Aún
así, tembló al pensar lo que aquellas enormes manos podrían
hacerle.
Esa noche, fray Bernardo trasladó el oro hasta el lugar
que habría de convertirse en sala de tormentos, una
vez quedasen instalados la garrucha, el potro, el aplastacabezas,
el collar de púas y la rueda, entre otras máquinas
de tortura con las que no sería difícil sacar confesión al
reo, al que la mayoría de las veces con sólo verlas se le
aflojaba tanto la lengua que era capaz de arrastrar a la
hoguera a su familia y a la del vecino, incluyendo a sus
muertos. Empujó la mesa que ese mismo día había visto
colocar al carpintero, cogió un cuchillo y rasgó la masa
que rodeaba una de las losas, la levantó, hizo el hueco
que precisaba e introdujo sus riquezas antes de colocar la
losa nuevamente y disimular el engaño poniendo encima
la gruesa mesa, que pocos sin su fuerza serían capaces de
mover.

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