GAYA BOTÁNICA, por José Biedma López

Abejorro carpintero (Xylocopa violacea) libando en flores de zarzamora.
Abejorro carpintero (Xylocopa violacea) libando en flores de zarzamora.

A la memoria del poeta Miguel Heredia Mesa

GAYA BOTÁNICA, por José Biedma López

Por no aburrirse, Marcelo contempla por la ventana una planta preciosa y se pregunta si por un azar providencial vendrá el improbable insecto a visitar el pistilo ofrecido y desdeñado. La espera de la flor femenina –reflexiona- no es menos pasiva que la de la flor macho, cuyos estambres se han apartado espontáneamente para que el insecto pueda recibirla mejor; de la misma manera, la flor hembra, si el insecto viene, arqueará coquetonamente sus “estilos”, y para que la penetre mejor, le hará imperceptiblemente, como una jovenzuela hipócrita pero ardiente, la mitad del camino.

Parafraseo esa descripción, que no es de un botánico, sino de Marcel Proust (1871-1922), del principio del cuarto volumen de En busca del tiempo perdido, intitulado Sodoma y Gomorra (Alianza editorial), monumental novela inacabada y publicada entre 1913 y 1927. La conclusión del escritor francés es que las leyes del mundo vegetal están regidas a su vez por leyes más altas… “Si para fecundar una flor se requiere generalmente la visita de un insecto, es decir, el transporte de una semilla de una flor a otra, es porque la autofecundación, la fecundación de la flor por ella misma, como los matrimonios repetidos en una misma familia, determinaría la degeneración y la esterilidad, mientras que el crecimiento operado por los insectos da a las generaciones siguientes de la misma especie el vigor que no tuvieron sus mayores. Pero este impulso puede resultar excesivo, puede desarrollarse la especie desmesuradamente; entonces, como una antitoxina defiende de la enfermedad, como el tiroides detiene nuestra obesidad, como la derrota castiga nuestro orgullo, la fatiga el placer, y como el sueño nos descansa a la vez de la fatiga, así un acto excepcional de autofecundación viene en el momento oportuno a apretar el tornillo, a echar el freno, a hacer que vuelva a la norma la flor que se había salido demasiado de ella”.

Es difícil encontrar un discurso que encarne mejor el valor de consiliencia cultural que nosotros defendemos, es decir que case tan expresivamente la observación naturalista y científica con el discurso estético y moral; las ciencias, con las letras. Lo sorprendente del texto proustiano, a parte de su estilo inconfundible, rococó y saint-simoniano, es que usará el tema de las flores, en brillante y sensible analogía, para un foro singular: el lance homosexual entre el barón de Charlus y el chalequero Jupien, que el escritor mira –mirón- tan extasiado como contempla la polinización de una orquídea…

En efecto, Jupien, abandonando el aire humilde levanta la cabeza en perfecta simetría con el barón, adopta un porte digno: “apoyaba con grotesca impertinencia el puño en la cadera, sacaba el trasero, tomaba posturas con la coquetería que hubiera podido tener la orquídea ante el moscardón providencialmente aparecido”. Sí, sin duda el espectáculo de cualquier amor, incluido por supuesto el gayo y clandestino, resulta emocionante. Y un mismo hombre, si se le mira con la intensidad analítica de la mirada proustiana, puede parecer sucesivamente hombre-pájaro, hombre-pez y hombre-insecto.

Al voyeur Proust, el cortejo de Juspien y Monsieur Charlus (cincuentó y tripón) le parece el de dos pájaros, macho y hembra, intentando el macho avanzar, no respondiendo ya la hembra –el más joven chalequero- con ninguna señal, pero mirando a su amigo sin extrañeza, con una fijeza atenta y turbadora, limitándose a alisarse las plumas, como dama que se atusa los cabellos. De la seguridad de haber conquistado, a hacerse perseguir y desear. Juspien hace como que se va a trabajar a su taller, pero se vuelve y mira significativamente un par de veces al barón, que se lanza a la captura de su presa (las metáforas de la caza son tan viejas como el dios Eros para representar sus lides). Y añade Proust que en el mismo momento en que Monsieur de Charlus cruzó la puerta silbando como un moscardón, otro de verdad entraba en el patio. “¿No sería el que la orquídea esperaba desde hacía tanto tiempo y que venía a traerle ese polen tan raro sin el cual continuaría virgen?

Proust nos deja claro que sin la menor pretensión científica de identificar ciertas leyes de la botánica con lo que se llama a veces homosexualidad (muy mal llamado según él), expiando aquel encuentro físico, el autor-voyeur llega a la conclusión de que hay una cosa tan estrepitosa como el dolor, ¡y es el placer!, sobre todo cuando va a acompañado de los cuidados inmediatos de la limpieza. Alude aquí Proust a la Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine, arzobispo de Génova, obra del siglo XIII que cobró extraordinario éxito popular y en la que se cuenta con pelos y señas el desollamiento de san Bartolomé, el asaetamiento de san Esteban y el combate entre san Jorge y el dragón...

Corriendo a efebos por las estaciones y calles de París, presumía el elegante y aristocrático Monsieur de Charlus de tener tres papas en su familia y afirmaba que a los jóvenes que le huían sólo el respeto les cerraba la boca para gritarle que le amaban. Los prefiere de rango social eminente (como Wilde, para su ruina). Proust lo incluye entre esos raros seres -menos contradictorios de lo que parecen-, cuyo ideal es viril, precisamente porque su temperamento es femenino. No aquejan afeminamiento e incluso se manifiestan contra él, pero, ¡oh tragedia!, les está vedado ese amor cuya esperanza les da fuerza para soportar riesgos y soledades, pues se enamoran precisamente de lo que Lorca llamó “varón varonil”, de un hombre que no tiene nada (o muy poco) de mujer y que, por consiguiente, no puede amarlos. Y añade Proust: “de suerte que su deseo no se vería nunca satisfecho si el dinero no les proporcionara verdaderos hombres y si la imaginación no acabara por hacerlos tomar por hombres verdaderos a los invertidos con los que se han prostituido”.

Proust se complace en recordar que Sócrates fue uno de ellos –seguramente también Platón, y más cerca lo fue Wittgenstein, al que muchos consideran el filósofo más profundo del siglo XX-, pero no había “invertidos” ni “anormales” cuando la homosexualidad era casi norma, a la que el autor, anticipadoramente, considera más una disposición innata que una enfermedad incurable. Forma según él una “masonería” mucho más extendida, más eficaz y menos señalada que la de las logias, “porque se funda en una identidad de gustos”. Puede que en los tiempos de Proust, o sea a principios del siglo pasado, los miembros de esta comunidad no desearan conocerse, ni fueran tan recurrentes y conocidos los “lugares de alterne”, pero “se reconocen inmediatamente por signos naturales o convencionales, involuntarios o deliberados”. Y no obstante, entre ellos reina la estrecha camaradería de los especialistas, pero también las feroces rivalidades de los coleccionistas -añade.

Afortunadamente, las sociedades civilizadas han superado la reprobación de aquello que se perseguía o reducía injustamente a vicio o minusvalía. De la protección insegura de un secreto vergonzoso y una tendencia no elegida, hemos pasado a la presunción orgullosa de una predisposición natural, seguramente heredada, a la que no puede atribuirse ningún mérito ni demérito, precisamente porque no se elige. El espasmo histérico o la convulsión de manos y rodillas en un cuerpo masculino ha dejado de repugnar socialmente y ya no sólo no es ridiculizado por el machismo en retirada, sino espectacularizado con éxito por las cadenas y rentabilizado por la Sociedad del espectáculo. Sí -doy fe como Proust-, los hay que se creen superiores a las mujeres, que las desprecian y erigen la homosexualidad en privilegio de grandes genios y de épocas gloriosas, y predican su afición con celo de apostolado, como otros predican el comunismo, el veganismo, el animalismo, el fascismo o el anarquismo.

Y por supuesto los hay –como recuerda Proust- con mujer, dos queridas y seis hijos. Y se pregunta “¿Por qué, si admiramos en el rostro de este hombre delicadezas que nos seducen, una gracia, una naturalidad en la amabilidad que los hombres no tienen, hemos de sentirnos desolados al saber que ese joven busca a los boxeadores?”. Se atreve el autor a arriesgar una hipótesis para estos amores físicos, espirituales o imaginarios, amores que pueden ser castos y más interesados por conservar la estimación que la posesión. Recuerda también, por su atildamiento, el resplandor con que se adornan ciertos insectos para atraer a los de su misma especie, y su lengua insólita. Y cómo a veces, la satisfacción de las necesidades sexuales –también en ciertos heterosexuales- depende de la coincidencia de tantas condiciones, que no hallan satisfacción alguna, o muy raramente. La homosexualidad cultural suele remontarse al antiguo Oriente o acreditarse en la edad de oro de Grecia, pero según Proust la cosa vendría de más lejos, de aquellas épocas de prueba en que no existían ni las flores dioicas (con dos sexos) ni los animales unisexuados, de aquel hermafroditismo inicial (como el de los caracoles) de cuyos rudimentos de órganos machos parecen quedar huellas en la anatomía de la mujer y de los femeninos en el hombre… “Yo encontraba la mímica de Jupien y de Monsieur de Charlus tan curiosa para mí como esos gestos tentadores que, según Darwin, dirigen a los insectos las flores compuestas alzando los semiflorones de sus capítulos para que las vean de más lejos”. Jupien había revoloteado en torno al barón como la orquídea provocando al moscardón.

Concluye Proust diciendo que sería un funesto error crear un “movimiento sodomita o reconstruir Sodoma”. “Pues, apenas llegados, los sodomitas abandonarían la ciudad para no parecerlo, tomarían mujer, tendrían queridas en otras ciudades donde, además, encontrarían todas las distracciones convenientes. No irían a Sodoma sino los días de suprema necesidad, cuando su ciudad estuviera vacía, en esos tiempos en que el hambre echa del bosque al lobo. Es decir, que, en Sodoma, todo sería igual que en Londres, en Berlín, en Roma, en Petrogrado o en París”. El capítulo, genialmente, regresa o recupera la analogía botánica y entomológica. Lamenta el escritor que “por atender a la conjunción Jupien-Charlus, acaso había dejado de ver cómo el moscardón fecundaba la flor”. Y es que no se pueden atender dos espectáculos a la vez.

Del autor:

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https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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