ANIMAL TECNOLÓGICO, por José Biedma López

Centáuride amamantando a un humano. Castillo de Frías, Burgos, siglo XII.
Centáuride amamantando a un humano. Castillo de Frías, Burgos, siglo XII.
ANIMAL TECNOLÓGICO, por José Biedma López

Los hombres llevamos milenios jugando a ser dioses. No hay remedio, porque es un juego en el que nos va la vida y una necesaria consecuencia -si se imagina- de la indigestión de aquella manzana prohibida que seguramente envenenó la Serpiente, ella misma criatura divina.

ANIMAL TECNOLÓGICO, por José Biedma López

El hecho es que los humanos vivimos ya en un medio sobrenatural ideado y construido por nosotros mismos, y que también destruimos cuando caemos en invadirnos y decidimos pelearnos, como ahora en Ucrania. Ortega, “observador penetrante” -como le llamó Heidegger-, se percató de ello lúcidamente. Quiero decir que aclaró nuestra irrechazable e irremediable condición técnica o, dicho más rotundo: afirmó que es precisamente la técnica (que hoy llamaríamos tecnología, o sea técnica de base científica) lo que nos hace humanos (Meditación de la técnica, 1939). Esa técnica que comenzó con el dominio del fuego hace muchísimos siglos fue una reacción enérgica contra la naturaleza hostil, contra “la circunstancia”. Por concretar, diré que la hoguera fue una defensa eficaz y necesaria contra leones cavernícolas y tigres de dientes de sable con afición nefasta a desayunarse bípedos implumes un día sí otro también.

La tecnología es o debería ser reforma de la naturaleza con vistas al bienestar humano. Permite que nos sintamos seguros, que nos ensimismemos o nos comuniquemos mejor y que, liberados de ciertos monótonos trabajos como lavar ropa, liberemos tiempo para liberales ocios; en una palabra, facilita que ganemos “calidad de vida”, pues no sólo de agua y pan vive el hombre, sino que es también esa criatura que hace necesidad de lo superfluo: del adorno, el juego, el arte, la oración, la conversación, la contemplación de lo bello, el viaje de placer, etc.

Por eso decía Ortega que el hombre es una especie de “centauro ontológico” además de náufrago y peregrino. Debe hacerse a sí mismo, novelar su vida, decorar su habitáculo, adaptar y apropiarse de la circunstancia. Nuestra vida es quehacer(nos). Y la salvamos y nos salvamos gracias a esas prótesis, marcapasos o implantes, que son los trastos y herramientas externas, e internas: en la dentadura, la cadera; o prótesis biónicas reemplazables y controlables directamente por el cerebro, que haberlas ya las hay.

Gracias a esos artefactos, a ese intermundo protésico, ampliamos capacidades naturales e incluso puede que en un futuro inminente podamos desplegar capacidades nuevas. Imagine un ser humano con aptitud para la eco-localización como los murciélagos, o capaz de ver como las falenas el ultravioleta o el infrarrojo, ¡o a un chopin con siete dedos en cada mano!…

Nuestro nicho ecológico es artificial desde hace milenios y nosotros mismos nos hacemos artificiales mediante la educación, la interiorización del proceso social de comunicación, el modelamiento cívico y mediático de las costumbres... Por supuesto, la base de todo esto sigue siendo natural, físico-química, y el “centauro” de Ortega sigue siendo, al menos en parte, hombre, igual que dependemos de la luz del sol, de la lluvia, del oxígeno del aire, pero ese soporte natural (propio y externo; instintos y recursos físicos) aparece cada vez más lejano y secundario, si no escaso o sucio. Se hace inmediato el inter-mundo creado y polucionado por nosotros y lo primero que vemos tras nacer son muros, casas, calles, coches, carreteras…, ¡y basura en sus arcenes! Los tomates que hoy disfrutamos poco tienen que ver con los “ombligos de agua gorda” (xictomatl en azteca), ácidos e indigestos que crecían espontáneos en América, como nada tienen que ver la variedad y comportamiento de nuestros canes con el lobo salvaje del que proceden. El hombre domestica la naturaleza, también la suya propia; convierte bosques en huertos o jardines; y aptitudes heredadas, en costumbres adquiridas.

Pero el lobo merece ser conservado y los bosques inhóspitos e impenetrables también. No podemos desentendernos del todo de esa base natural que es también un depósito de recursos futuros, creyendo que es prescindible. De no conservar un pie apoyado en Mamá Natura nos sucederá lo que al gigante Anteo: seremos pasto de las hercúleas fuerzas descontroladas de la Tecnología. Y la tecnología por sí misma produce crisis del desear, desorientación líquida, y no proporciona por sí misma ni plan ni sentido. No se puede vivir sólo de la fe en la técnica. Nuestra alegría y bienestar depende sobre todo del buen uso que hagamos de ella. Esto hace imprescindible la función de las humanidades y la ética en la buena educación cívica.

La tecnología tiene sus vicios y peligros. Sin embargo, es bastante estúpido proponer una “vuelta a la naturaleza”, porque puede que un “ser humano natural” sea algo tan imposible o monstruoso como un ser humano artificial, o tan indeseable como esos niños ferinos que abandonados en la selva y adoptados por una loba resultaron ya inaptos para el lenguaje, el vestido o la posición bípeda. Digamos que el hombre, sea del género que fuere (o quisiere ser) no sólo nace de otros parecidos, sino que se hace, también según un proyecto de vida personal. El ser humano es un ente tecnológicamente conformado que –como decía Gracián- sólo puede redimirse de bestia y de bárbaro cultivándose; hace personas la cultura. Por consiguiente, la fantasía de los “anarco-primitivistas” es puro delirio…

“En primer lugar porque no sería un volver, sino un ir, ya que nunca hemos estado en esa naturaleza intocada que algunos añoran [urbanitas que ni siquiera saben del campo y sus rigores] y en segundo lugar porque esa naturaleza no existe ya en casi ningún sitio”… “La naturaleza que nos rodea es naturaleza tecnificada” (Antonio Diéguez), o sea, granja, huerta, olivar, campo.

Además, la idea de una “naturaleza humana” intocable o creada por Dios de una vez por todas e idéntica en el tiempo a sí misma, es prejuicio que decae sin remedio a la vista de la confirmación paleontológica y bioquímica de la evolución natural y los descubrimientos de la genética y de la epigenética. Al supuesto “orden natural” acuden los retrógrados y reaccionarios para deslegitimar las costumbres contrarias a sus valores morales. Se acude al “orden natural” para legitimar el racismo, el sexismo o la homofobia. Así, se considera “natural” que el fuerte abuse del débil (como el Calicles platónico en el Gorgias), que el blanco domine al negro, el varón a la mujer; o se desacredita por “antinatural” el amor físicamente estéril. “Imperialismo moral” llama A. Buchanan a esta argucia de hacer pasar por “natural” lo que nos gusta o a la prevención que deduce mandamientos morales de supuestos hechos naturales, con lo cual también se suele incurrir en la “falacia naturalista”, pues lo natural no tiene por sí mismo un alcance normativo ni mucho menos un alcance ético-práctico, a no ser que supongamos valores que además –como aclara J. Echeverría en su Ciencia del bien y el mal- se organizan en sistemas plurales. Por eso se puede sobreponer un valor religioso o filosófico a otro natural. A nadie se le ocurrirá repudiar por “antinatural” el ayuno de un asceta porque se oponga a la satisfacción del hambre, ni despreciar el sacrificio del héroe que por salvar otras vidas arriesga la suya.

Si para consolidar qué sea la naturaleza humana recurrimos a la noción de especie nos encontramos con que tampoco hay en ninguna de las conocidas rasgos tan esenciales que estén sólo presentes en esa especie y ausentes en las demás. Una mujer, aunque sea muda o no pueda caminar bípeda por una parálisis, sigue siendo un ser humano. Ni siquiera el genoma sirve, porque es un constructo idealizado, una abstracción que no puede atribuirse a ningún individuo concreto. La secuenciación que hizo la empresa Celera se basó en cinco individuos, dos varones y tres mujeres, un afroamericano, un chino, un mejicano y dos caucásicos, uno de ellos el fundador de la empresa: Craig Venter.

Además, los genes que nos componen no actúan solos sino en redes combinatorias y han estado y están sometidos a mutaciones y recombinaciones azarosas y selectivas, nada tienen pues que ver con una naturaleza fija y atemporal. Para complicar la cosa, un mismo genoma da lugar a efectos fenotípicos diferentes en función de lo que Ortega llamó “la circunstancia”: el contexto ambiental. El mismo filósofo exageró seguramente al decir que los hombres ya no tienen más que “muñones de instintos” porque “no somos naturaleza, sino historia”. Sin embargo, el pasado natural del hombre sigue ahí, bajo su historia, como límite de nuestra auto-creación. Como en otras hipérboles filosóficas, hay en la tesis de Ortega mucho de verdad.

Hoy estamos en condiciones de editar y manipular no sólo el genoma somático sino también el germinal, bien con fines terapéuticos de eliminar enfermedades provocadas por una combinación genética, bien con fines de mejoramiento. Más tarde o más temprano se abrirá el supermercado del bio-mejoramiento genético humano. Algunos, los transhumanistas, desean y esperan que esto dé lugar a una nueva especie más perfecta y feliz o a la integración del hombre con la máquina (o sea profetizan la autoaniquilación del hombre o su conversión en ciborg)… Pero esto sería otra historia y, obviamente, el fin y apocalipsis de la nuestra.

Para quien desee examinar las fantasías y propuestas, algunas descabelladas, de posthumanistas y transhumanistas, desde una perspectiva razonable y serena, recomiendo el libro ameno, claro y bien documentado del catedrático de Filosofía de la ciencia de la Universidad de Málaga, Antonio Diéguez: Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano, Herder, Barcelona 2019.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M
https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897
https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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