KAKO Y LA EPIFANÍA DE ATALANTA, por José Biedma López

KAKO Y LA EPIFANÍA DE ATALANTA, por José Biedma López
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KAKO Y LA EPIFANÍA DE ATALANTA, por José Biedma López

Kako era un niño tan inocente que creía que las mariposas tenían alas para que él se divirtiese persiguiéndolas y cazándolas. Como es natural, cuando se paseaba por el campo, las mariposas salían huyendo. Esto le excitaba. Un buen día maquinó engañar a una magnífica Vanessa atalanta, mariposa a la que también llaman Almirante rojo, excelente voladora.

Sabía porque lo había visto en el huerto que a Vanessa le gustaban las granadas abiertas y que absorta en la delicia de aquel mosto se ensimismaba ajena a cuanto la rodeaba. También le sucedía lo mismo con la carne gelatinosa de los caquis maduros, pero la Vanessa atalanta libaba las frutas altas, las que habían quedado sin recoger para la mesa humana, y Kako no llegaba tan alto con su cazamariposas, ni saltando.

Por eso consiguió una granada abierta que derribó la lluvia y un caqui con la carne desnuda que había olvidado el hortelano en una rama bajísima, y el nene puso ambos frutos en el alfeizar de su ventana a modo de cebo. Con un poco de paciencia y una redecilla tendida al borde de un palo cazó a la atalanta. Procurando no levantar sus escamas ni lastimarla la encerró en una jaula con el caqui y la granada. Pensó que alimentándola bien crecería, porque él se veía cada trimestre más fuerte y más alto. Esperaba que las alas de Vanessa se desarrollarían enormes y soñaba con poder subirse a su lomo y pasear por los cielos en tan singular cabalgadura, tal era el desborde imaginativo de su fantasía y su afán de celestes aventuras.

Sin embargo, enjaulada, la Almirante roja se deprimió. No comía y miraba con tristeza la ventana, anhelando su libertad perdida. Al cabo de unos días sacó fuerza de flaqueza y habló a Kako…

- Escucha, nene. Hagamos un trato. Si puedes quedarte quieto en el jardín sin menearte durante diez minutos, comeré y creceré para ti. Seré tu esclava. Pero si no lo logras, me dejarás volar en paz, nos diremos adiós y no volverás a capturar a ninguna más de mi especie; tampoco a mis primas, las Vanessas de los cardos.

- ¡De acuerdo! –respondió Kako, confiando temerariamente en sus posibilidades-. Será fácil –añadió-, ¡me haré la estatua! Y saltó por las escaleras y salió al jardín casi volando.

Pero sólo pudo quedarse quieto allí durante cinco minutos y eso sin tener en cuenta el parpadeo y la respiración agitada por los saltos que había dado. Contribuyeron a su involuntario ajetreo algunas mariposas que se pusieron a revolotear por los alrededores y se acercaron a su lado y se posaban en su cara y en sus hombros haciéndole cosquillas. De algún modo conocían o sentían lo que Vanessa estaba pasando y ayudaban a su compañera encarcelada.

Vanessa atalanta había ganado la porfía. Kako cumplió su palabra y la dejó en libertad. Ella se despidió desenrollando su larguísima lengua y agitándola en el aire tras darle un delicado lametoncillo en la mejilla. Luego voló hacia el horizonte, lejos y alto. Kako la siguió con la vista hasta su epifanía, cuando la mariposa se vistió de nube y sus crípticas alas crecieron hasta formar la capa del rey Baltasar… El niño no podía creer lo que veía, se restregó los ojos, pero sí, allí estaba el rey Baltasar suspendido en lo alto del cielo y escoltado por una nube de estorninos negros. La mariposa se había transformado en un rey oriental y volador, un genio al que no faltaba un turbante dorado haciendo juego en tonos verdes con las babuchas.

- ¡Butterflyman!, ¡Butterflyman! -exclamó Kako, que chapurreaba algo del inglés que le enseñaban en el cole y tenía ingenio para nombrar lo imprevisto y maravilloso.

Pero esta epifanía no era una manifestación de lo divino en la carne, sino una elevación de la carne al cielo, que se había estrechado como el cauce de un río azul del que llovían mazapanes, alfajores, mantecados, guirlaches, dátiles y vino.

Kako no alcanzaba a entender esto, aunque lo vio o creyó verlo. Y se maravilló muy especialmente cuando encontró dentro de la jaula donde había tenido encerrada a la atalanta un granate y un ópalo de fuego, piedras preciosas que guardó en su Cofre de los secretos junto a un trozo de guirlache de almendra y un alfajor. Tampoco supo ni quiso contar lo que había percibido y recogido del cielo, ni siquiera a su tía Maripepa, su confidente y amiga.

¡Pero dejó de perseguir y cazar mariposas! Cuando a mediados del otoño las atalantas volvían del norte al huerto de su padre, huyendo del frío polar, Kiko se alegraba y las dejaba tranquilas libar frutos maduros. Las contemplaba con respeto y admiración. Cualquiera de ellas podía transformarse en rey mago, alcanzar el Cielo y hacer caer desde el Río de lo alto un sirimiri de ilusiones y chucherías.

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