"Morbo gállico", por Pedro Cuesta Escudero

'Morbo gállico', por Pedro Cuesta Escudero
miércoles 21 de julio de 2021, 10:24h
'Morbo gállico', por Pedro Cuesta Escudero

Epidemia es una enfermedad que se propaga por un país durante algún tiempo, pero cuando se extiende a otros países es una pandemia. O sea, si un brote epidémico afecta a regiones geográficas extensas, varios continentes, se cataloga como pandemia.

'Morbo gállico', por Pedro Cuesta Escudero

Pensamos dedicar estas reflexiones a la que podríamos considerar primera epidemia global de la humanidad o pandemia. Primera en tanto en cuanto ha quedado constancia escrita de ella y porque se produce en paralelo a la llegada de los primeros europeos a tierras americanas. De la misma forma que la pandemia del coronavirus cuenta con un factor que no se ha tenido en circunstancias anteriores, esto es, la interconectividad inmediata y la difusión instantánea de noticias a nivel mundial, la aparición del morbo gallico coincide con el nacimiento de la imprenta, de ahí que se conserven centenares de testimonios escritos sobre su difusión, tratamiento y repercusiones socioeconómicas, lo que nos permite hacernos una idea clara del impacto que supuso para las gentes y mentalidades renacentistas, tan parecidas, por otra parte, a las nuestras.

Pandemias que han puesto en riesgo la supervivencia humana

Desde la plaga de Atenas en el año 430 a. C, hasta el Covid-19 en el siglo XXI, más de 20 pandemias han puesto en riesgo la supervivencia humana. Cuatro de las más mortíferas han sido la peste negra, la viruela, la gripe española y el vih/sida.

En la plaga de Atenas murieron 150.000 personas. El historiador Tucídides en “La Historia de la guerra del Peloponeso” la describe como una enfermedad que se originó en Etiopía, atravesó Egipto y Libia, terminó impactando en Grecia y acabó con la vida de miles de atenienses y espartanos, entre ellos el gran líder militar Pericles.

La Peste Negra ha tenido varios brotes a lo largo de la historia. Entre ellos, el más mortífero y aterrador ocurrió en la Edad Media. Más de 200 millones de personas en el mundo, entre 1347 y 1351, murieron por la peste negra. Solo en Europa desapareció un cuarto de su población. Fue la pandemia que más horror trajo a la humanidad; originaba pústulas y ganglios inflamados en los cuerpos de los infectados. Los números que dejó tras de sí esta epidemia son estremecedores. Por ejemplo, según los datos que manejan los historiadores, la península Ibérica habría perdido entre el 60 y 65% de la población, y en la región italiana de la Toscana entre el 50 y el 60%. La población europea pasó de 80 a 30 millones de personas.

Únicamente en el siglo XIX se superó la idea de un origen sobrenatural de la peste. El temor a un posible contagio a escala planetaria de la epidemia, que entonces se había extendido por amplias regiones de Asia, dio un fuerte impulso a la investigación científica, y fue así como los bacteriólogos Kitasato y Yersin, de forma independiente, pero casi al unísono, descubrieron que el origen de la peste bubónica era la bacteria yersinia pestis, que afectaba a las ratas negras y a otros roedores y se transmitía a través de los parásitos que vivían en esos animales, en especial las pulgas -chenopsylla cheopis-, las cuales inoculaban el bacilo a los humanos con su picadura. Se trataba, pues, de una zoonosis, es decir, de una enfermedad que pasa de los animales a los seres humanos. El contagio era fácil porque ratas y humanos estaban presentes en graneros, molinos y casas –lugares en donde se almacenaba o se transformaba el grano del que se alimentan estos roedores–, circulaban por los mismos caminos y se trasladaban con los mismos medios, como los barcos.

La viruela, tan antigua como el mesolítico, tuvo uno de sus peores brotes en la conquista de América. La viruela es una enfermedad tan antigua que data de las poblaciones humanas del año 10.000 antes de Cristo. Aunque a lo largo de la historia, los científicos atribuyen a la viruela la mayor cantidad de muertes infecciosas, superando los 300 millones de personas, uno de sus brotes pandémicos más severos ocurrió a partir de 1520 en territorio americano matando a 56 millones de nativos. Los indígenas de esta región del mundo, como los aztecas en México, los tayronas en Colombia, los incas en Perú y los mapuches en Argentina y Chile, no tenían un cuadro de defensas para combatir al virus proveniente del ganado euroasiático. Se considera, sin embargo, una enfermedad erradicada por completo a finales de la década de 1970, luego de exitosos programas de vacunación mundial.

La gripe española asoló acerca de 50 millones de personas durante el fin de la Primera Guerra Mundial. En el ocaso de la Primera Guerra Mundial, apareció en Kansas, Estados Unidos, la gripe de 1918. Llegaría a Europa por el puerto francés de Brest, lugar al que arribaban la mayoría de las tropas estadounidenses encargadas de apoyar a los aliados en la guerra. Desde allí pasó a Reino Unido, Alemania, Italia y finalmente España. Recibió el nombre de gripe española porque mientras la mayoría de los países europeos estaban en la terrible guerra de trincheras, España era un territorio neutro y la prensa de ese país no censuró las publicaciones sobre la pandemia. Fue tan devastadora esta gripe que en un solo año mató a entre 40 y 50 millones de personas.

El virus de transmisión sexual VIH/Sida ha matado entre 25 y 35 millones de personas. Más recientemente, el VIH/Sida, fue una pandemia que se descubrió en Estados Unidos en 1981. Se entendió inicialmente como un virus de transmisión sexual, pero después se concluyó que también se infectaba por transfusiones de sangre contaminadas, por transmisión del virus de madre a hijo durante el embarazo, o por el uso de agujas hipodérmicas. La teoría más aceptada actualmente sobre la procedencia del VIH/Sida está relacionada con los simios y chimpancés que habrían entrado en contacto con el hombre en la década de 1920, en el centro de África. La prostitución africana lo habría propagado a Europa y Estados Unidos con el paso de los años. Una vez adquirida la enfermedad, el cuerpo humano pierde por completo su sistema de defensas, de allí la sigla Síndrome de Inmuno-Deficiencia Adquirida. Actualmente un venezolano, denominado como el paciente de Londres, es la segunda persona curada de sida en la historia, lo cual abre un camino de esperanza para el mundo entero.

. En el siglo XXI, el SARS en el sudeste asiático, el ébola en África, el MERS en Medio Oriente y la gripe AH1N1 en todo el mundo, han sido epidemias y pandemias que han puesto en jaque a la comunidad científica internacional.

La más reciente pandemia en la historia, por la que estamos atravesando, es el nuevo coronavirus Covid-19 que se originó en la ciudad china de Wuhan y que actualmente está presente en los cinco continentes. Los laboratorios del mundo trabajan a contrarreloj para entender su funcionamiento, dar luces sobre su impacto en los humanos y aplicar las vacunas creadas en tiempo record que apacigüen su acelerada y preocupante propagación, pero aún hay incertidumbre ante el alcance y el impacto del Covid-19 en el mundo.

La sífilis venérea y su procedencia

A finales del siglo XV y comienzos del XVI Europa sufre el azote de una enfermedad que se ha solido identificar con la sífilis venérea y que era conocida como mal francés, denominación que no es sino la versión de una de las formas latinas más extendidas en ese momento para llamar a la afección: morbus gallicus. Se tiende a aceptar, a falta de un nombre científico unívoco y neutro, una designación extendida entre la población como el mal francés, en la creencia, también habitual, de que al menos la difusión del mal está favorecida por el desplazamiento de las tropas del Rey Carlos VIII de Francia (1494-1495), independientemente de las razones que se esgriman sobre su origen.

Todos los médicos de la época se aprestaron a publicar folletos y opúsculos donde ofrecer su propia interpretación del mal y los remedios más oportunos para hacerle frente. Sólo de los primeros quince años de epidemia (1495-1509) se han conservado más de medio centenar de impresos y manuscritos médicos dedicados al mal francés y se cuentan por centenares los anteriores al año 1600.

Es común en los análisis sobre el origen de cualquier epidemia la atribución de la responsabilidad al ‘otro’, vecino o remoto. Por ello los napolitanos culpan a los franceses, mientras que para los franceses son los napolitanos los titulares de la enfermedad, o los son los ‘hispani’ (españoles y portugueses) entre otros ‘otros’. En el caso de los ‘hispani’ la responsabilidad de la enfermedad se asocia a la idea de que ésta surge en la Península y se difunde después por Italia; aunque también se dice que la enfermedad surge fuera de Europa y que son los viajes de españoles y portugueses quienes la traen al Viejo Mundo desde cualquiera de ‘las Indias’, las Orientales o las Occidentales. O sea, en Italia se le llamó “la enfermedad francesa”; en reciprocidad, los franceses la conocieron como “la enfermedad italiana”, pero era “la enfermedad española” en Holanda, “la enfermedad polaca” en Rusia y “la enfermedad cristiana” en Turquía.

Los médicos italianos figuran entre los primeros en escribir al respecto. Así, para Giovanni Manardo la enfermedad comienza en Valencia y se difunde porque algunos infectados se incorporaron al ejército de Carlos VIII. Gabrielle Fallopio, sin embargo, considera que el ejército francés en Nápoles es infectado por obra de los españoles que conocen la gravedad del mal, porque los marinos de Colón fueron los que lo contrajeron y lo trajeron a Europa. La estrategia de los españoles, dice Fallopio, era infiltrar prostitutas en el ejército francés durante el asedio de Nápoles. Porque, es preciso aclararlo, son las mujeres las que actúan como vectores de esta enfermedad de transmisión sexual, según todos los tratados de la época.

Hoy sabemos que los españoles debieron infectarse de esta enfermedad en las Indias occidentales (América), pues allí las mujeres eran muy lascivas y la sexualidad entre los “indios” carecía de tabúes y prohibiciones. Ya en las crónicas del primer viaje de Colom hay comentarios de que las mujeres se muestran bastante deseosas de ayuntarse con los expedicionarios. Era paradójico observar la naturalidad con que se ofrecían las indias delante, incluso de sus hombres, que lo contemplaban complacidos, en comparación con los marinos españoles que, a pesar de sus grandes deseos por tantos días de abstinencia, las rechazaban por pudor de fornicar delante de sus compañeros. En una exploración por la isla Juana (Cuba), el jefe de la expedición, Martín Alonso Pinzón, contó que fue invitado a la boda de un cacique. Allí acudieron los caciques de la contornada. “Pues bien –comentó- todos los invitados nos acostamos con la novia con la complacencia del novio. En vez de enfadarse, como haríamos cualquiera de nosotros, nos animaba para que fornicáramos con ella”. Martín Alonso Pinzón contrajo una enfermedad, que ahora sabemos que era la sífilis, que lo llevó a la muerte a los dos días de su regreso a Palos de la Frontera.

El problema del nombre de la enfermedad era imprescindible según la mentalidad médica renacentista. Como en casi todo lo que concierne a la naturaleza humana, surgieron dos posturas enfrentadas: la de quienes consideraban que la enfermedad era antigua y, por lo tanto, identificable con las estudiadas en los tratados de las autoridades médicas, es decir, que ya tenía nombre; y la mayoritaria, que consideraba que se trataba de una enfermedad nueva, hasta entonces no vista y, por tanto, carente de denominación específica. La necesidad de que la enfermedad tuviera un nombre no era menor: para los médicos universitarios que habían de tratarla el nombre se vinculaba a la verdadera sustancia y cualidad del mal, paso necesario para elaborar un correcto tratamiento.

En Octubre de 2010 circuló en los medios masivos de comunicación una nota en la que se anunció el descubrimiento de pruebas, en apariencia irrefutables, de la presencia de la sífilis en Europa antes de Colón. Brian Connell y su equipo, del Museo de Londres analizaron más de cinco mil restos óseos de personas enterradas en el Hospital de Santa María, en Londres, en los siglos XIII y XIV. Según los descubrimientos de Brian Connell, osteólogo del Museo de Londres, la sífilis no procede de América pues esqueletos británicos anteriores al siglo XV presentan lesiones severas por sífilis. En siete esqueletos los síntomas de la sífilis en los huesos son evidentes e indican que sufrieron la enfermedad venérea. Probablemente la gente moría de sífilis sin saber que era, pero a finales del siglo XV, cuando hubo plaga, se prestó más atención, se tenían más conocimientos y se pudo diagnosticar más o menos de la existencia de esa enfermedad.

La gravedad de esta enfermedad

Frente a las diversas teorías sobre el verdadero origen de la enfermedad y los agentes causantes de su aparición, objeto de agrias disputas entre médicos de diversas nacionalidades, se imponía una alarmante realidad: la agudeza del mal y su acelerada propagación provocaban el desconcierto total de unos europeos que no sabían la forma de hacerle frente. Cuando una persona se contagia, se incuba, hasta que aparece una pústula en el área genital rodeada por una especie de callosidad, que se conoce como chancro, y no produce dolor y puede confundirse con un pelo encarnado, una cortadura con un cierre u otro golpe que no parece dañino. Lesión que a los pocos días desaparece, pero la infección sigue y surge la sífilis secundaria apareciendo por el cuerpo verrugas y protuberancias, erupciones en la piel o llagas en la boca, la vagina o el ano que provocan al enfermo fuertes dolores en las extremidades y articulaciones. Pasados unos meses, en una tercera fase, surgen tumores purulentos que hacen que los dolores se intensifiquen. Las pústulas cubren de cabeza a pies, la carne literalmente se cae a pedazos y la muerte sobreviene en cosa de unos cuantos meses. Tumores que destruyen los huesos de la cara, la nariz y el paladar, atrofia del nervio óptico, daños en las meninges, necrosis en huesos, hígado o testículos. La enfermedad daña órganos internos y causa la muerte, haciendo visible una enfermedad que se asociaba al acto sexual y al castigo divino.

La sífilis es una infección bacteriana común que se infecta a través del sexo. La sífilis se cura fácilmente con antibióticos, pero si no se trata, puede provocar daños permanentes. La sífilis se contamina por el contacto de piel a piel cuando se tiene sexo con una persona que tiene la infección. Hay contagio cuando la vulva, la vagina, el pene, el ano o la boca toca las llagas de alguien con sífilis, usualmente durante el sexo. Puede haber contagio de sífilis aun cuando no haya eyaculación.

Los escritos médicos hacían referencia a la nueva enfermedad, enfatizando el rol del sexo en su transmisión. Tratados enfocados a curar la enfermedad en el hombre y que confinaban a la mujer a un papel meramente contaminador. Uno de los primeros impresos donde se hace una relación exhaustiva de las medidas terapéuticas a seguir en un enfermo de morbo gallico es el Tractatus cum consiliis contra pudendagram seu morbum gallicum (Roma, 1497), del valenciano Gaspar Torrella, médico personal de César Borgia y Protomédico del Papa Alejandro VI. Torrella iniciaba el tratamiento con una evacuación de la ‘materia pecante’ mediante flebotomías y purgantes; continuaba con la eliminación de los restos a través de la piel mediante baños y fumigaciones para terminar con la aplicación de ungüentos, linimentos y lociones cuyo ingrediente principal era el mercurio.

El tratamiento mercurial se aplicaba en un periodo comprendido entre los cinco y los treinta días, con varias unciones diarias realizadas en una habitación cerrada y junto al fuego, circunstancia que hacía sudar copiosamente al enfermo y favorecía la absorción del mercurio. Torrella comenzó utilizando mercurio metálico -argentum vivum)- para terminar derivando a un sublimado de mercurio, de manejo más fácil pero fuertemente venenoso y cáustico. El valenciano fue de los primeros médicos, si no el más temprano, en utilizar el sublimado corrosivo como remedio frente al morbo gallico. Sin embargo, este tratamiento metálico, de consecuencias desastrosas para la salud del afectado, pronto fue sustituido por una terapia vegetal, más benigna en sus efectos secundarios, y que se transformó en el remedio preferente para el tratamiento del morbo gallico.

Recién inaugurado el siglo XVI empezó a llegar a Europa la corteza de un árbol originario de las costas atlánticas de América Central y del Caribe. El guayaco, nombre con el que fue bautizado, rápido se transformó en el primer remedio medicinal del Nuevo Mundo usado de forma masiva por habitantes del Viejo para curar el morbo gállico.

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