“El Fuerte Navidad”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Colón y sus enigmas” y de “Mallorca, patria de Colón”

“El Fuerte Navidad”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Colón y sus enigmas” y de “Mallorca, patria de Colón”
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miércoles 14 de julio de 2021, 10:14h
“El Fuerte Navidad”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Colón y sus enigmas” y de “Mallorca, patria de Colón”
“El Fuerte Navidad”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Colón y sus enigmas” y de “Mallorca, patria de Colón”
El 25 de Diciembre de 1492, día de Navidad, unos dos meses y medio después de haber avistado tierra por primera vez aquel famoso 12 de 0ctubre, Colón, con la nao “Santa María” y la carabela “La Niña” (la “Pinta”, dirigida por Martín Alonso Pinzón, en vez de seguir la estela de la nave capitana, había decidido separarse de la flota y buscar oro por su cuenta) estaban navegando al norte de la isla La Española. La “Santa María” era propiedad de Juan de la Cosa, que iba a bordo como maestre, o sea el segundo de Colón a bordo. Aquel día se había celebrado la festividad de la Navidad en el buque, con lo que ello conllevaba, exceso en comida y bebida. Podría decirse que al anochecer toda la dotación se fue a dormir la mona, más o menos, porque otra cosa no explicaría que se cometiera un error fatal.
“El Fuerte Navidad”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Colón y sus enigmas” y de “Mallorca, patria de Colón”
“El Fuerte Navidad”, por Pedro Cuesta Escudero, autor de “Colón y sus enigmas” y de “Mallorca, patria de Colón”

La nao “Santa María” encalla

El hecho es que mientras “La Niña” echó el ancla al anochecer, la “Santa María” se quedó al pairo. Colón se retira a descansar y detrás de él se fueron yendo todos en un exceso de confianza. El piloto de guardia se va a dormir y deja al grumete Andrés de Yébenes el gobernalle del timón, pues todo estaba en calma. Aunque una de las órdenes que Colón había dado a los capitanes de la escuadra era que en ningún momento dejaran el gobierno del timón de las naves a los grumetes porque carecían de experiencia suficiente, ya que por su inexperiencia no eran capaces de distinguir el rumor del mar sobre los bajíos.

Ya de por sí es extraño que Colón no fondeara la “Santa María” al anochecer estando como estaban cerca de la costa y en una zona de escollos. La única explicación del porqué Colón no ordenó anclar el barco puede ser que había luna llena, y con esa luz un experto navegante puede apreciar bastante bien la existencia de bajíos. También es verdad que era reacio a fondear en fondo rocoso porque el roce de la estacha que sujetaba el ancla con las rocas acababa cortándola y se perdía el ancla o era difícil de recuperar.

La resaca pone en movimiento a la “Santa María” sin que el grumete Andrés de Yébenes supiera lo que había que hacer. Y la nao encalla en un banco de coral y se inclina peligrosamente. Al notar el golpe de la nao contra los arrecifes, Colón sale rápido a cubierta dándose cuenta de inmediato de lo sucedido. Al objeto de liberar peso y que la nao se enderezara Colón ordena cortar los palos y arrojarlos al mar. Y envía a unos hombres con un bote a remos para que con una maroma gruesa atada a popa remaran tirando de la nao por ver de sacarla del escollo. Pero el pánico hace que los del bote se preocupen de ponerse a salvo dirigiéndose a la “Niña”, en vez de cumplir la orden de poner a flote la “Santa María”. Es difícil de entender el por qué los del bote no obedecieran a Colón, pues liberada la nao del peso de los mástiles, era factible sacarla del atolladero tirando de ella como había ordenado el Almirante. Al no hacerse eso, los embates del mar contra el casco del buque hacen que se moviera poco a poco hasta atravesarse a la mar. Y la marea empieza a descender haciendo que la “Santa María” vaya perdiendo flotabilidad y se quedara como un peso muerto sobre la roca. Se inclina de costado y las roturas de la madera del casco son tan extensas que queda inservible. Antes de ser engullidos por las aguas, la gente se pone a salvo saltando al mar y nadando a la playa. El Almirante, Juan de la Cosa, Pedro Alonso Niño, Diego de Arana y la plana mayor pueden arribar a la “Niña” con el batel. Es noche estrellada, serena, aunque la alborada matutina ya empieza a despuntar con una leve luminosidad.

No pueden salvar la “Santa María”

Después del desahogo y de echarse las culpas unos a otros, deciden salvar la nao antes que se hunda. La aligeran, tratan de remolcarla con la “Niña”, la tripulación se mueve de una banda a otra, a fin de adrizarla. Pero nada, no hay caso. Colón ordena salvar el cargamento y los materiales de la nao. Al amanecer empiezan a llevar a tierra los pertrechos del barco varado.

El cacique Guacanagui envía a sus hombres para que ayuden a rescatar los implementos perdidos. Consuela a Colón y se ofrece a compensarlo por las pérdidas. El Almirante visita el poblado de Guacanagui donde recibe numerosos regalos, entre los que destaca una carátula con colgantes de oro y varios collares del mismo metal noble. Los indios tainos se pirraban por las cuentas de vidrio, los espejos y los cascabeles que trasportaban los españoles. Y a cambio les daban oro. Era la primera vez desde que tocaron tierra que aparecía el oro en una cierta abundancia. Ello llevó a Colón a elogiar al azar que le había llevado allí. Daba por sentado que en aquella isla abundaba el dorado metal. La realidad es que el oro del que disponían aquellos indios eran piezas de adorno reunidas a lo largo de generaciones. Los ríos de la isla arrastraban algo de oro pero no puede decirse que aquello fuera El Dorado.

Lo que se entiende por prodigalidad de oro es hallar ríos donde las pepitas fueran copiosas y solo hubiera que agacharse para cogerlas, como ocurrió en el actual San Francisco de EE.UU. en el siglo XIX, donde allí sí que se descubrió el Dorado. Las pepitas de oro del río eran abundantes. Una persona podía convertirse en millonario es una semana de recogida. Había auténticos pedruscos de oro macizo. Miles de personas de todo el mundo acudieron como moscas a la fiebre del oro. Cuando los barcos llegaban a puerto transportando buscadores toda la marinería abandonaba el barco para ir también a recoger oro. Cientos de barcos quedaron abandonados en la bahía de San Francisco. Porque en poco tiempo uno podía enriquecerse. El actual San Francisco se debe a ese oro. Miles y miles de personas acudían allí para buscar. Se estima que esa zona produjo más oro que todo el oro extraído por España durante los siglos de dominación en Sudamérica. Ello da idea de lo que es un Dorado. La isla Española, donde Colón perdió la “Santa María”, no lo era. Aunque suscitó la fiebre del oro y cuando Colón dio la noticia del descubrimiento en toda Europa se originó una gran admiración por el Nuevo Mundo, precisamente por su oro.

Se construye el fuerte denominado “Villa Navidad”

Como en “La Niña” no había espacio para los tripulantes de la nao, el Almirante toma la grave decisión de tener que dejar en la isla a un determinado número de la tripulación. Para su alojamiento se decide construir un fuerte que denominan “Villa Navidad”. Con los maderos de la “Santa María” comienzan las obras el 26 de Diciembre de 1492. Durante nueve días se limpió el terreno, se deforestó, se abrió un foso y, dentro de su perímetro, se construyeron las cabañas y la torre defensiva de la primera población de europeos. En la especie de torre con el foso alrededor se emplaza la artillería de la “Santa María”. También se les deja la barca de la nao. Se quedan los víveres de la “Santa María”, bizcocho para un año, barriles de vino y con lo que les proporcionaran los indios tainos amigos tendrían mantenimientos para un año. Además cuentan con semillas para sembrar. Se les dejó también mercancías como espejos, cascabeles, collares para que lo dedicaran al rescate del oro de los indígenas. A cambio de esas baratijas, que tanto les embelesa, los nativos se animarían a buscarlo. Colón les ordena que todo el oro que rescataran lo debían enterrar en un pozo que habrían de cavar dentro del fuerte. Y allí estaría a buen recaudo hasta cuando regresaran de España.

Es el primer poblado cristiano que se funda en las tierras descubiertas. En este asentamiento se dejan 39 hombres bajo el mando del alguacil Pedro de Arana, que era primo de Beatriz Enríquez de Arana, amante del Almirante con la que tuvo a su hijo Hernando. Como lugartenientes Pedro Gutiérrez, administrador real y repostero y el segoviano Rodrigo de Escobedo, notario y escribano mayor de la armada. También se queda el cirujano Juan, yerno del alguacil. O sea había de todos los oficios, alguacil, escribano, contador, cirujano, carpintero, calafate, lombardero, tonelero, sastre y marineros. No se tuvo que obligar a nadie para que se quedara. Al contrario, los hubo como Andrés de Huelva, que siendo grumete de “La Niña”, se quiso quedar en el fuerte; decía que en Huelva era un muerto de hambre y aquí se podría hacer de oro y además las hembras eran insaciables.

A fin de demostrar poder e impresionar a los indios, Colón ordenó que la “Niña” disparara un cañonazo contra lo que quedaba de la “Santa María”. La bola de acero atravesó la madera como si fuera mantequilla. La idea era exponer a los indios el poderío español para que no intentaran nada hostil contra ellos. Lo que más les impactó fue la explosión de la pólvora que era como un trueno, como algo mágico para las mentes primitivas de los indios. Temían más al ruido que a la bala. Mientras los indígenas los considerasen semidioses venidos del más allá, los españoles podían estar seguros. Si esa condición de semidioses se perdía podría aparecer el peligro. El cacique Guacanagui explicó que al otro lado de la isla vivían caribes caníbales y confiaba en contar con la protección de los españoles para mantenerlos a raya. Colón ya tenía noticia de esos caribes caníbales por haberlo oído a los que salieron en exploración por el interior de la isla Juana. Le habían comentado que vieron un poblado indígena y sus habitantes habían huido y dentro de las chozas observaron restos de piernas y brazos humanos. En otra choza aún estaba hirviendo en la olla una cabeza humana. Es por ello que el Almirante acuerda con el cacique Guacanagui que, a cambio de permitir que se instalaran en su cacicazgo, los españoles les protegerían su cacicazgo de Maraná del cacique caníbal llamado Caonobo, del vecino cacicazgo de Cibao. Y cuando regresasen con más efectivos serían sometidos todos los caníbales y ya no les atormentarían nunca más. Además Colón supo que en ese cacicazgo de Cibao había minas de oro.

Regreso de Colón a “Fuerte Navidad”

En la “Niña” se embarca todo lo recogido en la expedición y los papagayos y otras aves exóticas para mostrarlas en España. También se llevan diez indios, dos de ellos hijos de Guacanagui, para que sean vistos en la Corte. Para el Almirante y sus compañeros, los habitantes de las tierras halladas son indios, como pobladores que eran, en su errónea concepción, de la India asiática.

Colom supo vender su periplo descubridor en España y ante los Reyes. No deja de describir maravillas e idílicos paisajes, exuberantes de belleza. Playas enormes y aguas muy azules, montañas fantásticas, vegetación afrodisiaca. Clima adecuado para colonizar aquellas tierras. Animales exóticos, como los papagayos que se llevó. Indígenas pacíficos y bien proporcionados. Y sobre todo la abundancia de oro y las especias que no tardarían en encontrar.

La propaganda tuvo su efecto y cuando Colón comenzó a preparar su segundo viaje no le faltaron voluntarios. Más bien, tuvo que seleccionar y dejar a aspirantes sin embarcar. Las palabras como oro y mujeres desnudas habían encandilado a muchos. Hidalgos, artesanos y campesinos se apuntaron a viajar al paraíso para ser presto ricos En total, unos mil doscientos se embarcaron en diecisiete navíos, una estupenda flota. Y esta vez llevan a bordo a soldados. Y también todo lo necesario para colonizar aquellas tierras.

Pero estos expedicionarios, que viajaban arrastrados por las maravillosas descripciones que Colón había contado de su primer viaje, ahora se topan con una realidad bien distinta. No todo era paraíso con habitantes pacíficos. En la isla que denominaron Marigalante desembarcaron y vieron un poblado indígena y fueron hacia él, pero sus habitantes habían huido. Dentro de las chozas hallaron restos humanos a medio devorar. O sea, había tribus feroces que comían seres humanos. Encontraron diez mujeres atadas que no eran de los caribes, sino sus prisioneras. Las liberaron y, a través de dos indios intérpretes que Colón se había llevado a España en su primer viaje, las mujeres contaron que los caribes los hacían prisioneros para comérselos y que a ellas las tenían para tener hijos, los cuales eran castrados y los tenían como animales estabulados para después comerlos cuando estuvieran engordados. Por mucho que Colón lo asegurara, todos los indicios indicaban que aquellas tierras no podían ser las inmediaciones de grandes y refinados reinos como suponían a la China o al Cipango.

En otras islas tuvieron experiencias parecidas, hasta que, por fin, avistaron la isla “La Española” donde estaba el “Fuerte Navidad”. Se aproximan a la costa y fondean en la desembocadura de un río. Se envía una patrulla en un bote para que investigara la zona. Navegando rio arriba encuentran dos cadáveres ya muy deteriorados e irreconocibles. Uno tenía una soga al cuello y el otro la tenía sujetándole una pierna por el tobillo. Más adelante ven otros cadáveres también irreconocibles, pero llevaban barba. Dado que los indígenas no tenían barba aquello les dio mala espina al barruntar que serían españoles. Informado el Almirante deciden ir al “Fuerte Navidad”. Al llegar disparan un par de cañonazos avisando de su llegada, pero nadie acude a la costa para recibirlos. Se presumen los peores presagios. Colón piensa que, aunque fueran amigos de los indios, el asunto de mujeres podría dar lugar a reyertas. Las sospechas que los indios tainos habían matado a los españoles se generaliza. Pero aparece una canoa indígena y piden hablar con el Almirante. Uno de los indios se identifica como primo de Guacanagui y explica que habían abandonado su poblado por haber sido arrasado por los caribes y que Guacanagui había sido herido en una pierna durante el combate. Cree que los españoles estarían bien. Algunos habían muerto por enfermedad y otros como consecuencia de las reyertas que tenían entre ellos. Colón manda una patrulla a “Fuerte Navidad” y la encuentran destruida y quemada. Al día siguiente regresa el primo del cacique y ahora confiesa que los españoles estaban todos muertos por el ataque de los caribes.

Estas versiones contradictorias desconcierta a muchos, que creen que los del “Fuerte Navidad” habían sido asesinados por orden de ese cacique y ahora no daba la cara asustado al ver la numerosa flota española. Colón decide ir personalmente al fuerte para verlo con sus propios ojos y ve maderos quemados, pero no halla ningún cadáver. En una de las chozas encuentra que está llena de pertrechos de los españoles. Colón manda quitar la tierra del pozo que había dicho que guardaran el oro, pero no había nada. Comprende que no habían cumplido sus órdenes. Colón empieza a pensar que cuando él se fue, aquello se había convertido en una especie de taberna y lupanar, que se habían peleado entre ellos por las mujeres y por un gramo más o menos de oro, circunstancia que habrían aprovechado los caribes para masacrarlos a todos y dejar el fuerte arrasado.

Hemos de pensar que los que se quedaron en “Fuerte Navidad” eran hombres de mar, pero no militares disciplinados. Los marinos cuando van a bordo aceptan la disciplina del capitán y de los oficiales porque su vida depende de ellos que saben el rumbo a tomar. Y el marinero indisciplinado era severamente castigado o se le arrojaba por la borda si persistía en su actitud. Pero una vez en tierra la gente marinera es difícil de controlar. Se podía conseguir oro, había cientos de mujeres desnudas por todas partes y no había tasa en el vino, luego… Siempre se ha dicho que el vino, el dinero y las mujeres es la perdición de los hombres.

Colón no valoró adecuadamente la amenaza de los caribes. Ni tampoco tuvo en cuanta la codicia de su gente por el oro, y por las mujeres, que se ofrecían a los españoles con gran facilidad.

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