LA FLECHA DEL TIEMPO, por José Biedma López

Tienden a lo hexagonal, pero no hay dos copos de nieve idénticos. Testimonian el poder inagotable de la materia natural para crear formas diferentes.
Tienden a lo hexagonal, pero no hay dos copos de nieve idénticos. Testimonian el poder inagotable de la materia natural para crear formas diferentes.
LA FLECHA DEL TIEMPO, por José Biedma López

Aquel piano vienés no parecía tener nada de particular, más bien se mostraba gastado y pequeño en comparación con los pianos de cola actuales. Pero todo cambió cuando supo (o pudo creer) que en ese instrumento había tecleado Gustav Mahler La Canción de la Tierra, ¡que era el piano en que Mahler concibió compases maravillosos, melancolías universales y melodías inmortales!

Esta experiencia trae a colación un problema viejo como el hombre o, mejor dicho, un interrogante tan joven como el hombre: ¿Qué es real? ¿Cuál es el significado de la realidad?: “Cuando se acerca la pena, yacen desiertos los jardines del espíritu”, canta el tenor o barítono en la primera canción, báquica, de la obra citada de Mahler. Ya no se ven las rosas con la pena negra. ¿Depende la realidad del observador o es independiente del sujeto que la mira?

Para Ilya Prigogine, premio Nobel de química de 1977, este problema es indisociable del problema del tiempo. Para Einstein la irreversibilidad del tiempo era una ilusión. Giordano Bruno ya había apostado en el siglo XIV por un universo uno, infinito e inmóvil. Puede que el mundo de las ideas tal y como lo inventó -o lo descubrió- Platón sea sempiterno o, como lo pensó Kant, forme parte de nuestro modo de entender las cosas no como son, sino como somos. Puede que lo bello no sea siempre lo bello en sí al margen del contemplador de lo que es bello, pero es indudable que la flecha del tiempo en la naturaleza no se detiene: nacemos, crecemos o menguamos, y nos morimos.

El siglo XIX fue el siglo del historicismo dialéctico y del evolucionismo. Darwin probó que en la historia natural, como en la social, ocurren fluctuaciones incesantemente, las especies vivas cambian, sus genes se recombinan y su evolución resulta irreversible. A menos que el humano pueda, tal vez en un futuro próximo, resucitar o desextinguir especies, por regla natural la especie que se extingue no resucita.

La naturaleza fluye como el río de Heráclito: fluctuaciones o azar, procesos estocásticos, devenir imprevisible. No es casual que entropía (del griego ἐντροπία) signifique evolución o transformación. La segunda ley de la termodinámica viene a decir “en esencia que, en la naturaleza, existe una cantidad que cambia siempre en el mismo sentido en todos los procesos naturales” (Prigogine). La entropía mide lo irreversible de los sistemas termodinámicos, pero el concepto sólo se expresa matemáticamente en términos de probabilidad. La solución más equilibrada es la más probable, pero sólo eso. Y tales procesos irreversibles implican una flecha temporal. Según Prigogine, la entropía contiene dos elementos dialécticos y ligados: uno creador de desorden y otro creador de orden. Cuando la entropía alcanza un valor máximo el sistema se equilibra y cesa el proceso irreversible.

Evolución significa creación de nuevas formas o estructuras. ¿Cómo se combina la destrucción de formas con los procesos que las organizan? El elemento común a ambos procesos es la idea de probabilidad o, más filosóficamente, el modo de ser de la posibilidad. La vida cambia, pero se mantiene. La constatación de que lo natural contiene azar e irreversibilidad, que lo real fluctúa, ha llevado a una nueva visión de la materia, a la que ya no miramos como mera pasividad mecánica, esa potentia inerte que tradujo el término aristotélico dýnamis (de donde nuestra voz dinámica), que en el Estagirita no era mera posibilidad pasiva, sino principio activo del movimiento y del cambio, y que debemos volver a asociar con la actividad espontánea, lo que lleva a Prigogine a plantear un nuevo diálogo del hombre con la naturaleza: “Hemos descubierto lo mutable, lo temporal, lo complejo” (¿Tan sólo una ilusión?, Barcelona 1997). Para Aristóteles, “potencia” (dýnamis) se dice en varios sentidos, uno de ellos es el de la potencia pasiva (toû patheîn dýnamis), que el mecanicismo tomó por único sentido: un principio del movimiento (kinesis) “para ser cambiado por efecto de otro o en cuanto que es otro” (Met. IX, 1).

El descubrimiento de un montón de partículas inestables (puede que incluso todas lo sean) es otro ejemplo de este potencial activo de la materia. La idea de un sustrato inmutable, de una materia prima permanente, impasible, sin que actúe sobre ella un agente o fuerza externos ha sufrido un duro golpe. No sólo las formas y estructuras evolucionan, también su sustrato material. ¿Cómo puede entonces hablarse de leyes físicas inmutables, eternas? En un ámbito tan extraño, por inimaginable, como el de la física cuántica, las moléculas parecen comunicarse a grandes distancias y en tiempos macroscópicos, se entrelazan al margen del espacio-tiempo. Cuentan con medios para señalarse recíprocamente su estado y reaccionar al unísono, como dos gemelos que sienten la misma emoción sincrónicamente a un mundo de distancia.

La visión del universo como un reloj que puso en marcha el Supremo Relojero, o como un libro escrito por el geómetra Hacedor con cifras matemáticas, cifrado de una vez por todas, ya no sirve. Las teorías deterministas han entrado en crisis como la visión del universo como una máquina (mecanicismo). El Principio de incertidumbre de Heisenberg ha puesto de manifiesto el decisivo papel del azar y la probabilidad.

Una importante consecuencia de este cambio de paradigma comprensivo es que la vida ya no puede ser considerada un accidente “raro y aislado”, como pensaba Jacques Monod, “puesto que está mucho más arraigada en las leyes básicas de la naturaleza” (Prigogine).

La irreversibilidad, una propiedad de los sistemas dinámicos aún mayor que el azar, presupone un universo en el que hay limitaciones para la previsión del futuro, pues tanto en los fenómenos vitales como en la existencia humana se rompen las simetrías. Y Prigogine no cree que la gran explosión y la existencia del universo en expansión sirvan para explicar la irreversibilidad, es decir la flecha del tiempo…

“Si consideramos seriamente la segunda ley de la termodinámica con su interpretación probabilística, tenemos que asociar el equilibrio a la máxima probabilidad, significa movimiento incoordinado, caótico, similar a la modalidad con que los atomistas griegos imaginaban el mundo físico [physis, naturaleza era en efecto para ellos lo que nace, crece y cambia]”.

En esta descripción de la naturaleza, el orden se genera a partir del caos a través de condiciones de no equilibrio aportadas por el medio cosmológico. Esto nos lleva a concebir la materia como algo activo, dinámico, un estado continuo del devenir. A Prigogine le sorprende el grado de coherencia que alcanza el no-equilibrio del mundo. Y en una de sus conferencias recoge un diálogo entre Einstein y Tagore, el poeta hindú. Para el físico de la relatividad universal, el objeto de la ciencia debe ser independiente respecto de cualquier observador. Desde su punto de vista realista, la verdad científica debe concebirse como verdad válida e independiente de la humanidad, aunque desde luego Einstein es consciente de que una tesis como esta, que existe una realidad independiente del hombre, no puede probarla. Einstein atribuye a la verdad –no así a la belleza- una realidad y objetividad sobrehumana.

Tagore, por el contrario, hace hincapié en que, incluso si la verdad absoluta tuviera un significado, sería inaccesible para la mente humana, e insiste en que “todo el universo está unido a nosotros” y el mundo separado de nosotros no existe; es un mundo relativo que depende, para su realidad, de nuestra consciencia.

Para Prigogine el hombre no está separado de la naturaleza, precisamente porque las raíces del tiempo son comunes a todos los seres naturales o, como dijo Valèry: “Duración es construcción, vida es construcción”. En un universo en el que el mañana no está contenido en el hoy, pues los esquemas deterministas han dejado de ser válidos en una amplia gama de fenómenos físicos y bióticos, el tiempo debe construirse. La frase de Valéry expresa también nuestra responsabilidad en la construcción del futuro. “Todo saber conlleva una construcción…, ya no es admisible la idea de realidad como algo dado” (Prigogine. “La lectura de lo complejo”, op. cit.).

La música es, a este respecto, una bella alegoría del devenir de la naturaleza (physis), con sus elementos de expectación, de improvisación, de armonía, en la incesante, imprevisible e irreversible fluctuación de la flecha temporal. El piano de Mahler no es un piano cualquiera.

Del autor:

https://www.amazon.com/-/e/B00DZLV35M

https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=1636897

https://aafi.es/NOCTUA/noctua00.htm

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