¡Por fin, en casa!, del libroY sin embargo es redonda” de Pedro Cuesta Escudero

¡Por fin, en casa!, del libro “Y sin embargo es redonda” de Pedro Cuesta Escudero
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sábado 10 de abril de 2021, 11:38h
¡Por fin, en casa!, del libro “Y sin embargo es redonda” de Pedro Cuesta Escudero
¡Por fin, en casa!, del libro “Y sin embargo es redonda” de Pedro Cuesta Escudero
Como soy el autor me permito la licencia de esta reproducción literal del libro “Y sin embargo es redonda. Magallanes y la Primera Vuelta al mundo”, para dar a conocer el enfoque de lo que llamamos “historia novelada”. ¿Es compatible el rigor científico que exige el trabajo de historiador con un relato comprensible, cómodo y atractivo? ¿Puede existir una expresión novelada en la forma con rigor histórico en el fondo? Para evitar el carácter netamente erudito e interesar a un público heterogéneo acojo una fórmula que contempla, por un lado, el desarrollo científico y empático del conocimiento histórico tras seleccionar, organizar y comparar datos procedentes de fuentes de información diversa y, por otro, utilizando las estrategias de la ficción aplicarlas a una tensión narrativa. Los hechos históricos, que siempre han de tratarse con rigor científico, también pueden ser relatados de una manera comprensible y seductora.
¡Por fin, en casa!, del libro “Y sin embargo es redonda” de Pedro Cuesta Escudero

“Conforme se aproxima el final del viaje las horas y los días se hacen eternos. Se ha empezado a computar la cuenta atrás. Pero la ansiedad por llegar hace lento el tiempo. Son tan grandes los deseos por llegar que, cuando se pasa frente a las Canarias, se rechaza hacer escala en ellas para repostar. El rodeo para evitar un mal encuentro con los portugueses lleva a los expedicionarios a pasar con mar gruesa entre las islas del Fayal y de las Flores, del Archipiélago de las Azores, muy a pesar de ellos, pues son estas islas de los portugueses. Ahora ya se pone rumbo directo a la península Ibérica.

-¡España a la vista!- vocea con júbilo desde la gavia el grumete Juan de Arrutia.

Los agotados tripulantes divisan conmovidos a través de la neblina las escarpadas rocas del cabo de San Vicente. Una emoción incontrolable se apodera de todos los expedicionarios. Se abrazan, se arrodillan y tratan de saltar y danzar, pero el cuerpo está demasiado tullido y baldado para hacer cualquier alarde de agilidad. Los dos malayos están con los ojos atónitos.

-¡Ya estamos en España!- grita el Capitán Juan Sebastián de Elcano.

¡Santiago y cierra España! y numerosos ¡hurras! y ¡vivas! brotan del pecho de estos hombres en la madrugada del 4 de Septiembre del año 1521.

-¡Hace tres años que salimos…!- trata Elcano de hacerse oír- ¡Dejadme hablar, coño…! Estamos en España, pero eso que vemos es el cabo de San Vicente, que es de Portugal. Aún no hemos llegado. En menos de dos días llegaremos a Sanlúcar de Barrameda. ¡Piloto, cambia la derrota hacia el Sureste! ¿Qué son dos días después de tres años de vagar para dar la vuelta al mundo? ¡Acabamos de dar la vuelta al mundo! ¡Somos los primeros desde que Adán y Eva empezaron a poblar la Tierra!

- ¡¡¡Hurra…!!!

Un fuerte escalofrío de felicidad les recorre por todo el cuerpo. Y la “Victoria” resbala hacia la meta final. ¡Pero qué largos se hacen estos dos días y sus dos noches1 ¡Parece que no se acaban nunca! ¡Todavía una noche, la última! Es una noche que se prolonga, se estira. A bordo, a pesar de la extrema fatiga, nadie puede dormir. Las medias horas de la ampolleta de arena se suceden pausadamente. Y la noche estrellada se va desvaneciendo al emerger lentamente el alba rosada.

Tanta ha sido la ansiedad y la emoción que les ha embargado en estos dos últimos días que, cuando se presentan ante sus ojos los familiares bosques de encinas, pinos y alcornoques, ya no hay ninguna manifestación externa de júbilo. Quedan como embobados viendo acercarse las marismas, de la que levantan su vuelo bandadas de garzas, de espátulas, de patos, de martinetes y de otras aves de zancas largas. Les entretiene el corretear de venados y de jabalíes por entre los juncos y las hierbas, las castañuelas y el bellunco y la multitud de plantas acuáticas de bellas y vistosas flores, que se prodigan junto a la desembocadura del Guadalquivir. Quizás sea el afecto a la tierra, tanto tiempo soñada y anhelada, lo que tiene sumidos en un pasmo sentimental a estos extraordinarios viajeros.

La “Victoria” atraviesa las aguas de un ocre barroso que el Guadalquivir vierte en el mar y en la otra orilla aparece dominante y poderoso el castillo de Sanlúcar. Todo está igual que cuando salieron, Nada ha cambiado. El centenar y pico de casas, de paredes enjalbegadas y tejados con tejas de un rosa desvaído, debajo de la muralla protectora del castillo. Y la iglesia de la Virgen de Barrameda, que procura tener recogidas todas las casas. El mismo olor a pescado, las redes colgadas en la playa y, hasta se diría, las mismas gaviotas que chillan rozando las olas o revoloteando por entre los mástiles.

Los pescadores, sin abandonar sus faenas, miran extrañados ese navío desvencijado y raído, con velas remendadas y hechas jirones que dan gualdrapazos con la brisa, sin el trinquete, con los aparejos destrozados y la cubierta llena de cordajes deshilachados y otros enseres en desorden. No pueden saber de qué nao se trata, pues su nombre hace tiempo que el sol de los trópicos lo ha quemado y las brumas lo han descolorido.

Es la misma imagen de la derrota. ¡Qué equivocados están! Pero siempre se juzga por las apariencias. Por cortesía los pescadores responden a los saludos que los tripulantes de este derrengado navío hacen agitando los bonetes, pero sin el más mínimo aspaviento y continúan con lo suyo. Es la primera vez que los expedicionarios, en su devenir por todos los mares y tierras, son recibidos con tanta desgana e indiferencia.

Con gran maestría la “Victoria” es abarloada en el muelle junto a los barcos pesqueros, en el mismo lugar donde lo hizo tres años atrás toda la escuadra magallánica cuando se disponía a realizar el histórico viaje. Dos marinos saltan a trompicones sobre las tablas del embarcadero para recoger los orenques que se les lanza para dejar bien abitada la nao. Seguidamente hacen resonar la artillería con su horrísono estruendo. La gente que sale de misa, las mujeres de los pescadores, los mozalbetes del pueblo e incluso los ceñudos labriegos con su azadón al hombro descienden todos a la playa para ver más de cerca la extraña nave que tan osadamente ha desafiado la tranquilidad de la soleada mañana de un estío en decadencia. Bajan por curiosear, pero sin mucho entusiasmo. Las gentes del lugar ya están acostumbradas a ver navíos que parten o tornan con empaque y solemnidad. También suelen arribar barcos de seminaufragios. La impericia de algunos pilotos hace que se despisten de sus escuadras con cualquier tormenta.

Menos Elcano, pues un capitán nunca abandona su barco cuando está en servicio, todos los demás saltan a tierra dando tropezones y doblándoseles las rodillas. Ante el asombro e incomprensión de los curiosos, los nautas se tiran al suelo para besar la tierra con entusiasmo. Las gentes quedan estupefactas ante la extraña conducta de estos hombres casi esqueléticos, desarrapados y descalzos, con grandes ojeras, bocas desdentadas, cabellos desaliñados y largos, barbas sucias y enmarañadas, con la piel, no curtida, sino ya ennegrecida y apergaminada y en un estado de desnutrición patente.

-A estos no los conoce ni su propia madre.

-¡Pobre gente! ¡Me dan lástima!

- ¡A mí también me da pena verlos tan desgraciados!

- Si es lo que yo digo, no se puede tentar la suerte que tenemos designada. Los pobres somos pobres y es un desatino querer salir de la pobreza. Mira los resultados.

- ¡Son unos desgraciados como tantos! ¡Unos miserables náufragos!

- A fe mía que parecen unos valientes.

- Siempre lo digo, que el mar abierto tiene malas pulgas. Y no se puede embarcar uno sin la suficiente experiencia.

-La manía de irse a las Indias y nosotras aquí solas y solteras.

- ¿Quiénes sois?

- Esta es la “Victoria”, de la escuadra de Magallanes- responde el Contramaestre Juan de Acurrio.

- Hacéis cara de cansados.

-¿Magallanes? ¿Tú sabes quién es Magallanes?

-¿Qué habéis ido muy lejos?

-Hemos dado la vuelta al mundo –contesta Pigafetta.

-¡Pobres…!

-Lo que yo digo, la insolación les ha comido el seso.

-¿Tendréis hambre, no? Traedles algo de comer a estas pobres gentes. Parecen buenas personas.

-Yo también les traeré algo. Con lo demacrados que están no deben haber comido en mucho tiempo.

-¡Mas que hombres, parecen espectros, Jesús!

-¿Dónde está el Alcaide?- demandó Francisco Albo- Queremos ver al Alcaide o al Corregidor.

Por dignidad tratan de rehusar los alimentos que se les da por caridad, pero sus ojos y sus impulsos les traicionan. Cogen con manos codiciosas el pan caliente y tierno. ¡Cuánto tiempo hace que no habían sentido el tacto blando de la miga! Porque el pan que comieron en las islas de Cabo Verde estaba bastante duro. No solo devoran el pan, sino que con avaricia inusitada también engullen el jamón y los frutos tanto tiempo añorado. El vino de bota hace que el paladar se sienta regalado, aunque las piernas se ponen temblorosas. Ahora sí que cobran plena conciencia de que están en casa, al ingerir lo que siempre habían comido.

-Id presto a Sevilla y decid en la Casa de Contratación que ha regresado la “Victoria”- explica el Capitán Juan Sebastián de Elcano al correo-. Que lo notifiquen de inmediato al emperador nuestro señor y que le den esta carta que os entrego y donde explico los múltiples logros del viaje. Decidle que la “Victoria” es la superviviente de la escuadra de Magallanes que hace tres años salió para las Molucas. Decid que hemos encontrado el paso que une el Atlántico con el mar que descubrió Balboa, y que nosotros hemos bautizado de Pacífico, y que por esa derrota se llega a las Molucas. Explicad que Magallanes murió en unas islas del Pacífico a mano de los bárbaros y que nosotros logramos llegar a las Molucas, donde cargamos a rebosar la “Victoria” de clavos de especias. Y que hemos dado la vuelta al mundo. Id presto y decid también que de los doscientos sesenta y cinco que salimos de este mismo puerto, solo hemos regresado dieciocho, más trece que apresaron los portugueses en las Islas de Cabo Verde.
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